CAPÍTULO XXXIV — Kühne Herausforderung
Alemania.
Feßmann empezó los preparativos esa misma tarde.
—Señores —les dijo—. Nos vamos a España.
Nadie preguntó por qué. Nadie preguntó cuándo. Los oficiales de las Sturmdivisionen no preguntaban esas cosas. Preguntaron cómo.
Feßmann se lo dijo.
Doce mil hombres. Doscientos treinta PzKw-1.
Los Kettenträger, los camiones, las piezas de 8,8 de las tres clases, los tractores, las cocinas, los hospitales de campaña, los talleres móviles, las grúas, las motos del reconocimiento, las radios.
Y el ala: setenta biplanos, ciento veinte Stukas, sus pilotos, sus mecánicos, sus repuestos, su combustible, sus bombas, sus hangares desmontables.
Y tres mil seiscientos fusiles Kar 98k nuevos para repartir entre la infantería, con su munición, que llegarían de los arsenales de Spandau el lunes.
Todo eso a un puerto del Mar del Norte. Y de allí, por mar, a España.
—¿Cuántos trenes, Herr General? —preguntó el oficial de intendencia, un comandante bávaro con gafas que se llamaba Lindner—.
Para mover una división acorazada completa a un puerto, con el material del ala, necesitaríamos ciento cuarenta trenes.
Por lo menos. La Reichsbahn tardaría una semana en reunirlos.
Feßmann negó con la cabeza.
—Ningún tren, Lindner.
Lindner lo miró.
—Esta división —dijo Feßmann— se mueve sola.
Los carros, los Kettenträger, los tractores, los camiones.
Todo lleva orugas o ruedas y motores. Y las autopistas de Su Majestad ya llegan casi hasta la costa.
—Puso el dedo en el mapa de Alemania que tenía al lado del de España—.
A cincuenta kilómetros por hora por carretera.
Cuatrocientos kilómetros. Dos días. Por sus propios medios.
Hubo un murmullo en el comedor.
—Los aviones vuelan —siguió Feßmann—. Los biplanos y los Stukas, por escuadrillas, a los aeródromos de la costa. Solo el material pesado del ala, los repuestos y las bombas irán en tren. Veinte trenes. No ciento cuarenta.
Lindner se quedó callado un momento. Luego anotó en su libreta, y Feßmann vio que le temblaba un poco la mano.
—Dos días —repitió Lindner—. Una división entera. Cuatrocientos kilómetros. Sin trenes.
—Dos días —dijo Feßmann—. Salimos el lunes al amanecer.
* * *
Berlín. La residencia. Sábado, 30 de mayo, 21:00 hrs.
Esa noche escribí una nota. Una sola. A mano. Para Raeder.
Al Großadmiral Raeder. Muy urgente. Reservado.
Preparar convoy para el transporte de la 7. Sturmdivision des Königlichen Heeres, junto con su ala aérea agregada, para desembarcar en Ferrol.
Escolta a criterio de la Überwasserflotte.
Konrad.
Ferrol. La base naval del norte de España, en Galicia, en la ría, que se había sumado a la sublevación el miércoles, cuando los oficiales de marina fusilaron a su propio almirante y tomaron los arsenales.
Puerto militar. Diques secos. Grúas. Profundidad para cualquier barco. Y a tres días de mar de Wilhelmshaven.
Ewers la llevó al Bendlerblock esa misma noche.
Raeder me contestó a las cuatro de la madrugada. Una línea, también a mano.
Majestad: la flota estará reunida en Wilhelmshaven el martes. Raeder.
* * *
Autopista del Norte. Lunes, 1 de junio, 06:00 hrs.
La 7. Sturmdivision salió de sus cuarteles el lunes 1 de junio, al amanecer.
No salió en una columna. Salió en seis. Por seis carreteras distintas, como los ríos que bajan de una montaña y se van juntando.
Y a media mañana las seis columnas habían entrado en la autopista nueva del norte, la que los dos millones de obreros de las obras llevaban tres meses construyendo, y se habían convertido en una sola.
Una columna de cien kilómetros de largo. Gris. Con la llave púrpura en los costados.
En los pueblos por los que pasaba la autopista, la gente salía a verla.
Los campesinos dejaban el arado en mitad del surco.
Los niños corrían por los terraplenes. Las mujeres salían a las puertas con el delantal puesto.
Los obreros que trabajaban todavía en los tramos sin terminar se quitaban la gorra y se quedaban de pie junto a sus excavadoras, mirando.
Pasaban los motoristas, en abanico, delante.
Pasaban los Kettenträger, a cincuenta por hora, con la infantería sentada en los bancos, los fusiles nuevos entre las rodillas.
Pasaban los camiones. Pasaban las cocinas de campaña, humeando.
Pasaban los tractores con los cañones de 8,8 enganchados, de las tres clases, con los tubos largos tapados con lona.
Pasaban las ambulancias. Pasaban los talleres móviles, con las grúas plegadas.
Y pasaban los carros.
Doscientos treinta PzKw-1. Uno detrás de otro.
A cincuenta kilómetros por hora, por el asfalto nuevo, con las orugas de goma que los Pioniere habían montado la semana anterior para no destrozar la autopista.
Con los jefes de carro de pie en las torretas, con la gorra puesta y las gafas de motorista subidas sobre la frente.
Un viejo campesino de Brandeburgo, en un paso elevado sobre la autopista, cerca de Nauen, los vio pasar durante una hora entera, de pie, apoyado en su bastón, sin moverse.
Cuando pasó el último carro, se volvió hacia su nieto, un muchacho de doce años que estaba sentado en el pretil del puente.
—En el 14 —le dijo— vi pasar por aquí a mi regimiento. A pie. Camino de la estación. Tardamos tres días en llegar a Bélgica en tren.
Miró la cola de la columna, alejándose hacia el noroeste.
—Estos van a tardar dos días en llegar al mar. Sin tren. —Movió la cabeza—. Si los hubiéramos tenido entonces…
No terminó la frase.
* * *
Wilhelmshaven. Martes, 2 de junio, 18:00 hrs.
A las seis de la tarde del martes, el primer carro de la 7. Sturmdivision entró en el puerto de Wilhelmshaven.
Cuatrocientos doce kilómetros en treinta y seis horas. Sin un solo tren. Con dos carros averiados por el camino, que los talleres móviles habían reparado en la cuneta en tres horas, y un camión volcado en una curva cerca de Oldemburgo, sin heridos.
En el puerto los esperaba la flota.
Toda la flota.
Raeder la había reunido en Wilhelmshaven en tres días.
Los tres acorazados de bolsillo —el Deutschland , el Admiral Scheer y el Admiral Graf Spee , recién entrado en servicio—, los cruceros ligeros, las flotillas de destructores y de torpederos.
Y amarrados a lo largo de los muelles, con las grúas ya trabajando, doce grandes mercantes de la Hapag y de la Norddeutscher Lloyd, requisados por la Corona, con las bodegas abiertas para recibir carros, cañones y camiones.
Y al fondo del puerto, en la grada nueva, más grande que todo lo demás, el casco a medio construir del Attila der Hunne . Sus costados ya se levantaban tres pisos sobre la quilla. Los obreros de la grada habían dejado de trabajar para ver entrar a la división.
Feßmann, en su vehículo de mando, se detuvo en el muelle. Bajó. Se quedó mirando la flota.
Raeder lo esperaba en el muelle, de uniforme azul, con las manos a la espalda.
—Herr General.
—Herr Großadmiral.
—Embarcarán en tres días —dijo Raeder—. El jueves.
Saldremos el viernes con la marea de la mañana.
Tres días de mar hasta Ferrol. Escoltados por toda la flota.
—Hizo una pausa—. Toda, Feßmann. Su Majestad dijo a criterio de la Überwasserflotte .
Y el criterio de la Überwasserflotte es que no se va a perder un solo carro en el golfo de Vizcaya.
Feßmann asintió.
—Gracias, Herr Großadmiral.
Raeder miró la columna de carros grises que seguía entrando por la puerta del puerto, uno detrás de otro.
—Cuatrocientos kilómetros en dos días —dijo—. Me lo dijeron ayer y no lo creí.
—Yo tampoco lo creía el sábado —dijo Feßmann.
* * *
Campo de pruebas de Rechlin, Mecklemburgo. Martes, 2 de junio, 15:00 hrs.
Esa misma tarde, mientras la 7. Sturmdivision entraba en Wilhelmshaven, llevé a todo el Estado Mayor a Rechlin.
Rechlin era el campo de pruebas de la aviación.
Un aeródromo grande, de hierba, junto a un lago, entre pinares, a ciento veinte kilómetros al norte de Berlín.
Hangares largos de ladrillo, una torre de control, talleres, laboratorios.
Allí se probaban todos los aviones que fabricaba Alemania antes de que entraran en servicio.
Y allí, esa tarde, en la explanada de hierba delante de los hangares, había veinte aviones.
Diez y diez. Como en Kummersdorf.
A la izquierda, diez monoplanos. Plateados, delgados, de alas bajas y rectas, con la cabina cerrada, el tren recogido y el morro largo y afilado.
Los Messerschmitt Bf 109 . Los primeros de serie.
Recién salidos de la fábrica de Augsburgo con la orden de producción que había firmado yo el 1 de abril.
A la derecha, diez biplanos.
Y no se parecían a ningún biplano que nadie de los que estaban en la explanada hubiera visto nunca.
* * *
Eran grises. Gris azulado, mate, de aluminio.
No tenían un solo cable entre las alas. Ni montantes.
Las dos alas salían del fuselaje como dos hojas de cuchillo, finísimas, sin nada que las uniera, la de arriba larga, mucho más larga que la de abajo, y la de abajo retrasada, corta, con una ligera flecha hacia atrás, como las alas de un vencejo.
El fuselaje era fino, de líneas limpias, con una cabina cerrada de cristal, alta, con vista en todas direcciones.
El tren de aterrizaje se recogía dentro del fuselaje, detrás de unas compuertas que encajaban sin que se viera la junta.
El morro era largo, con el motor en línea de Daimler-Benz carenado, y en la punta, saliendo a ambos lados del buje de la hélice, dos tubos cortos y gruesos: los dos cañones.
En el costado del fuselaje, debajo de la cabina, tenía pintada la llave púrpura. Y debajo, en letras blancas:
He 303. Kühne Herausforderung.
Desafío Audaz.