CAPÍTULO XXX — Una carta para Doorn
Europa.
En España, las cosas estaban a punto de descontrolarse.
En Moscú, Stalin miraba con recelo los cuerpos mecanizados del Ejército Rojo.
Grandes agrupaciones de carros, mil y pico cada una, que Tujachevski había organizado como Guderian soñaba organizar las suyas.
Y que daban a los hombres que las mandaban un poder que Stalin no quería que nadie tuviera.
Un comandante con mil carros puede tener ideas.
Puede tener ideas sobre quién debe mandar en Moscú.
Y Stalin, que había leído las transcripciones de mis emisiones y mis decretos, que había visto lo que había pasado en Berlín en una mañana de enero con una sola división, tenía cada vez más claro que no quería que nadie en el Ejército Rojo mandara mil carros.
Al mismo tiempo, presionaba a Finlandia: notas diplomáticas, incidentes fronterizos en Carelia, un tono nuevo en el Pravda .
En Budapest, el almirante Horthy, regente de un reino sin rey, recibía cada semana más presión de los legitimistas, que querían ver otra vez la Santa Corona de san Esteban sobre la cabeza de un Habsburgo.
Ahora que en Berlín había una corona de hierro, decían, ¿por qué no podía haber una de oro en Budapest?
En Viena, lo mismo. Los legitimistas de Schuschnigg ya no hablaban en voz baja.
Toda Europa se movía.
Y yo, en la casa barroca, escribía una carta.
* * *
Berlín. La residencia. Martes, 12 de mayo de 1936, 10:00 hrs.
Mandé llamar a Rundstedt.
Llegó a las diez en punto, desde el Bendlerblock, con la gorra horizontal y el bastón de mariscal bajo el brazo. Ewers lo hizo pasar a la sala alargada.
Yo no estaba en la mesa larga. Estaba de pie, en el extremo de la sala, junto a la ventana, en una mesita lateral de escritorio que Kessel había encontrado en algún desván de la casa: una mesa pequeña de caoba, con un tintero y un secante. Estaba terminando de escribir. A mano. Con pluma.
—Mariscal. Siéntese.
Rundstedt se sentó en la primera silla de la mesa larga. Esperó.
Terminé la última línea. La sequé con el secante. La doblé. La metí en un sobre de papel grueso, color crema, sin escudo. Lo cerré. Lo lacré con cera roja y, sobre la cera, apreté el florín de la repisa de la chimenea, por la cara de la corona de tres puntas.
Me volví hacia Rundstedt.
—Mariscal. Necesito un favor personal. No una orden.
Rundstedt no se movió.
—Necesito, si lo desea —seguí—, que haga algo por mí. Si no puede, sugiérame a otro. O niéguese. Es usted un mariscal de campo, no un chico de los recados. Y lo que le voy a pedir es un recado.
—Majestad.
—Necesito que lleve esta carta a Doorn. —Levanté el sobre—. A Su Majestad Guillermo II.
Rundstedt se levantó.
En el acto. De golpe, como se había levantado Rommel el día de la mesa larga, sin darse cuenta. La silla chirrió contra el suelo de roble. Y se quedó de pie, firme, con el bastón bajo el brazo y la cara completamente blanca.
—¿Gui…? —Se detuvo. Tragó saliva—. ¿Guillermo? ¿Su Majestad?
—Sí.
Rundstedt tenía sesenta años y llevaba cuarenta y cuatro de uniforme.
Había servido a aquel hombre como cadete, como teniente, como capitán de Estado Mayor.
Lo había visto pasar a caballo delante de su regimiento en el Tempelhofer Feld.
Le había jurado lealtad a los dieciocho años.
No lo había vuelto a ver desde noviembre del 18.
—Dígale —seguí— que el Káiser de Alemania le pide que regrese.
Que el trono imperial, sí, está ocupado.
Pero que el trono de Prusia, que le pertenece por derecho divino inerrable, está vacante.
Que será recibido como rey de Prusia y par del Imperio en cualquier momento.
Y que si, por la edad y por la sabiduría de la misma, no desea la carga de una corona, puede enviar a su heredero.
Rundstedt no se movía.
Le tendí el sobre. Tardó un segundo en cogerlo. Lo cogió con las dos manos, como se coge algo que puede romperse.
—Majestad —dijo, con la voz ronca—. Iré hoy.
—Gracias, mariscal.
Rundstedt se cuadró. Se guardó el sobre en el bolsillo interior de la guerrera, encima del corazón. Y salió sin decir nada más.
Desde la ventana lo vi cruzar el patio de grava. A la mitad se detuvo. Se quedó quieto un momento, de pie, solo, en el centro del patio. Se llevó la mano al bolsillo de la guerrera, donde estaba el sobre. La dejó allí.
Luego siguió andando hacia el coche.
* * *
Doorn, Países Bajos. Martes, 12 de mayo de 1936, 18:20 hrs.
Rundstedt viajó de paisano. En el tren de la tarde de Berlín a Utrecht, en primera, con un abrigo gris, un sombrero de fieltro y una maleta pequeña. En Utrecht cogió un taxi en la estación y le dio al taxista una dirección que el taxista no necesitó apuntar.
—Huis Doorn.
El taxista lo miró por el espejo retrovisor. No dijo nada. Pero no dejó de mirarlo en los veinte kilómetros del viaje.
La verja de hierro de Huis Doorn estaba cerrada. Había un gendarme holandés en una garita, como desde hacía diecisiete años. Rundstedt bajó del taxi, se acercó, se quitó el sombrero.
—Vengo a ver a Su Majestad. De parte de Su Majestad el Káiser Konrad. —Hizo una pausa—. Me llamo Gerd von Rundstedt.
El gendarme lo miró. Luego llamó a la casa por el teléfono de la garita.
Tardaron diez minutos. Luego se abrió la verja.
* * *
El anciano lo recibió en la biblioteca, de pie.
Llevaba la chaqueta de tweed y las polainas. La barba blanca. El brazo izquierdo, el corto, en el bolsillo. Estaba junto a la ventana, con la mano derecha apoyada en el bastón, y no se movió cuando Rundstedt entró.
Rundstedt se detuvo en el umbral. Se cuadró. El taconazo sonó en el parqué.
—Majestad.
El anciano lo miró mucho rato.
—Rundstedt —dijo al fin—. El del Estado Mayor. El capitán de las maniobras del 13, el que me explicó el despliegue con un puntero sin que le temblara la mano. —Hizo una pausa—. Tiene usted el pelo blanco.
—Sí, Majestad.
—Yo también. —El anciano no sonrió—. ¿Qué trae?
Rundstedt sacó el sobre del bolsillo de la guerrera, debajo del abrigo de paisano. Se acercó. Se lo tendió con las dos manos, inclinando la cabeza.
El anciano lo cogió con la mano derecha. Miró el lacre. La corona de tres puntas sobre la cera roja. Lo miró un rato.
Luego lo abrió con el pulgar, torpemente, con una sola mano, y leyó.
* * *
A Su Majestad Guillermo, por la gracia de Dios Rey de Prusia y Emperador Alemán.
Majestad:
Os escribo de mi mano, como corresponde entre quienes llevan corona, aunque la mía sea de hierro y la vuestra fuera de otra materia.
No pretendo que me reconozcáis. No os pido nada que vaya contra vuestra conciencia. Solo os digo lo que sé: que vuestra casa ha servido a Prusia durante quinientos años, y que Prusia no ha tenido rey desde que la dejasteis.
Os pido, con todo respeto, que regreséis.
El portador de esta carta os dirá lo que esta carta no dice. Fiaos de él como os habéis fiado siempre de vuestros soldados.
Con la consideración y el afecto que se deben a un mayor,
Konrad.
* * *
El anciano bajó la carta.
Rundstedt habló entonces. Le dijo lo que yo le había dicho.
Las mismas palabras. Que el Káiser de Alemania le pedía que regresara.
Que el trono imperial estaba ocupado, pero el de Prusia, que le pertenecía por derecho divino inerrable, estaba vacante.
Que sería recibido como rey de Prusia y par del Imperio en cualquier momento.
Y que si, por la edad, no deseaba la carga, podía enviar a su heredero.
El anciano escuchó sin moverse.
Cuando Rundstedt terminó, se quedó un rato largo mirando la ventana. El parque. Los árboles. El roble caído junto al foso, que los jardineros todavía no habían terminado de trocear.
—Mañana —dijo al fin, sin volverse—. Le contestaré mañana, Rundstedt.
—Esperaré, Majestad.
—Hermine le preparará una habitación.
—Majestad, no es necesario. Hay un hotel en el pueblo…
El anciano se volvió.
—Rundstedt —dijo—. Hace diecisiete años que ningún mariscal de campo alemán duerme bajo mi techo. Esta noche va a dormir uno.
Rundstedt se cuadró.
—A sus órdenes, Majestad.
* * *
La Haya. Ministerio de Justicia. 12 de mayo, 21:00 hrs.
En La Haya se enteraron a las nueve de la noche.
El gendarme de la garita de Huis Doorn llamó a su sargento en el pueblo.
El sargento llamó a la comandancia de Utrecht.
La comandancia de Utrecht llamó al Ministerio de Justicia, del que dependía la custodia del exemperador desde 1920.
Y el Ministerio de Justicia, después de comprobar con el consulado alemán en Ámsterdam que un tal Gerd von Rundstedt era, efectivamente, mariscal de campo en servicio activo del ejército alemán, llamó al primer ministro.
Colijn estaba cenando. Se levantó de la mesa.
—¿Un mariscal de campo? ¿En servicio?
—En servicio, señor primer ministro. Ha dicho al gendarme que venía de parte de Su Majestad el Káiser Konrad .
—¿Y qué ha ido a hacer?
—No lo sabemos, señor primer ministro. Ha entrado en la casa a las seis y veinte. No ha salido.
Colijn se quedó callado.
—¿Cómo ha llegado?
—En tren hasta Utrecht. Luego en taxi. Hemos interrogado al taxista, señor primer ministro.
—¿Y?
—Dice que el pasajero no habló en todo el viaje.
Que iba sentado muy recto, con el sombrero sobre las rodillas, mirando por la ventanilla.
Y que, cuando bajó del taxi en la verja de Huis Doorn, antes de ir hacia la garita, se quitó el sombrero y se quedó un momento quieto, mirando la casa.
—Otra pausa—. El taxista dice que le pareció que el señor rezaba.
* * *
La Haya. Palacio de Noordeinde. 12 de mayo, 22:30 hrs.
La reina Guillermina lo supo a las diez y media, por Colijn, en su gabinete del palacio de Noordeinde.
Tenía cincuenta y cinco años. Era baja, corpulenta, con una cara ancha y severa y unos ojos que no habían bajado nunca ante nadie.
Llevaba cuarenta y cinco años en el trono.
Y llevaba diecisiete con el exemperador alemán viviendo en su reino, a cincuenta kilómetros de su palacio, protegido por su policía.