CAPÍTULO XXVIII — Ningún plan sobrevive
Berlín. Bendlerblock.
Lo había decretado una semana antes, una noche, después de leer en la misma hora tres informes que se contradecían: uno de Guderian, uno de Beck y uno de Manstein, sobre la misma cuestión, escritos cada uno en su despacho, en su edificio, en su barrio de Berlín, sin haber hablado entre ellos.
Tres hombres brillantes, los tres con razón, y los tres sin saber lo que pensaban los otros dos.
Todo el Estado Mayor del Königliches Heer residirá y trabajará en un mismo edificio. Los jefes de las ramas y de los grupos de divisiones debatirán entre sí, en sesión conjunta, al menos una vez cada dos días. Sin orden del día. Sin actas. Sin la presencia de la Corona.
Las primeras noches, según me contó Hollenbach, nadie dormía.
Se oían voces en los pasillos hasta las dos de la madrugada.
Discusiones en la cantina, en las escaleras, en los cuartos de baño comunes, en el patio.
Guderian y Beck se habían pasado una noche entera, hasta el amanecer, discutiendo en la cocina sobre la proporción de infantería en una división acorazada, con un mapa extendido sobre la mesa de los cocineros.
Al cuarto día, Fritsch le dijo a Hollenbach, en el desayuno, que llevaba treinta años en el Ejército y que nunca había aprendido tanto en tan poco tiempo.
* * *
Esa mañana, el martes 5, a las diez, los reuní a todos en la sala grande del segundo piso, la que había sido sala de conferencias del ministro. Una mesa en herradura. Veinticinco sillas.
Entré. Se levantaron. Se cuadraron.
—Siéntense, caballeros.
Se sentaron. Muchos tenían todavía en la cara el cansancio de Kummersdorf, el día anterior, y de la noche de después, que, según Hollenbach, habían pasado casi todos en la cantina del Bendlerblock hablando de los dos escenarios hasta las tres.
Me quedé de pie, a la cabecera de la herradura.
—Caballeros —dije—. Déjenme ponerlo de una manera en la que me pueda explicar.
Hay un científico. Alemán. Que si regresara sería bueno para Alemania.
Pero que tiene todo el derecho a no regresar.
—Nadie dijo nada. Todos sabían de quién hablaba—.
Bueno, ese no es el punto. El punto es una de sus frases.
Si no puedes explicar algo complejo de manera simple, no lo has entendido.
Miré la herradura.
—Y lo que les voy a explicar no lo puedo explicar de manera simple. Así que no lo he entendido del todo.
Algunos sonrieron. Guderian no. Rommel tampoco.
—Pero vamos allá.
* * *
—La guerra de maniobras —dije— necesita carros como el PzKw-1. Y como su idea perfecta, Herr Feldmarschall. —Miré a Guderian—. El Windpfeil.
Guderian asintió.
—Lo vieron ayer. En campo abierto, contra un enemigo que va de frente, el Windpfeil fija, rodea, aparece por detrás y mata.
Aunque muera de dos impactos y necesite siete.
Porque no le da al enemigo la ocasión de dispararle de frente.
Porque se mueve. —Me volví hacia Rommel—.
Lo hizo usted, Herr Generalleutnant. Como en el Matajur.
Rommel no se movió.
—Y la guerra defensiva —seguí—. O, mejor dicho, la guerra de no iniciativa. La que se hace cuando el enemigo elige dónde y cuándo. Sé que todos aquí la ven como inferior.
Nadie lo negó.
—Llevamos cien años, desde Clausewitz, desde Moltke, desde Schlieffen, diciéndonos que el ejército alemán gana atacando.
Que la defensa es para los débiles. Para los franceses, con su Maginot.
Para los que no tienen otra cosa. —Miré la herradura—.
Y es verdad que se gana atacando. Pero no siempre se puede atacar.
»Esa guerra, la defensiva, la de no iniciativa, necesita algo que pueda aguantar suficiente castigo. Suficiente castigo como para que, mientras lo recibe, pueda identificar qué está haciendo el enemigo. Por dónde viene. Con qué. Cuántos son. Y castigarlo por hacerlo.
Hice una pausa.
—El Karmesin.
Silencio.
—Lo vieron ayer también. En la loma. Enterrado. Mirando hacia todas partes. Diez Windpfeil atacaron, los mejores carros del mundo, con el mejor comandante de carros que tenemos, y no tomaron la loma. Murieron los diez. Y de los Karmesin, murió uno.
Rommel bajó la vista a la mesa.
* * *
—Yo sé —seguí— que el arte operacional no se puede combinar. Que intentar tener dos filosofías operacionales significa no tener ninguna.
Manstein levantó la vista.
—Lo sé. Lo dijo usted, Generaloberst, anoche, en la cantina, según me cuentan.
—Manstein no se movió—. Un ejército que no sabe si va a atacar o a defender, que lleva carros rápidos y carros lentos en la misma columna, que no sabe a qué velocidad moverse, es un ejército que pierde.
Tiene razón. Pero recuerden que el enemigo también pelea.
Dejé que lo pensaran.
—Recuerden que, por muy bien que hagamos la guerra de maniobras, por muy rápidos que seamos, por muy lejos que lleguemos, el enemigo no se va a quedar quieto mirándonos.
Va a contraatacar. Va a cortarnos. Va a rodearnos.
Va a hacer con nosotros lo que Rommel hizo ayer por la mañana con Thorbeck.
Y habrá días en que una de nuestras divisiones, una de nuestras mejores divisiones, esté rodeada.
Superada. Con enemigos en la retaguardia. Copada.
Miré a Manstein. Miré a Rommel.
—Y ese día, caballeros, la defensa estática, si tiene algo de reserva y suficiente potencia de fuego, no es una isla sitiada. No es un fuerte esperando a que lo rindan por hambre.
Hice una pausa.
—Es una flota en potencia.
Raeder, al final de la herradura, levantó la cabeza de golpe.
—Es una flota en potencia —repetí— esperando lanzar un último ataque. Suicida, tal vez. Devastador, definitivamente. Una flota que el enemigo no puede ignorar. Que le obliga a dejar fuerzas para vigilarla. Que no le deja dormir. Que, si sale, puede cambiarlo todo.
Raeder me miraba con la boca un poco abierta. Dönitz, a su lado, lo miraba a él.
La flota en potencia. El concepto naval inglés del siglo XVII: una flota que no sale a combatir, que se queda en puerto, pero que por el mero hecho de existir obliga al enemigo a mantener la suya vigilándola.
La flota alemana de Alta Mar había sido eso durante toda la Gran Guerra, en Wilhelmshaven, con Raeder dentro.
—Nosotros —dije— usaremos la operatividad de la guerra de maniobras. Carros veloces. Divisiones rápidas. La lista del mariscal Guderian. Esa será nuestra forma de hacer la guerra. La principal.
Guderian asintió.
—Con pesados en reserva —seguí—. Para casos específicos. Para la loma que no se puede tomar. Para la división copada que tiene que aguantar hasta que lleguemos. Para el día en que el enemigo nos ataque a nosotros donde no esperábamos. Sí. Los tendremos. Pocos. Pero los tendremos.
Hice una pausa.
—Pero recuerden siempre, caballeros, lo que dijo el viejo Moltke. Ningún plan sobrevive al contacto con el enemigo.
Silencio en la sala.
—Así que no me traigan planes perfectos. Tráiganme ejércitos que sepan qué hacer cuando el plan se rompe. Con Windpfeil para cuando se pueda correr. Y con Karmesin para cuando no.
* * *
Me volví hacia Manstein.
—Por otro lado. El Generaloberst von Manstein me ha pedido esta mañana, a las siete, por escrito, un cañón de asalto.
Hubo un movimiento en la herradura. Guderian se volvió hacia Manstein. Rommel también.
Manstein no se movió. Tenía las manos sobre la mesa, juntas.
—Será concedido —dije.
Saqué del bolsillo de la guerrera la hoja que Manstein me había mandado a las siete. Su letra, pequeña, rápida, sin tachones. La había leído tres veces. La había completado yo, abajo, con otras cifras.
Leí.
— Cañón de asalto. Setenta y ocho toneladas de acero.
— Planchas de ciento cincuenta y cinco milímetros, inclinadas a setenta y dos grados.
Leeb soltó un ruido con la garganta. Hizo la cuenta, igual que el día anterior. Ciento cincuenta y cinco a setenta y dos grados. Quinientos milímetros de espesor efectivo. Medio metro de acero.
— Un cañón de alta velocidad de ciento cincuenta milímetros. Con capacidad contracarro absoluta. Capaz de abatir un Karmesin a dos mil metros.
Guderian cerró los ojos un instante.
— Y con capacidad de alto explosivo capaz de desintegrar cualquier búnker de fortificación ligera, media y semipesada.
Bajé la hoja.
— Se moverá a nueve kilómetros por hora.
* * *
Nadie habló durante un rato largo.
Luego, Bock, desde su sitio, con su voz seca:
—Nueve kilómetros por hora. Más despacio que un hombre a paso ligero.
—Más despacio, Herr Generaloberst —dijo Manstein.
Era la primera vez que hablaba—. No necesita ir más deprisa.
No es un carro. No va a explotar ninguna ruptura ni a perseguir a nadie.
Va a llegar a la loma que los Windpfeil no han podido tomar.
Despacio. Sin que nada de lo que tenga el enemigo pueda pararlo.
Y una vez allí, a dos mil metros, va a destruir lo que haya en la loma.
Un Karmesin. Un búnker. Lo que sea. Y luego los Windpfeil pasarán.
—¿Y si el enemigo tiene uno igual? —preguntó Beck.
Manstein lo miró.
—Entonces tendremos un problema, Herr General —dijo—. Por eso lo pido ahora. Para tenerlo antes que ellos.
Rommel, al otro lado de la herradura, se había inclinado hacia delante. Miraba a Manstein.
—Ayer —dijo Rommel— en la loma, con un cañón así…
—Habría tomado la loma en una hora, Rommel —dijo Manstein—. Y no habría perdido diez carros.
Rommel asintió.
—Lo quiero en mi división —dijo.
Manstein casi sonrió.
—Pídaselo a Su Majestad.
Rommel se volvió hacia mí.
No le dejé abrir la boca.
—Primero que exista, Herr Generalleutnant.
Hubo risas. Pocas. Pero las hubo, por primera vez en toda la mañana.
* * *
Me quedé un momento más de pie, mirando la herradura. Veinticinco hombres que una semana antes vivían en veinticinco casas distintas y ahora dormían en el mismo pasillo y discutían en la misma cocina.
Pensé en mi otra historia. En los generales alemanes de mi otra historia, separados, celosos, enfrentados entre sí, mandando cada uno su ejército, su grupo de ejércitos, su rama, sin hablarse, compitiendo por los favores de un hombre que los enfrentaba a propósito para que ninguno fuera demasiado fuerte.
Guderian y Kluge, que llegaron a retarse en duelo.
Rundstedt y Bock. Manstein contra todos.
Göring contra el Ejército. El Ejército contra las SS.
Divide y vencerás, aplicado desde dentro, contra sí mismo. Hasta el final.
Esta vez, no.
—Eso es todo, caballeros —dije—. Sigan discutiendo.
Se levantaron. Se cuadraron. Salí.
En el pasillo, al cerrarse la puerta detrás de mí, oí que la sala no se quedaba en silencio. Oí la voz de Guderian, alta, y la de Manstein contestándole, y la de Beck intentando poner orden, y la de Rommel, con su acento suabo, por encima de todas.
Hollenbach, a mi lado, sonrió. Era la primera vez que le veía sonreír de verdad.
—Majestad —dijo—. Creo que no van a parar en toda la noche.
—Eso espero, Herr General.