CAPÍTULO XXXIV — Kühne Herausforderung #3
Y entonces los Bf 109 cayeron sobre ellos desde arriba.
Desde ocho mil metros. En picado. Con el sol detrás.
A setecientos, a ochocientos kilómetros por hora, mucho más deprisa de lo que ningún biplano podía volar.
Pasaron entre los biplanos como piedras cayendo, disparando, y antes de que los biplanos pudieran girar, ya estaban abajo, a cuatro mil, y con la velocidad del picado volvieron a subir, en línea recta, más deprisa de lo que subía ningún biplano, hasta ocho mil otra vez.
Y volvieron a caer.
No se quedaron nunca a girar. Nunca entraron en el remolino. Caían, disparaban, subían. Caían, disparaban, subían. Los biplanos, que giraban mejor que nada en el mundo, no tenían nada contra lo que girar: cuando giraban hacia un Bf 109, el Bf 109 ya estaba dos mil metros más arriba.
Golpear y subir. Golpear y subir.
A las seis y diez, el árbitro jefe levantó la bandera blanca.
Siete biplanos derribados. Un Bf 109 derribado.
* * *
En la torre de control, nadie habló durante un rato largo.
Luego Kesselring bajó los prismáticos.
—Ha encontrado la forma —dijo—. Trautloft. En la cuarta. No se pelea con un biplano en su terreno. No se gira con él. Se le cae encima desde arriba y se vuelve a subir antes de que pueda girar.
— Golpear y subir —dijo Wever.
—Golpear y subir. —Kesselring se volvió hacia mí—. Majestad, los biplanos han ganado tres de cuatro. Pero la cuarta… la cuarta es la que importa. Porque el enemigo no va a pelear como en las tres primeras. Va a pelear como en la cuarta. En cuanto vea lo que es este avión.
—Lo sé, Herr General.
—Entonces…
—Entonces —dije— nuestros pilotos de biplanos en España tendrán que no dejarse coger a seis mil metros cuando hay monoplanos a ocho.
Tendrán que pelear abajo. Donde ganan. Junto a la división.
Sobre los carros. A quinientos metros, entre las sierras.
Y los Bf 109 tendrán que estar arriba, a ocho mil, para que nadie caiga sobre los biplanos.
Kesselring me miró.
—Los dos juntos —dijo—. Los biplanos abajo y los monoplanos arriba.
—Los dos juntos.
Manstein, en el fondo de la torre, dijo en voz baja, a Rommel:
—Han perdido los dos.
Rommel no contestó. Pero sonrió.
* * *
Rechlin. Explanada. 18:40 hrs.
Los pilotos aterrizaron uno detrás de otro. Los biplanos, en cien metros de hierba. Los Bf 109, en seiscientos.
Se juntaron delante de los hangares. Veinte hombres jóvenes con monos de vuelo, con los cascos de cuero en la mano, sudados, con el pelo pegado a la frente.
Y se quedaron mirándose.
Galland se acercó a Trautloft. Le tendió la mano.
—La cuarta —dijo—. Hijo de puta.
Trautloft se la estrechó.
—La primera, la segunda y la tercera —dijo—. Hijo de puta tú.
Se rieron los dos. Y los demás detrás.
Mölders se había quedado junto a su biplano, con la mano sobre el ala inferior, sin hablar con nadie. Lützow, que había volado un Bf 109, se le acercó.
—Werner.
Mölders se volvió.
—En la segunda —dijo Lützow— me derribaste en cuatro segundos. A cuatrocientos metros sobre los pinos. No te vi llegar. No te vi en ningún momento. Te vi en el espejo cuando ya estabas disparando.
Mölders no dijo nada.
—¿Cómo lo haces? —preguntó Lützow.
Mölders tardó en contestar.
—No lo sé, Günther —dijo al fin, en voz baja—. Este avión… —Pasó la mano por el ala—. Este avión piensa antes que yo. Le pido que gire y ya está girando. Le pido que suba y ya está arriba. Es como si supiera lo que voy a hacer.
Lützow lo miró.
—¿Y en la cuarta?
—En la cuarta —dijo Mölders— no tenía a quién pedirle nada. Estabais arriba. Y desde arriba, este avión no sirve. —Hizo una pausa—. Es el mejor caza del mundo para pelear con alguien. No para pelear con alguien que no quiere pelear.
* * *
Galland vino hacia mí cuando todos se estaban dispersando. Se cuadró. Tenía el puro otra vez en la comisura de la boca, apagado.
—Majestad.
—Leutnant.
—En España —dijo Galland— los rusos van a llevar Polikarpov.
El I-15 y el I-16. El I-15 es un biplano.
Bueno, pero viejo: tubos, tela, cables, tren fijo.
El I-16 es un monoplano. Rápido, pero pesado en los giros.
Los franceses llevarán Dewoitine. Monoplanos.
Los ingleses, si llevan algo, Gladiator. Biplanos viejos.
—Lo sé.
—Contra todo eso, Majestad, el Kühne Herausforderung es el mejor avión del cielo de España. —Galland se quitó el puro—. Mientras ellos no aprendan lo que ha aprendido Trautloft esta tarde.
—¿Y cuánto tardarán en aprenderlo?
Galland se quedó pensando.
—Los rusos, poco. Son buenos pilotos. Los franceses, menos. Pero lo aprenderán, Majestad. Siempre se aprende. Lo único que se puede hacer es que, cuando lo aprendan, ya tengamos otra cosa.
Lo miré.
—Eso es exactamente lo que vamos a hacer, Leutnant.
Galland se cuadró. Se volvió a poner el puro en la boca. Y se fue hacia su biplano, con el casco de cuero colgando de la mano, silbando.
Me quedé un momento mirando los veinte aviones en la explanada, los grises y los plateados, mientras se ponía el sol detrás de los pinos de Rechlin.
Hollenbach, a mi lado, dijo:
—Majestad. ¿Cuál ha ganado?
Era la misma pregunta que en Kummersdorf. Le di la misma respuesta.
—Los dos han perdido, Herr General.
Y luego añadí, más bajo:
—Y los dos van a ganar en España. Si vuelan juntos.