Me llamo Morgana y odio San Valentín, me parece una excusa para gastar dinero y llenar la casa de velas olorosas y ramos de flores.

Oye, si a ti te gusta genial; a mi amiga Rowan también le encanta ese día y, este año, decidió que tenía que ayudarla a encontrar a su alma gemela con un hechizo de invocación.

Me negué, pero Rowan es una bruja testaruda y acabó por convencerme.

Todo iba bien. Habíamos dibujado el círculo mágico en el suelo de mi salón, reunido las herramientas necesarias para realizar la invocación, mi amiga estaba a mi lado, comencé a recitar el hechizo y…

¡Sorpresa! No salió como esperaba. El círculo se cubrió de fuego y, en medio de esas llamas, apareció un hombre de esos que te dejan sin palabra.

Sexy, peligroso, tan hermoso que dolía mirarle, musculoso, con esos pantalones vaqueros apretados que no dejaban nada a la imaginación Vamos, una tentación con piernas y unos ojos que

¡Mía! Cuando esas palabras brotaron de su boca y me miró fijamente supe que todo había salido mal. ¿Quién era? ¿Cómo acabó en medio de mi salón? ¿Y por qué me reclamaba como suya?

Había perdido la noción del tiempo, los siglos se convirtieron en milenios, una eternidad en la que realmente no sentía nada más que aburrimiento y cansancio.

Vivía entre el Infierno y el mundo humano viendo pasar los días hasta que noté un tirón en mi alma.

No pude negarme a esa “invocación” y terminé en la casa de una bruja.

Iba a destruirla, pero cuando la miré a los ojos mi alma estalló, mi magia vibró con fuerza y todo mi ser la reconoció: era mi compañera, la única mujer que podía ser completamente mía.

El destino se burlaba de los míos, los demonios no podíamos amar a no ser que encontráramos a nuestra alma gemela y yo, después de milenios en completa oscuridad, había alcanzado mi luz.

¡La había encontrado! Mi alma gemela era esa bruja que me miraba con la boca abierta.

Me llamo Astaroth, comandante de los ejércitos de&nbs

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