CAPÍTULO 26
Había pasado una semana desde el “incidente”, ni siquiera era capaz de pronunciar la palabra Infierno.
Fue un golpe muy duro para mi autoestima y seguía sin asimilarlo.
Después de toda “la presión” de ese demonio para que aceptara la unión, lo que supuestamente nos unía...
y después de acostarse conmigo, había desaparecido del mapa como si se lo hubiera tragado la tierra, aunque no de manera literal.
Mientras, yo continuaba en casa de Rowan y me planteaba la posibilidad de buscar otro piso para mí, pues no quería regresar al lugar donde todo comenzó.
Me evadía de mis emociones centrándome en el trabajo, llegando a hacer horas y horas extras hasta el extremo de que mis jefes me amenazaron con darme vacaciones obligatorias para que dejara de molestarles.
También iba mucho a la biblioteca de la Academia y obtuve un permiso especial para acceder a los libros de magia negra, que estaban muy controlados después de que una bruja abriera las puertas del Infierno y dejara libre -sin querer, según ella- a varias bestias demoníacas que provocaron el caos en el mundo mágico. Menos mal que no hubo muertos.
¡Incluso retomé mi afición de volar en escoba!
No es que fuera la mejor, porque, oye, con sinceridad, tener un palo de madera duro entre las piernas -y no penséis mal- no resulta muy cómodo; por suerte, ahora se hacían versiones con acolchamiento y adaptaciones para que no sintieras molestias mientras volabas.
Me compré uno de los modelos más baratos, que disponía de un “asiento” adaptado y un reposapiés para que el vuelo fuera más cómodo.
Era un trasto que ocupaba demasiado espacio y muchas brujas reivindicaban la tradición de volar en una escoba antigua, pero vamos...
después de una hora con esa madera rozándote el...
Os aseguro que vosotras también optaríais por un modelo más actual.
En un principio, Rowan se rio de mí, pero acabó comprándose otra igual y, ahora, hacemos carreras, cuando tenemos tiempo libre, en uno de los parques habilitados para ello.
Quizá os preguntáis si nos hemos caído de la escoba.
Respuesta: sí, aunque por suerte fue desde poca altura o nos habríamos roto la cabeza.
Oí el silbido de la cafetera italiana de Rowan.
El café ya estaba listo. En la mesa de mi cuarto tenía desperdigados varios documentos para estudiar y analizar pues mencionaban pociones, datadas en la Edad Media, y debía evaluarlas por si escondían algo de verdad.
Era el último encargo que me habían hecho.
No me gustaba el trabajo de oficina, prefería el del laboratorio y moverme entre calderos, probetas, y demás instrumentos modernos -sí, usábamos también material humano para nuestras investigaciones como el matraz Erlenmeyer, los cristalizadores, las probetas, los agitadores vórtex y bla, bla, bla-.
Los humanos eran muy imaginativos a la hora de escoger aquellos extraños nombres para sus materiales de laboratorio.
En cambio, las brujas los simplificábamos al pedirnos: “Pásame ese cacharro de ahí; sí, ese, el de la derecha; no, el de tu otra derecha”.
En fin. Suspiré y continué con los documentos.
Por supuesto, no eran los pergaminos originales, sino unas copias creadas con magia.
Normal, después de que una bruja devolviera una vez unos pergaminos antiguos con manchas de chocolate, arañazos de gato y...
Nadie se arriesgaba a prestar documentos originales.
Una copia podía volver a crearse, un original por contra... Como lo estropearas, acababas en el exilio -o con restricciones de magia- durante una larga temporada.
—Morgana, ¿quieres un café?
Oí la voz de mi amiga, volví a mirar los papeles y me decidí, ¡había llegado la hora de descansar!
Al levantarme me quejé, me dolía la espalda por permanecer tanto tiempo estudiando los pergaminos con la lupa mágica, anotando cada ingrediente u observaciones escritas por el creador de aquellas pociones.
Eran unos textos caóticos plagados de tachones y palabras sin sentido, en los que no se mencionaban ni medidas exactas de ingredientes, tiempos de elaboración, temperatura ni presión para evitar que la poción estallara o provocara algún accidente grave.
Recordaba la ocasión en la que alguien, que intentaba crear una crema de belleza, acabó por descubrir uno de los corrosivos más potentes del mercado.
Menos mal que no llegó a probarlo con nadie...
—¡Ya voy! —grité a Rowan cuando volvió a llamarme.
Me estiré con cuidado y mi espalda crujió. Necesitaba un buen masaje, estar tanto tiempo doblada hacia delante era perjudicial para la salud.
Nada más entrar en la cocina, Rowan me tendió una taza humeante de café recién hecho.
Se lo agradecí con una sonrisa y lo saboreé con un trago lento.
Era un café fuerte, intenso, con apenas azúcar, tal y como le gustaba a mi amiga.
Yo prefería algo más dulce, pero ya me estaba acostumbrando a este sabor tanto intenso y, así, controlaba un poco mi nivel de azúcar.
—¿Qué vas a hacer hoy?
La pregunta de Rowan me tomó por sorpresa, aunque me encogí de hombros y respondí:
—Trabajar. Estoy realizando una investigación y...
Rowan levantó una mano y, con ese gesto, me silenció.
—Bla, bla, bla. Solo piensas en el trabajo, te pasas todo el día metida entre pergaminos viejos y lo único que haces cuando salimos es volar con esa ridícula escoba.
—Eso no es cierto, también...
Volvió a hacerme ese puñetero gesto. De verdad, estaba a punto de lanzarle un hechizo de congelación y usarla como perchero, así colgaría mi abrigo en su mano extendida.
—¡Ya es hora de vivir!
Resoplé con burla y le recordé:
—Ya estamos vivas, no somos zombies .
Esta vez, quien resopló fue ella.
—Ya sabes a qué me refiero, chica. Vamos a salir, a arrasar, ¡a darlo todo! Y si tenemos suerte, ¡a follar!
¿Por qué tuvo que mencionar eso en el momento en que estaba bebiendo?
Me atraganté con el café y me salió parte del oscuro líquido por la nariz.
Estuve un buen rato tosiendo, golpeándome el pecho con la mano, tras dejar la taza sobre la mesa, aunque me dieron ganas de lanzársela a la cabeza a Rowan.
Casi me ahogo, seguro que me puse roja, me manché con el café hasta en la barbilla y me limpié con la manga del jersey viejo que llevaba.
Cuando conseguí recuperarme algo y no sentir que sí, que iba a convertirme en una zombie de verdad, le solté con voz un poco enronquecida:
—¿Tú estás loca? ¿Cómo que follar? Yo no necesito meterme en otra relación, bastante mal lo estoy pasando por culpa de ese, de ese... —No pude terminar la frase, me dolía pensar en Astaroth.
Rowan me miró como si me hubiera salido dos cabezas y me contestó, como si no me enterara:
—¡Precisamente es ahora cuando más lo necesitas! ¿No dice el refrán que un clavo saca otro clavo?, pues eso, ¡necesitas que te la claven!
Rowan rompió a reír con su broma, pero fue la única porque yo la miré con una expresión de cabreo “máximo”, vamos que la estaba fulminando con la mirada. Su comentario no me había hecho ni puñetera gracia.
—No cuentes conmigo —exclamé de mala gana y me crucé de brazos.
Mira qué bien, conseguí que dejara de reírse como una loca.
—Jooo, Morgana, no seas aguafiestas. ¡Tienes que acompañarme!
Descrucé los brazos y la señalé con el dedo.
—¡Ajá! Por eso quieres que vaya contigo. Seguro que has ideado una de tus locas salidas y no tienes con quien ir.
Rowan lució un poco avergonzada y, enseguida, asintió con la cabeza.
—Sí y no. Sí, he quedado con un elfo y no, no iba a invitarte porque bueno, ya sabes... tres son multitud y no me gustan esas cosas, pero...
—¿Pero...? —le pregunté para que acabara una vez de confesarlo todo. Necesitaba saber a qué se refería y qué quería realmente.
—Pero resulta que también vendrá su hermano y claro, no quiero un trío, así que pensé que podía llevarte. Seguro que le encantas y consigues olvidarte de ese imbécil que te rompió el corazón.
Exploté y discutimos. ¿Cómo se le ocurría meterme en sus planes? Si es que...