Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XXXIII — Las coronas de España #2
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CAPÍTULO XXXIII — Las coronas de España #2

—Pero tenemos que hacer algunos cambios.

La infantería de las Sturmdivisionen está armada en un noventa por ciento con subfusiles.

Sin fusiles de cerrojo. Así vinieron. Así los traje.

Para el combate en las ciudades, en los bosques, a cien metros, es lo mejor que hay.

—Toqué el mapa de España que Mahlberg había dejado sobre la mesa—.

Pero en España se combate a larga distancia.

En la meseta, en las sierras, en los olivares.

A seiscientos, ochocientos, mil metros. Y a esa distancia, un hombre con un subfusil está en desventaja frente a un hombre con un fusil.

»Así que tres de cada diez hombres de la 7. Sturmdivision llevarán un Karabiner 98k.

Leeb, el artillero, asintió. Rommel, al fondo, también.

—El mando —dije.

Me volví hacia la mitad de la mesa. Hacia el hombre que llevaba siempre un sobre de papel manila en el bolsillo interior de la guerrera.

—Feßmann.

Feßmann se quedó quieto.

—Usted liderará la fuerza en España.

Feßmann no contestó enseguida. Luego se levantó. Se cuadró.

—A sus órdenes, Majestad.

—Siéntese, Herr General.

Feßmann se sentó. Se llevó la mano al bolsillo de la guerrera, al sobre, y la dejó allí.

—Eso es todo, caballeros —dije—. Retírense.

* * *

Berlín. Patio de la residencia. 10:40 hrs.

Salieron de la casa. Y, como cada vez que salían de allí, se detuvieron.

En el centro del patio de grava. A veinte pasos del portal. Formaron el círculo sin que nadie lo propusiera. Ya ni siquiera lo pensaban: se colocaban solos, cada uno en su sitio, como se coloca una compañía para pasar revista.

Al otro lado de la verja, en la calle, los chóferes de los coches negros los vieron formar el círculo y suspiraron. Uno de ellos, el de Rundstedt, un berlinés gordo con gorra de plato, se apoyó en el guardabarros y sacó la pitillera.

—Media hora —dijo—. Por lo menos.

—Una hora —dijo el de Guderian—. Hoy han hablado de España.

Encendieron los cigarrillos.

* * *

— Eventualmente —dijo Bock.

Lo dijo como el día de la mesa larga había dicho la extensión y encarnación del Estado : en voz alta, de golpe, como un titular.

—Rey de España. Y de Austria. Y de Hungría. Y de Checoslovaquia. Y de Yugoslavia. —Bock miró a los demás—. Eventualmente.

—La corona de Carlos V —dijo Leeb, en voz baja.

—La corona de Carlos V —asintió Bock—. España, Austria, Bohemia, Hungría, los Balcanes. Lo que tuvieron los Habsburgo en su mejor momento, menos Flandes y las Indias. —Hizo una pausa—. En la cabeza de un muchacho de veintitrés años que vive en un castillo en Bélgica.

—Otto es un hombre extraordinario —dijo Leeb.

—No lo dudo, Leeb. —Bock se volvió hacia él—. Pero un muchacho extraordinario con cinco coronas, puestas por un emperador alemán, es un vasallo. El vasallo más grande de Europa. Pero un vasallo.

Leeb no contestó.

—Y en el sur de Europa —siguió Bock— habrá un imperio católico de setenta millones de habitantes, desde Gibraltar hasta Belgrado, con un rey que debe su corona a Berlín.

—Movió la cabeza—. Francia, rodeada. Por el norte, por el este y por el sur.

Italia, cortada en dos. Checoslovaquia, desaparecida. Yugoslavia, desaparecida.

—Beneš va a movilizar en cuanto lo sepa —dijo Beck.

—Beneš no lo va a saber —dijo Manstein.

Todos se volvieron hacia él.

—Su Majestad ha dicho eventualmente —dijo Manstein—. No ha dicho ahora . Ha dicho que apoyaremos a Otto como rey de España. Eso sí, ahora. Lo demás… —Se encogió de hombros—. Lo demás es un plano. Y los planos no se publican.

—Pero lo ha dicho delante de nosotros —dijo Fritsch.

—Delante de nosotros —asintió Manstein—.

Que vivimos en el mismo edificio, que comemos en la misma cantina y que debatimos cada semana sin actas.

Nos lo ha dicho para que lo sepamos. Para que, cuando hagamos los cálculos de la escarpa, y los de España, y los de lo que venga, sepamos hacia dónde va todo esto.

* * *

—El PzKw-1 —dijo Guderian.

Estaba un poco apartado, con el bastón en la mano, mirando la casa.

—Le pedí los Windpfeil —dijo—. Para que los rusos no supieran lo que teníamos. Y me ha dicho que no. Que lleven el PzKw-1. Para que los rusos crean que eso es lo que tenemos.

Se volvió hacia los demás.

—Le he dado la razón de lo que quería hacer, y él ha hecho exactamente lo contrario por la misma razón.

—Movió la cabeza—. Y tiene razón él. Si llevamos los Windpfeil, los rusos los ven, los estudian y dentro de dos años tienen uno igual.

Si llevamos el PzKw-1, los rusos lo ven, lo estudian y dentro de dos años tienen uno igual al PzKw-1.

Que es un carro de entrada. Y entonces les ponemos delante el Windpfeil.

—Se quedó callado un momento—. O el Karmesin.

—Una lata y un mondadientes —dijo Rommel, a su lado, casi sonriendo.

—Una lata y un mondadientes —repitió Guderian—. Que los rusos van a copiar con mucho cuidado.

* * *

—El Último Biplano —dijo Kesselring.

Estaba con Wever, junto a la verja.

—Setenta. Ya listos. —Kesselring movió la cabeza—.

Tank voló el prototipo el 2 de mayo. Yo estaba en Bremen.

Lo vi aterrizar en un campo de hierba, junto al aeródromo, en cien metros.

Bajó de la cabina, se quitó el casco y no dijo nada durante un minuto.

Luego dijo: No he volado nunca nada así.

Y no sé si alguien volverá a volar algo así.

—Por eso lo llaman como lo llaman —dijo Wever.

—Por eso. Y lo manda a España. Con los Stukas.

Nuestra verdadera baza. —Se volvió hacia Wever—.

¿Sabe lo que eso significa, Wever? Que los rusos van a ver un biplano y se van a reír.

Como nos reímos nosotros en Döberitz. Y van a seguir haciendo biplanos viejos, porque creerán que nosotros también los hacemos.

Y cuando se den cuenta de lo que es ese biplano, ya los habrá derribado a todos.

* * *

Feßmann estaba en el centro del círculo y no había dicho nada.

Tenía la mano en el bolsillo de la guerrera, sobre el sobre de papel manila.

Al cabo de un rato, Rundstedt se le acercó.

—Feßmann.

—Herr Generaloberst.

—España. —Rundstedt lo miró—. Una división. Setenta biplanos. Ciento veinte Stukas. Contra tres o cuatro divisiones rusas, tres o cuatro francesas, voluntarios ingleses. Y con los generales españoles, que no quieren rey, y los carlistas, que quieren otro.

—Sí, Herr Generaloberst.

—¿Por qué usted?

Feßmann tardó en contestar.

—Creo que lo sé —dijo al fin.

Sacó el sobre. Lo abrió. Sacó la fotografía de siempre. La del hombre de los prismáticos en la loma de Weißensee, con la mano levantada.

—En enero —dijo— mandé veinte carros a ver qué había al otro lado de una loma.

Con orden de no disparar. Y volvieron. Todos.

Porque no dispararon y porque el otro tampoco disparó.

—Miró la fotografía—. Y luego me pasé dos días mirando estas fotos sin saber qué hacer.

Hasta que entendí lo que eran. Y entonces dije por la radio Tercera, acuartelada , tres veces, y nada más.

Guardó la fotografía.

—Su Majestad no me manda a España porque sea el mejor general, Herr Generaloberst. Hay mejores.

Usted, Manstein, Guderian. —Hizo una pausa—.

Me manda porque soy el único de nosotros que ha estado al otro lado de una loma sin saber lo que había detrás, y ha sabido esperar a entenderlo antes de disparar.

Rundstedt no dijo nada.

—España es eso —dijo Feßmann—. Una loma enorme. Con rusos, franceses, ingleses, italianos, carlistas, alfonsinos, anarquistas, comunistas y generales detrás. Y nadie sabe lo que hay. —Cerró el sobre—. Y alguien tiene que ir y esperar a entenderlo antes de disparar.

* * *

Al otro lado de la verja, el chófer de Rundstedt tiró la colilla al suelo y la pisó.

—Una hora y diez —dijo.

—Te lo dije —dijo el de Guderian.

Encendieron otro cigarrillo cada uno.

En el patio, el círculo no se deshacía. Leeb había empezado a hablar de Otto, con las manos, en voz baja.

Bock le contestaba. Manstein dibujaba algo en el aire con un dedo, delante de Guderian.

Beck escribía en su libreta. Fritsch se había quitado el monóculo y lo frotaba con el pañuelo, escuchando.

Y en la ventana alta de la sala alargada, detrás del cristal, una figura de pie, inmóvil, los miraba.