Ups, he invocado a un demonio por error CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Es horrible la sensación de ser transportada mágicamente de un lado a otro, es como si tu cuerpo se convirtiera en miles de trocitos y luego se ensamblaran de golpe en apenas segundos. Daba ganas de vomitar, de caer de rodillas al suelo y comprobar frenéticamente si habías aparecido completa.

Casi estuve a punto de hacer eso pero, en cuanto la intensa luz dejó de brillar a mi alrededor, me encontré en brazos de Astaroth y a este besándome con una urgencia que me tomó por sorpresa. Sus labios eran ardientes, se pegaron a los míos y me urgía que los abriera para saborearme.

Gemí, momento que aprovechó para invadirme con su lengua y juguetear con la mía.

Ese besó duró segundos, minutos, horas… no lo sé; el tiempo se detuvo para nosotros y solo podía sentirle a mi alrededor, sus manos en mi espalda, su calor abrasándome, su magia envolviéndome y danzando junto a la mía.

No solo era deseo, era una conexión mágica que iba más allá, mi alma reconoció a la suya, mi magia resonaba con su núcleo mágico, mi corazón... latía feliz al reencontrarnos.

Durante ese beso no pensé en nada, solo sentía, solo me dejaba llevar por la intensa felicidad que amenazaba con estallar dentro de mí.

Y, cuando terminó, él se separó unos centímetros, para susurrar mi nombre con voz enronquecida.

—Morgana, mi bruja, mi...

No le dejé terminar la frase, le di un puñetazo en la mejilla con todas mis fuerzas, al tiempo que le grité:

—¡Imbécil! Me abandonaste y ahora quieres follar de nuevo. ¡Me niego!

No supe si fueron mis palabras o el puñetazo que le di -que tampoco es que le afectara mucho, creo que me dolió más a mí que a él- pero me miró con una expresión de sorpresa, incredulidad y todos los adjetivos que quisierais ponerle; vamos, que me miró con una cara de imbécil que no sabía lo que estaba pasando.

—¿Abandonarte? ¿De qué estás hablando? —consiguió preguntar, tras unos segundos de estupefacción en los que hasta se acarició la zona golpeada.

Me crucé de brazos, fulminándole con la mirada. Me daba igual que pareciera un cachorrito abandonado que rogaba para que lo recogiera de la calle, ese demonio me había roto el corazón y no iba a abrirme de piernas cuando él quisiera para, luego, ver cómo se largaba de nuevo. ¡Me negaba!

—¿Y cómo quieres que lo llame cuando me follas y me alejas de tu lado? Desapareciste una semana, sin dejarme un mensaje, sin contactarme, ¡sin nada! Solo sabía que nos habíamos acostado y me desechaste como si fuera un pañuelo que no quisieras volver a usar.

Astaroth entrecerró los ojos y apretó los dientes. Sus ojos mostraron entonces ese tono rojizo que lucían cuando las emociones bullían en su interior y no era capaz de controlarlas.

«¡Bien, cabréate, imbécil!», pensé. «Más cabreada estoy yo».

—¿Lo dices en serio?

Esta vez la que puso una cara de: “No me puedo creer que me digas eso”, fui yo.

Volví a golpearlo en el pecho, una y otra vez, chillando cada una de las palabras que llevaba grabadas en mi corazón, llorando sin percatarme de que las lágrimas se deslizaban por mis mejillas.

—Por supuesto que lo digo en serio, ¿crees que no pensaría eso cuando me abandonaste en mi casa? Lo último que recuerdo fue quedarme dormida en tus brazos y cuando me despierto, ¿dónde estabas tú? ¡Una semana sin saber de ti! ¡Una semana!

Astaroth me agarró las manos, con cuidado para no hacerme daño, deteniendo mis golpes.

—Morgana, no llores, por favor. No soporto verte llorar.

—Es por tu culpa, ahora no me vengas con frases ñoñas encontradas en internet. ¡Todo es por tu culpa! ¡Me rompiste el corazón!

Él se acercó hasta casi rozar mis labios. Me quedé paralizada al verle tan cerca, sus manos seguían agarrando las mías, su respiración se entremezclaba con la mía, estaba tan... tan cerca.

—Mírame, bruja. Eres mi compañera, nunca te abandonaré ni cuando la muerte te reclame o se atreva a reclamarme a mí antes.

Tu alma está atada a la mía, tu futuro es mío, mi destino está en tus manos, mi maldita existencia solo tenía un objetivo: encontrarte, conocerte y enlazarme contigo.

Eres mi única obsesión, mi único punto débil por eso...

Me miraba directamente a los ojos, unos ojos que cada vez brillaban con más fuerza como si fueran sangre recién vertida.

Aguanté la respiración unos segundos esperando a que él continuara.

Quería creerle, de verdad que quería, pero esa semana sin saber de él, esa semana de incertidumbre en la que sentí una soledad tan intensa que me desgarró por dentro... pesaba con fuerza.

—No imaginé que tardaría una semana.

Esa frase me sacó de mi estado de tensión y volví a explotar, intentando liberarme de su agarre. Tiré de mis brazos, él me soltó e intenté volver a golpearle el pecho. No lo conseguí. Debía cambiar de táctica.

—¡Mentiroso! ¿Cómo no vas a saber que me dejaste tirada una semana! Siete días. No uno, ni dos, ¡siete! ¡Y ni un mensaje! Y no me pongas la excusa de que estabas en el Infierno porque no cuela, ¿acaso no podías contactarme?

Astaroth se revolvió los cabellos tras soltarme. Su larga melena se veía salvaje, sus ojos brillaban con intensidad, todo su cuerpo emanaba su poderosa magia. Era una bestia que se sentía acorralada.

—No me has entendido, no pensé que tardaría una semana en acabar con todas.

—¿Qué? —chillé y pregunté al mismo tiempo, sin entender a qué se refería.

Él se cruzó de brazos. Su magia chisporroteaba a su alrededor, era fascinante verla y mi propio núcleo mágico vibraba deseando entremezclarse con ella.

Sí, era adictivo sentir su magia en mi interior, como si fuera una caricia continua de agua caliente, que te calmaba, te calentaba y te hacía sentir segura.

—Lamento mucho el haber tardado siete días, pero resultaron muy escurridizas, se escondieron bien y, por tu seguridad, no podía dejarlas con vida.

Seguía sin enterarme de qué se refería.

—Pero ¿qué dices? ¿No estábamos hablando de que me abandonaste?

Astaroth estalló, su magia estuvo a punto de tirarme al suelo.

Lo vi respirar hondo y replegarla en su interior.

Miré a mi alrededor. Estábamos en la cueva, en esa isla que le pertenecía.

Sí, la de la famosa mujer holograma en el cuarto de baño que casi me provoca un infarto del susto.

Me percaté de que había causado daños en los muebles del salón, aunque eso no me importó, como si lo reventaba todo, era su casa.

—¿Cómo voy a abandonarte si eres mi compañera eterna? Mi alma gemela, ¿no te lo he dicho ya? De verdad, estoy pensando en comprarte un audífono porque estás sorda. ¡Eres mía, asúmelo de una maldita vez! Tu eternidad está atada a la mía.

—¿Y por qué me dejaste tirada en mi casa?

Astaroth volvió a lanzar otra oleada de poder desde su interior. Hala, venga, ahora se ha quedado sin estantería porque se ha hecho pedacitos. Que se joda.

—Porque maté a todas las demonios con las que me he acostado a lo largo de mi existencia.

Eso sí que no me lo esperaba. Me quedé con la boca abierta y ni siquiera pestañeé.

¿Mató a... todas sus exnovias? ¿En serio?

Red flags con pierna 2.0.

Y sí, yo debía estar mal de la cabeza porque, de golpe, sentí una emoción intensa en mi interior de posesividad, de orgullo, de...

Maldición, estar pegada a un demonio no era bueno.

—¿A todas? —fue lo único que se me ocurrió decir cuando conseguí calmarme un poco.

Él me miró directamente a los ojos, su cuerpo estaba tenso, se le veía furioso y con la magia a flor de piel.

—Sí —su voz era grave, peligrosa—, a todas, por eso tardé. Me llevó siete días cazarlas, ya que se escondieron bien y el Infierno es muy grande, pero ninguna de ellas podrá atacarte.

—¿Lo hiciste para protegerme? —Esta vez, la que tenía un hilo de voz era yo. ¿Había hecho eso por mí?

Astaroth estalló de nuevo. Adiós sofá, tuviste una buena vida. Menos mal que su magia se enfocaba en un punto a su espalda y no llegaba a alcanzarme, pues estaba delante de él.

—Pues claro que fue por ti, ¿o acaso crees que me dedico a matar demonios por gusto?

Cuando te atacaron en mi propia habitación lo decidí, no puedo permitir que nadie te haga daño.

Las cacé una a una, acabé con ellas de manera rápida y eficaz, solo dejé vivas a las que ya estaban emparejadas con otros demonios y no tenían intención de recuperarme.

No me enorgullezco de lo que hice, pero tampoco me arrepiento; las demonios son crueles, posesivas, no aceptan un no por respuesta y son muy vengativas; iban a matarte, así me lo confirmaron cuando las localicé, así que acabé con ellas antes.

Lucifer me ha castigado, pero me importa una mierda.

Hice lo necesario para mantenerte con vida, para mantenerte a salvo.

Siempre serás lo primero para mí, por encima de mi honor, de mi orgullo, del puto Infierno.

Nada importa, solo tú. Así que ya ves, Morgana, soy esclavo de lo que siento.

Destruiré el mundo por ti si es necesario.

Una semana ha sido el precio que he pagado por protegerte.

Vi que él esperaba mi respuesta, que yo reaccionara, así que solté lo primero que pensé:

—Pero ¿cuántas exnovias tenías?

Él volvió a mirarme con incredulidad como si me hubieran salido dos cabezas.

—¿En serio esa es tu respuesta después de mi declaración de amor?

Esbocé una sonrisa, no iba a admitir que me había encantado.

Sí, definitivamente el destino eligió bien porque el saber que él había hecho eso por mí, para mantenerme a salvo y que no tendría que temer el levantarme un día y volver a tener a otra demonio poderosa deseando acabar conmigo, era lo más romántico que habían hecho por mí.

Sí, puede que esté mal de la cabeza, y sí, puede que sea la pareja destinada a este hombre pero el saber que no moriría a manos de una desconocida que quería recuperarle, era un alivio que me había sacado un peso de encima.

—¿Declaración de amor? No veo ni flores ni bombones —me burlé, rompiendo a reír. ¡No me había abandonado! Solo se había dedicado a cazar a sus exnovias para que no me mataran.

—Eres... eres...

—Tu bruja, demonio y si vuelves a dejarme una semana sin contactarme ni una sola vez, te corto los huevos.

Esta vez quien se carcajeó fue él, antes de salvar el espacio que nos separaba y tomarme en brazos. Astaroth me alzó del suelo y me susurró:

—Mi cruel bruja, no sabes cómo me pones.

Me besó, y yo le devolví el beso, agarrándole la cabeza para acercarlo todavía más a mí.

¡No me había abandonado! Todo el dolor que sentí esa semana se había esfumado, aunque seguro que permanecería una sombra de duda en mi corazón que, esperaba, no hiciera acto de presencia cuando menos me lo imaginara.

No puedo negarlo, mi autoestima no era la mejor y aún me costaba creer que ese demonio pudiera amarme, necesitarme o desearme, que quisiera pasar el resto de su eternidad a mi lado.

Una eternidad... esas palabras daban miedo, era demasiado tiempo, ¿y si se cansaba de mí? ¿Y si...?

Él cortó el beso. Abrí los ojos y gemí al toparme con la intensidad de su mirada.

—Piensas demasiado, bruja.

—¿Me has leído la mente? —pregunté con voz chillona temiendo esa posibilidad. ¿Sería un súper poder demoníaco del que no sabía ni que existiera?

Astaroth volvió a reírse de mí mientras me soltaba con cuidado para que dejarme de pie frente a él.

—¡No! Por todos los demonios del Infierno, no quiero oír tus pensamientos, me volvería loco, y tampoco me hace falta hacerlo, eres muy transparente, puedo ver tus emociones.

Me crucé de brazos y negué con la cabeza.

—Eso no es verdad, es...

Astaroth alzó una mano y murmuró unas palabras. Tras un pequeño estallido, vi cómo mi ropa caía al suelo hecha jirones.

Chillé por la sorpresa e intenté cubrirme con las manos.

—¡Qué haces!

—Facilitar las cosas para poder follarte cuanto antes.

—¡Estamos discutiendo! —le increpé, tapándome con una mano los pechos -bueno, intentándolo-, y, la otra, entre mis muslos.

Astaroth negó con la cabeza y paseó sus ojos por mi cuerpo, dio un paso hacia delante pisando los jirones de mi ropa.

—Tú estás discutiendo, yo estoy duro y con ganas de enterrarme en tu interior desde que te vi en ese restaurante con aquel maldito elfo. —Apretó los puños y su magia le cubrió como un halo de fuego y luz que amenazaba con consumirlo todo—. Debí matarlo por atreverse a respirar el mismo aire que tú.

Se plantó frente a mí, mirándome con una intensidad que me dio escalofríos, y no, no de los malos. Tengo que confesar que estaba mojada, desde su “extraña y peculiar” declaración de amor.

—¡No te acerques más! No hemos acabado de hablar.

Él se lamió los labios e ignorando mis palabras, me respondió:

—¿Hablar? Tenemos una eternidad para eso, bruja, pero ahora... Con que te dejé sola una semana, ¿eh? Tengo mucho tiempo que recuperar.

Antes de que pudiera contestarle, se movió veloz y me sujetó por la cintura para alzarme y colocarme sobre su hombro. Chillé por la sorpresa, pero mis chillidos se silenciaron cuando noté una palmada en mis muslos.

—Tranquila, mi bruja. Me aseguraré de devolverte cada minuto que estuve lejos de ti, no descansaré hasta recuperar el tiempo perdido. Te lo juro, y la palabra de un demonio es ley.

Y, sin más, cruzó por el pasillo a una velocidad sobrehumana hasta lanzarme sobre la cama, en la que me quedé boca abajo y sin aliento.

Cuando me giré, ya lo tenía sobre mí, desnudo.

¿En qué momento se había quitado la ropa?

No pude pensar en nada más. Su beso fue devastador y sus manos, decisivas y abrasadoras.

Antes de que pudiera pensar en lo que estaba pasando, estallé en el primer orgasmo del día.

Y sí, si os lo preguntáis, Astaroth recuperó el tiempo perdido, pues perdí la cuenta de orgasmos que tuve.

Más tarde, en algún momento, me desmayé de puro cansancio y lo último que oí antes de caer en los brazos de Morfeo -mejor no mencionar esto porque conociendo a mi demonio, es capaz de ir en busca de Morfeo y matarlo- fue:

—Mi amada, mi bruja, mi Morgana, descansa. Estaré aquí cuando despiertes, cada día de nuestra vida, para siempre.