Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XXIX — El fin del mundo
84%

CAPÍTULO XXIX — El fin del mundo

Berlín. Bendlerblock.

Cuando la puerta se cerró detrás de Su Majestad y de Hollenbach, la sala grande del segundo piso no se quedó en silencio. Pero tampoco siguió como antes.

Las voces de la discusión que había empezado Guderian con Manstein se fueron apagando solas, una a una, como se apaga una conversación en una mesa cuando alguien se levanta.

Y al cabo de un minuto, sin que nadie lo propusiera, los veinticuatro que quedaban en la herradura se habían levantado de sus sillas y se habían ido juntando en el centro de la sala, de pie, en un grupo apretado, como en el patio de la casa barroca. Como en Tempelhof. Como siempre.

Ya era una costumbre. La cuarta vez.

Fue Feßmann quien habló primero.

Feßmann, que hablaba poco. Que llevaba siempre en el bolsillo de la guerrera el sobre de papel manila con las fotografías de Weißensee.

Que había mandado la 3. Panzer-Division hasta marzo y que había conocido el PzKw-1 antes que ninguno de los demás, a través de una Leica, desde un carro que daba marcha atrás.

—Bueno —dijo—. Uno se pregunta.

Los demás se volvieron hacia él.

—Uno se pregunta qué tipo de guerra está pensando Su Majestad.

—Feßmann sacó el sobre de papel manila. No lo abrió.

Lo tuvo en la mano—. Creo que todos estamos cayendo en un sesgo, señores.

Ayer en Kummersdorf. Esta mañana. Mirando el Windpfeil y el Karmesin, y el cañón de asalto del Generaloberst von Manstein, y pensando en cómo se matan entre sí.

El PzKw-1 sigue siendo el mejor carro del mundo.

Fuera de los prototipos que vimos ayer, que solo existen en un hangar de Kummersdorf, el PzKw-1 es el mejor carro del mundo. Hoy. En mayo de 1936.

Nadie lo contradijo.

—Es suficiente contra toda la serie BT y T soviética —siguió Feßmann—.

Contra el T-26, contra el BT-5, contra el BT-7, contra el T-28.

Sobra contra todos. Es suficiente contra toda la serie polaca y checa: el 7TP, el LT-35.

Es suficiente contra toda la serie francesa: el Renault R35, el Hotchkiss, el Somua.

Menos si modifican un poco el B1. Y aun así seguiría siendo superior en todo, salvo en blindaje, y no por mucho.

Movió el sobre en la mano.

—Contra los ingleses… No hay que mencionarlos. Sus Vickers de seis toneladas y ese Matilda que dicen que están diseñando para la infantería son lo que son. Y los americanos, nada. Nada que importe, al menos.

Miró a los demás, uno por uno.

—Entonces, señores, ¿para qué exactamente se está preparando el rey? ¿Para el fin del mundo?

* * *

Nadie contestó durante un rato.

Luego Guderian, que estaba enfrente, con el bastón en la mano, se cruzó de brazos.

—Para cuando nos copien, Feßmann.

Feßmann lo miró.

—Para cuando nos copien —repitió Guderian—.

Lo que usted dice es verdad hoy. En mayo del 36.

Pero los franceses han visto el PzKw-1. Lo han fotografiado, lo han medido, lo tienen en un informe del Deuxième Bureau en la mesa de Gamelin.

Los ingleses también: Truman Smith le escribió al Departamento de Guerra americano que era el mejor carro del mundo, y lo leyeron en Londres al día siguiente.

Los rusos tienen espías en todas partes.

—Descruzó los brazos—. Dentro de dos años, tres, todos tendrán un carro como el PzKw-1.

Mejor, quizá. Con lo que aprendan de él.

—Dos años —dijo Feßmann—. Tres. Y para eso necesitamos un carro de cincuenta toneladas con un ocho coma ocho, y otro de setenta y ocho con un ciento cincuenta.

—Para eso necesitamos estar dos pasos por delante, no uno —dijo Guderian—. El Windpfeil es el paso uno. Lo que hagan ellos cuando copien el PzKw-1. El Karmesin es el paso dos. Lo que hagan cuando copien el Windpfeil.

—¿Y el cañón de asalto de Manstein?

Guderian se volvió hacia Manstein.

Manstein estaba un poco apartado, como siempre, con las manos a la espalda y los ojos de párpados pesados fijos en Feßmann.

—El cañón de asalto —dijo Manstein, despacio— no es para lo que harán ellos cuando nos copien, Guderian.

Es para lo que tenemos nosotros. Su Majestad ha diseñado un carro que nosotros no podemos destruir.

Ayer lo vimos. Diez Windpfeil contra una loma con nueve Karmesin.

Ni uno. Y yo le he pedido a Su Majestad algo que pueda destruir ese carro. Nuestro propio carro.

—¿Para qué? —preguntó Feßmann.

Manstein lo miró mucho rato.

—Porque Su Majestad no ha diseñado el Karmesin pensando en lo que tenemos nosotros —dijo—. Lo ha diseñado pensando en lo que va a tener alguien. Alguien que todavía no tiene nada parecido. Y si alguien va a tener eso, Feßmann, yo quiero tener con qué matarlo antes de que lo tenga.

—¿Quién?

Manstein no contestó.

* * *

—Un acorazado de ochenta mil toneladas —dijo Raeder.

Lo dijo desde el borde del grupo, con las manos juntas delante del cuerpo, con la voz seca de pastor.

—Lo puso en quilla en febrero. En Wilhelmshaven.

Su yate personal. —Raeder hizo una pausa—.

Feßmann, nadie construye un acorazado de ochenta mil toneladas, con catorce cañones de trece pulgadas y doscientos treinta mil caballos, para defenderse de Polonia.

Ni de Checoslovaquia. Ni de Francia. La flota francesa entera no justifica ese barco.

—Se volvió hacia los demás—. Ese barco solo tiene sentido contra una marina.

Una. La británica. O contra algo que todavía no existe y que será más grande que la británica.

—¿Los americanos? —dijo Bock.

Raeder no contestó.

—Y trescientos submarinos —dijo Dönitz, a su lado, en voz baja—. Para hundir setecientas cincuenta mil toneladas al mes. Me pidió el cálculo para Inglaterra. Una isla. Lo dijo así.

—Contra Inglaterra —dijo Feßmann—. Entonces está pensando en Inglaterra.

—No —dijo Dönitz—. Está pensando en que Inglaterra sepa que podemos. Que es distinto.

* * *

—Doce mil metros —dijo Kesselring.

Lo dijo a Wever, pero lo oyeron todos.

—Un bombardero que vuele a doce mil metros.

Para atacar puentes, ferrocarriles, centrales, nudos de comunicaciones.

En la retaguardia profunda del enemigo. —Kesselring se volvió hacia Feßmann—.

Herr General, ¿qué enemigo tiene una retaguardia tan profunda que haga falta un bombardero a doce mil metros para llegar?

—Polonia no —dijo Kesselring—. Francia no: París está a cuatrocientos kilómetros de la frontera; se llega con lo que tenemos.

Checoslovaquia, menos. Inglaterra está al otro lado del Canal, a una hora de vuelo.

Solo hay un país en Europa con una retaguardia tan profunda que haga falta volar a doce mil metros durante diez horas para llegar a ella.

—Kesselring se quedó callado un momento—.

Y Wever le ha presentado un bombardero que se llama de los Urales .

Wever, a su lado, se ajustó las gafas.

—Hay otra cosa —dijo Wever, en voz muy baja—. Que no les he contado.

Los demás se volvieron.

—En Döberitz. En la tribuna. Su Majestad me preguntó cuánto tardaría un monoplano con ocho ametralladoras, de quinientos sesenta kilómetros por hora, en derribar a los sesenta Heinkel 51 de Mölders.

Yo le dije que no sabía si existía ese avión.

Y él me dijo que existía. Desde hacía cuatro semanas. En Inglaterra.

Kesselring lo miró.

—Lo he comprobado —dijo Wever—. Por el agregado aéreo en Londres.

El 5 de marzo voló en Eastleigh, cerca de Southampton, el prototipo de un caza de la casa Supermarine.

Monoplano. Ocho ametralladoras. Lo llaman Spitfire .

Es secreto. El Air Ministry no lo ha anunciado.

Nuestro agregado tardó tres semanas en confirmarlo.

Hizo una pausa larga.

—Su Majestad lo sabía cuatro semanas después de que volara. Antes que nuestro agregado. Antes que nadie en Alemania. Desde una tribuna en Döberitz.

* * *

Beck no había hablado.

Estaba un poco apartado del grupo, junto a una de las ventanas altas de la sala, con las manos a la espalda, mirando el Landwehrkanal. Las mismas aguas oscuras de la mañana del 26 de enero. La misma orilla donde había esperado con un pañuelo blanco en la mano.

—Beck —dijo Fritsch—. Usted no dice nada.

Beck se volvió.

—Feßmann pregunta para qué se está preparando el rey —dijo—. Yo lo dije en Tempelhof, en enero. La noche de la tienda. ¿Se acuerdan?

— Habla como quien ha leído el final de un libro que los demás todavía estamos escribiendo —dijo Fritsch.

—Eso.

Beck se apartó de la ventana. Se acercó al grupo.

—Feßmann tiene razón —dijo—. El PzKw-1 basta contra todo lo que existe hoy.

Contra todo. Y Su Majestad lo sabe mejor que nosotros.

Y aun así nos ha hecho diseñar un carro que lo destruye de un disparo a dos kilómetros.

Y otro que lo destruye a ese. Y nos ha pedido trescientos submarinos y un bombardero que llegue a los Urales y un acorazado del doble de cualquier acorazado del mundo.

No se está preparando para lo que existe, Feßmann.

—¿Entonces?

—Se está preparando para lo que existirá. —Beck miró a los demás—. Si no se prepara.

Nadie entendió.

—Lo dijo él mismo, en la mesa larga, en febrero —siguió Beck—.

Nadie ataca lo que sabe que no puede derrotar.

Feßmann, el fin del mundo no es una guerra para la que uno se prepara.

Es la guerra que viene cuando uno no se ha preparado.

Él no se está preparando para el fin del mundo. Se está preparando para que no llegue.

* * *

—Eso es muy bonito, Beck —dijo Bock—. Pero no contesta a la pregunta.

Beck lo miró.

—¿Qué pregunta?

—La de Feßmann. —Bock se cruzó de brazos—.

¿Para qué? No para que no llegue . ¿Contra quién?

Usted dice que se prepara para lo que existirá.

Bien. ¿Qué existirá? ¿Quién lo tendrá? ¿Cuándo?

Un carro de cincuenta toneladas con noventa milímetros inclinados no se diseña contra un enemigo abstracto.

Se diseña contra un cañón concreto. Contra una amenaza concreta.

Su Majestad tenía en la cabeza un cañón concreto cuando escribió esas cinco líneas.

Y un barro concreto, cuando pidió las orugas de novecientos milímetros.

Guderian, que no había hablado desde lo de Manstein, se puso rígido.

— Un sitio muy frío —dijo—. Donde el barro llega a las rodillas en otoño y la nieve a la cintura en invierno.

Los demás se volvieron hacia él.

—Se lo pregunté —dijo Guderian—. El día que me dio su lista. Le pregunté de dónde había sacado la idea. Y me dijo eso. Un sitio muy frío. Donde un carro rápido, ligero y bien pensado como el suyo se queda clavado a cuarenta kilómetros de la ciudad que tenía que tomar.

Silencio.

—Un carro como el mío —repitió Guderian—. Clavado. A cuarenta kilómetros de la ciudad. —Se pasó una mano por la cara—. Lo dijo como si lo hubiera visto.

Bock no dijo nada.

Leeb, a su lado, se santiguó. Pequeño, rápido, con el pulgar.

* * *

—Señores.

Era Rommel.

No había hablado en toda la conversación. Estaba de pie en el borde del grupo, con las manos todavía negras de Kummersdorf, que no se le habían limpiado del todo, y la Pour le Mérite al cuello.

—Yo no sé contra quién se prepara Su Majestad —dijo—.

No soy de Estado Mayor. No sé de política.

No sé leer mapas de quinientos kilómetros como el Generaloberst von Manstein.

Pero sé una cosa. En la guerra, en el Matajur, en Rumanía, en el Argonne, la sorpresa que te mata no es la que esperas.

Es la otra. Siempre es la otra. —Se miró las manos negras—.

Ayer, en la loma, yo esperaba encontrar huecos.

Siempre los había encontrado. Y no los había.

Y diez carros murieron porque yo esperaba encontrar huecos.

Levantó la vista.

—Su Majestad nos ha puesto ayer un Karmesin delante para que no nos pase eso.

Para que, el día que nos encontremos algo que no esperábamos, ya lo hayamos visto antes.

En Kummersdorf. Con munición de yeso. Y no en un campo de batalla de verdad, con munición de verdad, con nuestros muchachos ardiendo dentro.

Entrenar duro, combatir relajado. —Rommel casi sonrió—.

Me parece que Su Majestad no se está preparando para el fin del mundo, Herr General.

Se está preparando para que, si llega, no nos sorprenda.

* * *

Feßmann se quedó mirando a Rommel un rato largo.

Luego miró el sobre de papel manila que tenía en la mano. Lo abrió. Sacó la última fotografía. La del hombre de los prismáticos en la loma de Weißensee, junto a la torreta enterrada, con la mano levantada.

La miró.

—En enero —dijo, en voz baja— mandé veinte carros a ver qué pasaba.

Panzer I y Panzer II. Los mejores que teníamos.

Y encontraron esto. —Levantó la fotografía—.

Y se retiraron sin disparar, porque yo les había dicho que no dispararan.

Y si no se lo hubiera dicho, habrían muerto los veinte en cinco minutos.

Guardó la fotografía.

—Aquel día, yo era el comandante de la mejor división acorazada de Alemania —dijo—. Y no tenía ni idea de lo que había al otro lado de la loma. —Hizo una pausa—. Y ahora me pregunto para qué se prepara el rey, como si yo supiera lo que hay al otro lado de la siguiente loma.

Cerró el sobre. Lo guardó en el bolsillo de la guerrera.

—Retiro la pregunta, señores —dijo—. No porque tenga la respuesta. Porque me acabo de dar cuenta de que no estoy en condiciones de hacerla.

* * *

Fritsch se puso el monóculo.

—Señores —dijo—. Son las doce y media. La sesión conjunta de pasado mañana es a las nueve. Propongo un orden del día, aunque Su Majestad haya dicho que no lo haya. —Hizo una pausa—. Uno solo. ¿Qué existirá?

—¿Y quién contesta? —preguntó Bock.

—Todos —dijo Fritsch—. Cada uno desde su rama.

Wever y Kesselring, qué aviones existirán dentro de cinco años, aquí y fuera.

Raeder y Dönitz, qué barcos. Guderian, qué carros.

Manstein, qué ejércitos. Beck, qué alianzas.

—Se volvió hacia Feßmann—. Y usted, Feßmann, qué hay al otro lado de la siguiente loma.

Feßmann asintió.

—Y cuando lo tengamos —dijo Fritsch— se lo llevaremos a Su Majestad. Y veremos si coincide con lo que él ya sabe.

—¿Y si no coincide? —preguntó Guderian.

—Entonces —dijo— sabremos que él sabe algo que nosotros no. Que es lo que llevamos sospechando desde enero.

Se disolvieron despacio. En grupos de dos, de tres, por los pasillos del Bendlerblock, hacia sus despachos, hacia sus dormitorios del último piso, hacia la cantina.

Beck fue el último en salir de la sala.

Antes de cerrar la puerta se volvió hacia la ventana, hacia el canal.

Pensó en la libreta de tapas negras que llevaba en el bolsillo. En la página del juicio. ¿Quién juzga al juez?

Sacó la libreta. La abrió por una página en blanco. Y escribió, con su letra pequeña y clara:

¿Qué ha visto?

Lo subrayó dos veces.

Y salió.