CAPÍTULO XXVII — Carmesí y Flecha #3
—Eso es una fortaleza que no se puede tomar sin artillería pesada —dijo Manstein, a su lado, muy bajo—. O sin algo que no tenemos.
Bock lo miró.
—¿Qué?
Manstein no contestó. Sacó una libreta del bolsillo y anotó algo, rápido, con un lápiz pequeño. Y no la volvió a guardar.
* * *
Fuego real. 15:30 hrs.
A las tres y media, los mecánicos remolcaron al centro de la explanada cuatro cascos vacíos. Dos Windpfeil. Dos Karmesin. Sin motor, sin tripulación, sin munición. Solo el acero.
Y luego trajeron munición de verdad.
—Ahora —dije— vamos a ver lo que dice el acero.
Los oficiales bajaron de la torre y se colocaron detrás de un parapeto de sacos terreros, a quinientos metros de los cascos, con prismáticos.
Primero, un Karmesin disparó contra el casco de un Windpfeil. A mil metros. De frente. Contra la plancha inclinada del frontal.
El estampido del ocho coma ocho hizo vibrar los sacos terreros del parapeto. Y en el casco del Windpfeil, a mil metros, se vio un destello y una nube de humo y de chispas.
Cuando se disipó el humo, los mecánicos fueron a ver. Volvieron corriendo.
—Perforado, Majestad. El frontal. Y el motor. Y la plancha trasera. —El mecánico jefe tenía la cara pálida—. Ha atravesado el carro de punta a punta. Ha salido por detrás.
Silencio detrás de los sacos.
Luego, un Windpfeil disparó contra el casco de un Karmesin. A mil metros. De frente. Contra el frontal inclinado a cincuenta y cinco grados.
Un estampido más agudo, más seco. Y en el casco del Karmesin, a mil metros, un destello. Y una chispa larga, oblicua, que subió hacia el cielo como un cohete.
Los mecánicos fueron a ver. Volvieron despacio.
—Rebote, Majestad. Ha dejado una marca de quince centímetros de largo y dos de hondo en la plancha. Y ha rebotado hacia arriba.
El Windpfeil disparó otra vez. A quinientos metros. Rebote.
A trescientos. Rebote.
A cien. Una marca más honda. Rebote.
Luego disparó contra el costado del Karmesin. A quinientos metros. Perforó.
Contra la trasera. A mil metros. Perforó.
Contra la torreta, de frente, a quinientos metros. Rebote.
Cuando terminaron, ya se ponía el sol detrás de los pinares de Kummersdorf.
Los cuatro cascos estaban en la explanada, con las marcas, los agujeros, las planchas reventadas.
El Windpfeil, atravesado de punta a punta en tres sitios.
El Karmesin, con seis marcas de rebote en el frontal y en la torreta, y dos agujeros en el costado y en la trasera.
Los oficiales salieron de detrás de los sacos y se acercaron. En silencio. Como se acerca uno a los restos de un accidente.
* * *
Guderian se detuvo delante del casco del Windpfeil.
Su carro. Su lista. Atravesado de punta a punta, por delante, a mil metros, de un solo disparo. Metió la mano en el agujero del frontal. Cabía el puño. Tocó los bordes, el acero desgarrado, todavía caliente.
No dijo nada durante mucho rato.
Rommel, a su lado, tampoco.
Luego Guderian sacó la mano. Se la miró: negra de hollín. Se la limpió en el pantalón.
—Es el mejor carro del mundo —dijo, en voz baja—. Y se muere de un disparo.
—Contra ese, Herr Feldmarschall —dijo Rommel—. Solo contra ese.
—Contra ese. —Guderian se volvió hacia el Karmesin, a veinte metros, con sus seis marcas de rebote en el frontal—. Y el día que el enemigo tenga uno de esos, Rommel, ¿qué hacemos?
Rommel tardó en contestar.
—Lo que hice esta mañana —dijo al fin—. Rodearlo. Ir por detrás. No dejar que nos vea de frente.
—¿Y si no se deja rodear? ¿Como esta tarde?
Rommel no contestó.
* * *
Fritsch se había acercado al Karmesin.
Lo rodeó a pie, con el monóculo puesto otra vez, mirando las marcas de rebote del frontal. Las tocó con un dedo, una por una. Luego se detuvo delante de los dos agujeros, el del costado y el de la trasera.
—Un buen comandante no deja que le vean el costado —dijo, a Beck, que estaba a su lado.
—Un buen comandante —dijo Beck— no tiene siempre la elección.
Fritsch asintió.
—Es la lección de Verdún, Beck. Los fuertes.
Douaumont. —Fritsch tocó el acero del frontal—.
Nosotros los tomamos en una noche, en febrero del 16, porque los franceses los habían dejado casi sin guarnición.
Y luego los franceses se pasaron ocho meses muriendo para recuperarlos.
—Hizo una pausa—. Una fortaleza no gana una guerra. Pero la hace muy cara.
* * *
Leeb, el artillero, estaba delante del agujero del frontal del Windpfeil. Midiendo con los dedos. El diámetro, la profundidad, el ángulo de entrada.
—Ocho coma ocho de alta velocidad —dijo, a Weichs—.
Mil metros. Atraviesa ochenta milímetros inclinados como si fueran papel.
Y sale por detrás. —Movió la cabeza—. En la Gran Guerra, con un ocho coma ocho, yo disparaba a cinco kilómetros contra trincheras.
Y ahora lo meten en un carro y lo disparan a mil metros contra otro carro.
—¿Y eso le parece mal, Leeb?
—Me parece —dijo Leeb— que el carro de combate se acaba de convertir en una pieza de artillería que anda. Y que la próxima guerra la van a ganar los artilleros, no los jinetes.
Weichs, el jinete, no contestó.
* * *
Dönitz y Raeder estaban un poco apartados, mirando los cascos desde lejos.
—Acorazados y destructores —dijo Raeder—.
Lo mismo. Lo mismo exactamente, Dönitz. El acorazado no se puede hundir desde delante, pero es lento.
El destructor es rápido, pero se hunde de un solo impacto.
Y el destructor gana si consigue llegar al costado del acorazado con sus torpedos. Y el acorazado gana si lo ve venir.
—Sí, Herr Großadmiral.
—Llevamos cincuenta años discutiendo en la Marina cuál de los dos es mejor. —Raeder movió la cabeza—. Y los dos hacen falta. Siempre han hecho falta los dos.
Dönitz miraba el agujero del costado del Karmesin.
—Y un submarino —dijo al fin, muy bajo— es un destructor que nadie ve venir.
* * *
Kesselring, junto a Wever, miraba hacia arriba otra vez.
—Seis rebotes en el frontal —dijo—. Dos agujeros en el costado y en la trasera. —Se volvió hacia Wever—. Un carro así solo se mata desde arriba. Donde el blindaje es más fino. El techo del motor, el techo de la torreta.
—Desde arriba —dijo Wever.
—Desde arriba. —Kesselring se quedó pensando—. No desde doce mil metros. Desde doscientos. Desde cien. En picado.
Wever lo miró.
—Eso es lo que hacen los Heinkel 50 de Döberitz —dijo—. Y el Stuka.
—Y ese biplano —dijo Kesselring— que Su Majestad le ha encargado a Tank. El de los dos cañones en el morro. Que gira sobre un pañuelo y vive en un prado junto a la división.
Se miraron.
Ninguno de los dos dijo nada más. Pero los dos, a la vez, entendieron por qué existía ese encargo.
* * *
Manstein no se acercó a los cascos.
Se quedó detrás del parapeto de sacos terreros, solo, con la libreta abierta, escribiendo. Lo vi desde lejos. Escribía rápido, con letra pequeña, sin levantar la vista. Llevaba escribiendo desde el segundo escenario.
Cuando el sol ya se había puesto y los oficiales empezaban a volver a los coches, me acerqué a él.
—Generaloberst.
Manstein cerró la libreta y se cuadró.
—Majestad.
—¿Qué escribe?
Manstein me miró con sus ojos de párpados pesados. Tardó en contestar.
—Escribo lo que nos faltaba esta tarde, Majestad —dijo—. En la loma. Cuando los Windpfeil no podían tomarla. Y lo que nos faltará el día que el enemigo tenga una loma así, con carros así, enterrados. Mañana, si Vuestra Majestad me lo permite, se lo pediré.
—Mañana —dije.
Manstein se cuadró otra vez.
Me volví. En la explanada, en la oscuridad que caía, los cuatro cascos seguían allí, con sus agujeros y sus marcas, como los restos de una batalla que no había ocurrido. Junto a ellos, Guderian y Rommel, de pie, sin moverse, todavía mirando el agujero del frontal del Windpfeil.
Y Hollenbach, a mi lado, que no había dicho una sola palabra en todo el día, dijo entonces, en voz muy baja:
—Majestad. ¿Cuál ha ganado?
Lo pensé.
—Los dos han perdido, Herr General —dije—. Que es exactamente lo que quería ver.