2. Por creerte el dueño de todo.
Por creerte el dueño de todo.
Me presenté a la reunión con un plan de doce páginas. Bruno se presentó con las manos en los bolsillos.
Ya os podéis imaginar cómo acabó. Pero dejadme contarlo con detalle, porque hay derrotas que una necesita narrar despacio para que al menos quede constancia de que peleó.
El fin de semana había sido raro. Me había convertido, sin pretenderlo, en «la del vídeo».
Gente que en tres años no me había dirigido la palabra me paraba en la cola de la cafetería para decirme que les había encantado, que qué tensión, que cuándo empezaba el programa.
Una chica de primero me pidió una foto. Le dije que no era famosa.
Me contestó que en el grupo de su residencia sí, y me hizo la foto igual, así que ahora existo en alguna parte con cara de no saber dónde mirar.
Lola lo llevaba peor que yo, y eso que el vídeo no era suyo.
—Cincuenta y dos mil —dijo el domingo por la noche, tirada en el sofá del piso con el móvil en alto como quien sostiene una reliquia—.
Cincuenta y dos mil reproducciones, Cande.
Y los comentarios. Escucha: «yo a esos dos los caso».
Y este otro: «ELLA tiene que ganar». Tienes club de fans. Tienes facción.
—No quiero facción. Quiero las prácticas.
—Pues de momento tienes esto. —Giró el móvil hacia mí: mi propia cara, congelada a mitad de frase, con la boca abierta y los ojos de loca, y debajo la de Bruno, partiéndose—. ¿Sabes la de gente que mataría por cincuenta mil reproducciones?
—Mírame la cara, Lola. Mírala bien. ¿Esa es la cara de alguien a quien le ha salido el plan?
Lola me miró la cara. Tuvo el detalle de no contestar.
Dejé mi móvil en la mesa, bocarriba, y se me quedó abierta la nota sin querer. Lola, que tiene un radar afinadísimo para las cosas que no debería ver, la pilló al vuelo.
—«Veinte razones para odiarte» —leyó en alto, antes de que me diera tiempo a taparla—. «Uno. Por su sonrisa de imbécil». —Levantó la vista despacio—. Cande. ¿Qué es esto?
—Una lista.
—Ya veo que es una lista. ¿Por qué es una lista?
—Porque necesito ordenarlo. —Se la quité de las manos—. Es un tío que me va a comer la vida un cuatrimestre entero. Si lo desgloso, lo controlo. Si lo controlo, ocupa menos. Es higiene mental.
—Ya. —Lola se incorporó del todo, con esa cara suya de estar a punto de decir algo que no me iba a gustar—. A ver si lo he entendido. Has hecho una lista de veinte razones para odiar a un tío. Veinte. ¿Sabes cómo se llama eso fuera de tu cabeza?
—No me lo digas.
—Un diario de amor con el título cambiado.
—Tienes una capacidad envidiable para confundir el odio con cualquier otra cosa.
—Y tú para confundir cualquier otra cosa con el odio. Pero oye, tú sigue. Ya veremos en qué razón te pillo.
No le contesté, sobre todo porque no tenía respuesta, y porque eran las dos de la madrugada y, en vez de dormir como hace la gente sana, me puse a hacer lo único que sé hacer cuando algo se me escapa de las manos: convertirlo en un documento.
Doce páginas. Una propuesta de formato con secciones, escaleta tipo, identidad sonora y un cronograma de preparación a tres colores. Si no iba a tener el programa para mí sola, al menos iba a llevar yo el timón. El plan tenía hasta nombre. El plan era impecable.
El plan duró nueve minutos.
Robledo nos había citado en el estudio chico, el de las paredes forradas de gomaespuma que se comen el sonido y, de paso, las ganas de vivir.
Cuando llegué, Bruno ya estaba allí, repantingado en una silla de ruedas, dándose impulso con un pie para girar despacio, como un crío en la sala de espera del dentista.
—Has venido —dijo, frenando con el talón—. Tenía una porra con Iván sobre si aparecerías con maletín o con carrito.
—Dile a Iván que se busque hobbies.
—Apostó por el carrito. Le debo una caña.
—He venido con esto. —Dejé el dosier sobre la mesa. Sonó pesado, que era el efecto buscado—. Una propuesta de formato. Para no improvisar.
—Doce páginas. —Lo hojeó por encima sin cogerlo, solo abanicando las esquinas con el dedo—. Para un programa de radio. ¿Tú sabes que la radio sale del micro y no del Word?
—Sé que sale mejor cuando alguien se ha molestado en pensar qué va a decir.
—Y yo sé que se nota a kilómetros cuando alguien lo lleva todo escrito, porque suena a alguien leyendo. Que es lo más antirradio que existe.
—Lo dice el que ha venido sin un papel.
—Lo digo el que no lo necesita. —Y sonrió. La misma sonrisa de la razón uno, por si me había quedado alguna duda de por dónde íbamos a pasar el cuatrimestre.
Cogí aire. Robledo aún no había llegado. El estudio era nuestro y, por lo tanto, era territorio en disputa.
—Vale —dije, abriendo el dosier por la primera sección—. Estructura. Abrimos con un bloque de actualidad, diez minutos, algo que dé pie a debate serio…
—Aburrido.
—…seguido de una sección fija con invitado…
—Más aburrido.
—…un consultorio cultural, recomendaciones, y cerramos con…
—Me he dormido en «consultorio cultural». ¿Sigo dormido o ya ha terminado?
—¿Quieres dejarme acabar una frase o lo tuyo es una condición médica?
—Lo mío es saber lo que suena bien. —Se inclinó hacia delante, los codos en las rodillas, y por un segundo dejó de hacer el payaso—.
Mira. A las doce de la noche nadie quiere un bloque de actualidad de diez minutos.
A esa hora la gente está en la cama, a oscuras, con un Cola Cao que se le ha enfriado, fingiendo que no piensa en alguien.
No quieren que les informes. Quieren compañía.
Quieren que parezca que hay dos personas de verdad al otro lado, hablando. No leyendo una escaleta a tres colores.
Me fastidió. Me fastidió muchísimo. No porque estuviera mal dicho, sino porque estaba bien dicho, y porque lo había dicho sin un solo papel delante mientras yo defendía doce páginas que, ahí encima de la mesa, sonaban exactamente a lo que él decía: a alguien leyendo.
—Hasta un reloj parado da bien la hora dos veces al día —dije.
—¿Eso es que me das la razón?
—Eso es que es la única vez que te la voy a dar en todo el curso. Disfrútala. Enmárcala.
Saqué el móvil por debajo de la mesa, donde no lo viera, y abrí la nota.
Añadí la dos sin pensarlo, porque la tenía delante en carne y hueso, girando en una silla, decidiendo a su gusto el tono de un programa que llevaba tres años siendo mío: Por creerte el dueño de todo.
La guardé. Me sentí, marginalmente, mejor.
Es lo que tienen las listas: no arreglan nada, pero te dan la ilusión de que el caos, por lo menos, está inventariado.
—¿Y los horarios? —dije, pasando a la página del cronograma—. Propongo que preparemos juntos los martes y los jueves por la tarde, dos horas, y…
—Las tardes no puedo.
—¿Ninguna tarde?
—Casi ninguna.
—Es un programa, Bruno. Hay que prepararlo. ¿Qué tienes las tardes que sea más importante que esto?
—Cosas. —Lo dijo ligero, encogiéndose de hombros, sin darle peso—. Tengo cosas. Ya sacaremos los ratos.
—«Cosas» no es un horario.
—Y «martes y jueves de cinco a siete» no es un programa, es una asignatura. —Volvió a girar la silla—. Relájate. Lo sacamos. Yo improviso bien.
Y ahí lo tenéis otra vez. La tranquilidad insultante del que va por la vida convencido de que el mundo se le va a colocar solo alrededor mientras él gira en una silla.
Yo me reorganizaba la semana en una hoja de cálculo para sentir que controlaba algo; él soltaba un «ya sacaremos los ratos» y un «tengo cosas» y se quedaba tan ancho, como si comprometerse a una hora fija fuera una debilidad de gente pequeña.
Lo apunté mentalmente al lado de la sonrisa: tío que no se compromete ni a una tarde de martes.
(Tardé tres meses en entender qué hacía Bruno Salazar con sus tardes. Cuando lo entendí, me dieron ganas de arrancar esta página entera. Pero no adelantemos.)
—¿Y el nombre? —dijo él—. Porque seguro que en la página… —miró el dosier— ocho tienes un nombre.
—Página tres. —No pensaba mentir—. Se llamaría Frecuencia crítica.
Hubo un silencio. Y luego se rió. No con maldad, que habría sido más fácil de odiar, sino con todo el cuerpo, como si de verdad le hiciera gracia y no le importara que yo lo viera reírse de mí.
—Frecuencia crítica —repitió—. Suena a programa de La 2 a las tres de la mañana presentado por un señor con chaleco de pana.
—Suena a programa serio.
—Suena a botón de apagar. —Se reclinó—. La gente no enciende la radio para que la critiquen. Bastante se critica ella sola a oscuras a las doce.
—¿Y cómo lo llamarías tú, genio? Sorpréndeme.
Se encogió de hombros.
—No lo sé. Y no me importa. Da igual el nombre. Lo que importa es lo que pasa cuando se enciende el micro.
En una sola frase, todo Bruno Salazar. La seguridad de no necesitar ni un nombre. Yo había escrito doce páginas; él no había escrito ninguna porque ni se le había pasado por la cabeza que pudiera no controlarlo.
—Debe de ser agotador —dije.
—¿El qué?
—Creerte tan por encima de todo. Tanta seguridad. Con lo poquito que la sostiene.
Por segunda vez en dos días le di donde no esperaba. Lo supe igual que la otra vez: la sonrisa se le quedó a medio gas un segundo y, por debajo, asomó otra cosa, algo más serio, casi cansado.
—Lo que necesito —dijo, y se paró. Cambió de marcha—. Da igual. Tú a lo tuyo.
—No, dime. ¿Qué necesitas?
—Que esto salga bien. —Más bajo de lo suyo—. Más de lo que te crees. Pero eso no te lo voy a explicar a las doce de la mañana en un estudio que huele a pies.
Iba a contestar. No sé qué, pero algo, porque me había dejado la curiosidad colgando y la curiosidad, en mí, tira casi tanto como el rencor. No me dio tiempo. La puerta se abrió y entró Robledo, y el aire del estudio cambió de presión, como cuando se abre una escotilla.
—Sentaos los dos —dijo, aunque ya estábamos sentados—. Y soltad eso. —Señaló mi dosier con dos dedos, como quien señala algo que ha traído el gato—. ¿Qué es?
—Una propuesta de formato —dije.
—De doce páginas —dijo Bruno.
—De doce páginas pensadas —dije yo.
Robledo cogió el dosier. Lo sopesó. Lo dejó caer en la papelera sin abrirlo.
—Profesora…
—Os voy a ahorrar la temporada de pelearos por esto, porque no me sobran los años.
—Se sentó en el borde de la mesa de control y nos miró como se mira a dos críos a los que quieres y a los que vas a hacer llorar por su bien—.
El formato lo pongo yo. Es mi programa, aunque os deje creer que es vuestro.
Vais a abrir con lo que se os ocurra, en directo, sin red, porque eso es lo que la gente ha venido a escuchar después del vídeo: a vosotros dos descubriendo si os matáis o no en antena. Y vais a tener una sección fija.
—Una sección —repetí, con un mal presentimiento.
—Un consultorio.
El mal presentimiento tenía razón. El mal presentimiento siempre tiene razón.
—¿Un consultorio de qué? —preguntó Bruno.
—Sentimental. —Lo saboreó—. A las doce de la noche la gente escribe. Os van a mandar sus líos: la que no sabe si volver con el ex, el que no se atreve a decirle nada a su compañera de piso, el del amor imposible de turno. Lo leéis en antena y le dais consejo. Los dos.
Se hizo un silencio precioso.
—Profesora —dije, con toda la calma que reuní—, yo no tengo ni idea de relaciones.
—Ya lo sé, niña. Se te nota. Por eso va a ser maravilloso.
—¿Cómo que se me…?
—¿Y por qué nosotros? —cortó Bruno, y noté que él tampoco estaba precisamente encantado, aunque lo llevaba mejor—. ¿Dos personas que no se aguantan dando consejos de amor?
—Exacto. —Robledo se levantó, encantada consigo misma—.
¿Quién va a saber más de amor que dos personas que se pasan el día peleándose y escuchándose?
El amor es eso, Salazar. Es discutir con alguien y no poder dejar de mirarlo.
Vosotros sois, ahora mismo, los mayores expertos de esta facultad. Lo que pasa es que aún no lo sabéis.
No miré a Bruno. Él no me miró a mí. Los dos miramos, con una concentración sospechosa, a puntos distintos de la gomaespuma.
—Esto es un montaje —dije al fin—. Nos está usando para tener audiencia.
—Por supuesto. —Recogió sus cosas—. Llevo treinta años en esto.
¿Qué creías, que iba por amor al arte? El amor al arte lo paga la audiencia.
Lunes, doce de la noche. No lleguéis tarde y, por dios, Ferrer, no traigas fichas.
—Llegó a la puerta. Se giró—. Ah. Y ya que ninguno sabe ponerle nombre a nada que no sea «crítica» o «da igual», se lo pongo yo.
—No hace falta que… —empecé.
—Se llamará Fuego cruzado. —Abrió la puerta—. De nada.
Y se fue, dejándonos otra vez solos en el estudio que olía a pies, con un consultorio sentimental que no había pedido nadie y un nombre que yo no había elegido.
Bruno fue el primero en hablar.
—Consultorio sentimental —dijo, saboreándolo igual que Robledo, el muy traidor—. Tú y yo. Diciéndole a la gente cómo quererse.
—Ni se te ocurra disfrutarlo.
—Es que es buenísimo. —Giró la silla hacia mí, sonriendo—. «Hola, soy Marta, llevo dos años con mi novio y no sé si lo quiero». Y le contestamos nosotros. La que hace listas y el que no se compromete ni a un martes.
—No le contestamos nada. Lo leo yo y tú asientes.
—Yo asiento fatal. No se oye asentir por la radio.
—Pues aprende. Es la primera cosa de este programa que vas a tener que preparar.
Se rió, y por un momento —solo un momento, y juro que no me gustó— se me olvidó que lo odiaba. Después me acordé. Para eso tengo la lista.
Recogí mis cosas, o lo que quedaba de ellas, que era básicamente un boli y mi dignidad, las dos con arañazos. Y mientras salía, me di cuenta de que lo peor de aquella mañana no había sido el consultorio.
Había sido el nombre.
Porque era perfecto. Y no hay nada que me dé más rabia que algo perfecto que no haya hecho yo.
Fuego cruzado describía exactamente lo que éramos: dos líneas que se disparan a la vez y se cruzan en el aire.
A mí, en doce páginas a tres colores, no se me había ocurrido nada ni la mitad de bueno.
A Bruno no se le había ocurrido nada porque ni lo intentó.
Y a la única a la que se le había ocurrido era a la mujer que acababa de tirar mi trabajo a la papelera sin abrirlo.
Fuego cruzado.
Era el nombre perfecto.
Lo odié por eso también.