Veinte razones para odiarte
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1. Por tu sonrisa de imbécil.
Por tu sonrisa de imbécil.
Tenía el discurso preparado desde tercero.
No es una forma de hablar. Tenía un documento, lo tenía en tres versiones por si Robledo preguntaba una cosa o la contraria, y debajo de las tres tenía una lista de posibles objeciones ordenadas por probabilidad, con su réplica al lado. La gente normal sueña con cosas. Yo las maqueto.
Llevaba tres años esperando ese día. El programa de medianoche de la facultad —el de verdad, el que escuchaba media universidad y la mitad del barrio de al lado— se quedaba sin su presentador estrella, que se graduaba y se iba a hacer carrera de adulto, y la franja quedaba libre.
Con la franja venían las prácticas: las únicas prácticas por las que en Comunicación la gente era capaz de venderse a un familiar.
Pagadas. En la productora. Las que te cambiaban la vida.
Y yo iba a quedármela. Lo tenía calculado.
—Tienes cara de haber dormido con el guion debajo de la almohada —me dijo Lola, dejándose caer en la silla de al lado con un café que olía a haber estado dos horas en la máquina.
—He dormido cinco horas. Es lo que hay que dormir.
—Eso no te lo crees ni tú.
—No, pero queda muy profesional decirlo.
Lola le dio un sorbo al café y puso la cara de quien lo lamenta inmediatamente.
—Va a ser tuyo, Cande. Llevas desde primero dando por culo con la radio. Si no te lo dan a ti, es que el mundo está roto.
—El mundo está roto desde hace bastante. Pero gracias.
El estudio se fue llenando. Conocía a casi todos: gente de mi curso, dos de tercero con muchas ganas y poco fundamento, y al fondo, apoyado en la pared con las manos en los bolsillos como si estuviera esperando el autobús y no la oportunidad de su vida, Bruno Salazar.
A Bruno lo había calado el primer día de primero.
Guapo de los que lo saben. Simpático de los que cobran por serlo.
Listo de los que no necesitan abrir un libro y aprueban igual, que es el tipo de listo que más rabia da.
Tenía esa cosa de caer bien a todo el mundo sin esforzarse, que yo, que me esforzaba muchísimo en caer regular, encontraba personalmente ofensiva.
Me vio mirarlo y sonrió.
Hay sonrisas y sonrisas. La suya era de las que dicen ya sé lo que estás pensando y tienes razón. La levanté como apuesta y la dejé caer. No pensaba empezar el día regalándole nada.
—¿Ese también se presenta? —dijo Lola, siguiendo mi mirada.
—Ese se presenta a todo. Y lo gana todo. Por eso hay que ganarle a algo de vez en cuando, por higiene.
Robledo entró sin que nadie la anunciara, porque a Robledo no hace falta anunciarla.
Llevaba treinta años en la radio antes de aterrizar en aquella facultad a amargarnos la vida, y se notaba en cómo el ruido se apagaba solo cuando aparecía.
Se plantó delante de la mesa de control, nos miró a todos por encima de las gafas y dejó pasar el silencio el tiempo justo para que doliera.
—La medianoche —dijo— no es un horario. Es un estado de ánimo. A esa hora la gente no escucha la radio: se confiesa con ella.
Nadie respiró. Yo tenía la versión uno del discurso lista en la punta de la lengua.
—Este año la franja cambia. —Robledo paseó la vista por la sala—.
Se acabó el presentador único. La medianoche se hace a dos voces.
Dos personas, un micro cada una, una temporada entera para demostrarme que merecen estar ahí.
Al final de la temporada, una de las parejas se lleva las prácticas.
Las prácticas de las que no se habla en voz alta porque da mal fario.
El documento que tenía preparado desde tercero se desintegró en mi cabeza con un ruidito triste. Las tres versiones. La lista de objeciones. Todo planeado para yo, sola, brillante. No para yo más alguien. Yo no funcionaba con un alguien. Yo funcionaba mejor cuando la única variable era yo.
—Hoy hacemos una prueba —siguió Robledo—. En directo. Ahora.
Un murmullo recorrió la sala. Levanté la mano antes de pensarlo.
—¿En directo? ¿Sin preparar?
Robledo me miró como se mira a una alumna que ya sabes que vas a querer y a estrangular a partes iguales.
—Ferrer. La radio no se prepara. La radio se hace. Lo demás es leer en voz alta, y eso ya lo sabe hacer mi sobrino, que tiene seis años. —Cogió una lista—. Voy a poner parejas. Tres minutos al aire, un tema, y a ver quién tiene esto —se tocó el pecho— y quién tiene solo fichas.
Lo de las fichas lo dijo mirando a la sala en general. Lo sentí dirigido a mí en particular. Tenía catorce fichas en la mochila. No dije nada.
Fue leyendo nombres. Parejas lógicas, gente que se conocía, dos amigas que se pusieron contentas. Yo esperaba el mío con el bolígrafo —rojo, el de subrayar lo importante— ya en la mano, por si acaso.
—Y para cerrar —dijo Robledo, y aquí hizo otra de sus pausas, la mala, la que ya empezaba a conocer—, una que viene con catorce fichas y uno que viene sin nada. A ver qué sale. Ferrer y Salazar.
El bolígrafo rojo se me cayó al suelo.
Lo oí rodar. Lo oí pararse. Lo que no oí fue ninguna parte de mi cabeza ofreciéndome un plan, porque mi cabeza, por primera vez en años, se había quedado en blanco como una pizarra recién borrada.
—Tranquila —dijo Bruno, que ya estaba a mi lado sin que lo hubiera visto moverse—. Solo es tu carrera entera. Sin presión.
—No estoy nerviosa. —Recogí el boli del suelo con toda la dignidad que cabe en alguien agachado debajo de una silla—. Estoy recalibrando.
—Suena a que te has roto.
—Suena a que tú no distingues una cosa de la otra.
Sonrió otra vez. La sonrisa de esto va a ser divertido.
Me dieron ganas de decirle que para mí no, que para mí era medianoche, prácticas y tres años, pero el becario de sonido ya nos estaba haciendo señas desde la mesa, y Robledo nos señalaba los dos micros del centro con un dedo que no admitía debate.
Nos sentamos enfrente. El piloto estaba en rojo antes de que me diera tiempo a respirar hondo.
—Estáis en directo —dijo Robledo por el pinganillo—. El tema es: la primera impresión. Tres minutos. Y, Ferrer: suelta la ficha.
No tenía ninguna ficha en la mano. La mano se me había ido sola al bolsillo, eso sí, a tocar la que llevaba doblada, como quien toca madera. La saqué. La dejé en la mesa bocabajo. Bruno lo vio y, claro, sonrió.
—Buenas noches a quien nos escuche a esta hora rarísima de la mañana —dijo él, acercándose al micro como si llevara haciéndolo toda la vida—. Hoy hablamos de primeras impresiones. Y mira qué bien, porque tengo a mi lado una.
—Eso es una frase hecha sin terminar —dije—. Pero adelante.
—La primera impresión que me dio esta compañera —siguió, sin perder el ritmo— fue de persona muy organizada. Ha traído fichas a un programa de improvisación.
—Y la primera que me dio él fue de persona que no ha traído nada a ningún sitio en su vida. Lo cual, oye, también es un estilo.
—¿Lo veis? Catorce fichas. Las he contado mientras se le caían.
—Eran trece. La catorce me la guardo para escribir la reseña de este programa.
Alguien, fuera del estudio, se rió. Lo oí a través del cristal. Y noté que algo cambiaba en el aire, no por nada que yo hiciera, sino porque la conversación había dejado de ir donde Bruno quería y había empezado a ir donde yo decidía, que es mi sitio favorito del mundo.
—A ver —dijo él, y se reclinó en la silla con una calma que era puro teatro—. Yo creo que las primeras impresiones engañan. Tú me has visto entrar y has pensado: este se cree el dueño de todo.
—No me hace falta una primera impresión para pensar eso. Me lo confirmas cada vez que abres la boca.
—Y yo te he visto a ti y he pensado: esta no se ríe ni en su cumpleaños.
—Me río. De cosas que tienen gracia. Es una distinción que entiendo que te resulte difícil.
—¿Lo veis? —Se giró hacia el micro como si tuviera delante a un público de mil personas y no a un becario y una profesora con cara de póker—. Pura ternura. Llevamos juntos tres minutos y ya nos queremos.
—Llevamos juntos tres minutos y es el récord. Aspiro a no superarlo.
Y entonces pasó la cosa que llevo tres años intentando que no me pase, que es: me lo estaba pasando bien.
No de manera reconocible. No me reía ni nada.
Pero había una parte de mí que llevaba el ritmo, que esperaba su siguiente frase para devolvérsela más rápido, que se había olvidado de las fichas, de Robledo, del piloto rojo y de las prácticas, y que estaba sencillamente jugando, que es algo que yo no hago porque jugar es perder el control y el control es lo único que me ha funcionado siempre.
Bruno debió de notarlo. Porque me miró —de verdad, un segundo, sin sonrisa—, y la cosa que había detrás de la sonrisa cuando la sonrisa se apartaba no se parecía a nada de lo que yo había decidido sobre él en tres años.
Duró nada. Medio compás. Después volvió a sonreír, y yo decidí que me lo había imaginado, porque era más fácil.
—Última pregunta —dijo, recuperando el tono—. Si tuvieras que quedarte con una primera impresión mía para toda la vida, ¿cuál?
Tenía la respuesta buena. La tenía clara, redonda, de las que suenan a que se te acaba de ocurrir y llevas en realidad apuntándolas mentalmente desde primero. Iba a decir algo sobre que su primera impresión era también la última porque debajo no había mucho más. Lo tenía.
Y Bruno me miró otra vez con esa media sonrisa de a ver con qué sales, y se me borró entero de la cabeza. Todo. La frase, el plan, el documento de tercero, mi nombre casi.
—Pues… —dije.
Tres minutos de radio y mi primera vez en años sin nada que decir, en directo, con medio campus escuchando.
—Pues —repetí, porque por lo visto mi cerebro había decidido que con una palabra mala se construye otra peor— me quedaría con la sonrisa. Esa sonrisa de imbécil que pones cuando crees que has ganado.
Silencio.
—¿Eso es un piropo? —dijo Bruno.
—Eso es una denuncia.
—Robledo —dijo él hacia el cristal, encantado de la vida—, que conste en acta que ha dicho que me quedaría con su sonrisa.
—¡He dicho que TÚ tienes sonrisa de imbécil!