Veinte razones para odiarte 3. Por presumido.
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3. Por presumido.

Por presumido.

Robledo me había prohibido las fichas. No me había prohibido la memoria.

Así que me pasé el fin de semana —el segundo seguido sin dormir, iba camino de batir un récord que no quería tener— aprendiéndome de carrerilla un guion que no podía llevar escrito.

Orden de bloques, posibles temas de arranque, tres anécdotas por si el silencio amenazaba, dos chistes ensayados para que sonaran improvisados y un bloque entero, mi favorito, sobre la vida nocturna del campus: las residencias, los after de garaje, la cafetería que cerraba a las tres.

Lo tenía cronometrado al segundo. Si Robledo quería radio sin red, muy bien: yo me tejería una por dentro, donde no se viera.

Llegué al estudio aquella noche con la cabeza llena de fichas invisibles y la sensación de tenerlo, por fin, todo bajo control.

Duró hasta las doce y dos minutos.

El estudio de medianoche era el de verdad, el grande, el que olía a café y a cable caliente y no a pies.

Antes de entrar repasé el orden mentalmente una última vez, como quien se palpa los bolsillos antes de un vuelo: llaves, cartera, móvil, entradilla, bloque uno, bloque dos, consultorio, salida.

Estaba todo. Lo único que no estaba en mi cabeza era la única cosa que iba a importar, pero eso no lo sabía aún.

Nacho, el becario de sonido —un chico de tercero con cara de pedir perdón por existir y unos auriculares que le quedaban como un casco de obra—, trasteaba la mesa con la concentración de quien desactiva una bomba.

—¿Estáis nerviosos? —dijo, sin levantar la vista—. Yo estoy nerviosísimo. Hay… —miró la pantalla— hay mucha gente conectada para ser el primer día. Mucha.

—¿Cuánta? —pregunté.

—No te lo digo, que te pones peor.

—No me pongo peor. Dime cuánta.

—Te pones peor —dijo Nacho, y no me lo dijo.

Todos estaban ahí por el vídeo, claro. Habían venido a ver si los del directo viral se mataban en antena o no.

Cande Ferrer, que llevaba tres años preparándose para que la escucharan por lo que decía, estrenaba por fin su programa, y resultaba que la gente había encendido la radio para ver si me peleaba con un tío.

Hay logros que saben raros. Me lo repetí dos veces para que no me cambiara la cara y, según Lola, que lo oyó después, me cambió igual.

Bruno llegó a las doce menos cinco. Sin carpeta, sin nada, con una sudadera que parecía recién sacada de una mochila y el pelo como si hubiera venido en moto o corriendo.

Olía levemente a algo —a fritanga, a bar, a no sé qué— que se quitó de encima con el primer chiste, como quien se sacude la lluvia.

—Perdón, perdón. Venía de una cosa.

—De «una cosa» —dije—. Otra vez.

—Otra vez. —Se dejó caer en su silla y se acercó el micro sin preguntar, ajustándolo a su altura, marcando territorio—. ¿Has dormido?

—No.

—Se te nota.

—A ti también se te nota lo que sea que no hayas hecho. Y aun así aquí estamos los dos, qué bonito.

—¿Llevas fichas?

—Robledo me ha prohibido las fichas.

—No es lo que te he preguntado.

—Llevo la información necesaria —dije, con dignidad— en el lugar adecuado.

—O sea que sí. En la cabeza. —Sonrió—. Tranquila, no te voy a chivar. Pero, Cande, a la cabeza también se le caen las fichas. Solo que no las recoges del suelo, las recoges de la cara de tonta.

No le contesté, sobre todo porque tenía razón y porque Nacho ya levantaba la mano desde la mesa.

Cinco dedos. Cuatro. Tres. El piloto se puso en rojo y se me cerró la garganta, y por un segundo —solo uno— todas las fichas invisibles que me había aprendido se mezclaron en mi cabeza como una baraja que se cae al suelo.

Y Bruno, claro, habló antes.

—Buenas noches a la gente rara que escucha la radio a estas horas —dijo, con esa voz de madrugada que no debería funcionarle y le funcionaba—. Esto es Fuego cruzado. Yo soy Bruno. Y esta de aquí, la que ha venido con cara de haber estudiado…

—Buenas noches —corté, recuperando el aire—.

Soy Cande. Y, en efecto, vengo preparada, que es lo que se hace cuando una se toma en serio su trabajo.

—Lancé mi entradilla, la buena, la cronometrada—.

Esta noche queríamos hablar de algo que conoce bien quien escucha la radio a estas horas: la vida nocturna del campus. Porque…

—Porque no existe —dijo Bruno.

—¿Perdona?

—Que no existe. Vida nocturna, en este campus, no hay.

Hay tres after de garaje, una cafetería que cierra a las tres y huele a lejía, y cuatrocientas personas fingiendo en sus residencias que estudian cuando en realidad están mirando el techo pensando en alguien.

Eso no es vida nocturna. Eso es insomnio en grupo.

Tenía dos páginas de datos sobre la vida nocturna del campus. Dos. Cronometradas. Me las acababa de tirar a la basura de un manotazo, en directo, con una sola frase. Y, lo grave, lo de verdad insoportable, es que tenía razón.

Por fuera seguía muy recta delante del micro, con esa cara de tenerlo todo bajo control que tan bien se me da.

Por dentro, otra cosa. Notaba el guion entero deshaciéndose en tiempo real —el orden de bloques, las anécdotas, los chistes medidos para que sonaran espontáneos, los dos fines de semana sin dormir— quedándose sin un solo sitio donde caer, porque el suelo sobre el que pensaba posarlo lo acababa de quitar Bruno de una patada.

Tenía los dedos clavados en mis dos páginas como quien se agarra a un flotador.

Y la pantalla del control, mientras tanto, no paraba de parpadear: «yo también estoy mirando el techo»; «yo en la cocina con un táper a oscuras».

Mensajes. Muchos. Todos para él, para su insomnio en grupo.

Ninguno para mi vida nocturna cronometrada al segundo.

Tuve tres segundos para elegir, y fueron los tres segundos más largos de mi carrera.

Una opción: leer mis dos páginas igual, ganar la discusión de tener razón sobre el papel y ver cómo se me iba por el desagüe la primera audiencia que aparecía en mi vida.

La otra: soltar el flotador. Nunca en mi vida había soltado un flotador.

Soy de las que llevan paraguas en agosto.

Aflojé los dedos. Dejé las dos páginas en la mesa, boca abajo, despacio, como quien deja un cuchillo encima de la mesa para que el otro vea que ya no piensa usarlo.

—Vale —dije, dejando ir la entradilla buena por el desagüe—. Reformulo. ¿Qué hace la gente de esta facultad a las doce de la noche en lugar de tener vida?

—Escribirnos a nosotros, por lo visto. —Bruno señaló la pantalla, que ya parpadeaba—.

Mira. «Estoy en la residencia mirando el techo».

Te lo he dicho. «Yo en la cocina comiéndome un táper a oscuras».

¿Lo ves? Insomnio en grupo. Bienvenidos, sois muchos y estáis todos igual de mal. Eso sí que es Fuego cruzado.

—Eso es deprimente.

—Eso es compañía. Que a las doce de la noche es lo mismo, pero a oscuras.

Y la gente, en vez de apagar, escribía más.

Yo tenía un bloque perfecto sobre after de garaje que no iba a escuchar nadie nunca, porque resultaba que a las doce de la noche la gente no quería que le contaran dónde se sale, sino que alguien le dijera que no era la única comiéndose un táper a oscuras pensando en quien no debía.

Y eso no se me había ocurrido a mí. Se le había ocurrido a él, sin una ficha, mientras se reclinaba en la silla como si la radio se la hubieran inventado a su medida.

Era electricidad. No me gusta decirlo porque me da rabia, pero era eso.

Y lo peor es que funcionaba porque no encajábamos, no a pesar de ello.

Bruno preguntaba algo, yo le devolvía la pulla, él la cogía al vuelo y la mandaba a otro sitio, y entre los dos íbamos construyendo algo que no estaba en mi cabeza ni en la suya, sino en el medio, en el aire, en ese hueco entre los dos micros donde resultó que vivía el programa.

—A ver —dijo él, tras un rato que no supe medir, yo que mido el tiempo como mido todo lo demás—, vamos con lo que de verdad ha venido a escuchar la gente. El consultorio.

—El consultorio sentimental —precisé—. Que conste que la idea no es nuestra.

—Que conste que a ella le horroriza dar consejos de amor. Lleva toda la semana diciéndomelo.

—Lleva toda la semana hablándome, en general. No sé cómo lo aguanto.

Nacho nos pasó el primer mensaje a la pantalla. Lo leí.

—«Hola. Soy Clara. Estoy enamorada de mi mejor amigo desde hace año y medio y no se lo he dicho porque tengo miedo de perderlo si no siente lo mismo. ¿Se lo digo o me callo y sigo como hasta ahora?» —Levanté la vista—. Vale. Esto tiene una respuesta clara.

—La tiene —dijo Bruno—. Que se lo diga.

—Que NO se lo diga. Todavía no. —Lo miré—. Clara, escúchame. Primero hay que evaluar. ¿Hay señales? ¿Él se comporta distinto contigo que con los demás? Haz una lista de pros y contras, mira el escenario, calcula el riesgo y, si las probabilidades acompañan, entonces…

—Madre mía. —Bruno se llevó las manos a la cabeza—. Clara, no hagas nada de eso. No hay lista que valga. Si lo quieres, se lo dices. Punto. Lo peor que te puede pasar no es que te diga que no; lo peor es pasarte otro año y medio fingiendo que no pasa nada por miedo a una conversación.

—Lo peor que te puede pasar —repliqué— es soltarlo sin pensar, equivocarte, y perder a tu mejor amigo por un calentón de un martes.

—Lo peor que te puede pasar es morirte de vieja con la lista de pros y contras perfectamente actualizada y sin haberle dicho a nadie nunca lo que sentías.

Hubo medio segundo de silencio. Nacho, al otro lado del cristal, había dejado de respirar. La pantalla de mensajes empezó a subir sola, tan rápido que las líneas se comían unas a otras.

—Bueno —dije, porque alguien tenía que recoger aquello—. Clara, ya lo tienes. Una opinión sensata y una opinión de Bruno. Elige tú.

—Clara, hazme caso a mí —dijo él—. Y mándanos cómo sale.

Nacho nos pasó otro.