CAPÍTULO XXX — Una carta para Doorn #2
No le gustaba. No le había gustado nunca.
En 1918, cuando él cruzó la frontera, ella había estado a punto de negarle el asilo.
Lo había concedido porque Holanda era Holanda: un país que no entregaba a quien se refugiaba en él, fuera quien fuera.
Y luego se había negado, una vez y otra, a entregarlo a los aliados para que lo juzgaran, contra Lloyd George, contra Clemenceau, contra todos. No por él. Por Holanda.
No lo había visto ni una sola vez en diecisiete años. No había querido.
Escuchó a Colijn en silencio. Luego dijo:
—Así que el rey de Berlín lo quiere de vuelta.
—No lo sabemos, Majestad.
—Yo sí lo sé. —Guillermina se levantó. Fue hasta la ventana—. Un mariscal de campo en servicio no va a Doorn a tomar el té. Va con un mensaje. Y el único mensaje que un rey alemán puede mandarle a ese anciano, después de haberle quitado todo, es vuelve .
—¿Y qué hacemos, Majestad?
Guillermina no contestó enseguida. Miró por la ventana, hacia la ciudad a oscuras.
—Nada —dijo al fin—. Absolutamente nada.
Es un hombre libre. Ha vivido en Holanda diecisiete años como huésped.
Si quiere irse, que se vaya. Si quiere quedarse, que se quede.
—Se volvió hacia Colijn—. Holanda no le entregó a sus enemigos cuando lo querían ahorcar.
No le va a retener ahora que lo quieren coronar.
—Pero si se va —añadió, y por primera vez en toda la conversación algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara ancha—, dígale al gendarme de la garita que le abra la verja con toda la ceremonia que haga falta. Y que no se olvide de quitarse la gorra.
* * *
Europa. 13 de mayo de 1936.
En Europa todo se sabe en horas.
A la mañana siguiente, el Telegraaf de Ámsterdam llevaba en primera página una fotografía borrosa de un hombre con sombrero bajando de un taxi delante de una verja, y un titular a cuatro columnas: MARISCAL ALEMÁN EN DOORN . A mediodía, la noticia estaba en Londres, en París, en Bruselas, en Viena.
En Viena, los legitimistas del barón Wiesner se reunieron a las doce en el Café Central y no hablaron de otra cosa.
Si el rey de Berlín le devuelve Prusia a un Hohenzollern , decían, ¿qué le impide a Austria devolverle Austria a un Habsburgo?
Schuschnigg leyó el informe de la policía sobre la reunión, lo dobló y se lo guardó en el bolsillo, junto al telegrama de Tauschitz de febrero.
En Budapest, en el palacio de Buda, el almirante Horthy leyó la noticia en el Pester Lloyd durante el desayuno, dejó la taza y le dijo a su ayudante, en voz baja, que quería ver esa tarde al ministro de Asuntos Exteriores. Y al jefe de los legitimistas. A los dos. Por separado.
En París, en el Quai d’Orsay, Flandin leyó el cable de su embajador en La Haya y dijo una sola palabra: Prusia . Y luego, después de un silencio: Ha dicho rey de Prusia, no emperador . Y luego: Está dividiendo la corona para que no la tenga nadie entera salvo él .
En Londres, en el Foreign Office, Vansittart leyó la noticia y fue directamente al despacho de Eden sin pedir audiencia.
—Anthony. El viejo.
—Lo he leído.
—Si vuelve —dijo Vansittart—, el rey de Berlín tendrá a su lado al último Hohenzollern. La legitimidad que no tiene. La sangre que no tiene. El pasado. Y lo tendrá como vasallo. Rey de Prusia y par del Imperio. No como igual.
Eden se quedó callado.
—Es muy listo —dijo al fin.
—Es peor que listo —dijo Vansittart—. Es generoso. Y la generosidad, en política, es lo único que no se puede rechazar sin quedar mal.
* * *
Doorn. Huis Doorn. Miércoles, 13 de mayo, 09:00 hrs.
Rundstedt durmió en la habitación de invitados del primer piso, la que daba al foso. No durmió mucho.
A las nueve, el ayudante de cámara lo llamó a la biblioteca.
El anciano estaba sentado esta vez. En la silla de montar, junto a la mesa, con el mapa de Alemania todavía desplegado y, encima, la carta abierta. Tenía en la mano otro sobre. Más pequeño. Blanco. Cerrado con lacre negro y el escudo de los Hohenzollern: el águila prusiana.
—Rundstedt.
—Majestad.
—Esta es mi respuesta. Escrita. —Le tendió el sobre—. Pero quiero que se la lleve también de palabra. Para que no haya dudas. Y para que la oiga de un mariscal que me ha servido.
Rundstedt cogió el sobre.
El anciano se apoyó en el bastón. Se levantó. Se quedó de pie, muy recto, con la barba blanca sobre el pecho, como se ponía para las fotografías oficiales hacía treinta años.
—Dígale esto —dijo—. Palabra por palabra.
Y habló.
— Majestad, Káiser Konrad I. Por la fuerza de las armas, como vos mismo declaráis.
» Primeramente: Gracias.
El anciano se detuvo. No añadió nada a esa palabra. La dejó sola. Gracias. Con mayúscula, se le notaba en la voz. Sin argumento. Sin explicación. Rundstedt la oyó así, y así la llevaría.
— Como bien dijo vuestro mariscal, ya estoy muy viejo para querer una corona. La anhelé hasta hoy. Y hoy, que se me ofrece, entiendo lo que se me está ofreciendo: llevar ese peso de nuevo. No. No deseo la corona.
» Pero sí enviaré a mi hijo, a que ocupe su puesto. A que cumpla con sus obligaciones. Sé que Vuestra Majestad será un buen modelo para mi príncipe.
» En cuanto a mí, si lo deseo, regresaré a Berlín de manera temporal. Aquí, aquí tengo ya mi hogar.
» Una vez más: gracias.
Rundstedt se cuadró. No dijo nada. No podía.
El anciano lo miró un momento más. Luego le tendió la mano derecha. La buena.
Rundstedt la estrechó. Se inclinó sobre ella. No la besó: un mariscal de campo prusiano no besa la mano de nadie. Pero se inclinó tanto que casi.
—Váyase, Rundstedt —dijo el anciano, con la voz rota—. Váyase antes de que me vea llorar otra vez.
* * *
Berlín. Bendlerblock. Jueves, 14 de mayo, 21:00 hrs.
Rundstedt volvió a Berlín el jueves por la tarde. Fue primero a la casa barroca, entregó el sobre de lacre negro y repitió la respuesta palabra por palabra, de pie, en la sala alargada. Luego volvió al Bendlerblock.
Hacía semanas que yo había decretado que el Bendlerblock fuera el cuartel general de todo el Königliches Heer: el edificio donde el alto mando debía convivir y debatir al menos una vez por semana en tiempo de paz. Y esa noche, en la cantina del sótano, a las nueve, lo estaban esperando todos.
No se lo habían dicho. Pero lo sabían. Lo había publicado el Telegraaf el miércoles y lo habían repetido todos los periódicos de Europa. Mariscal alemán en Doorn.
Rundstedt entró en la cantina. Se detuvo. Veinte hombres sentados alrededor de las mesas largas de madera, con tazas de café, con cigarrillos, se volvieron hacia él a la vez.
Nadie dijo nada.
Rundstedt se quitó la gorra. La dejó sobre una mesa. Se sentó.
Fue Leeb el que habló.
—¿Lo ha visto?
—Lo he visto.
—¿Cómo está?
Rundstedt tardó en contestar.
—Viejo —dijo—. Más viejo que nosotros. Con la barba blanca. Con el brazo en el bolsillo, como siempre. Me ha reconocido. Diecisiete años y me ha reconocido. El capitán de las maniobras del 13.
Nadie dijo nada.
—¿Qué le pidió Su Majestad? —preguntó Fritsch.
Rundstedt se lo contó. Todo. El favor personal, no la orden. Es usted un mariscal de campo, no un chico de los recados. La carta lacrada con el florín. El trono de Prusia vacante, por derecho divino inerrable . Rey de Prusia y par del Imperio. El heredero.
Cuando dijo derecho divino inerrable , Leeb se santiguó.
Cuando dijo par del Imperio , Bock levantó la cabeza.
— Par —repitió Bock—. No igual. Par. Vasallo.
—Generoso —dijo Beck.
—Las dos cosas —dijo Fritsch.
—¿Y qué contestó? —preguntó Guderian.
Rundstedt se quedó callado un momento. Luego se levantó.
No sabía por qué. No lo había decidido. Se levantó como se había levantado en la sala alargada cuando yo dije Guillermo , sin darse cuenta.
Y de pie, en la cantina del sótano del Bendlerblock, entre las mesas de madera y las tazas de café, con la gorra sobre la mesa, repitió la respuesta del anciano.
Palabra por palabra. Como se la había dicho a mí.
Majestad, Káiser Konrad I. Por la fuerza de las armas, como vos mismo declaráis.
Primeramente: Gracias.
Hizo la misma pausa. Dejó la palabra sola, como la había dejado el anciano.
Y siguió hasta el final. Aquí, aquí tengo ya mi hogar. Una vez más: gracias.
Cuando terminó, la cantina estaba en silencio.
Nadie se movió durante mucho rato.
Luego, Blomberg, en la mesa del fondo, dijo en voz baja:
— Káiser Konrad I.
—Lo ha llamado Káiser —dijo Weichs.
—Lo ha llamado Káiser —dijo Rundstedt—. Por su nombre. Y le ha dado las gracias. Con mayúscula.
—¿Y el Kronprinz? —preguntó Manstein.
—Vendrá —dijo Rundstedt—. A ocupar el trono de Prusia. A cumplir sus obligaciones.
Hubo otro silencio.
Leeb se levantó. Despacio. Se quedó de pie junto a su mesa.
Luego Weichs. Luego Fritsch. Luego Beck. Luego, uno a uno, todos los de la cantina. Veinte hombres de pie en un sótano, sin que nadie lo hubiera ordenado, delante de un mariscal de sesenta años que acababa de repetir las palabras de un emperador viejo a otro emperador joven.
No sabían muy bien ante quién se ponían de pie. Ante el anciano de Doorn. Ante el joven de la casa barroca. Ante Rundstedt, que había ido y había vuelto. Ante la palabra gracias .
Probablemente ante todo a la vez.
Rundstedt los miró. Cogió la gorra de la mesa. Se la puso. Recta. Exactamente horizontal.
—Señores —dijo—. Mañana a las nueve hay sesión conjunta. Les sugiero que duerman.
Y salió de la cantina.
Nadie se sentó hasta que oyeron sus pasos perderse escaleras arriba.