Ups, he invocado a un demonio por error CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

—¡Date por muerto, puto elfo!

No tuve que soltar ningún puñetazo. Al instante, el elfo salió volando de la silla, y a mí casi me derriba de la mía porque tiró de mí antes de que perdiera el agarre.

Oí gritos, ruidos de vajillas rompiéndose, más chillidos y fue ahí cuando me giré y me levanté para averiguar qué estaba sucediendo.

Casi me caigo al ver a Astaroth sobre el elfo, al que mantenía inmóvil contra el suelo, mientras le asestaba puñetazos una y otra vez. ¿Qué hacía allí? ¿Cómo me había encontrado? ¿Por qué había vuelto?

Debí soltar un chillido de sorpresa y dolor porque atraje la mirada del demonio. Este soltó a su víctima, se levantó como un depredador a punto de saltar sobre su presa y avanzó con rapidez hacia mí.

—¿Qué haces...?

No pude terminar la frase. Astaroth me sujetó la cara y me besó, lo que me tomó por sorpresa. Iba a separarlo, pero mi cuerpo reaccionó por su cuenta. Se derritió contra él, lo buscó con desesperación y correspondí a ese beso, olvidándome de donde nos encontrábamos.

Noté sus manos acariciar mi espalda, apretar mis muslos, tocarme de una manera que debía estar prohibida en público.

No reaccioné hasta que oí el grito de Rowan.

—¡Cuidado!

Astaroth se separó, lamiéndome los labios con una mirada que prometía peligro. Se giró apenas unos centímetros, sin despegarse de mi cuerpo, de forma que aún podía notar que estaba duro -ya sabéis a que me refiero-.

Alzó una mano y, de pronto, los dos elfos acabaron suspendidos en el aire, al borde de la asfixia.

Varios camareros nos rodearon y gritaron a Astaroth para que los soltara, ya que en ese lugar estaban prohibidas las agresiones. Astaroth se rio y se burló de los temerosos camareros.

—Atreveos a detenerme, duendes, y os enfrentaréis con Astaroth, comandante de los ejércitos de Lucifer.

El silencio que siguió a sus palabras fue cortante, de esos que hacían historia, solo roto por los jadeos desesperados de los elfos que estaban a un paso de cruzar el “velo” que separa la vida y la muerte.

—Eh, señor Astaroth, no podemos permitir que fallezcan dos de nuestros comensales y...

El duende se calló cuando Astaroth le miró. Este lucía sus ojos rojos como la sangre. Sí, esa mirada significaba: “Di algo más y te arranco la cabeza”.

Iba a matarlos, lo sabía. No quería que él tuviera problemas, por mucho que fuera uno de los demonios más importantes del Infierno ahora no estaba en él, estaba en mi mundo, en el plano terrenal o como queráis llamarlo.

Por mucho que lo odiara por abandonarme, también lo...

¡maldición! Lo había echado mucho de menos; todo mi cuerpo, mi alma, hasta mi magia lo añoraba y ahora, al tenerlo a mi lado, tocando mi piel, con la sensación de sus labios en los míos, mi corazón latía desbocado y lleno de felicidad.

—Astaroth —conseguí que me mirara, aunque seguía asfixiando a esos dos. Merecían acabar así, pero no causarnos más problemas—, por favor. Llévame a casa.

Él luchaba consigo mismo. Sus ojos perdieron el tono rojizo y volvieron a su color habitual. Su rostro no mostró emoción alguna, pero bajó su brazo y los elfos acabaron tirados en el suelo, tras un fuerte golpe.

No me dijo nada, solo me abrazó con fuerza y su magia me envolvió. Gemí, no pude evitarlo. Su magia erizaba mi piel, vibraba con la mía y me envolvía con su calor, llenándome de placer. Era asombroso que estuviera a punto de llegar al orgasmo con solo percibir su poder.

Una intensa luz nos envolvió. Tuve que cerrar los ojos. Sentí que algo se movía a mi alrededor, que la tierra giraba, que... vamos, me mareé y me agarré con más fuerza a su cuerpo, enterrando mi cara en su pecho para no quedarme ciega.

Y, antes de que el mundo dejara de bailar a mi alrededor, oí el grito desesperado de Rowan.

—¡Morgana!

Perfecto. Parecía el Día de la Marmota. Volvíamos al punto de partida: mi amiga gritando mi nombre y yo siendo “secuestrada” por un demonio.