Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XXXIII — Las coronas de España
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CAPÍTULO XXXIII — Las coronas de España

Berlín.

La guerra de España estalló un mes y medio antes de lo que yo sabía.

No supe nunca exactamente por qué. Lo pensé muchas noches.

Quizá porque en enero Alemania había cambiado de amo de la noche a la mañana, y los generales españoles que conspiraban en los casinos de Pamplona y de Burgos habían visto que se podía.

Quizá porque en febrero un rey alemán había juzgado en una plaza a los jefes de un partido revolucionario, y en España la mitad del país había leído eso como una promesa y la otra mitad como una amenaza.

Quizá porque en marzo se habían ido a Alemania a trabajar quince mil obreros asturianos y catalanes, y habían vuelto contando cosas.

Quizá porque el viejo Hohenzollern había recibido una carta, y en Roma, en Estoril, en un castillo de Bélgica, había reyes sin trono que habían empezado a hacer cuentas.

Quizá por nada. Por el azar. Porque un general se impacientó.

El caso es que el martes 26 de mayo, en Pamplona, el general Mola sacó a la calle a los requetés carlistas con sus boinas rojas.

En Sevilla, Queipo de Llano tomó la radio.

En Melilla, en Ceuta, en Tetuán, se sublevó el ejército de África.

Franco voló de Canarias a Tetuán el miércoles.

Y el miércoles por la noche España ya estaba partida en dos.

El jueves 28 por la mañana mandé reunir a mi Estado Mayor.

* * *

Bendlerblock. Sala de conferencias. 28 de mayo, 10:00 hrs.

Estaban todos en la herradura del segundo piso, con los mapas de España que Mahlberg había hecho traer a las seis de la mañana del archivo del antiguo Heereswaffenamt, con las ojeras de dos noches leyendo los cables de las agencias.

Me quedé de pie.

—Caballeros. Ya saben lo que está pasando en España.

—Les cuento lo que saben menos. —Me acerqué al mapa de Europa de la pared—. Los rusos han movilizado fuerzas. Envían voluntarios a la República . Pilotos, carristas, asesores, comisarios políticos. Lo sé por tres fuentes distintas. Empezarán a llegar por mar a Cartagena dentro de dos semanas.

»Los franceses también.

Hubo un movimiento en la herradura. Beck levantó la vista.

—Los franceses —repetí—. Blum ganó las elecciones hace tres semanas, y antes de formar gobierno ya ha decidido que no va a dejar caer a la República española.

Voluntarios. Aviones. Y, según me dicen, unidades enteras de la Legión Extranjera que se desmovilizan en Argelia y reaparecen en Barcelona con otro uniforme.

»Gran Bretaña también. —Esperé un momento—. No oficialmente. Brigadas de voluntarios. Y barcos, para proteger sus intereses en Bilbao y en Gibraltar.

»Y a los sublevados , Italia les envía voluntarios. Mussolini ya ha dado la orden. Camisas negras, aviones, carros pequeños.

Me volví hacia ellos.

—Cada una de esas naciones enviará unas tres, cuatro divisiones. Con algunas decenas de aviones. España va a ser, durante un año, el campo de maniobras de Europa.

Hice una pausa.

—Nosotros también vamos a participar.

Nadie dijo nada.

—No para probar la táctica y las armas, como hacen todos ellos. —Sonreí—. Aunque Italia no tiene mucho que probar. —Algunos sonrieron también—. Y los demás, casi igual.

»Vamos primero a influir en los realistas. En los monárquicos españoles. Para que se subleven dentro de la sublevación. Para que la sublevación de los generales no termine en otra dictadura de un general, sino en una corona. —Toqué el mapa, sobre Madrid—. Y enviaremos hombres.

Me quedé un momento mirando el mapa.

—Pero nos queda una decisión.

Me volví.

—¿A qué casa apoyamos?

* * *

—Yo considero —dije— que los reyes legítimos de las coronas conjuntas de León, Castilla, Aragón y Navarra son la casa de Austria.

Los Habsburgo. Los que reinaron en España desde Carlos V hasta el último Carlos, el hechizado, en 1700.

Los que perdieron la corona en una guerra de sucesión que ganaron los Borbones con ayuda de Francia, y que Inglaterra dejó ganar porque le convenía.

—Pero Alfonso, el Borbón, también tiene derecho a esa corona. Reinó hasta el 31. Su casa lleva doscientos treinta años en ese trono. Y los carlistas, que son los que tienen los hombres en la calle en Navarra, tienen su propio rey, otro Borbón, un anciano de ochenta y seis años sin hijos.

Me apoyé en la mesa.

—¿A quién apoyamos? Escucho sus opiniones. Aunque la decisión final, en este asunto, será mía.

* * *

Hablaron dos horas.

No voy a contarlo todo. Leeb habló por los Habsburgo, como esperaba: católico, bávaro, con el corazón en Viena.

Dijo que Otto era el único príncipe católico de Europa que no se había manchado con nada, que tenía veintitrés años, que hablaba seis lenguas, que se había doctorado en Lovaina, y que una corona española en su cabeza sería la reparación de una injusticia de doscientos años.

Rundstedt habló por Alfonso. Seco, práctico.

Dijo que Alfonso había reinado, que España lo conocía, que los generales sublevados eran en su mayoría alfonsinos, y que imponer a un Habsburgo austríaco a un país que llevaba dos siglos con Borbones era sembrar otra guerra de sucesión dentro de la guerra civil.

Bock no habló por nadie. Dijo solo, con su voz seca, que daba igual a quién apoyáramos: que lo importante era que el que fuera supiera que la corona se la habíamos puesto nosotros.

Beck preguntó qué pensarían Francia e Inglaterra. Fritsch preguntó qué pensarían los generales españoles, que no querían ningún rey. Raeder preguntó qué pensaría la flota británica de Gibraltar.

Y Guderian, al final, cuando ya todos habían hablado, se levantó y no habló de casas reales.

—Majestad. Con su permiso. Si vamos a mandar una fuerza a España, propongo que lleve los Windpfeil.

Los diez de Kummersdorf y los que se puedan fabricar de aquí a entonces.

—Se volvió hacia los demás—. Sé que Su Majestad ha dicho que no vamos a probar armas.

Pero los rusos van a llevar sus T-26 y sus BT.

Los italianos, sus carros de tres toneladas.

Y si nuestros hombres van con el PzKw-1, que es un buen carro, pero que los rusos ya han visto fotografiado y estudiado, se van a encontrar con…

—Buscó la palabra—. Con un enemigo que sabe lo que tenemos. Con el Windpfeil, no lo sabrá.

Lo escuché sin interrumpirle.

Cuando terminó, les di las gracias a todos. Y les dije que mañana, en mi casa, les daría la decisión.

* * *

Berlín. La residencia. Viernes, 29 de mayo, 10:00 hrs.

Al día siguiente vinieron a la casa barroca.

Así lo había establecido desde que el Estado Mayor vivía en el Bendlerblock: en el edificio se deliberaba; en mi casa se emitían las órdenes. Los oficiales lo sabían. Cuando los llamaba al Bendlerblock, era para pensar. Cuando los llamaba a la casa, era para escuchar.

Entraron en la sala alargada. Se quedaron de pie, como siempre, esperando.

Esta vez me senté.

Lo noté en sus caras: era la primera vez que les hablaba sentado. A la cabecera de la mesa larga, con las manos sobre la madera.

—Siéntense, caballeros.

Se sentaron.

Los miré un momento.

—Apoyaremos a Otto de Habsburgo —dije—. Como rey de España.

Nadie se movió.

—Y de Austria y de Hungría, eventualmente.

Leeb cerró los ojos.

—Y como rey de lo que hoy es Checoslovaquia y de lo que hoy es Yugoslavia. —Hice una pausa—. Eso será eventualmente.

Se miraron entre sí.

Beck dejó de escribir en su libreta. Bock se quedó completamente quieto. Rundstedt, que había hablado por Alfonso el día anterior, bajó la vista a la mesa. Guderian miraba a Manstein, y Manstein me miraba a mí, con sus ojos de párpados pesados, sin parpadear.

Lo que acababa de decir era la corona de Carlos V.

La del emperador que había reinado sobre España, Austria, Hungría, Bohemia, Flandes, Nápoles y medio mundo.

La que se había partido en dos en 1556, cuando Carlos abdicó en Yuste, cansado, y le dejó España a su hijo Felipe y el Imperio a su hermano Fernando.

La que nadie había vuelto a juntar en cuatrocientos años.

Y yo acababa de decir que la íbamos a juntar. Eventualmente.

No lo expliqué. Ellos tampoco preguntaron.

* * *

—Enviaré a la 7. Sturmdivision —seguí.

Me volví hacia Guderian.

—No porque no haya pensado en su consejo, Herr Feldmarschall. —Lo miré—. Lo hice. Mucho. Pero al final consideré que esta es la mejor decisión. Por supuesto, irán con el PzKw-1.

Guderian no se movió. Asintió una vez.

—Los Windpfeil se quedan en Alemania —dije—. Que los rusos vean el PzKw-1 en España. Que lo estudien, que lo fotografíen, que se lleven uno destrozado a Moscú si pueden. Que crean que eso es lo que tenemos. Y que no sepan nunca lo que hay en Kummersdorf.

Guderian me miró un momento más. Luego algo le cambió en la cara. Lo había entendido.

—Llevarán un ala propia —seguí—. Setenta Último Biplano , que ya están listos.

Kesselring y Wever levantaron la cabeza a la vez.

El encargo de Tank. El biplano sin cables, de aluminio, con el tren retráctil, la cabina cerrada y los dos cañones en el morro.

Tank había volado el primer prototipo el 2 de mayo, en Bremen, y había aterrizado diciendo que no había volado nunca nada parecido.

Yo había traído setenta la semana anterior, a un aeródromo de Pomerania, para que los pilotos de Mölders y de Galland empezaran a aprender a volarlos.

Los pilotos ya lo llamaban así. El Último Biplano .

Porque, decían, después de este ya no haría falta otro.

—Y ciento veinte Stukas —dije—. Esa es nuestra verdadera baza para nuestros hombres en España. El aire. Que los nuestros, en tierra, tengan siempre encima algo que los proteja y algo que les abra el camino.

Me volví hacia los demás.