Ups, he invocado a un demonio por error
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CAPÍTULO 1
El problema de San Valentín no era el color rosa, ni los corazones, ni los peluches que parecían sacados de alguna película de terror -aunque fueran ositos mutantes con mensajes ñoños y corazones en sus bracitos regordetes-, ni siquiera las parejas que se besaban en público después de que él le regalara un ramo de rosas -aunque el resto del año ni se acordara de ella o le pusiera los cuernos- protagonizando una comedia romántica de bajo presupuesto.
El verdadero problema de San Valentín era... el amor. Sí, el amor.
Y yo, Morgana Brynder -orgullosa bruja de quinta generación, especialista en pociones y hechizos- odiaba San Valentín por culpa del amor.
A mis treinta años había tenido muy mala suerte con Cupido -el muy imbécil debía estar borracho y ciego porque no acertó ni una maldita vez conmigo-, pues mis tres novios -sí, los conté- me salieron rana, pero de esas que te dan ganas de meterlas en una olla con agua hirviendo y... Vamos, ya me entendéis.
Me pusieron los cuernos, se burlaron de mí, me usaron para lograr lo que querían, intentaron que pensara que me había vuelto loca y que la realidad no era tal cual la estaba viendo... En fin, ¿qué os voy a contar?
—Es una festividad innecesaria —murmuré, cerrando de golpe el grimorio que flotaba frente a mí—. Comercial, manipuladora y mágicamente inestable. Además de una mierda que solo sirve para que los que no tenemos pareja, nos sintamos como el culo.
El libro cayó sobre la mesa con un ruido fuerte, como si estuviera de acuerdo conmigo.
Bien. Al menos alguien tenía sentido común, aunque ese “alguien” fuera una cosa con centenares de páginas amarillentas, que olía a cuero viejo y...
resultara muy útil para resolver dudas acerca de pociones de magia oscura.
Me alejé de la sala que empleaba para las pociones, después de asegurarme de que había apagado el caldero; no quería que me pasara lo mismo que el mes pasado cuando casi quemé mi apartamento.
Mi casa olía a hierbas quemadas, a vela apagada y a humedad por los centenares de libros, pergaminos y grimorios viejos que tenía.
Mi hogar era un poco caótico, con estanterías por todos lados llenas de libros apilados, algunos de los cuales amenazaban con caerse en cualquier momento.
No quise mirar al rincón de mi pequeño pues ahí aún estaba su camita, junto con sus viejos juguetes que tanto le gustaban.
Emocionada, me tragué las lágrimas; era duro perder a un familiar de cuatro patas y todavía no lo había superado.
Me miré en uno de los muchos espejos que tenía, no solo por vanidad, sino porque amplificaban mi magia cuando realizaba algún hechizo de alto alcance.
Como bruja, la magia era algo natural, una parte más de mi alma, como una energía con la que nací y era capaz de manipularla después de aprender a moldearla, a reconocerla y amplificarla.
El reflejo que me devolvió el espejo me hizo suspirar.
Estaba agotada, mental y físicamente, ya que había trabajado todo el día en las pociones que debía entregar a uno de mis clientes.
Ni siquiera me había quitado el pijama, y eso que no era de esos nuevos que parecían salidos de una revista de moda.
Mi pijama era viejo, tenía varios agujeros y lucía los arañazos de las uñas de mi antiguo gato en la parte de abajo.
Llevaba el pelo recogido con una pinza y semejaba a punto de reventar, no tenía ni idea de cómo aguantaba pues, al ser ondulado, mi cabello tenía mucho volumen.
Me aparté del espejo enseguida, pues no me gustaba demasiado lo que veía.
En realidad, no estaba contenta con mi cuerpo, ni con mi existencia, pero no quería entrar en un lugar de oscuridad en el que acabaría por invocar a Cupido para arrancarle las plumas, una a una.
«Será mejor que me haga un chocolate caliente y busque algo de dulce en mi despensa», pensé, mientras me alejaba del salón e iba hacia la cocina.
Estaba tan sumergida en mis pensamientos que casi pegué un grito cuando noté que algo me vibraba en el bolsillo del pantalón del pijama.
—¡No! —chillé con rabia al percibir que el maldito móvil no se detenía—. Hoy no, ¡maldición! No quiero saber nada, no quiero ver nada, no quiero que me molesten.
El teléfono vibró de nuevo. Una y otra vez.
Vamos, que no iba a parar el muy pesado.
¿Y por qué no lo pones en silencio?, diréis.
Pues oye, muy buen punto, debí silenciarlo, pero ahora me había llegado un mensaje y, al saber a quién pertenecía, estaba convencida de que no me dejaría en paz.
Seguro que si no respondía, me llamaría al fijo o peor, se acercaría a mi casa para ver si “seguía viva”, aunque no pensaba abrirle la puerta.
Lo agarré con mala gana, marqué el código para activar la pantalla y vi que había recibido un mensaje por la red social más usada en el mundo mágico. Pulsé en el icono, que era un gato negro, y leí el mensaje:
—¿Estás libre esta noche?
Me reí. Una carcajada seca, incrédula. Anda que no era directa mi amiga.
Comencé a responderle mientras leía en alto lo que estaba poniendo; sí, me gusta hablar sola cuando me encuentro en casa porque eso me ayuda a no pensar, a no percibir el silencio que impera en mi hogar.
Lo estaba pasando mal desde la muerte de Mariposa , mi adorado y fiel gato blanco, que me acompañó desde la niñez.
Lo había enterrado en la finca familiar, bajo el roble, hacía dos semanas y cada día notaba su ausencia, tanto que no fui capaz de tirar ni su plato ni sus juguetes.
—¡Hola a ti también! Claro que estoy libre —Lo siguiente que dije no lo escribí en el mensaje pues era para mí—: Libre de citas, libre de enamorarme, libre de decisiones estúpidas.
Volvió a sonarme el móvil con la contestación de mi amiga.
—¿Salimos hoy?
No tardé en escribir: “No”.
Tres segundos después recibí la respuesta de Rowan, ya sabía yo que no aceptaría mi negativa.
La conocía bien, pues éramos amigas desde que, con tres años, entramos en la escuela de magia.
En un primer momento nos pegamos por una escoba de color azul, aunque luego nos volvimos inseparables, y ella llegó a ser tan parte de mi familia como yo de la suya.
—¿Ni siquiera para ayudar a una amiga?
Suspiré y negué con la cabeza. Ah, el chantaje emocional. ¡Qué clásico!
Al contrario de lo que me ocurría a mí, a Rowan se le daban bien los números y tenía una memoria excepcional, por eso se especializó en Historia y en Documentación Mágica y trabajaba en una oficina del Departamento de Magia de nuestro país.
La quería mucho, aunque había días en que deseaba matarla porque su defecto, irritante a morir, era que creía en el amor y quería encontrar marido cuanto antes.
—¿Qué necesitas? —respondí con rotundidad, sabiendo que, si no, no pararía.
Su respuesta no tardó en llegar y tuve que leerla dos veces para poder asimilarla.
—¡Un hechizo de atracción para encontrar al amor de su vida! Esta está loca. ¿Cómo me pide eso?
Los hechizos de atracción no estaban bien vistos y se consideraban magia negra, ya que alteraban el destino para llamar al que estaba destinado a convertirse en tu pareja.
En el pasado se produjeron verdaderas tragedias por su culpa porque, en numerosas ocasiones, esa persona predestinada no pensaba como tú o, en realidad, no era a quien esperabas encontrar, lo que supuso...
muertes, más muertes y tragedias. ¿Conocéis la historia de Romeo y Julieta?
Pues algo así, pero con rayos y mucha magia de por medio.
—No, me niego. No sé cómo se te ocurre pedirme eso —leí en alto mi mensaje de respuesta al tiempo que lo escribía.
Iba a guardar el móvil en el bolsillo del pijama y continuar con mis planes: un chocolate bien caliente, tomar algún dulce y, tal vez, ver una serie entera de terror, cuando este volvió a vibrar con fuerza.
Esta vez se trataba de una llamada. Suspiré resignada ya que, conociendo a Rowan, si no respondía, la tendría en la puerta en menos de media hora.
—No voy a cambiar de opinión. Me niego a lanzar un hechizo de amor, ya lo sabes. ¿Cómo me pides semejante cosa? ¿Estás borracha? —le solté nada más descolgar el teléfono.
Al otro lado se oyó un largo suspiro como si Rowan estuviera contando hasta diez. Perfecto, que siguiera contando hasta cien porque yo me negaba a lanzar ningún hechizo.
—Por favor, Morgana. Nunca te pido nada. —Estaba a punto de enumerarle las cosas que me había pedido esa semana, pero no me dio oportunidad porque continuó—. Y necesito encontrar al amor de mi vida, ¡se me va a pasar el arroz! Ya tengo treinta años.
—Yo también —le recordé.
—Lo sé, pero tú no buscas el amor como yo... Morgana, lo necesito. He soñado que si lanzas el hechizo, encontraré al amor de mi vida, al que me está destinado. ¡Por favor! Si lo haces, no volveré a pedirte nada más en lo que queda de mi vida.
—Ja, y voy yo y me lo creo. Que no, Rowan, no insistas, por favor. Jugar con el destino, alterarlo, es peligroso, puede volverse en tu contra.
—Porfis, porfis, porfis...
Me negué dos veces más, pero tenía un problema con mi amiga, pues siempre conseguía convencerme. Era una debilidad, aunque a Rowan le pasaba lo mismo conmigo. Ambas nos conocíamos demasiado bien y sabíamos cómo convencer a la otra para incluirnos de lleno en nuestros respectivos planes.
—Vale, pero no te aseguro nada. Ven a mi casa y veremos qué podemos hacer, aunque no te hagas muchas ilusiones. Cupido es ciego y creo que, últimamente, va borracho cuando sale de misión.
Las carcajadas de Rowan resonaron con fuerza.
—No exageres, Morgana.
—Lo que tú digas, pero cuando aparezca en el pentagrama un cachorrito y veas que tu amor verdadero es el que te ofrece un perrito, o un gatito, no me reclames nada.
—No creo que suceda eso, aunque si ocurre, lo adoptaré, no te preocupes. Sé que tendrás éxito, lo he soñado, y, tras este hechizo, estaré más cerca de mi amor verdadero.
En cuanto colgué, me arrepentí de haber aceptado.
Lanzar hechizos de atracción solo atraía problemas.
Y el universo me lo iba a recordar o, más bien, iba a lanzármelo a la cara.