CAPÍTULO XXXV — Tres firmas
Steenokkerzeel, Bélgica. Castillo de Ham.
La familia era la última casa imperial de Austria.
Y el mayor de sus hijos, el archiduque Otto, jefe de la casa de Habsburgo desde los nueve años, tenía ahora veintitrés.
Otto era alto, delgado, de pelo oscuro peinado con raya, con gafas redondas y la cara alargada, seria, de los Habsburgo, sin la mandíbula de los Habsburgo.
Hablaba seis lenguas. Se había doctorado en Lovaina el año anterior con una tesis sobre el derecho de herencia de los campesinos austríacos.
Vestía un traje gris, sencillo, con una corbata negra.
Mahlberg se cuadró. Se inclinó.
—Alteza Imperial. De parte de Su Majestad Konrad I.
Le tendió el sobre. Otto lo cogió. Miró el lacre: la corona de tres puntas sobre la cera roja.
—¿Espera respuesta, coronel?
—No, Alteza. Su Majestad ha dicho que la respuesta, si la hay, debe darla Vuestra Alteza cuando y como desee. Y me ha pedido que le diga que la carta no es una orden. Ni una oferta. Es una información.
Otto lo miró un momento.
—Gracias, coronel.
Mahlberg se cuadró otra vez y se fue.
* * *
Otto leyó la carta en la biblioteca del castillo, solo, junto a la ventana.
A Su Alteza Imperial y Real el Archiduque Otto de Austria, jefe de la Casa de Habsburgo-Lorena.
Alteza:
Os escribo para informaros de lo que pienso hacer, antes de que lo sepa nadie más fuera de mi Estado Mayor.
España está en guerra. Una parte de su ejército se ha sublevado contra el gobierno de la República. Rusia, Francia y Gran Bretaña envían hombres a un bando; Italia, al otro. El Imperio va a enviar una división.
No la envío para que gane un general. La envío para que, cuando la guerra termine, España tenga un rey.
Considero que los reyes legítimos de las coronas de León, Castilla, Aragón y Navarra son los de vuestra casa. Lo fueron desde Carlos V hasta Carlos II. Los perdieron en una guerra de sucesión que no ganó el derecho, sino Francia.
Os informo, por tanto, de que el Imperio de Hierro apoyará a Vuestra Alteza como rey de España.
Y que, eventualmente, cuando las circunstancias lo permitan, apoyará también a Vuestra Alteza como rey de Austria, como rey de Hungría y como rey de las tierras que hoy forman Checoslovaquia y Yugoslavia.
Cinco coronas. Las de vuestro antepasado.
No os pido que aceptéis. No os pido nada. Solo os informo. Lo que hagáis con esto es asunto vuestro y de vuestra conciencia.
Konrad.
Otto bajó la carta.
Se quedó mucho rato junto a la ventana. Fuera, en el parque, sus hermanos pequeños jugaban en la hierba con un perro. Felix, Carl Ludwig, Rudolf. Sus hermanas paseaban por el camino del canal. Su madre estaba en la capilla: iba todas las mañanas a las once.
Cinco coronas.
Otto se quitó las gafas. Las limpió con el pañuelo. Se las volvió a poner. Volvió a leer la carta. Palabra por palabra.
Luego la dobló, se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta y fue a la capilla.
* * *
Zita estaba de rodillas en el reclinatorio, delante del altar, con un rosario de cuentas negras entre los dedos y la cabeza cubierta por una mantilla de encaje negro.
Tenía cuarenta y cuatro años. Era pequeña, delgada, con la cara pálida y fina de los Borbón-Parma y unos ojos oscuros que no se habían secado del todo desde Madeira.
Oyó entrar a su hijo. No se volvió. Terminó el misterio que estaba rezando. Luego se santiguó, se levantó y se volvió.
—Otto.
—Mamá.
Otto sacó la carta del bolsillo. Se la dio.
Zita la leyó de pie, en la capilla, a la luz de las velas. La leyó entera. No se movió. No cambió de expresión. Cuando llegó a cinco coronas , se le detuvo un instante la mano que sostenía el papel.
Cuando terminó, la dobló con cuidado y se la devolvió a su hijo.
—¿Qué piensas? —le preguntó.
—Pienso que España no es nuestra, mamá. Desde hace doscientos treinta y seis años. Y que Alfonso está vivo. Y que reinó. Y que es primo nuestro. Y que su hijo, Juan, es un hombre bueno. Y que no tengo ningún derecho a quitarles nada.
Zita lo miró.
—¿Y Austria? ¿Y Hungría?
Otto no contestó enseguida.
—Austria y Hungría son nuestras —dijo al fin—.
Lo fueron. Lo serán, si Dios quiere. Pero no así.
No porque un rey alemán, que no tiene sangre, que no tiene casa, que se coronó con un trozo de hierro, decida dárnoslas.
—Se le quebró un poco la voz—. Papá murió en Madeira esperando volver a Hungría.
Volvió dos veces, mamá. Y las dos veces Horthy le cerró el paso.
Papá no habría querido volver así. Con un ejército extranjero detrás.
Zita se quedó un momento callada. Luego se acercó a su hijo y le puso la mano en la mejilla, como hacía cuando era pequeño.
—Tu padre —dijo— habría querido volver como fuera, Otto. Para cuidar de su pueblo. No por la corona. Por el pueblo. Tú lo sabes.
Otto no contestó.
—Pero tienes razón en lo de España —dijo Zita—. España no es nuestra. Y Alfonso es primo tuyo. Y primo mío. Mi padre y su madre eran… —Se detuvo. Movió la mano—. Bueno. Toda la sangre de Europa es la misma sangre.
—¿Qué hago, mamá?
Zita volvió a mirar el altar. La cruz. Las velas.
—Escríbele a Alfonso —dijo—. Hoy. Antes de que lo sepa por otro.
Cuéntaselo tú. Con tus palabras. —Se volvió hacia su hijo—.
Un Habsburgo no le quita la corona a un primo por la espalda, Otto.
Si se la va a quitar, se la quita mirándole a la cara.
Y si no se la va a quitar, se lo dice también mirándole a la cara.
* * *
Roma. Gran Hotel. Viernes, 5 de junio de 1936.
Alfonso XIII vivía en Roma desde hacía cinco años, en una suite del Gran Hotel, en la Via Vittorio Emanuele Orlando, junto a la plaza de la República.
Solo. Su mujer, la reina Victoria Eugenia, vivía en Lausana.
Se habían separado sin divorciarse. Sus hijos estaban repartidos por Europa: Juan, el heredero, en la Marina británica; los otros, con su madre o por su cuenta.
Dos de ellos tenían hemofilia, la enfermedad de los Battenberg que había traído la reina desde Inglaterra, y uno de los dos, Gonzalo, había muerto dos años antes, en un accidente de coche sin importancia en Austria, desangrado.
Tenía cincuenta años. Era delgado, de cara alargada, con la mandíbula de los Habsburgo que los Borbones de España habían heredado de las bodas de hacía siglos, un bigote fino y unos ojos tristes, cansados, de hombre que lo ha tenido todo y lo ha perdido todo y no ha terminado de entender por qué.
La carta de Otto le llegó el viernes 5 por la mañana, por correo urgente, desde Bélgica.
La leyó en el salón de la suite, en bata, con el café del desayuno enfriándose en la mesita. La leyó una vez.
Luego la dejó sobre la mesita y se quedó mucho rato mirando la ventana. Fuera, en la plaza, el tráfico de Roma: tranvías, coches, carros de caballos, un guardia urbano con casco blanco dirigiendo el tráfico con los brazos, como un director de orquesta.
Mi querido primo , había escrito Otto. Prefiero que lo sepas por mí antes que por los periódicos…
Y luego le contaba todo. La carta de Berlín. Las cinco coronas. España. Y al final: No sé todavía qué voy a hacer. Pero quiero que sepas que no haré nada sin habértelo dicho antes, mirándote a la cara, como me ha enseñado mi madre.
Alfonso se quedó en el sillón hasta mediodía. No se vistió. No llamó a nadie.
España.
Había sido rey de España desde antes de nacer: su padre había muerto seis meses antes de su nacimiento, y él había nacido rey, en el Palacio Real de Madrid, en mayo de 1886.
Había reinado treinta años con su madre de regente y luego dieciséis él solo.
Había sobrevivido a un atentado el día de su boda, en la calle Mayor, cuando un anarquista tiró una bomba escondida en un ramo de flores sobre la carroza y mató a veinticuatro personas, y la sangre de los caballos le salpicó el uniforme a él y el vestido de novia a la reina.
Había conocido a todos los reyes de Europa. Había visto caer a casi todos.
Y en abril del 31, después de unas elecciones municipales que perdieron los monárquicos en las ciudades, se había ido.
Sin abdicar. Sin luchar. Para no derramar sangre española , había dicho.
Había salido de Madrid de noche, en coche, hacia Cartagena, y en Cartagena había subido a un crucero que lo llevó a Marsella. Y desde entonces, cinco años, hoteles.
Ahora España estaba en guerra. Y un rey alemán, sin preguntarle, había decidido que la corona de España no era suya.
Alfonso se levantó a las doce. Se vistió. Se sentó en el escritorio de la suite, delante de la ventana, y escribió.
No escribió a Otto. Escribió a Berlín.
* * *
Berlín. La residencia. Lunes, 8 de junio de 1936, 09:00 hrs.
La carta de Alfonso me llegó el lunes por la mañana, por valija diplomática, a través de la embajada de Italia. Attolico la había entregado él mismo en la casa barroca, en mano, a Ewers, con una inclinación de cabeza.
La leí en la sala alargada, de pie, junto a la ventana.
A Su Majestad Konrad I, Emperador.
Majestad:
Mi primo el Archiduque Otto me ha hecho saber, con una lealtad que le honra y que agradezco, lo que Vuestra Majestad le ha comunicado acerca de la corona de España.
No os escribo para reprocharos nada. No tengo ánimo para reproches, ni creo que sirvieran de algo. Tampoco os escribo con ira. La ira es cosa de jóvenes, y yo ya no lo soy.
Os escribo para haceros una sola pregunta. La pregunta que me he hecho a mí mismo desde el viernes, en un hotel de Roma, mirando por la ventana.
¿Con qué derecho, Majestad?
No os pregunto con qué fuerza. Sé que la tenéis. Toda Europa lo sabe. Os pregunto con qué derecho, aparte de esa fuerza, puede Vuestra Majestad decidir quién lleva la corona de España.
Yo la llevé. La heredé de mi padre, que la heredó de la suya. Mi casa la lleva desde hace doscientos treinta y seis años. La dejé en el 31 porque no quise que se derramara sangre española por ella. Me equivoqué, quizá. Hoy se derrama igual, y no por mí.