CAPÍTULO 27
—Me debes una bien grande —le murmuré entre dientes a Rowan mientras avanzábamos por el restaurante de lujo en el que nos habían citado.
Como no tenía un vestido acorde a aquella “velada”, Rowan me prestó uno e iba embutida.
Sí, peso un poco más que ella y, claro, todas mis curvas, mis lorcitas y mi todo se apretujaban bajo esa fina tela de color negro.
Me daba apuro hasta caminar porque se me subía un poco y si me agachaba o realizaba un movimiento rápido, mostraría mi ropa interior.
Y sí, me negué a que me prestara un tanga.
¡Me niego! Prefiero las bragas xxl super cómodas y de algodón. Viva la comodidad.
El restaurante era un local de pijos. Iluminado con una luz muy tenue, no se oía a nadie pues los clientes hablaban entre susurros, unas lámparas inmensas colgaban del techo, el color dorado predominaba por todas partes, esencia minimalista y los camareros parecían pingüinos; de hecho, se movían como tales de un lado a otro.
En fin, era de esos lugares que no me gustaban nada pues me parecían los típicos en los que te quedarías con hambre y tenías que estar atenta a cada movimiento que hacías para no quedar mal.
Suspiré, tenía unas ganas de comer... sí, estoy siendo sarcástica.
Notaba un nudo en el estómago y unas ganas terribles de salir corriendo en dirección contraria, no lo hacía por vergüenza y porque apenas era capaz de caminar con esos taconazos que me prestó Rowan.
Menos mal que mi amiga me llevaba sujeta del brazo porque me sentía como si fuera en patines y a punto de estrellarme de culo contra el suelo.
Miré a mi alrededor y en algunas mesas se veían vampiros -eran muy fáciles de identificar pues sus platos estaban vacíos y solo tenían delante copas con un líquido que seguro que se trataba de sangre-, algunos hombres lobo -creo que son los únicos que comen carne cruda con cuchillo y tenedor-, y otras criaturas mágicas.
Era uno de esos establecimientos en los que no se permitía la agresión entre las diferentes razas mágicas ni tampoco la entrada de humanos.
Uno de esos restaurantes exclusivos, elitistas y pufff.
«Me voy a quedar con hambre, si es que ya lo estoy viendo».
Una hora después
Solté una carcajada forzada, esperando que no se notara mucho. ¿Estaría mal volver al baño para retocar mi supuesto maquillaje? Ya había ido en tres ocasiones, y creo que una cuarta vez quedaría un poco mal.
Hasta le había dado una patada disimulada a Rowan, por debajo de la mesa, para que acabara con esa maldita tortura e inventara cualquier excusa para largarnos a su casa.
Estaba desesperada. La velada había sido horrible desde el principio.
En cuanto llegamos a la mesa, los elfos se levantaron.
Los dos eran como dos gotas de agua; rubios, delgados, ojos azules y, sí, con esa belleza característica de los de su raza por la que todos parecen sacados del mismo patrón y que les confiere ese aspecto como de muñecos de cera carentes de expresión.
Nos dirigieron unas sonrisas rígidas, frías, y sus ojos no reflejaron emoción alguna.
Eran... dos muñecos que solo buscaban una cosa: meterse en nuestras camas.
Me recorrió un escalofrío de desagrado cuando el elfo que se suponía que era mi cita -para mí, los dos eran iguales- me dio dos besos en las mejillas.
Sonaron húmedos y duraron más de lo debido.
Me aparté enseguida y me senté, con una postura rígida, manteniendo en todo momento mi espacio personal.
O lo intenté. A lo largo de la comida buscaba cualquier excusa para rozarme un brazo, la mano...
Resultaba asfixiante, agotador mantener la distancia, incluso estuve a punto de agarrar un cuchillo y clavárselo en su mano para que dejara de tocarme.
Al otro lado de la mesa, Rowan hablaba con su cita. Ella lucía incómoda pero, tras dos copas de ese brebaje que nos pusieron en las copas -juraría que era el mismo que me dio a probar Rowan y que me negué a volver a beber-, reía sin control.
Vamos que estaba un poco borracha y era mejor que nos fuéramos a casa.
Apenas probé la comida. Me parecía un desperdicio ver aquellos pegotes en el plato, trozos de carne tamaño miniatura y otras cosas que no lograba ni identificar.
Además, no tenía hambre, la incomodidad que sentía me había cerrado todavía más el estómago y el cabreo me estaba llevando al límite de cometer una locura: como atacar a dos elfos en un lugar en el que estaban prohibidas las agresiones entre las diferentes razas mágicas.
Suspiré y volví a lanzarle una patada a Rowan, esta vez, con un poco más de fuerza. Ella se quejó y me fulminó con la mirada, pero captó mi “nada sutil petición”.
—Ha sido muy agradable la velada, pero debemos retirarnos. Tal vez, podremos vernos otro día.
«Ni loca, Rowan», pensé al oír su discurso. Ni loca volvía a una de esas citas dobles. Mi amiga tenía el gusto en el culo.
Los elfos no se lo tomaron bien. Fue evidente, pues estrecharon los ojos y se miraron entre sí. Hablaron a la vez y discutieron con Rowan. Sus voces comenzaron a elevarse y a atraer la atención de los comensales que ocupaban las mesas de nuestro alrededor.
Me eché hacia atrás, cruzándome de brazos cada vez más cabreada. Y exploté cuando el baboso del elfo que me tocó como cita -ni me acuerdo de su nombre- me agarró de los hombros y me tiró hacia su cuerpo con intención de besarme.
Entonces, chillé y luché para soltarme.
¡Iba a besarme! El muy... Alcé la mano para darle un puñetazo y a la mierda la política de no agresión del local. «Voy a arrancarle las orejas puntiagudas a este hijo de puta».