Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XXXII — La escarpa #2
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CAPÍTULO XXXII — La escarpa #2

—El ruso. —Guderian asintió—. Tujachevski tiene en este momento, según la Abwehr, cuatro cuerpos mecanizados de quinientos carros cada uno.

Y una artillería que es la segunda del mundo detrás de la francesa.

Y un país de ciento setenta millones de habitantes.

Y un hombre en el Kremlin que no duda en gastar hombres.

Y un río que baja de sur a norte. Con una llanura pantanosa en la orilla oeste.

Y una escarpa. Y una capital a setenta kilómetros.

Se levantó. Se acercó al mapa. Se quedó junto a Leeb.

—Ese río es el Óder —dijo, en voz baja—. La llanura es el Oderbruch. La escarpa es Seelow. Y la capital…

No terminó la frase. No hizo falta.

Nadie se movió en la sala.

* * *

—Eso es imposible —dijo Blomberg, al fin, desde su silla—. Para que los rusos lleguen al Óder tendrían que cruzar Polonia entera. Tendrían que derrotar al ejército polaco y luego a nosotros en la frontera. Tendrían que llegar a setenta kilómetros de Berlín.

—Sí —dijo Guderian.

—Con un ejército como el que estamos construyendo… con sesenta y seis divisiones acorazadas… con los Karmesin, con los Windpfeil… con el cañón de asalto de Manstein… —Blomberg movió la cabeza—. Eso no va a pasar nunca.

Beck, que no había hablado, levantó la vista de su libreta de tapas negras.

—Herr Generalfeldmarschall —dijo, por costumbre—. ¿Y si estuviera describiendo lo que pasaría si no construyéramos ese ejército?

Blomberg lo miró.

—Su Majestad ha dicho hipotética —dijo Beck—.

No ha ocurrido. No sé si ocurrirá. Pero ha descrito la situación del defensor con una precisión que no se inventa.

Cansado, mal abastecido, unidades incompletas, muchos reclutas jóvenes y muchos hombres mayores.

—Cerró la libreta—. Eso no es un ejército que defiende.

Es un ejército al final de una guerra perdida.

Que ha perdido todo lo demás y solo le queda la última escarpa delante de la capital.

—Su Majestad no nos ha pedido que imaginemos cómo ganaría el atacante —siguió Beck—. Nos ha pedido que calculemos cómo aguantaría el defensor. Con cien mil hombres contra un millón. Y luego, con trescientos mil y quinientos Karmesin. Para ver la diferencia.

—¿Qué diferencia? —preguntó Bock.

—La diferencia entre la guerra que vendría si no nos preparamos y la que vendría si lo hacemos —dijo Beck—. Si es que viene alguna.

* * *

Manstein se había levantado también. Estaba junto a la ventana, con las manos a la espalda.

—Hay algo que nadie ha dicho —dijo.

Se volvieron hacia él.

—Su Majestad ha dicho que la primera línea se abandona antes del bombardeo y se reocupa antes del asalto.

Y ha dicho que, cuando ya no se puede sostener, se cede ordenadamente a la segunda.

—Manstein se volvió—. Y luego ha dicho que pongamos los carros en la meseta, de reserva, para contraatacar las penetraciones.

—Sí —dijo Leeb.

—Eso no es una defensa estática, Leeb. —Manstein se acercó al mapa—.

Es una defensa móvil disfrazada de estática.

Las líneas de la escarpa no están para aguantar.

Están para desgastar. Para que el enemigo pague cada metro.

Y los carros de la meseta no están para defender: están para atacar.

Para golpear al enemigo cuando haya penetrado, cuando esté dentro, cuando esté cansado, cuando haya gastado su artillería sobre trincheras vacías y su infantería en la escarpa.

—Puso el dedo en la meseta, detrás de la tercera línea—.

Ahí. Es ahí donde se gana esa batalla. No en la escarpa.

— Una flota en potencia esperando lanzar un último ataque. Lo dijo hace diez días, en esta misma sala. —Manstein se volvió hacia Raeder—. Herr Großadmiral, usted lo entendió antes que nosotros.

Raeder, desde su silla, asintió.

—Y para ese ataque —siguió Manstein— hacen falta carros que puedan llegar a la meseta, sobrevivir al bombardeo, esperar ocultos y luego golpear. No Windpfeil, que morirían en la primera penetración. —Hizo una pausa—. Karmesin. Y mi cañón de asalto para la escarpa.

Rommel, desde el fondo, dijo en voz baja:

—Y Windpfeil para perseguir cuando el enemigo se rompa.

Manstein lo miró. Casi sonrió.

—Y Windpfeil para perseguir, Rommel. Sí.

* * *

Kesselring y Wever se habían quedado sentados, juntos, sin hablar.

Al cabo de un rato, Kesselring dijo, solo a Wever:

—Ciento cuarenta reflectores. Para cegar a los defensores.

—Sí.

—Si yo tuviera un bombardero que volara a doce mil metros —dijo Kesselring— y supiera dónde están esos ciento cuarenta reflectores, y dónde están los veinte mil cañones, y dónde están los puentes del río por donde cruza el millón de hombres…

La batalla no empezaría en la escarpa. Empezaría al otro lado del río.

Una semana antes. A cien kilómetros. En los nudos ferroviarios por donde llega la munición para un millón de proyectiles.

Wever lo miró.

— La retaguardia profunda —dijo.

—La retaguardia profunda. —Kesselring asintió—. Ahora entiendo para qué quiere doce mil metros.

* * *

Fritsch se puso el monóculo y miró alrededor de la herradura.

—Señores. Propongo que nos dividamos.

Se volvieron hacia él.

—Leeb, la defensa de la escarpa. Las líneas.

Los tiempos. Usted escribió el libro. —Leeb asintió—.

Manstein, el contraataque desde la meseta.

Guderian, los carros: cuántos, cuáles, dónde.

Rommel, con Guderian. Kesselring y Wever, el aire: lo que se puede hacer antes, en la retaguardia del atacante.

Beck, el abastecimiento, la munición, los días.

Rundstedt, Bock, el conjunto. Y yo, si me lo permiten, haré de atacante.

Con un millón de hombres y veinte mil cañones. Para ver dónde fallan ustedes.

—¿Y yo? —preguntó Blomberg.

Fritsch lo miró.

—Usted, Herr Generalfeldmarschall, es el jefe de todos los jefes. Haga lo que Su Majestad le dijo en febrero. Piense como un oficial de combate. Y al final, díganos quién gana.

Blomberg se quedó callado un momento. Luego asintió.

* * *

Se pusieron a trabajar allí mismo. No salieron al patio. No hacía falta: ya vivían en el mismo edificio.

Leeb se quitó la guerrera, se quedó en mangas de camisa y empezó a dibujar sobre el mapa con un lápiz rojo.

Manstein y Guderian se inclinaron sobre otro mapa, el de la meseta, discutiendo ya en voz alta.

Kesselring pidió a un ordenanza que le trajera todas las tablas de alcance de bombarderos que hubiera en el Bendlerblock.

Beck sacó su libreta y empezó a escribir columnas de cifras.

Rundstedt se quedó un momento de pie junto a la ventana, mirando el canal.

Bock se acercó.

—Rundstedt.

—Bock.

—Usted estuvo en Doorn. —Bock hablaba en voz baja—. Con el viejo. Ayer.

—Sí.

—¿Le habló de esto? ¿De la guerra? ¿De lo que viene?

Rundstedt negó con la cabeza.

—No. —Hizo una pausa—. Me dio las gracias. Dijo aquí tengo ya mi hogar . Y me pidió que me fuera antes de que le viera llorar.

Bock no dijo nada durante un rato.

—Ese hombre de la casa barroca —dijo al fin, muy bajo— nos acaba de dibujar en un mapa la batalla en la que muere Alemania. Con todos los detalles. Con el número de cañones. Con los reflectores.

—Sí.

—Y nos ha pedido que calculemos cómo evitarla.

—Sí.

Bock se quedó mirando el canal.

—Y por la mañana —dijo— nos ha dado nueve cartas para devolverles las coronas a nueve casas reales.

Rundstedt lo miró.

—¿Le parece contradictorio, Bock?

Bock tardó en contestar.

—No —dijo al fin—. Me parece que está preparando un país que aguante. Por dentro y por fuera. Que tenga tantas raíces que no se pueda arrancar. Y tantos carros que no se pueda conquistar.

Se volvió hacia el mapa, hacia Leeb, que seguía dibujando líneas rojas sobre la escarpa.

—Y me parece —añadió— que sabe exactamente lo que pasa cuando un país no tiene ni lo uno ni lo otro.