3. Por presumido. #2
—«Soy Dani» —leí—. «Llevo tres citas con una chica majísima.
Es guapa, es buena gente, todo encaja sobre el papel, pero no siento nada.
¿Le doy más tiempo o lo dejo?» —Asentí. Esto sí lo tenía claro—.
Dani, dale tiempo. Tres citas son nada. Lo de las chispas está sobrevalorado.
Lo que dura es lo que encaja sobre el papel: que sea buena gente, que os llevéis bien, que vayáis en la misma dirección.
Las mariposas se pasan en un mes. La compatibilidad, no.
—No. —Bruno negó despacio, mirándome como si acabara de decir que la Tierra es plana—. Dani, déjalo. Hoy. Si después de tres citas con alguien que «encaja sobre el papel» no sientes nada, no hay nada que esperar. No se riega una planta que no has plantado.
—Eso es muy bonito y muy poco realista. La gente que va por la vida buscando solo la chispa acaba sola y con anécdotas estupendas.
—Y la gente que va por la vida buscando solo el «encaja sobre el papel» acaba en un sofá, a los cuarenta, al lado de alguien correctísimo, preguntándose por qué no ha sentido nada en su vida. —Se encogió de hombros—. Yo lo dejaría. Pero claro, yo no hago listas.
—Ya. Tú haces otra cosa.
—¿El qué?
No supe terminar la frase, porque no sabía qué hacía Bruno con nada —ni con las tardes, ni con las citas, ni con la facilidad insultante con la que iba por la vida—, y no saberlo me molestaba más que cualquier otra cosa de él.
—Última y cerramos el consultorio —dije, antes de que el silencio se notara—. «Soy Rocío. Mi novio ronca como una moto y llevo dos años sin dormir bien. ¿Es motivo de ruptura?»
—Sí —dijimos los dos a la vez.
Nos miramos.
—Ha coincidido —dije.
—No te acostumbres. —Bruno se rió—. Rocío, tapones de silicona, los de farmacia, no los del chino. Y si con tapones sigues queriendo dejarlo, entonces ya no es por los ronquidos, y eso lo sabes tú mejor que nosotros.
Y era una buena respuesta. Otra vez. Me estaba empezando a cansar de que las diera buenas.
Nacho levantó tres dedos hacia mí desde la mesa y señaló la pantalla: tres mensajes seguidos preguntaban lo mismo, si ÉL y YO «encajábamos sobre el papel o teníamos chispa».
Hice como que no lo veía. Bruno lo vio. Sonrió.
No dije nada, porque cualquier cosa que dijera iba a salir recortada al día siguiente, cosa que —visto lo visto— debí recordar también una hora más tarde.
Seguimos. No sé cuánto. Se me fue el tiempo de una manera que no me había pasado nunca. Cuando Nacho hizo el gesto de cerrar y entró la sintonía de salida, me quedé casi sorprendida de que hubiera terminado.
—Y hasta aquí Fuego cruzado —dijo Bruno al micro—. Gracias por acompañarnos. Volvemos la semana que viene a seguir discutiendo por vuestra vida amorosa, que para eso estamos.
—Buenas noches —dije—. Y dormid algo, que mañana hay clase.
La música subió. El piloto seguía encendido, pero la música tapaba las voces, y en mi cabeza eso significaba lo mismo que el telón bajado: fuera de antena.
Me quité los auriculares de una oreja. Solté el aire de toda la noche de golpe.
Y me reí, lo cual no pasa, lo cual no me permito casi nunca, pero es que había salido bien, había salido increíblemente bien, y por un momento se me olvidó con quién lo había hecho.
—Lo hemos petado —dijo Bruno, girándose hacia mí con la sonrisa a tope—. ¿Lo ves? Cero fichas. La espontaneidad gana. Te lo dije.
—Ha salido bien a pesar de tu espontaneidad, no gracias a ella.
—Ha salido bien porque me has seguido el ritmo. —Se inclinó hacia mí, bajando la voz, ya sin el tono de locutor, en ese registro de andar por casa que no le había oído nunca—. Reconócelo. Aunque sea una vez. Te lo has pasado bien.
Y yo, agotada, eufórica, con la guardia tirada por el suelo después de la mejor hora de radio de mi vida, en vez de discutírselo lo miré y dije la verdad. Bajito. Solo para él.
—Sí. —Y como me dio vergüenza haberlo dicho, añadí—: No se lo cuentes a nadie. Tengo una reputación.
Bruno sonrió. Pero no la sonrisa de imbécil. Otra. Una más lenta, más rara, una que no supe clasificar y que me quedé mirando un segundo de más.
—Tu secreto está a salvo conmigo —dijo.
Y entonces Nacho, al otro lado del cristal, se quitó los auriculares muy despacio, se tapó la boca con las dos manos y, por el interfono, con un hilo de voz, dijo:
—Chicos.
—¿Qué? —dije.
—Que la sintonía de salida iba por otra línea. —Tragó saliva—. Que los micros… los micros seguían abiertos.
—¿Qué micros?
—Los vuestros. —Nacho estaba blanco como la gomaespuma—. Seguíais en directo. Todo. Lo de «reconócelo» y lo de «me lo he pasado bien» y lo de «tu secreto está a salvo conmigo». Todo. En antena.
El estudio se quedó muy, muy callado.
Cogí el móvil con la mano que no me temblaba, que era ninguna.
El grupo de la facultad ya estaba ardiendo.
Pero esta vez no se reían del vídeo. Esta vez mandaban capturas de la pantalla de la radio, corazones, audios recortados que terminaban en mi propia voz diciendo «me lo he pasado bien» muy bajito, como una confesión que no quería hacer, porque no quería hacerla, porque era privada, porque era lo único de toda la noche que no había preparado y lo único que la gente había decidido guardarse.
«Se quieren y no lo saben», decía uno.
«ÉL ha dicho "tu secreto está a salvo conmigo" SOCORRO», decía otro.
—Vale —dijo Bruno, y por una vez no sonreía. Tenía la vista clavada en su móvil—. Esto…
—Ni una palabra —dije.
—No iba a…
—Ni una. Palabra.
Robledo nos estaba esperando en el control, con los brazos cruzados y una cara que no supe leer hasta que habló.
—En treinta años de radio —dijo— he despedido a gente por dejar un micro abierto.
—Profesora, ha sido un fallo técnico, Nacho no tiene la…
—No he terminado. —Levantó una mano—. He despedido a gente por dejar un micro abierto.
Y esta noche acabo de ver a media ciudad guardándose como un tesoro lo que se ha colado por uno.
—Descruzó los brazos—. La gente no ha encendido la radio para oíros discutir, niños.
Eso lo hace cualquiera. La ha encendido, y se ha quedado, para pillaros queriéndoos sin querer. Y esta noche lo ha pillado.
—No nos queríamos —dije—. Nos estábamos…
—Lo que vosotros digáis. —Recogió su abrigo—. La semana que viene, otra vez. Y la próxima dejad el micro abierto a propósito al final, a ver si cuela. —Llegó a la puerta y se giró—. Buen programa. No le digáis a nadie que os lo he dicho yo.
Se fue, dejándonos con un cumplido que sonaba a amenaza y una orden imposible: querernos sin querer, una vez por semana, en antena, para que ella tuviera audiencia.
Recogí mis cosas. Las fichas invisibles. Mi dignidad, que esta vez no traía arañazos sino un agujero del tamaño de una frase dicha en voz baja. Le di las buenas noches a Nacho, que seguía pidiendo perdón con la mirada, y salí al pasillo.
El móvil vibró. Lola, cómo no.
«ACABO DE OÍR LA RADIO», decía. «"Me lo he pasado bien". "TU SECRETO ESTÁ A SALVO CONMIGO". Cande. CANDE. ¿En qué razón de la lista vas?»
«En la tres», contesté.
«¿Y qué pone la tres?»
Me paré en mitad del pasillo, debajo de un fluorescente que parpadeaba como si también dudara.
Y no escribí lo que había pasado de verdad.
No escribí «por hacerme bajar la guardia», ni «por esa sonrisa nueva que no sé clasificar», ni «por conseguir que dijera la verdad en directo sin querer».
Esas razones no las podía mirar de frente todavía.
Escribí la única que me dejaba seguir odiándolo en paz, la que me agarraba a tierra firme, la que tenía a mano de toda la noche: su carita de «te lo dije», su «la espontaneidad gana», la chulería de quien acierta y encima te lo restriega.
Por presumido.
«Por presumido», le mandé a Lola.
«Mentirosa», escribió ella. «Pero vale. De momento te la acepto.»
Tres de veinte. Y a la gente, por lo visto, le había encantado.
Que era, exactamente, el problema.