CAPÍTULO 2
Rowan llegó veinte minutos después, con los ojos demasiado brillantes y una bolsa con velas rosas que me hicieron querer exiliarme voluntariamente a otra dimensión, o enviarla a ella mejor, porque yo prefería mi plan de una taza de chocolate caliente y una buena serie de terror con mucha sangre, muertes, tripas y chillidos de pavor.
Mantuve la puerta abierta mientras pasaba y le lancé una mirada de: “¿En serio, velas? ¿No podías haber traído una tarrina de chocolate?”.
Rowan reconoció mi mirada y exclamó:
—Antes de que digas nada, no huelen mal y me han asegurado que atraen el amor, así que son buenas para los hechizos de este tipo.
—Ya, claro, pues la experta en hechizos soy yo y nunca he leído nada semejante en mis libros, ni nos lo enseñaron en la escuela.
Agarré la bolsa transparente y saqué una de las velas.
—¡¿Corazones?! ¿En serio? Vamos a realizar una invocación, no a celebrar una despedida de soltera. Esto no sirve para nada. Rowan, te han estafado. —Las olí, y capté enseguida un aroma intenso a pétalos de rosas—. Uf, apestan. Esto es decorativo, nada más. Ni se te ocurra encenderlas en mi casa.
—Vale, está bien, pero me aseguraron que ayudaban a...
—¿Quieres que lance el hechizo o no?
Rowan suspiró desanimada y dejó la bolsa con las velas en la entrada, cerca del paragüero.
—Está bien, ahí se quedan hasta que regrese a casa.
—Perfecto. Ahora si no te importa, quítate los zapatos y pasamos al salón, lanzaré el hechizo allí.
Todo estaba preparado: el círculo grabado en el suelo con sal negra, símbolos antiguos flotando como brasas suspendidas en el aire, y la energía contenida vibrando contra mi piel como electricidad previa a una tormenta.
Había tenido que apartar una mesa y dos sillas, además de retirar la gran alfombra que cubría el suelo y una estantería, después de guardar su contenido en una caja.
Me costaría lo suyo limpiarlo todo al terminar y dejar el salón como antes, aunque le pediría a Rowan que me ayudara, era lo mínimo que podía hacer.
Eso, e invitarme a una buena cena en un restaurante caro.
Oí un gemido de sorpresa y me giré. Rowan permanecía con la mirada clavada en la sal negra.
Cierto, era un producto escaso que se empleaba, en magia negra, como protección.
Al ser una experta en hechizos, lo había conseguido a buen precio.
Y, menos mal, aunque tendría que pedir más a mi proveedor habitual en la siguiente remesa de pedidos.
Lo usaba mucho, pues no me fiaba. Cuando empleabas magia oscura debías protegerte al máximo, por si acaso, ya que nunca se sabía lo que podía salir mal y quien asumía el riesgo era el lanzador del hechizo.
Rowan tragó saliva antes de decirme:
—¿Estás segura de que esto es necesario?
—Sí, por supuesto. Siempre la uso al realizar magia negra —contesté.
Al mirarla fijamente, vi a mi amiga nerviosa y ansiosa, como un torbellino contenido a punto de explotar.
—Escucha con atención, Rowan. No puedes estar nerviosa cuando comience el hechizo. Necesito concentrarme. El hechizo que deseas retuerce el destino y puede dar lugar a serias consecuencias si no se lanza bien. Y, te recuerdo, que quizá no resulte como tú esperas.
Ella asintió y proclamó:
—Sé que saldrá bien, lo vi en un sueño.
Si se tratara de otra persona me habría reído de su afirmación, pero Rowan poseía el don de la adivinación, aunque en un nivel de infantil; vamos que, a veces, y solo a veces, sus sueños se cumplían, así que se dejaba guiar por ellos a rajatabla.
Con deciros que, en una ocasión, perdió dinero en una inversión porque había soñado que tendría éxito…
pero, en fin, era su dinero, y luego lo recuperó trabajando turnos dobles en su oficina.
Le indiqué dónde debía sentarse y esperé a que lo hiciera. Tenía que situarse en un punto concreto, hacia el sur, dentro del círculo. Yo me coloqué frente a ella, en dirección norte.
Con un gesto apagué las luces y encendí las velas, las mías, claro, las que no tenían ni purpurinas, ni corazoncitos, ni colores extravagantes; eran velas de lavanda que resonaban con mi núcleo mágico, relajándolo para que pudiera alcanzarlo más fácilmente y se expandiera con el hechizo.
Era como mascar chicle y hacer un globo, había que soplar hasta que el tamaño del globo fuera el esperado y no se rompiera.
Comencé a recitar el hechizo y noté el aire tornarse denso con mi magia, la piel se me erizó y seguro que mis cabellos comenzaron a alborotarse. La magia chisporroteaba a nuestro alrededor.
La de Rowan reaccionó a la mía, y aquello me sorprendió. Ella no debía hacer nada, solo concentrarse en su deseo, sin decir ni una palabra, y lo sabía porque había acudido conmigo a clase y era consciente de la importancia de abstenerse y no participar en el hechizo.
Sin embargo, su magia comenzó a oscilar, rozando la mía, de modo que me desconcentré y mi voz tembló.
Iba a gritarle para que se detuviera, para que dejara la mente en blanco, pero algo falló, lo supe al instante.
La vibración en el suelo, la magia estática en el ambiente, la subida de temperatura, las llamas de las velas aumentaron hasta rozar el techo, la sal comenzó a saltar...
¿Qué estaba pasando?
Con un nudo en el estómago, intenté replegar mi magia, pero no pude. Estaba conectada a ese círculo mágico, por lo que el hechizo no podía pararse, era como si tuviera vida propia, como si la que tenía el control no fuera yo, parecía más una...
—Es una invocación —susurré asustada.
Oí a Rowan chillar y creo que yo también lo hice cuando la sal desapareció tras un fogonazo y el suelo se agrietó, ampliándose rápidamente sus hendiduras. Intenté moverme, aunque no pude hacerlo. En cambio, Rowan sí y se alejó hasta casi la puerta del salón.
—Morgana, ¿qué pasa?
—¡Corre! Crea una barrera mágica, yo no puedo, mi magia está anclada a este círculo, no tengo el control —le supliqué, atemorizada.
Por suerte, Rowan reaccionó y comenzó a entonar el hechizo para crear una barrera mágica.
«Por favor, por favor», susurré en mi mente una y otra vez, esperando que la magia de Rowan aplacara lo que estaba sucediendo.
No entendía bien qué había pasado, ya que había tomado las precauciones necesarias como para que nada saliera mal.
Había limpiado el salón a conciencia, lo había preparado cuidadosamente para que, ahora, todo se hallara fuera de control y el suelo se hubiera agrietado a punto de provocar una catástrofe que...
Todo mi hogar tembló con una sacudida muy fuerte, como la de un terremoto en pleno apogeo.
Chillé asustada, pues nunca en mi vida había presenciado algo parecido, ni cuando en la escuela nos equivocábamos y provocábamos que los profesores tuvieran que luchar por sus sueldos, evitando que nos matáramos con nuestros hechizos.
Se produjo otro temblor que consiguió tirarnos al suelo y que las velas se apagaran de golpe, envolviéndonos una oscuridad atemorizante.
Todo sucedió muy rápido. En medio de esa oscuridad hubo un destello, provocado por una luz muy intensa, que me obligó a cerrar los ojos durante un instante y cuando los abrí…
No estábamos solas. Algo... había cruzado el pentagrama.
¡Maldición!