CAPÍTULO XXXIV — Kühne Herausforderung #2
Lo había diseñado Tank, en Focke-Wulf. Lo fabricaba en serie Heinkel, en Rostock, porque Focke-Wulf no tenía fábricas para tantos.
Y el ministerio le había dado la designación de Heinkel.
Los pilotos, desde el primer día, lo seguían llamando como lo había llamado alguien en Pomerania la semana anterior: el Último Biplano .
Estos diez eran la versión inicial. La que iba a España.
* * *
Los oficiales del Estado Mayor se quedaron un rato largo en la explanada sin decir nada.
Guderian fue el primero en acercarse. Caminó hasta el primer biplano y le pasó la mano por el borde de ataque del ala inferior. La retiró enseguida.
—Corta —dijo—. Es como el filo de un cuchillo.
Wever, a su lado, asintió.
—Cuatro milímetros en el borde. Costillas de acero, revestimiento de aluminio. Tank dice que es el ala más fina que se ha hecho nunca para un caza.
Kesselring se había agachado debajo del fuselaje y miraba las compuertas del tren.
—No se ve la junta —dijo, a nadie—. No se ve.
Raeder no estaba: se había quedado en Wilhelmshaven con la flota. Pero Dönitz sí había venido. Se quedó de pie a cierta distancia, con las manos en los bolsillos del abrigo azul, mirando las dos alas sin cables.
—Un barco sin jarcia —dijo, en voz baja—. Como un velero al que le quitas los obenques y el mástil se queda de pie solo.
Bock miraba los dos cañones del morro.
—Dos cañones —dijo—. En un caza. Los ingleses ponen ocho ametralladoras en el suyo, según Wever. Nosotros ponemos dos cañones. —Se volvió hacia Wever—. ¿De qué calibre?
—Veinte milímetros, Herr Generaloberst. De Oerlikon, de licencia suiza. Y dos ametralladoras en las alas.
—Un impacto de veinte milímetros —dijo Bock— hace lo que diez de ocho.
Leeb, el artillero, asintió.
Manstein no se había acercado. Se había quedado con los brazos cruzados, mirando los diez biplanos y los diez monoplanos, uno frente a otro, en la explanada.
—Es Kummersdorf otra vez —dijo, a Rommel, que estaba a su lado—. Dos filosofías. Una contra otra.
—Sí, Herr Generaloberst.
—Y apuesto a que pierden los dos —dijo Manstein.
* * *
Los pilotos esperaban junto a los aviones.
Los de los Bf 109 eran de Rechlin, pilotos de pruebas, y del Jagdgeschwader 132 Richthofen : los de Döberitz. Trautloft al frente. Lützow. Y otros ocho que habían pasado el último mes aprendiendo a volar el monoplano en Augsburgo.
Los de los biplanos eran los que se iban a España. Los que llevaban una semana en Pomerania con los setenta Kühne Herausforderung nuevos. Galland al frente. Mölders. Y otros ocho.
Me acerqué a ellos antes de que despegaran.
Galland se cuadró. Tenía veinticuatro años, un bigote fino que se estaba dejando crecer para parecer mayor y unos ojos oscuros, rápidos, de cazador. Llevaba un puro apagado en la comisura de la boca, que se quitó al verme.
—Majestad.
—Leutnant Galland. ¿Cómo es?
Galland tardó en contestar. Miró el biplano, detrás de él.
—Majestad, con todo respeto. Es lo mejor que he volado nunca. Y no sé todavía si es el mejor caza del mundo o una locura magnífica.
—¿Por qué?
—Porque gira como no gira nada, Majestad.
Lo pones de lado, tiras de la palanca y da la vuelta en un espacio donde el Heinkel 51 necesitaría el doble y el Bf 109 el triple.
Sube como un ascensor. Aterriza a ochenta kilómetros por hora en un campo de remolachas.
Y los dos cañones… —Se llevó la mano a la sien, como si se acordara de algo—.
Los dos cañones, Majestad, rompen un blanco de lona en dos pasadas.
—¿Y el problema?
Galland me miró.
—Que es un biplano, Majestad. Y todos los que saben de esto, en Inglaterra, en Francia, en Rusia, en América, dicen que el futuro es el monoplano. Y yo vuelo uno de los dos últimos biplanos del mundo.
—¿Uno de los dos?
Galland sonrió por fin.
—El otro es el que vuela Mölders, Majestad.
Detrás de él, Mölders, más joven, más pálido, con la cara seria de un seminarista, no sonrió. Se cuadró.
—Majestad.
—Leutnant Mölders. ¿Se marea en este?
Mölders se quedó un segundo inmóvil. Luego se puso colorado.
—No, Majestad. En este, no.
* * *
Primera maniobra. Combate a media altura. 15:30–15:50 hrs.
Las reglas eran las mismas que en Kummersdorf, adaptadas al aire.
Ametralladoras de cámara: cada avión llevaba en el morro una cámara fotográfica sincronizada con los gatillos, que tomaba una fotografía cada vez que el piloto disparaba.
Después, en tierra, los árbitros revelaban las películas y contaban: si el avión enemigo aparecía en el visor, dentro del círculo, a menos de trescientos metros, era un impacto. Tres impactos, derribado.
Y desde tierra, con prismáticos, árbitros en la torre de control, con banderas y radio, iban marcando en tiempo real lo que veían.
La primera maniobra: combate a media altura. Tres mil metros. Los diez biplanos y los diez monoplanos despegarían a la vez, desde los dos extremos del campo, subirían a tres mil metros y se encontrarían sobre el lago.
Despegaron a las tres y media.
Los biplanos despegaron primero. En ciento cincuenta metros de hierba. Cortos, empinados, como pájaros que saltan de una rama. Antes de que los Bf 109 hubieran terminado de rodar por la pista, los biplanos ya estaban a quinientos metros, subiendo en espiral, apretados.
Los Bf 109 despegaron en seiscientos metros. Largos, rasantes. Recogieron el tren. Y empezaron a subir en línea recta, a toda potencia, más deprisa que los biplanos.
Llegaron a tres mil metros casi a la vez.
Y se encontraron sobre el lago.
Desde la torre de control, lo que se vio durante los veinte minutos siguientes fue algo que ninguno de los oficiales de la tribuna había visto nunca.
Un remolino. Veinte aviones dando vueltas unos alrededor de otros, en un espacio de dos kilómetros, a tres mil metros, subiendo, bajando, girando, cruzándose, con los motores aullando a distintas notas: el agudo de los Daimler-Benz de los biplanos y el más grave de los Jumo de los Bf 109.
Los Bf 109 eran más rápidos en línea recta.
Un poco. Pero en cuanto un Bf 109 se ponía detrás de un biplano, el biplano se ladeaba y giraba, y giraba, y giraba, cada vez más cerrado, y el Bf 109, que no podía girar tanto, se pasaba de largo.
Y cuando se pasaba de largo, el biplano ya estaba detrás de él.
—Mire eso —dijo Kesselring en la torre, a Wever, con los prismáticos pegados a la cara—. Mire eso.
Galland. Lo vi yo también. Un biplano gris con una banda roja en el fuselaje —su marca— que tenía un Bf 109 detrás, a cuatrocientos metros, acercándose.
Y Galland se dejó alcanzar. A trescientos.
A doscientos. Y entonces tiró de la palanca, el biplano se puso casi vertical, giró sobre el ala, y en tres segundos estaba detrás del Bf 109, a ciento cincuenta metros, pegado a su cola.
El árbitro de la torre levantó la bandera.
—Derribado. Número cuatro, monoplano.
A las tres y cincuenta, el árbitro jefe levantó la bandera blanca.
Siete Bf 109 derribados. Dos biplanos derribados.
* * *
Segunda maniobra. Combate a baja altura. 16:20–16:35 hrs.
La segunda fue a baja altura. Quinientos metros. Sobre los pinares.
Fue peor para los Bf 109.
A quinientos metros, con los pinos debajo, un monoplano que entraba en picado para ganar velocidad no tenía espacio para salir del picado.
Y un monoplano que giraba cerrado perdía altura, y a quinientos metros no había altura que perder.
Los Bf 109 volaban rígidos, con miedo al suelo.
Los biplanos volaban como si el suelo no existiera: rasantes sobre los pinos, girando entre las copas, apareciendo de pronto por detrás de una loma.
Mölders derribó a tres él solo. En diez minutos.
A las cuatro y treinta y cinco: nueve Bf 109 derribados. Un biplano derribado.
* * *
Tercera maniobra. Defensa de un objetivo. 17:00–17:20 hrs.
La tercera fue defensiva. Los biplanos tenían que defender el aeródromo de Rechlin contra los Bf 109, que lo atacaban simulando un ataque a tierra.
Los biplanos despegaron cuando los Bf 109 ya estaban a diez kilómetros. Despegaron en ciento cincuenta metros, en grupos de dos, desde la hierba, y estaban a mil metros cuando llegaron los Bf 109.
Ganaron también. Seis contra tres.
Desde la torre, los oficiales ya no comentaban. Miraban.
* * *
Cuarta maniobra. Combate a gran altura, libre. 17:50–18:10 hrs.
La cuarta fue a gran altura. Seis mil metros. Libre: sin reglas de formación, sin objetivo. Cada piloto, como quisiera.
Y en la cuarta, Trautloft cambió la táctica.
No subió a seis mil. Subió a ocho mil. Más alto que los biplanos. Con los diez Bf 109 en formación de dos, en parejas, muy separados. Y esperó.
Los biplanos llegaron a seis mil metros y no encontraron a nadie.