EPÍLOGO
—Basta, Astaroth, no podemos...
Gemí, sus dedos eran milagrosos y me acariciaban entre mis pliegues, rozando mi clítoris y amenazando con introducirse en mi interior para...
Cuando lo hizo, chillé y me removí en el sitio aunque, por suerte, él me mantenía pegada a su cuerpo, sujetándome por la cintura.
Se hallaba a mi espalda, su aliento susurrando mi nombre en mi oído, y era tan erótico sentir que estaba duro, soportando el deseo, dándome placer.
—Mentirosa, no quieres que me detenga. Mira cómo estás, mojada por mí y solo he metido un dedo. Me deseas, bruja, no lo niegues.
Iba a contestarle, pero me quedé sin palabras al sentir cómo me penetraba una y otra vez con su dedo, y chillé cuando introdujo otro. Mantenía los ojos cerrados, mi cuerpo se mecía solo, necesitaba, necesitaba...
Se detuvo en seco y abrí los ojos de golpe. ¡Estaba tan cerca! Iba a protestar cuando él soltó una maldición y me giró.
—Apoya las manos en la pared, bruja.
Conseguí hacer lo que me dijo antes de que me penetrara de golpe, esa primera estocada me quitó el aliento. Él era enorme, demasiado. Agradecí que se mantuviera quieto unos segundos para que me acostumbrara a su tamaño, por más que estuviéramos juntos necesitaba esos segundos para poder adaptarme.
—Astaroth —susurré con voz enronquecida, moviendo mis caderas. No tuve que decir nada más.
Él comenzó a bombear despacio, volviéndome loca con sus movimientos. Podía sentirle muy dentro de mí, podía oír el ruido que hacía al salir de mi interior y volver a penetrarme.
Noté cómo se echó hacia delante, cubriéndome la espalda, mordisqueándome la oreja antes de murmurarme:
—No aguanto más, bruja, me vuelves loco.
Esta vez el ritmo cambió, sus estocadas se volvieron salvajes, intensas, profundas, desesperadas, con una fuerza que conseguía que todo mi cuerpo se sintiera como si me estuvieran partiendo en dos. Era salvajemente erótico.
Me mordisqueó el cuello, lamió cada mordida que me hacía, procurando no hacerme daño. Estaba aprisionada bajo él, contra la pared con las manos extendidas, y apenas podía mantenerme de pie.
Y, cuando menos me lo esperaba, él comenzó a jugar con mi clítoris con movimientos circulares. Ahí, casi me golpeo la cabeza contra la pared, perdí el agarre y tuvo que alzarme entre sus brazos.
—Maldición, Morgana, no aguanto más.
Me tenía en sus brazos, bombeando con fuerza en mi interior, repitiendo una y otra vez mi nombre contra mi oído con voz enronquecida.
Ese cambio de postura consiguió que mi cuerpo se tensara, que mi cuerpo notara cada uno de sus movimientos profundamente que mi cuerpo...
y estallara por completo saboreando un orgasmo tan intenso que amenazaba con desmayarme.
Una embestida, dos... hasta que Astaroth se corrió en mi interior, hasta que me llenó con su semilla, hasta que me mordió en el cuello acallando su grito de placer.
Permanecimos unidos, aún seguía duro en mi interior. Su semilla se deslizaba por mis muslos, mi corazón bombeaba alocado, mi cuerpo se sentía plastilina, estaba agotada, quería dormir, quería...
—Vamos, bruja, nos esperan.
Tuve que parpadear confundida cuando él me depositó en el suelo, casi me doy de bruces. Menos mal que me sujetó.
—¿Cómo? —conseguí preguntar medio adormilada por las secuelas del mejor orgasmo del día.
Astaroth rompió a reír y me dijo:
—¿No lo recuerdas? Estamos en la sala de espera del salón donde se supone que vamos a casarnos en... —Miró el reloj que llevaba en la muñeca—. ¡Oh! Se suponía que nos casábamos hacía media hora. Llegamos tarde. Vamos, cielo, nos esperan.
Rechiné los dientes, y le golpeé el pecho con los puños.
Sentía las piernas como si fueran gelatina, el peinado que lucía seguro que se había ido a la mierda, estaba pegajosa, sin ropa interior, las mejillas enrojecidas -no tenía ningún espejo delante, pero no me hacía falta mirarme en uno para saber que tendría unas pintas de: “Acabo de follar y no puedo ocultarlo”-, el vestido arrugado...
—¿Cómo vamos a casarnos ahora? ¡Mira qué pinta llevo! Ya te dije que no entraras en la sala en la que me estaba poniendo el vestido de novia, da mala suerte verse antes de la boda.
Astaroth se encogió de hombros y se recolocó la corbata, el muy maldito lucía como si hubiera salido de la ducha en ese momento.
—Soy un demonio, cielo, no creo en la mala suerte; además, tenía curiosidad por verte de novia.
Me crucé de brazos mirando el vestido, menos mal que no se notaba que, debajo, estaba medio desnuda y que tenía los muslos mojados de su semilla.
—Ya, curiosidad... y esa curiosidad acabó en acostarte conmigo minutos antes de la ceremonia.
Él repitió el gesto de encogerse de hombros. Si volvía a hacerlo, le haría tragar el ramo de flores que había olvidado en algún lugar de la sala.
—Pues sí, no es culpa mía que seas terriblemente seductora y sexy . Da gracias que te vi por primera vez aquí o te habría follado delante de los invitados.
Me quedé con la boca abierta y sin palabras. ¿Lo decía en serio o era un farol? No podía saberlo con seguridad, me esperaba lo peor, después de todo, mi futuro marido era un demonio, el comandante de los Infiernos ni más ni menos y, tras conocer a Lucifer, me creía cualquier cosa.
—Aún tengo que darte las gracias por arruinarme el maquillaje, el peinado, el vestido y...
—Ya te lo cobraré más tarde, puedes chuparme la polla cuando estén degustando los postres, podemos regresar aquí y...
Me moví con rapidez, agarré el ramo que localicé a unos metros, me giré y se lo lancé.
—Imbécil, deja de pensar en el sexo, eres insufrible.
Astaroth agarró el ramo en el aire, ni siquiera le rozó, le colocó bien el lazo y me lo devolvió con su magia. El maldito ramo flotó frente a mí como si acabara de salir de la floristería solo hacía unos minutos.
—Seré insufrible, pero soy tuyo, cielo, recuérdalo.
—Me miró fijamente unos segundos, gruñendo.
Volvía a estar duro. Si creía que iba a haber otra “ronda”, que esperara sentado—.
Lástima que no tengamos más tiempo, pero más tarde cuando todos estén comiendo...
me pasaré al postre directamente, voy a lamerte hasta que vuelvas a gritar mi nombre y te pondré de rodillas para que me chupes hasta que...
—¡Imbécil! Eres un imbécil, ¡cállate! —le chillé una y otra vez, poniéndome roja.
Astaroth rompió a reír, disfrutando de mi reacción.
—Está bien, cielo, si te preocupa tu aspecto… —Movió la mano y noté su magia rodearme. Cuando acabó, mi vestido estaba perfecto y mis muslos limpios. Me palpé los cabellos con cuidado y percibí mi melena bien sujeta con las horquillas—. Estás perfecta, mi bruja.
Se acercó hasta mí y me tendió la mano, tras agarrar el ramo que seguía flotando en el aire.
Le acepté la mano y él me dio el ramo.
—Vamos, Morgana, toca firmar ese papel para que nuestra unión sea legal en tu mundo.
—¡Qué romántico eres! —murmuré con voz enfadada.
Él se agachó para susurrarme.
—Recuerda que soy un demonio, cielo.
—No lo olvido nunca, Astaroth. —Murmuré un hechizo que aprendí en uno de los libros prohibidos de la biblioteca de mi antigua Academia—. Y tú no olvides que soy una bruja, demonio —le susurré, activando el hechizo con la palabra clave: demonio.
Astaroth jadeó por la sorpresa y me miró con incredulidad. Esbocé una sonrisa y me hice la inocente, avanzando y llevándolo conmigo.
Abrí la puerta y caminamos por el estrecho pasillo que llevaba al salón de baile. No tardamos en llegar y pude notar la confusión del demonio, igual el pobre creía que solo había sido fruto de su imaginación.
No fue hasta que comenzó la ceremonia, presidida por una bruja y Lucifer como representantes de ambas razas, que comprendió lo que había pasado. Le había lanzado un hechizo de magia oscura por el que, cada vez que oía la palabra demonio, sentía como si le estuvieran chupando la polla.
Tuve que aguantar la risa porque, en cada ocasión en la que Lucifer mencionaba la alegría que embargaba a los demonios por nuestra unión, mi futuro marido se tragaba las ganas de gemir, removiéndose en el sitio, visiblemente incómodo, inquieto hasta el punto de que acabó por gritar a Lucifer para que dejara de hablar tanto de los demonios y se centrara en terminar la maldita ceremonia de una puta vez. Palabras textuales.
Pobrecito. Qué mal lo pasó. Y, sí, recordaba cada día que él era un demonio pero oye, yo soy una bruja, la magia es parte de mi alma, de mi vida, y, tened por seguro que la usaré.
Cuando los comensales se sentaron en las mesas para comenzar el banquete, él me agarró de la mano y caminamos hacia la salida del salón. Ahí ya no fui capaz de aguantar la risa y me reí a carcajadas, atrayendo la atención de todos.
—El novio no puede aguantar las ganas de consumar el matrimonio.
—Vete a la mierda, Lucifer.
Este rio en alto, alzando la copa antes de dejarla caer con un gesto de sorpresa. Eso fue lo último que vi antes de abandonar el salón.
—¿Morgana? ¿Ya ha terminado la ceremonia? ¡Siento llegar tarde a tu boda! Estaba en una conferencia y no me dejaron salir hasta ahora.
Me crucé con Rowan, pero ni siquiera pude hablar con ella para asegurarle que no importaba. Astaroth me tiraba del brazo con desesperación para, con pasos apresurados, alejarnos del salón de baile.
Creía que íbamos a la salita donde me había cambiado de vestido, sin embargo, en medio del pasillo, él se volvió y me abrazó con fuerza.
—Te follaría aquí mismo, bruja, pero como es nuestra noche de bodas...
Su magia nos cubrió y: puf, viaje instantáneo y un nuevo mareo. ¿No podía elegir otro medio de transporte? De verdad, estaba por regalarle una escoba voladora.
Otra vez nos hallábamos donde tuvo su inicio nuestra historia, en medio del salón de mi casa. Eso me confundió, y debí poner una mueca de desconcierto porque él me dijo:
—Por si Lucifer se atreve a molestarnos en mi isla, él sabe llegar hasta allí. Mejor nos quedaremos unos días en tu casa. Y, Morgana... —Le miré, sonriendo, no me arrepentía de nada—. Recordaré el hechizo que me lanzaste.
Entonces me besó, nuestro primer beso tras la ceremonia como marido y mujer, tanto en mi mundo como en el suyo, con la bendición de una representante de las brujas y del mismísimo Lucifer.
Ese beso sería el primero de muchos, de eso estaba segura, y cada día sería toda una aventura que estaba deseando descubrir.