Domingo, 26 de enero de 1936, cinco de la mañana. En un campo helado al sur de Berlín, junto al pueblo de Dahlewitz, aparecen doce mil soldados alemanes, doscientos treinta carros de combate y un hombre joven con un capote gris.

Esos soldados no constan en ningún registro del Reich, y sus carros no existen en ningún arsenal del mundo. Su jefe viene de nuestro tiempo. Conoce la historia que aún no ha ocurrido (Renania, Múnich, Polonia, los campos) y tiene un poder sin límite para crear de la nada hombres, armas y recursos.

Antes del mediodía está en Berlín. Esa misma tarde, Hitler sale a la calle a pie y se entrega.

Lo difícil empieza después.

El poder no tiene techo, pero todo lo demás sí.

Una corona sin linaje. Unos generales que juraron lealtad a otro hombre.

Unos ministros que no saben si mañana habrá sueldos.

Un pueblo que ha aprendido a callar. Y unas potencias que miran a Alemania sin saber si tienen delante a un libertador o al hombre más peligroso desde Napoleón.

Konrad I, el único nombre que se le conoce, tendrá que juzgar a los jefes del Partido sin convertirlos en mártires.

Tendrá que coronarse y ganarse, uno a uno, a los mariscales del viejo ejército: Blomberg, Beck, Fritsch, Rundstedt, Guderian, Manstein, Rommel.

Tendrá que indemnizar a los perseguidos, inventar una moneda, dar trabajo a dos millones de parados y escribir al Kaiser exiliado en Doorn.

Y cuando estalle la guerra en España, tendrá que poner en manos del Papa la elección de un rey.

Sabe lo que viene. Y sabe que cada cosa que cambia hace menos fiable lo que sabe.

Tierra helada es el primer libro de Una salus victis, una ucronía de thriller geopolítico y militar en la que lo único fantástico es el poder de un hombre.

Todo lo demás podría haber ocurrido: los telegramas de las embajadas, los debates de los generales, las cifras de los astilleros, la reacción de Londres, París, Moscú, Washington y el Vaticano.

La únic

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