Veinte razones para odiarte 1. Por tu sonrisa de imbécil. #2
7%

1. Por tu sonrisa de imbécil. #2

—Ha dicho «me quedaría con la sonrisa». Lo he oído todos. Lo ha oído la audiencia. Lo va a oír tu madre.

—¡No mezcles a mi madre en esto!

—Y con esto —dijo Bruno, bajando la voz a ese tono caramelo de locutor de madrugada que no debería funcionarle y le funcionaba— lo dejamos por hoy. Gracias por acompañarnos. Yo me llamo Bruno. Ella se llama Cande y, por lo visto, se queda con mi sonrisa.

—Yo no me llamo «por lo visto se queda con» nada…

El piloto se apagó.

Hubo medio segundo en el que no pasó nada. Yo seguía con la boca abierta a mitad de frase, el becario tenía las dos manos sobre los auriculares, y Robledo, al otro lado del cristal, no se movía.

Robledo no decía nada cuando algo le gustaba. Lo que hacía era dejar de mirar el reloj.

Llevaba todo el rato mirando el reloj. Dejó de mirar el reloj.

—Salazar, Ferrer —dijo por fin, levantándose—. Mi despacho. Los demás, gracias, ha sido… instructivo.

Lo de «instructivo» lo dijo mirando a las dos amigas que se habían puesto tan contentas y que habían hecho, según supe luego, un programa correctísimo y aburridísimo que no se acuerda nadie.

Salí del estudio con las piernas raras. Lola me esperaba fuera con el móvil en la mano y una cara que no supe leer.

—Cande.

—No me digas nada. Ha sido un desastre. Me he quedado en blanco. He dicho una cosa de una sonrisa. ¿Por qué he dicho una cosa de una sonrisa?

—Cande. —Me giró el móvil para que lo viera.

Era el grupo de la facultad. Doscientos y pico mensajes en ocho minutos.

Alguien había grabado el directo desde la mesa con el móvil y lo había soltado ahí, y encima, por lo visto, alguien lo había recortado ya en un trozo de quince segundos que terminaba exactamente en «esa sonrisa de imbécil que pones cuando crees que has ganado» y la cara de Bruno justo después.

—Lo están reenviando —dijo Lola, con un respeto casi religioso—. Tía. Te has hecho viral. Os habéis hecho virales.

—No quiero ser viral. Quiero las prácticas.

—Pues a lo mejor —dijo una voz detrás de mí— viene en el mismo pack.

Bruno. Con el móvil también en la mano. Con la sonrisa puesta, cómo no.

—No empieces —le dije.

—Solo digo que en ocho minutos nos ha escuchado más gente reenviando un vídeo que la que escucha el programa de medianoche en un mes. Igual a eso, en esta facultad, se le llama hacer radio.

—A eso se le llama hacer el ridículo. Hay un matiz.

—Para ti todo tiene un matiz.

—Y para ti nada tiene importancia. Por eso no deberían darte un micro.

Lo dije con ganas de hacer daño y, por una vez, le di. Lo noté porque la sonrisa se le quedó un segundo a medio camino, como una luz que parpadea, y porque tardó en contestar lo justo para que yo supiera que había tardado.

—Igual tienes razón —dijo, y ya no sonreía—. Pero la necesito más que tú. Esa es la diferencia.

—¿Las prácticas? Las quiere todo el mundo.

—Querer y necesitar no es lo mismo. —Y antes de que pudiera preguntarle a qué venía eso, volvió a poner la sonrisa, como quien vuelve a colocar un cuadro que se ha torcido—. Pero tú sigue con tus fichas. Te quedan trece.

Se metió las manos en los bolsillos y se fue hacia el despacho de Robledo, silbando, como si nada de aquello le pesara, como si nunca le pesara nada.

Yo me quedé ahí, con el móvil de Lola todavía en la cara y mi propia voz saliendo de él en bucle, recortada para que la última palabra fuera siempre «imbécil», y la cara de Bruno siempre justo después, y dos mil personas, por lo visto, encontrándolo gracioso.

Lo de Robledo fue rápido. Yo iba con un argumentario montado de camino —«no somos compatibles», «mi visión del programa», «la responsabilidad», versiones uno a tres improvisadas en treinta metros de pasillo, que para algo soy yo—. No me dejó usar ninguno.

—Sé lo que vais a decir los dos —dijo, antes de que nos sentáramos—.

Que no os aguantáis. Que sois agua y aceite.

Que esto no va a funcionar. —Se quitó las gafas—.

Lo sé. Lo he oído. Acabo de oírlo, de hecho, en directo, y lo ha oído media ciudad.

¿Y sabéis qué? Que en treinta años de radio no había vuelto a oír a dos personas escucharse tan bien mientras se decían cosas tan feas.

—Profesora —empecé—, con todo el respeto, eso ha sido un accidente.

—Los mejores programas que he hecho en mi vida fueron accidentes, Ferrer.

Lo que pasa es que alguien tuvo el oído de no apagar el micro.

—Se volvió a poner las gafas y nos miró a los dos como quien cierra un trato que ya tenía cerrado de antes—.

La medianoche es vuestra. Los dos. Juntos.

Una temporada. Y al final veremos quién se lleva las prácticas, si es que para entonces no os habéis matado, cosa que, francamente, también me daría audiencia.

—No —dije.

—No es una pregunta —dijo Robledo.

—Cuente conmigo —dijo Bruno, en el mismo segundo, y le tendió la mano por encima de la mesa, y Robledo se la estrechó, y yo me quedé con mi «no» colgando del aire, sin nadie a quien dárselo.

El odio, dijo Robledo mientras nos echaba del despacho, también es química. Que aprendiéramos a usarlo o que aprendiéramos a vivir con él, pero que el lunes a las doce nos quería en antena.

Esa noche, en la cama, con el grupo de la facultad todavía vibrando cada pocos minutos y mi voz convertida ya en un audio que la gente se mandaba para reírse, abrí una nota nueva en el móvil.

No sé muy bien por qué lo hice. Necesitaba ordenar algo, supongo, y lo único que sé ordenar es en listas.

Necesitaba mirar a Bruno Salazar y verlo entero, catalogado, reducido a sus partes, para que dejara de ocupar tanto en mi cabeza un tío que llevaba ocupándola, oficialmente, desde las once de la mañana.

La titulé sin pensarlo mucho: Veinte razones para odiarte.

Veinte me pareció un número serio. Un número de quien sabe de lo que habla.

Escribí el uno. Y debajo, porque era lo más reciente, lo más fresco, lo que más me escocía de todo el día —no el directo, no lo viral, no las prácticas que ya no eran solo mías—, escribí lo único que se me había quedado grabado de aquella mañana espantosa:

Por tu sonrisa de imbécil.

Me quedé mirando la pantalla. Una de veinte. Diecinueve por delante. Iba a ser facilísimo.

Qué inocente era yo.