Ups, he invocado a un demonio por error CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

El beso acalló mis gemidos, el muy maldito sí que sabía besar.

De nuevo sentí unos celos tremendos y le agarré por los cabellos, con fuerza, tirando de él para acercarlo más.

Aquello debió excitarle porque gruñó y se separó para mirarme con esos ojos enrojecidos que brillaban de manera sobrenatural.

—Bruja —susurró con voz enronquecida.

Le sonreí y respondí:

—Demonio.

Este sonrió, y esa sonrisa me recordó a la de un lobo a punto de devorar a su presa.

Iba a soltar algo por los nervios -sí, cuando estaba nerviosa decía lo primero que se me pasaba por la cabeza-, pero no tuve ocasión.

Astaroth me guio hasta acostarnos sobre la cama, chasqueó los dedos e hizo explotar mi ropa.

¡Explotar! La vi saltar por los aires en trocitos de tela pequeños, que quedaron esparcidos a mi alrededor.

Chillé de sorpresa, protesté e intenté cubrirme con las manos, pero él me detuvo, al sujetármelas por las muñecas y alzármelas para que tuviera los brazos por encima de la cabeza. Estaba estirada, desnuda, bajo un demonio que me devoraba con la mirada mientras se relamía los labios.

—Tan hermosa.

—Imbécil, ¡me he quedado sin ropa!

Él se carcajeó echando la cabeza hacia atrás, aunque sin dejar de observarme, disfrutando al tenerme a su merced.

—Así estás perfecta para mí.

Ladeé un poco la cabeza para mirarle con una hostilidad evidente. Estaba muerta de la vergüenza; no, no era virgen, pero… ¡maldita sea! Mis escasos encuentros sexuales habían sido a oscuras, y muchos de ellos me dejaron más fría que un pescado en el congelador.

—¿Ah, sí? Y cuando tenga que salir de esta habitación, ¿iré en pelotas por el Infierno?

Aquello sí que no le gustó. Sus ojos se volvieron más rojos si cabe y me mostró los dientes. ¡Era como si hubieran crecido los colmillos! Parecía un vampiro.

—¡Nadie te mirará o le arrancaré los ojos!

Esta vez me reí yo, disfrutando al verle reaccionar así; una parte de mí me gritaba por dentro que eso era una red flag de libro, ya que estaba ante un demonio inmortal enloquecido y celoso a morir pero, otra parte de mí, -sí, es lo que hay...

- se regocijaba porque iba a ser la única a sus ojos y no estaba dispuesto a compartirme con nadie más.

No deseaba recordar a mis anteriores parejas, pero algunos de mis novios quisieron tener una relación abierta aunque solo por su parte...

vamos, que pretendían ponerme los cuernos y que, encima, yo les dieran las gracias por existir.

«Y ahora tienes a un demonio enloquecido a tu merced», pensé con ironía, pero poniéndome cachonda sin poder remediarlo.

Su magia chisporroteaba a mi alrededor, cubriéndome como si quisiera marcarme con ella.

—Mataré a quien te mire y a quien te intente alejar de mi lado. Eres mi compañera, la única para mí.

Volví a gemir, no pude evitarlo y eso que apreté los dientes al percatarme para no seguir haciéndolo. Me estaba derritiendo bajo él y el muy imbécil lo notó, lo disfrutó y estaba dispuesto a demostrarme cómo me afectaba.

—Disfrutas con mi crueldad, bruja, eso me gusta, y espero que llegue un día en que tú me correspondas igual, que estés dispuesta a matar por mí.

Sí, iba a contestarle, pero no me dio oportunidad, ya que volvió a besarme, sin soltarme las muñecas, mientras con su mano libre comenzó a acariciarme con una urgencia que resultaba más que evidente, pues le temblaba el pulso.

Cuando llegó a mis pechos me sobresalté y arqueé la espalda. Astaroth aprovechó ese instante para abandonar mis labios, soltar mis muñecas e ir directo a mi pezón derecho besándolo, mordisqueándolo y chupando de él, consiguiendo que me olvidara del mundo. Solo podía sentir.

¿Cómo podía ser tan sensible?

No desatendió el otro pezón, sino que alternó entre uno y otro sin dejar de acariciarme, hasta que decidió que había llegado el momento de pasar a otro nivel y comenzó a besarme y lamerme la piel, bajando lentamente por mi vientre.

Soltó un chillido de sorpresa cuando noté su lengua penetrar en mi ombligo, pues aquello me produjo un ramalazo de placer que me tomó por completo desprevenida.

¿Cómo era eso posible? No me lo podía creer, pero cuando él volvió a hacerlo sentí el mismo placer, intenso y rápido, que provocó que contrajera los músculos de mi vientre y arqueara la espalda.

Necesitaba más contacto, más caricias, más besos, más...

¡todo! No podía pensar con claridad, solo quería explotar de una maldita vez pero, al mismo tiempo, quería que aquella tortura durara eternamente.

Sabía que Astaroth me murmuraba algo, aunque no lograba reconocer lo que me decía, porque estaba perdida en mis emociones, jadeando, susurrando su nombre, con los ojos cerrados, removiéndome bajo él, derritiéndome por todo lo que me estaba haciendo. Era pura gelatina a punto de explotar.

—Tan perfecta, ¡mía! ¡Mi bruja!

Quería gritarle que sí, que era todo suya, pero que dejara de tanto hablar y se pusiera a trabajar, a...

Abrí los ojos por la sorpresa y chillé en el momento en que él me levantó las caderas para situarse entre mis muslos abiertos, mirándome fijamente mi...

—Voy a lamerte hasta que te corras, bruja.

«¡Ohhhh!», grité en mi mente. Tenía la boca seca, los ojos completamente abiertos, el corazón me latía con fuerza contra el pecho y mi cuerpo se estremecía, sonrosado, sensible, demasiado sensible.

No pude apartar la mirada de él y Astaroth lo aprovechó, disfrutando de tener el control, pues me acarició los muslos, jugando conmigo, antes de acariciarme íntimamente, una vez, sin dejar de sonreír.

—Estás tan mojada, Morgana. Tu cuerpo responde a mí, sabe que me perteneces.

Iba a mandarle a la mierda, pero todo se me olvidó cuando elevó más mi cadera para alcanzar su objetivo. Cuando sentí el primer lametazo, todo explotó a mi alrededor.

Sí, aquel fue el orgasmo más rápido de mi existencia, no pude evitarlo, fue sorpresivo, intenso, tanto que todo mi cuerpo tembló, noté un fuego interior que estalló y se abalanzó por cada centímetro de mi piel, mientras gritaba su nombre una y otra vez.

Creí que aquello le detendría, pues ya había conseguido su objetivo, me dijo que iba a lamerme hasta que estallara y ya lo había hecho, pero estaba con un demonio. Astaroth sonrió, sin abandonar mis pliegues, y me susurró con voz enronquecida:

—Qué hermosa eres, Morgana, pero no pienses que esto ha terminado, solo acaba de empezar. Esta noche voy a follarte una y otra vez.

Y volvió a lamerme, sin cesar, pasando su lengua entre mis pliegues humedecidos y temblorosos, deteniéndose en mi clítoris que estaba muy sensible.

Intenté moverme pero él me tenía presa, me hallaba a su merced. Le supliqué que se detuviera, pero mi cuerpo era traicionero porque comenzó a encenderse de nuevo, avivando el fuego de mi interior.

Jadeé, me retorcí, abrí los ojos encontrándome con la visión más erótica de mi vida, Astaroth disfrutando al lamerme, al proporcionarme el mejor sexo oral de mi vida.

Cuando nuestros ojos se encontraron sonrió y me penetró con la lengua, una y otra vez, ahí ya no pude mantener los ojos abiertos, tuve que cerrarlos y...

volver a caer rendida en los brazos del orgasmo, un placer que fue en aumento, que recorrió todo mi cuerpo como un relámpago sin piedad, creciendo por momentos hasta que se volvió imposible y estuve a punto de desmayarme por la intensidad de aquella emoción.

Él no dejó de lamer y de penetrarme, disfrutando de la sensación de las contracciones, solo se separó cuando comencé a hiperventilar y a jadear su nombre.

Me dejó moverme hasta que quedé completamente estirada en la cama, boca arriba, temblorosa, cubierta por una fina capa de sudor y agotada hasta el extremo de necesitar varios días para recuperarme.

Sin embargo, Astaroth no estaba dispuesto a detenerse, me entreabrió las piernas con una de sus rodillas y se colocó entre mis muslos.

—Mírame, Morgana, y acéptame como tu compañero.

Me obligué a mirarlo, pese a mi agotamiento, y cuando miré sus ojos me quedé sin aliento. En ellos, pude ver necesidad, miedo y una angustia que no estaba antes y que duró unos segundos, pues yo extendí los brazos y le di la bienvenida susurrando, con voz entrecortada:

—Mi demonio, mi compañero.

No podía negarlo por más tiempo, mi magia lo reconocía y mi alma también, por mucho que mi mente racional quisiera rechazarlo todo mi ser estaba contento por haberle encontrado. Era como si finalmente una parte que creía perdida hubiera aparecido en mi vida encajando a la perfección con mi alma.

Su miedo pasó a ser el deseo -intenso, puro, desgarrador- que había contenido hasta ese momento.

Iba a pedirle que fuera suave, que era demasiado grande, era tamaño XXL como el otro...

No pude pensar en nada más porque comenzó a penetrarme, primero lentamente, aunque llegó un punto en el que se detuvo.

—Maldición, Morgana; no puedo más, no puedo... ¡Dioses! Luego follaremos más despacio, pero ahora...

Me penetró de una sola estocada llenándome por completo y, entonces, me quedé sin aire y noté una quemazón en mi interior que duró apenas unos segundos, hasta que él comenzó a moverse, a bombear con fuerza, a conquistarme con una locura que lo consumía desde que me reconoció como su compañera.

El demonio me estaba marcando como su compañera, dejando que sus instintos, su magia y su poder fluyeran de su cuerpo al mío.

Astaroth se hallaba perdido en sus emociones, agarrándome de las caderas, bombeando con fuerza, sacándome el aire con cada penetración.

Lo notaba muy adentro, más que ningún otro, con un grosor que rozaba cada centímetro de mi interior, con un calor que me quemaba, con una intensidad que me estaba volviendo loca.

Él se lanzó sobre mí, besándome y, sin dejar de mover sus caderas, sus manos comenzaron a acariciarme por todas partes.

Lo sentía muy dentro de mí, sobre mí, rodeándome, y su magia también rodeó mi núcleo mágico, alimentándolo, avivándolo, me estaba conquistando de todas las maneras posibles, dejando claro que era mío, al igual que yo era de él.

Era una unión nacida más allá de la carne, del alma, de la magia. Era una unión surgida para ser eterna porque, aunque la muerte nos reclamara a uno de los dos, el otro conseguiría llegar a donde estuviera su compañero para permanecer por siempre juntos.

Era una unión que me hizo llorar, gemir y susurrar su nombre mientras el placer explotaba a mi alrededor, apretándolo con fuerza consiguiendo que gruñera, gritara a su vez mi nombre y bombeara con más intensidad, haciendo que la cama crujiera bajo nuestro peso como si estuviera a punto de romperse.

—Morgana, mi Morgana...

Explotó y me llenó por completo con su semilla, que era ardiente algo que me tomó por sorpresa y me hizo gemir. En ese momento volví a correrme, lo que me tomó por sorpresa.

Astaroth no se separó, sino que se dejó caer con cuidado, tras apoyarse sobre los codos para no aplastarme. Su cuerpo temblaba, su semilla seguía brotando y aún permanecía duro en mi interior, no como antes, pero todavía lo sentía.

—Para la próxima, lo haré mejor.

Aquello me dejó atónita, ¿mejor?

—Pues entonces me matarás de placer.

Él comenzó a reír, por lo que noté con más intensidad cómo se movía en mi interior, y me hizo gemir, estaba demasiado sensible, pero no podía más. Estaba agotada.

—Oh, bruja, nos lo vamos a pasar muy bien; eres perfecta para mí.

—Tampoco te lo creas tanto, demonio, no vaya a ser que se te suban los humos y...

Él movió la cadera, sacándome un chillido de placer, entonces se movió y se incorporó para mirarme a los ojos.

—¿Creérmelo? Oh, cielo, recuerda que estás con un demonio.

Somos criaturas sexuales —Volvió a penetrarme, lentamente, disfrutando de cómo reaccionaba a sus embestidas y sí, volvía a estar completamente duro, grueso, y me acariciaba internamente sin llegar a salir del todo—, con una capacidad de recuperación asombrosa.

—Astaroth, yo...

Comenzó a embestirme, con energía, apenas saliendo de mi cuerpo y, antes de que pudiera continuar con lo que le iba a decir, abandonó mi cuerpo y me movió, colocándome de lado para volver a penetrarme, follándome lentamente mientras jugueteaba con mi clítoris, me mordisqueaba el cuello y susurraba mi nombre en mi oído.

Si os soy sincera, ni recuerdo lo que iba a decirle, ¿vosotras sí lo haríais?

Acabé por derretirme bajo sus caricias, acabé por explotar una y otra vez por culpa de sus embestidas, acabé por...

Desmayarme de placer, horas después, tras perder la cuenta del número de orgasmos que sentí.

Sí, Astaroth era un demonio, me había quedado más que claro, y ¡gracias al destino, a la magia, a los dioses o a quién fuera por ponerlo en mi vida!