CAPÍTULO 23
—¡Morgana, despierta! ¡Abre los ojos!
Me revolví al oír mi nombre, pero no quería abrir los ojos, estaba agotada.
—Morgana, ¡no mueras! ¡No vayas hacia la luz!
Parpadeé confundida y abrí los ojos, finalmente.
Solté un chillido al encontrarme con la cara de Rowan a escasos centímetros de mí.
Ella gritó a su vez y nuestros gritos se entremezclaron.
Al final, fui yo la que paró de chillar y tuve que agarrarla de los hombros y zarandearla un poco para que se callara.
—¿Qué haces en el Infierno? —le solté cuando ella cerró la boca de golpe.
Rowan ladeó la cabeza y me miró como si me hubiera salido dos cabezas.
—¿Infierno? Pero si estamos en tu salón. Cuando ya iba a salir hacia la biblioteca para buscar información, la marca en el suelo se iluminó, casi me deja ciega y puf, ¡apareciste en pelotas! Creí que te había matado el demonio que te secuestró.
«¿Matado? Sí, a polvos», pensé con ironía y, por suerte, no lo solté en voz alta porque mi amiga estaba más que alterada y no quería preocuparla más.
—Anda, ayúdame a levantarme y vamos a ponernos al día —«mientras pienso por qué demonios Astaroth me ha enviado a casa después de acostarse conmigo.
Si esta es la manera que encontró para cortar conmigo después de ser un maldito pesado con el temita del enlace...
». Apreté los dientes, enfurecida, a punto de volver a realizar el hechizo para invocarle, y apuntarle con un arma para que me dijera la verdad: por qué me había enviado lejos del Infierno.
No quería pensar, no quería amargarme, no quería... ¡Mierda! ¿Cómo no iba a hacerlo? El muy hijo de puta me había follado, y cuando me despierto estoy en pelotas en mi casa. ¿Y él?
—Cuando lo vea lo mato —susurré sin darme cuenta, pero Rowan me oyó y me preguntó:
—¿Al demonio?
No le contesté, agarré la mano que me tendió y agradecí que no me hiciera más preguntas y me ayudara a levantarme.
Me dolía todo el cuerpo, con esa típica molestia por haber hecho mucho ejercicio sin estar acostumbrada.
Agotada, comenzaba a tener un dolor de cabeza que parecía que acabaría en migraña, de esas fuertes en las que te molesta hasta la luz.
Cuando miré el suelo vi los restos del hechizo desperdigados y las líneas como quemadas.
Solté un suspiro, mientras pensaba que tendría que tirarlo todo.
—Morgana, ¿estás bien?
No, no lo estaba, estaba a punto de... Rompí a llorar, hipando, abrazada con fuerza a Rowan, temblando en sus brazos mientras lloraba sin control.
En momentos como ese agradecía tener a una amiga porque Rowan no dudó en devolverme el abrazo e intentar consolarme, aunque no supiera a qué se debía mi dolor.