Ups, he invocado a un demonio por error CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Horas después, en la casa de Rowan

—¡Lo mataré!

—Pues ponte a la cola porque ese hijo de puta es mío —chillé, alzando la copa que tenía en mis manos, salpicando a mi alrededor, antes de beber su contenido de golpe, casi sin respirar.

El alcohol bajó por mi garganta, quemándome por dentro y avivando mis ganas de lanzarme a las Puertas del Infierno y arrasar con todo mientras buscaba al imbécil de Astaroth.

Hacía una hora que habíamos llegado a casa de Rowan después de que me duchara y me vistiera.

Como no soportaba quedarme en casa, mi amiga me ofreció una cama en la suya.

No me lo pensé dos veces, asentí, y regresé a mi cuarto.

Agarré mi maleta de viaje y la llené con unas pocas prendas, mi neceser, el libro que estaba leyendo, el cargador del móvil y el dinero que tenía a mano.

No tardé ni quince minutos, no era la primera vez que tenía que hacer las maletas con rapidez, y salimos en menos de media hora.

El coche de Rowan estaba enfrente de mi edificio y el viaje lo hice como si viviera un sueño.

No me creía lo que estaba pasando. Seguía enfurecida, cabreada, triste, incrédula y con ganas de volver a llorar, pero conseguí contenerme apretando los dientes y concentrándome en el paisaje. Rowan vivía a poco menos de media hora.

Nada más llegar allí, entramos en silencio y Rowan me señaló la habitación que me dejaba cuando organizábamos nuestra noche de chicas, unas veces quedábamos en mi casa y otras, en la de mi amiga.

Cada una había reservado un dormitorio para la otra para que siempre tuviera un lugar al que ir si necesitaba compañía.

Entré en la habitación y dejé la maleta al lado de la cama, al notar que me temblaban las manos y que iba a romper a llorar.

—Maldición —susurré con voz entrecortada antes de dar media vuelta, necesitaba un vaso de agua bien fría.

En la cocina, ya me esperaba Rowan con dos copas y una botella de alcohol.

—Creo que hoy es el momento de acabar con esto —agarró la botella y la movió en el aire.

Solté una carcajada nerviosa, mientras me abrazaba inconscientemente, sin dejar de mirar con cariño a la bruja que estaba ante mí. Era muy afortunada por tenerla, aunque muchas veces me sacara de quicio y me metiera en mil y un problemas.

—Tienes toda la razón, ¡al salón a beber! —chillé, intentando sonreír. No podía describir cómo me sentía, la confusión que estaba pasando, el dolor que me había provocado el que Astaroth me hubiera abandonado así.

Los recuerdos de mis exparejas se entremezclaron unos tras otros, dejando al descubierto el dolor que cada traición provocó en mi corazón y en mi alma.

Creía que Astaroth era diferente, pero...

¿Por qué me devolvió a mi mundo? Sin una nota, sin una explicación, sin una promesa para volver a vernos, sin... nada.

¿Vosotras cómo estaríais si os hubieran hecho lo mismo?

Media botella después

—¡Lo mataré yo! Soy tu mejor amiga, te secuestró... hip, delante de mí... hip... casi me da un infarto...

Bebí el último trago de la copa y la dejé en la mesa, zarandeándola para que la mujer que tenía ante mí, y a la que veía ya doble, volviera a rellenármela. No tuve que decirle nada, echó más de la botella tanto en la copa como por la mesa.

—Nop, es mío... Ya te lo dije, ese demonio lo mataré yooo...

—Sí, estaba un poco perjudicada y notaba que la lengua me pesaba, pastosa.

Mis ganas de acabar con Astaroth habían crecido, aunque al menos las de llorar se esfumaron por completo, y todo gracias a ese brebaje de color verde chillón que no tenía ni idea de qué tipo de alcohol era—.

¿Dónde encontraste...? —comencé a hipar, así que no pude acabar la frase; por suerte, Rowan era lista y entendió mi pregunta.

Rompí a reír cuando la vi bizquear mientras intentaba echar más de ese líquido verdoso en su copa sin tirar nada afuera. No lo consiguió. Un poco para la copa, otro poco para la mesa, y otro poco para el suelo.

—Un elfo... hip... me lo regaló...

—¿Es... hip... alcohol élfico? —chillé sorprendida, entre hipos mientras procuraba controlar mi cuerpo.

Rowan se rio en alto y alzó su copa medio llena, salpicando parte del brebaje en su ropa.

—¡Sí! Salud, por los orejas puntiagudas... hip... Son jodidamente sexys ... hip... y los mejores.

—¡Eso, eso! —respondí. A continuación, cogí la botella y di un trago a morro.

—¡Ehhh, que también es mía...hip! —Rowan me la quitó y bebió. Luego, iniciamos una lucha entre las dos.

La botella acabó en el suelo vacía, nosotras tumbadas en la alfombra muertas de risa, al tiempo que la casa giraba a nuestro alrededor...

Ese brebaje era milagroso, pues mis ganas de llorar y de matar se habían esfumado y solo podía reír y admirar las luces del techo.

«Ohhh, mira cómo giran y cambian de color».

Sip, ¡vivan los orejas puntiagudas! Aunque parezcan unos estirados con un palo en el culo, ¡son los mejores destiladores de alcohol!