CAPÍTULO XXXII — La escarpa
Berlín. Bendlerblock. Sala de conferencias del segundo piso.
Los reuní a las nueve, en la herradura del segundo piso del Bendlerblock.
Estaban todos. Cansados. La mayoría no había dormido mucho: Hollenbach me había contado que la cantina del sótano no se había vaciado hasta las dos de la madrugada, después de que Rundstedt subiera a acostarse.
Y que, a las dos y media, en la escalera, alguien había oído a Leeb y a Weichs cantar en voz baja, en bávaro, una canción de cuartel de antes de la guerra.
Me quedé de pie a la cabecera.
—Caballeros. Antes de la reunión estratégica, una cosa.
—Quiero que los mariscales lleven unas cartas.
Saqué del bolsillo de la guerrera un paquete de sobres. Nueve. Color crema, lacrados con el florín, como el de Doorn. Los dejé sobre la mesa, delante de mí.
—A los titulares, jefes de las casas de Sajonia, de Baviera y de Wurtemberg. Y a los de las casas de los seis grandes ducados: Baden, Hesse, Mecklemburgo-Schwerin, Mecklemburgo-Strelitz, Oldemburgo y Sajonia-Weimar-Eisenach.
Leeb se había puesto rígido en su silla. Weichs también.
—Que el trono imperial los recibirá —seguí—. A los primeros, como reyes y pares del reino. A los duques, como nobles de las casas titulares.
—Repártanselas como consideren —dije—. Cada uno a la casa que mejor conozca. A la que sirvió. A la de su tierra. —Miré a Leeb—. No voy a decir a quién va cada una. Ustedes lo saben mejor que yo.
Leeb tardó un momento. Luego se levantó. Se acercó a la mesa. Buscó entre los sobres, leyendo los nombres escritos a mano. Encontró uno. A Su Alteza Real Rupprecht, Príncipe heredero de Baviera.
Lo cogió con las dos manos.
—Con su permiso, Majestad.
—Con mi agradecimiento, Herr Generaloberst.
Leeb volvió a su silla con el sobre apretado contra el pecho. No se sentó enseguida. Se quedó un momento de pie, mirando el sobre. Y vi que le temblaba la barbilla.
* * *
—Y ahora —dije— la parte estratégica.
Me volví hacia la pared del fondo, donde Mahlberg había colgado esa mañana, a petición mía, un mapa grande.
No era un mapa de ningún sitio. Era un mapa dibujado a mano, a escala, sin nombres.
Un río que bajaba de sur a norte por la derecha.
A la izquierda del río, una franja de llanura de quince kilómetros, marcada con el símbolo de pantano y con decenas de canales y acequias.
Y al borde de la llanura, una línea dentada, marcada en marrón: una escarpa.
Cuarenta, cincuenta metros de desnivel. Detrás de la escarpa, una meseta de bosques y pueblos.
Y, al fondo, a setenta kilómetros, en la esquina izquierda del mapa, un círculo grande sin nombre.
—Una batalla hipotética —dije—. No ha ocurrido. No sé si ocurrirá. Pero quiero que la piensen.
Me acerqué al mapa.
—El río —señalé—. Ancho. Con crecida de primavera. El enemigo está al este, en la otra orilla. Ha cruzado en dos o tres puntos y tiene cabezas de puente en esta orilla, en la llanura.
»La llanura. Quince kilómetros de ancho. Pantanosa. Canales de riego, acequias, terraplenes, caminos elevados. En primavera, barro hasta las rodillas. Los carros solo pasan por los caminos. La infantería se hunde. No hay dónde esconderse: es plana como una mesa.
»La escarpa. Aquí. —Pasé el dedo por la línea marrón—. Cuarenta, cincuenta metros. Pendiente fuerte. Desde arriba se ve toda la llanura, hasta el río. Cada camino, cada canal, cada terraplén.
»Detrás, la meseta. Bosques. Pueblos. Carreteras hacia el oeste.
»Y aquí. —Toqué el círculo grande—. A setenta kilómetros. Una capital.
Silencio.
—El defensor —seguí— está en la escarpa. Tiene cien mil hombres. Quinientos carros. Unos setecientos cañones. Está cansado, mal abastecido, con unidades incompletas, con muchos reclutas jóvenes y muchos hombres mayores. Pero está en la escarpa. Y tiene que aguantar.
Hice una pausa.
—El atacante —dije— tiene un millón de hombres.
Hubo un movimiento en la herradura.
—Tres mil carros. Y veinte mil cañones y morteros.
Nadie respiró, me pareció.
—Veinte mil —repetí—. En un frente de cuarenta kilómetros.
Quinientos cañones por kilómetro. Uno cada dos metros.
Para abrir la batalla, va a disparar durante media hora, antes del amanecer, un millón de proyectiles sobre la escarpa.
Y luego va a encender ciento cuarenta reflectores antiaéreos, apuntados hacia la escarpa, para cegar a los defensores.
Y va a lanzar la infantería y los carros por la llanura.
Me volví hacia ellos.
—Esa es la situación, caballeros.
* * *
Nadie dijo nada durante un rato largo.
Luego Bock, desde su sitio, con su voz seca:
—Un millón de hombres. Veinte mil cañones. Majestad, no existe un ejército en el mundo que tenga veinte mil cañones en cuarenta kilómetros de frente.
—Hoy no, Herr Generaloberst.
Bock me miró.
No dijo nada más.
—Les pido que piensen en escenarios como ese —dije—. Y en cómo establecer defensas estáticas en profundidad. Con varias líneas. De retirada y de ataque.
Me volví hacia el mapa.
—No como los franceses. No una línea única, con todo delante, esperando el golpe.
—Toqué la escarpa—. Sino tres, cuatro posiciones.
Escalonadas. La primera, en el borde de la escarpa, frente a la llanura.
La segunda, detrás, a dos o tres kilómetros.
La tercera, más atrás, a ocho o diez, en la meseta. Y otras líneas detrás de esas.
»Y la primera se abandona.
Hubo un murmullo.
—Se abandona —repetí— antes del bombardeo de artillería. La noche antes. Cuando se sabe que va a empezar. Los hombres de la primera línea se retiran a la segunda en silencio, a oscuras. Y el millón de proyectiles cae sobre trincheras vacías.
Me volví.
—Y luego, cuando termina el bombardeo, antes de que la infantería enemiga se lance por la llanura, la primera línea se vuelve a ocupar.
Deprisa. Los hombres vuelven a sus trincheras, que ahora están destrozadas, pero que siguen siendo trincheras en lo alto de una escarpa de cincuenta metros sobre una llanura sin cobertura.
Y cuando llega la infantería enemiga, convencida de que la artillería ha matado a todos, se encuentra a los defensores esperándola. Intactos.
Silencio absoluto.
—Y cuando la primera línea ya no se puede sostener —seguí—, se cede. Ordenadamente. A la segunda. Y la segunda hace lo mismo. Y la tercera. Y cada vez que el enemigo avanza una línea, ha tenido que pagar por ella. Y cada vez que llega, se encuentra otra.
Dejé el mapa.
—Les pido cálculos militares. Tácticos. Sobre esa situación.
Cuántos hombres en cada línea. A qué distancia.
Cuánto tiempo se puede sostener cada una.
Cuándo abandonar la primera, cuándo volver a ocuparla, cuánto tiempo hay entre el final del bombardeo y el asalto de la infantería.
Dónde poner los carros: en la escarpa no, en la meseta, de reserva, para contraatacar las penetraciones.
Dónde poner la artillería para que el bombardeo enemigo no la encuentre.
Cuántos Karmesin harían falta en cada línea.
Cuánta munición. Cuántos días. Y lo que pasaría si el defensor no tuviera cien mil hombres, sino trescientos mil.
Y quinientos Karmesin en lugar de quinientos carros cualquiera.
Me volví hacia la puerta.
—Tienen hasta la próxima sesión conjunta.
Salí.
* * *
Bendlerblock. Sala de conferencias. 09:40 hrs.
Cuando la puerta se cerró, la sala se quedó en silencio durante casi un minuto.
Luego, Leeb se levantó.
Dejó el sobre de Rupprecht en la silla, con cuidado, y se acercó al mapa. Lo miró de cerca. Puso un dedo sobre la escarpa, sobre la línea marrón. Lo deslizó despacio, de norte a sur.
—Cuarenta kilómetros —dijo—. Cincuenta metros de desnivel. Quince kilómetros de pantano delante.
Se volvió.
—Señores, esta es la mejor posición defensiva que he visto en mi vida.
Y la he visto, aunque no en la realidad.
Llevo años escribiendo un estudio sobre la defensa en profundidad.
La defensa , se llamará, si lo termino. Me he pasado meses en los archivos de la Gran Guerra estudiando cómo aguantamos en Flandes, en el 17, contra los ingleses.
Ludendorff, el Somme, la línea Hindenburg.
La defensa elástica. La primera línea débil, la segunda fuerte, la reserva atrás para el contraataque.
Tocó el mapa.
—Lo que acaba de describir Su Majestad es eso.
Lo que nosotros inventamos en el 17. Pero llevado al extremo.
—Se volvió hacia los demás—. Abandonar la primera línea antes del bombardeo y volver a ocuparla antes del asalto.
Nosotros lo hicimos alguna vez, en Flandes, a escala de batallón, por instinto.
Ningún manual lo dice. Ningún Estado Mayor lo ha escrito nunca como doctrina.
—Porque es muy difícil —dijo Fritsch—. Saber cuándo va a empezar el bombardeo.
—Porque es muy difícil —asintió Leeb—. Hay que saber la hora. Si te retiras demasiado pronto, el enemigo lo nota y adelanta el asalto. Si te retiras demasiado tarde, te coge el bombardeo en campo abierto. Hay que saber la hora exacta.
—¿Y cómo se sabe? —preguntó Weichs.
Leeb se volvió hacia él.
—Con prisioneros —dijo—. Con reconocimiento. Con escuchas de radio. Con desertores. Con mucha suerte. —Se quedó un momento callado—. O sabiéndolo de antemano.
Nadie dijo nada.
* * *
—Veinte mil cañones —dijo Guderian.
Estaba sentado todavía, con el bastón entre las rodillas, y no había apartado los ojos del mapa.
—Un millón de hombres. Tres mil carros. Veinte mil cañones. Ciento cuarenta reflectores. —Movió la cabeza—. Señores, solo hay un ejército en el mundo que pueda reunir eso. No hoy. Dentro de unos años. Uno solo.
—El ruso —dijo Bock.