CAPÍTULO XXXI — Rey de Prusia
Aeródromo de Tempelhof.
Esa misma tarde, después de que Rundstedt saliera de la sala alargada con el sobre de lacre negro todavía en la mano, fui a Tempelhof.
No mandé a Krauz. No mandé a Ewers. Esto tenía que decirlo yo.
El barracón del transmisor seguía igual que en enero: los armarios grises, el tubo violeta detrás del cristal, el micrófono de carbón en su soporte de metal, el generador tosiendo detrás. Fenske se cuadró al verme entrar. No preguntó nada. Se puso los auriculares y levantó la mano.
Uno. Dos. Tres.
— Pueblo de Alemania.
» Su Majestad Guillermo II ha recibido mi invitación a ocupar su trono legítimo sobre Prusia.
» No ha aceptado.
» Pero su hijo, con su bendición y por su orden como jefe de la casa, ocupará dentro de dos meses el trono de Prusia.
Solté el botón.
Fue la emisión más corta que había hecho nunca. Más corta que la de los aranceles. Tres frases.
Fenske me miró por encima del cristal. Tenía los ojos húmedos.
—Repítala cada hora, Fenske. Hasta mañana.
—A sus órdenes, Majestad.
Salí.
* * *
Berlín. Wrangelstraße, Kreuzberg. 18:10 hrs.
En la cocina del piso de los Brandt, en la Wrangelstraße, la radio estaba encendida porque Grete la encendía siempre a las seis para escuchar el parte del tiempo.
No hubo parte del tiempo.
Cuando la voz dijo Su Majestad Guillermo II , Otto Brandt, que acababa de llegar de la comisaría y se estaba quitando las botas sentado en la silla de la cocina, se quedó con una bota en la mano.
Cuando dijo no ha aceptado , Grete se volvió desde el fogón.
Cuando dijo su hijo… ocupará dentro de dos meses el trono de Prusia , Liesel, que estaba haciendo los deberes en la mesa, levantó la vista del cuaderno.
—Papá. ¿Prusia tiene rey?
Brandt tardó en contestar. Dejó la bota en el suelo.
—Tuvo, Liesel. Durante doscientos años. Hasta que tú no habías nacido.
—¿Y ahora vuelve a tener?
—Dentro de dos meses.
Liesel lo pensó.
—¿Y el otro? ¿El rey de la radio? ¿El que coronaron en la Puerta?
—Ese es el Káiser —dijo Brandt—. El de toda Alemania. El rey de Prusia será… —Se detuvo. No sabía cómo explicarlo—. Será como un rey debajo del Káiser. Como era antes. El Káiser era también rey de Prusia, pero eran dos cosas distintas.
—¿Y ahora son dos personas distintas?
—Ahora son dos personas distintas.
Liesel volvió a sus deberes. Grete volvió al fogón.
Brandt se quedó un rato sentado con una bota puesta y la otra en el suelo.
Pensó en su padre, que había sido gendarme en un pueblo de Pomerania y que tenía en la pared de la cocina un retrato del viejo Káiser Guillermo I con la barba blanca y una corona de laurel.
Pensó en que su padre se había quitado la gorra cada vez que pasaba por delante de aquel retrato hasta el día de su muerte, en el 21.
Se levantó. Fue al armario del dormitorio. Buscó en el fondo, debajo de las mantas de invierno. Encontró el retrato. El de su padre. Lo había guardado allí desde el entierro porque Grete decía que era de antes y que no pegaba con nada.
Lo sacó. Le quitó el polvo con la manga. Y lo colgó en la pared de la cocina, en un clavo que había junto a la ventana.
Grete lo vio. No dijo nada.
* * *
Potsdam. Plaza del Mercado Viejo. 19:00 hrs.
En Potsdam, la ciudad de los reyes de Prusia, la ciudad de Sanssouci y del Nuevo Palacio y de la iglesia de la Guarnición, donde estaban enterrados el Rey Sargento y Federico el Grande, la gente salió a la calle.
No los llamó nadie. Salieron. A las siete de la tarde, una hora después de la primera emisión, había mil personas en la plaza del Mercado Viejo, delante del palacio de la ciudad, sin saber muy bien para qué.
A las ocho, cinco mil. Viejos, sobre todo.
Hombres de setenta, de ochenta años, con el abrigo negro de los domingos, con las condecoraciones de la guerra del 70 y de la del 14 prendidas en la solapa.
Mujeres con sombrero. Algunos llevaban banderas: negras y blancas, los colores de Prusia, que llevaban dieciocho años guardadas en los armarios.
No hubo discursos. Nadie gritó. A las nueve, cuando empezó a oscurecer, un viejo de barba blanca, de pie en las escaleras de la iglesia de San Nicolás, empezó a cantar. Solo, con voz temblorosa. Heil dir im Siegerkranz. El himno de los reyes de Prusia. El que no se cantaba desde el 18.
Al principio lo siguieron diez. Luego cien. Luego la plaza entera.
En la ventana de un primer piso de la plaza, una mujer de unos cuarenta años, con un delantal, miraba a la multitud cantando y lloraba. No sabía cantar el himno. No se lo habían enseñado nunca. Pero lloraba.
* * *
Múnich. Cervecería Hofbräuhaus. 19:30 hrs.
En Múnich la reacción fue otra.
En la Hofbräuhaus, en la sala grande del primer piso, la misma donde en febrero del 20 un cabo austríaco había leído el programa de un partido que nadie conocía, los parroquianos escucharon la emisión en la radio que el dueño había puesto encima de la barra.
Y cuando terminó, hubo un silencio corto.
Luego un hombre gordo, con bigote y tirantes, de los de la mesa de los habituales, se levantó con la jarra en la mano.
—¡Prusia! —dijo—. ¡Les devuelve el rey a los prusianos! —Se volvió hacia la sala—. ¿Y nosotros qué? ¿Y Baviera? ¿Y Rupprecht?
Hubo un murmullo. Luego un aplauso. Luego más.
—¡Rupprecht! —gritó alguien desde el fondo—. ¡Queremos a Rupprecht!
Y la sala entera, doscientos bávaros con jarras de litro, empezó a golpear las mesas con las jarras al ritmo de un nombre. Rup-precht. Rup-precht. Rup-precht.
El dueño de la cervecería, detrás de la barra, se secaba las manos con un trapo y no sabía si alegrarse o llamar a la policía.
No llamó a nadie.
* * *
Dresde. Altmarkt. 20:00 hrs.
En Dresde no gritó nadie. Pero alguien, esa noche, colgó en la fachada del palacio de la Residencia, en el balcón del primer piso, una bandera verde y blanca. Los colores de Sajonia. De los Wettin.
Nadie supo quién. La policía municipal la vio a las diez de la noche y no la quitó.
* * *
Breslau. Barrio del Dominikanerplatz. 20:30 hrs.
En Breslau, en un piso del barrio viejo, junto a la plaza de los Dominicos, una familia judía —el padre médico, la madre profesora de piano, dos hijos adolescentes— escuchaba la radio en el salón.
El padre había sido expulsado del hospital en el 33, readmitido en marzo, tras el decreto de la Imago Dei .
Había vuelto a ponerse la bata la semana anterior.
Cuando terminó la emisión, el hijo mayor, de diecisiete años, preguntó:
—Papá, ¿un rey de Prusia es bueno para nosotros?
El padre se quedó pensando.
—Federico el Grande —dijo al fin— decía que en sus Estados cada uno podía salvarse a su manera.
Que le daba igual si sus súbditos eran católicos, protestantes, judíos o turcos, mientras fueran buenos súbditos.
—Hizo una pausa—. Y luego hizo pagar a los judíos un impuesto especial por casarse y les obligó a comprar porcelana de su fábrica.
El hijo no supo si reírse.
—No lo sé, hijo —dijo el padre—. Pero el que lo ha puesto ha dicho Imago Dei . Y ese no es un rey de Prusia. Es el de encima.
* * *
Doorn. Huis Doorn. 21:00 hrs.
En Doorn, el anciano escuchó la emisión en la biblioteca, sentado en la silla de montar, con Hermine a su lado.
No ha aceptado.
Pero su hijo, con su bendición y por su orden como jefe de la casa…
Cuando terminó, el anciano no dijo nada. Se quedó mirando la radio.
Luego, muy despacio, se volvió hacia Hermine.
— Como jefe de la casa —repitió—. Lo ha dicho por la radio. A todo el país.
—Sí, Wilhelm.
—Hace diecisiete años que nadie en Alemania me llama jefe de nada. Y ese hombre, que no me debe nada, que no tiene mi sangre, que me ha quitado el trono, lo ha dicho por la radio delante de sesenta y siete millones de alemanes.
Hermine le cogió la mano.
El anciano no la retiró.
* * *
París. Quai d’Orsay. 15 de mayo, 09:00 hrs.
En París, Flandin leyó la transcripción de la emisión en el desayuno, en el ministerio, con el café enfriándose.
—Dos meses —dijo, a su jefe de gabinete—. Un rey de Prusia en dos meses.
—Sí, señor ministro.
—¿Y Baviera? ¿Y Sajonia? ¿Y Wurtemberg?
—Nada, señor ministro. Todavía.
Flandin dejó la taza.
— Todavía —repitió—. Ese hombre está reconstruyendo el Imperio alemán de Bismarck.
Pieza a pieza. Pero con una diferencia. Bismarck hizo un Imperio en el que el rey de Prusia era el emperador.
Este hace un Imperio en el que el rey de Prusia es su vasallo.
Prusia ya no manda en Alemania. Prusia es una provincia más.
—Para Francia, eso es una buena noticia —dijo—. Prusia era el problema. El militarismo prusiano, los junkers, el Estado Mayor prusiano. Si Prusia es un reino vasallo con un rey de pega…
—¿Y el que está encima, señor ministro?
Flandin no contestó.
* * *
Londres. Palacio de Buckingham. 15 de mayo, 11:00 hrs.
En el palacio de Buckingham, el rey Eduardo VIII leyó la noticia en el Times de la mañana, en su despacho, y llamó a su secretario privado.
—El Kronprinz —dijo—. Wilhelm. Primo segundo mío. Lo conocí de niño, en Kiel, en las regatas. —Dejó el periódico—. Va a ser rey de Prusia.
—Así parece, Majestad.
—Bajo otro rey. —Eduardo se quedó pensando—. Un rey bajo otro rey. Como un duque de Cornualles, más o menos. Como yo antes de ser rey. Solo que para siempre.
El secretario no supo qué contestar.
—Mándele un telegrama de felicitación —dijo Eduardo—. Al Kronprinz. Personal. De primo a primo.
—Majestad, el Gobierno no ha reconocido…
—De primo a primo —repitió Eduardo—. No de rey a rey. El Gobierno no tiene nada que decir sobre lo que un hombre escribe a su primo.
* * *
Viena. Cancillería federal. 15 de mayo, 10:00 hrs.
En Viena, Schuschnigg leyó la noticia y llamó a Wiesner, el jefe de los legitimistas, antes de que Wiesner lo llamara a él.
—Barón —le dijo por teléfono—. Ya lo sé. No hace falta que me lo diga.
—Señor canciller, si en Berlín le devuelven Prusia a los Hohenzollern…
—Ya lo sé.
—… no hay ninguna razón por la que Austria no pueda devolverle Austria a los Habsburgo.
Schuschnigg se quedó callado un momento.
—Hay una razón, barón —dijo al fin—. Una sola.
Que en Berlín hay alguien encima que lo permite.
Y lo protege. Y en Viena no hay nadie encima.
Si mañana yo restauro a Otto, Beneš moviliza el martes y Belgrado el miércoles.
Y nadie en Viena tiene setenta mil hombres en las fronteras para que no lo hagan.
—¿Y si se los pidiéramos al de Berlín?
Schuschnigg no contestó.
Se quedó mucho rato con el auricular en la mano, en silencio. Wiesner, al otro lado, tampoco habló.
—Barón —dijo al fin Schuschnigg, muy bajo—. No vuelva a decir eso. Nunca. Ni por teléfono, ni en voz alta, ni a nadie.
Colgó.
* * *
Budapest. Palacio de Buda. 15 de mayo, 12:00 hrs.
En Budapest, el almirante Horthy recibió a mediodía al jefe de los legitimistas húngaros, el conde Antal Sigray, en su despacho del palacio de Buda.
Sigray no se sentó. Se quedó de pie delante de la mesa del regente.
—Alteza —dijo. Era el tratamiento del regente—. Ya lo habrá oído.
—Lo he oído.
—Prusia tendrá rey en dos meses. Hungría lleva dieciséis años sin él. Con la corona de san Esteban guardada bajo llave en este mismo palacio. Con un regente. —Sigray hizo una pausa—. Con todo respeto, Alteza: un almirante sin mar, regente de un reino sin rey.
Horthy no se movió. Tenía sesenta y siete años y la cara de un hombre que había oído aquella frase muchas veces y no se había acostumbrado nunca.
—Conde —dijo—. En el 21, el rey Carlos volvió dos veces a Hungría a recuperar su trono.
Dos veces. Y las dos veces yo le cerré el paso.
No porque no fuera mi rey. Porque, si lo hubiera dejado entrar, Checoslovaquia, Rumanía y Yugoslavia habrían invadido Hungría al día siguiente. Me lo dijeron por escrito.
—Lo sé, Alteza.
—Y ahora usted viene a decirme que, como en Berlín hay un rey, en Budapest puede haber otro. —Horthy se levantó—. Conde, en Berlín hay un rey porque tiene setenta mil soldados en las fronteras y nadie se atreve a tocarlo. En Budapest no los hay.
Sigray no contestó.
Horthy fue hasta la ventana. Miró el Danubio, abajo, ancho, gris.
—Pero voy a decirle una cosa —dijo, sin volverse—. Si ese hombre de Berlín decide un día que en Budapest tiene que haber un rey, no me lo va a preguntar. Y yo no voy a poder decir que no.
Se volvió.
—Así que no le dé ideas, conde. Por favor. Por Hungría.
* * *
Moscú. El Kremlin. 15 de mayo, 01:00 hrs, hora de Moscú.
Stalin leyó la transcripción a la una de la madrugada, en su despacho, con la pipa encendida, y se la pasó sin decir nada a Mólotov.
Mólotov la leyó.
—Un rey de Prusia —dijo Mólotov.
—Un rey de Prusia —repitió Stalin—. Con permiso de otro rey.
Echó el humo.
—Viacheslav Mijáilovich, ¿se da cuenta de lo que está haciendo ese hombre?
Mólotov esperó.
—Está haciendo lo que hizo Napoleón —dijo Stalin—.
Napoleón se coronó emperador y luego repartió reinos.
A sus hermanos, a sus mariscales, a sus aliados.
Westfalia, Holanda, Nápoles, España. Reyes vasallos.
Para atarlos a él. Y este hace lo mismo.
Pero no reparte reinos a sus hermanos. Los devuelve a los que los tenían.
A las casas viejas. A la legitimidad. —Dejó la pipa—.
Napoleón fabricaba reyes nuevos y los reyes viejos lo odiaban.
Este devuelve los reyes viejos y los reyes viejos le dan las gracias.
—¿Y eso es peor, camarada Stalin?
—Es mucho peor. —Stalin volvió a coger la pipa—. Porque Napoleón no tenía legitimidad y se la tuvo que inventar. Este se la está comprando. Barata. A los que la tienen y no la pueden usar.
Se quedó callado mucho rato.
—Y dentro de dos meses —dijo al fin, muy bajo— habrá un Hohenzollern en Berlín. Otra vez. Con un ejército detrás que no es suyo.
Mólotov no dijo nada.