CAPÍTULO XXVII — Carmesí y Flecha #2
—Munición de prácticas —dije—. Proyectiles de yeso con pintura dentro.
Cuando aciertan, dejan una mancha. Los árbitros, en jeeps…
—Me detuve—. En vehículos ligeros, con banderas y radio, siguen a cada carro y anotan los impactos.
Siete impactos de un Windpfeil destruyen un Karmesin.
Si son en el frontal. Si son en el costado, cuatro.
Si son en la parte trasera o en las orugas, dos.
»Dos impactos de un Karmesin destruyen un Windpfeil. En cualquier parte. Un impacto en el frontal a menos de mil metros, también.
»Un impacto en las orugas inmoviliza. El carro inmovilizado puede seguir disparando, pero no moverse.
»Un carro destruido se retira del campo y su tripulación se sienta en el suelo junto a él, con la bandera roja levantada, hasta el final del ejercicio.
Guderian, a mi lado, añadió:
—Y los carros pueden hablar entre sí por radio, pero los árbitros escuchan. Si alguien hace trampa, el carro queda destruido.
Hubo algunas risas.
—Dos escenarios —dije—. El primero: encuentro en campo abierto.
Diez contra diez. Los dos bandos salen de los extremos del campo, a ocho kilómetros, y tienen que tomar el cruce de caminos del centro.
El segundo: defensa. Los Karmesin, en posición, en el bosque y en la loma de la torre de observación.
Los Windpfeil atacan. Tienen que tomar la loma.
Me volví hacia los oficiales.
—Los Windpfeil los manda el Generalleutnant Rommel. —Rommel, que había bajado del carro, se cuadró—. Los Karmesin, el General der Infanterie Thorbeck.
Thorbeck asintió.
—Empiecen a las diez.
* * *
Primer escenario. Encuentro en campo abierto. 10:00–11:40 hrs.
Desde la torre de observación de Kummersdorf, una torre de madera de veinte metros en lo alto de una loma, se veía todo el campo: ocho kilómetros de arena, de brezo, de pinares, de caminos de tierra, de algún arroyo seco. En el centro, el cruce de caminos, marcado con una bandera blanca.
Los oficiales estaban arriba, en la plataforma, con prismáticos. Yo, con Hollenbach, en la barandilla.
A las diez, por el sur, aparecieron los Windpfeil.
Rápidos. Muy rápidos. Rommel no los llevó en columna, ni por el camino.
Los abrió en abanico, en tres grupos, por el campo, por el brezo, entre los pinos, a cuarenta kilómetros por hora, levantando arena.
Uno por el centro, directo hacia el cruce.
Dos por los flancos, abiertos, uno a cada lado, describiendo dos arcos amplios.
Por el norte, despacio, aparecieron los Karmesin.
Thorbeck los llevó en línea. Diez carros en una sola línea, de frente, a ocho kilómetros por hora, por el camino y a los lados del camino, directos hacia el cruce. Sin prisa. Sin abrirse. Con los cañones hacia delante.
Los Windpfeil del centro llegaron primero al cruce. Rommel los había mandado deprisa para eso. Tres carros. Llegaron, se pararon detrás de una loma baja, a cuatrocientos metros del cruce, enterrando el casco tras la cresta, y esperaron.
Los Karmesin siguieron avanzando.
A dos mil metros, el primer Karmesin disparó.
Desde la torre, se vio el fogonazo, la nube de humo del freno de boca, y luego, casi a la vez, en la loma del cruce, una mancha de pintura roja en la torreta de uno de los Windpfeil. El árbitro levantó la bandera amarilla. Un impacto.
A mil ochocientos, otro. El mismo carro. Bandera roja. Destruido.
—A dos kilómetros —dijo Leeb, en la torre, con la voz ronca—. Con el primer disparo.
Los otros dos Windpfeil del centro dispararon. A mil ochocientos metros. Contra el frontal de los Karmesin. Las manchas de pintura aparecieron en las planchas inclinadas de dos de ellos. Los árbitros levantaron banderas amarillas. Un impacto. Uno. De siete.
Los Karmesin siguieron avanzando.
A mil quinientos, otro Windpfeil del centro, destruido. A mil doscientos, el tercero.
Los tres del centro, fuera. En diez minutos. Y los Karmesin, con dos impactos cada uno en el frontal, enteros, seguían avanzando hacia el cruce, a ocho kilómetros por hora.
En la torre nadie hablaba.
—Rommel ha sacrificado al centro —dijo Manstein, en voz baja.
Guderian lo miró.
—Para fijarlos —dijo Manstein—. Mire los flancos.
Los Karmesin habían seguido avanzando en línea, de frente, hacia el cruce, disparando contra la loma donde estaban los tres Windpfeil del centro. Mirando hacia delante. Hacia el sur.
Y por los dos lados, por el este y por el oeste, describiendo los dos arcos amplios que habían empezado a las diez, a cuarenta kilómetros por hora, entre los pinos, por el brezo, por el lecho del arroyo seco, llegaron los otros siete Windpfeil.
Tres por un lado. Cuatro por el otro. Y aparecieron detrás de los Karmesin. En su flanco. En su retaguardia.
A trescientos metros.
El primer Windpfeil del flanco este disparó contra la parte trasera del Karmesin del extremo. Mancha roja en la plancha del motor. Bandera amarilla. Otro disparo. Bandera roja.
Destruido. Dos impactos en la trasera.
El segundo. El tercero. Los Windpfeil del flanco disparaban rápido, a corta distancia, contra los costados y las traseras de los Karmesin, que intentaban girar las torretas, despacio, demasiado despacio, para encararlos.
Uno giró. Disparó. Un Windpfeil, a trescientos metros, destruido de un solo impacto en el frontal.
Pero los otros seguían disparando. Por los costados. Por detrás. Moviéndose. Sin parar nunca. Un disparo y a otro sitio. Un disparo y a otro sitio.
Como en el Matajur.
A las once y cuarenta, el árbitro jefe levantó la bandera blanca. Fin del escenario.
En el campo quedaban cuatro Windpfeil en pie. Y tres Karmesin. Los otros siete Karmesin tenían a sus tripulaciones sentadas en la arena junto a ellos, con la bandera roja levantada.
Seis Windpfeil destruidos. Siete Karmesin destruidos.
Y el cruce de caminos, sin tomar por nadie.
* * *
En la torre de observación, Guderian no decía nada.
Rommel había ganado. O no había perdido.
Con carros que morían de dos impactos contra carros que necesitaban siete, había destruido siete y había perdido seis.
Lo había hecho exactamente como le había contado a Guderian en el coche, camino de Potsdam: fijando el centro, rodeando por los flancos, apareciendo por detrás, sin parar.
Era la lista de Guderian, hecha acero, hecha victoria.
Y, sin embargo, Guderian no decía nada.
Porque había visto los tres primeros Windpfeil del centro morir a dos kilómetros. Con el primer disparo. Sin poder hacer nada. Y había visto los impactos de los Windpfeil del centro en el frontal de los Karmesin. Dos. Tres. Sin efecto.
—Si Thorbeck no hubiera ido de frente… —dijo Manstein, a su lado.
—Lo sé.
—Si Thorbeck hubiera puesto dos carros en cada flanco mirando hacia fuera…
—Lo sé, Manstein.
—… los siete Windpfeil del flanco habrían muerto a dos kilómetros. Igual que los del centro.
Guderian se volvió hacia él.
—Lo sé.
* * *
Segundo escenario. Defensa. 13:00–14:20 hrs.
En el segundo escenario, Thorbeck no fue de frente.
Puso los diez Karmesin en la loma de la torre de observación y en el pinar que la rodeaba.
Enterrados. Con las orugas en hoyos que sus tripulaciones habían cavado con palas en una hora, de modo que solo asomaba la torreta y el frontal inclinado del casco.
Separados. Escalonados. Cubriéndose unos a otros.
Con sectores de tiro que se cruzaban. Con dos de ellos mirando hacia atrás, hacia los flancos, por si acaso.
Exactamente como Feßmann había visto enterrados los PzKw-1 en la loma de Weißensee, tres meses antes, en la fotografía que llevaba en el bolsillo.
Rommel atacó a la una con los diez Windpfeil.
Lo hizo bien. Lo hizo como sabía. Fijó el frente con tres, rodeó por los flancos con siete, buscó los huecos, buscó la retaguardia, se movió sin parar.
No había huecos.
No había retaguardia.
Los Karmesin de los flancos, los que miraban hacia fuera, abrieron fuego a dos mil metros sobre los Windpfeil que rodeaban por el este.
Dos destruidos antes de llegar a mil quinientos.
Los del oeste llegaron más cerca, entre los pinos, a ochocientos metros.
Y allí los esperaba un Karmesin que Thorbeck había dejado en un claro, de lado, mirando justo hacia el camino por donde tenían que pasar. Tres destruidos en cuatro minutos.
Los del centro, los que fijaban, dispararon contra los frontales de los Karmesin de la loma.
Desde mil quinientos metros. Desde mil. Desde ochocientos.
Las manchas de pintura se acumulaban en las planchas inclinadas de los carros rojos: dos, tres, cuatro.
Los árbitros levantaban banderas amarillas. Ninguna roja.
A las dos y veinte, el árbitro jefe levantó la bandera blanca.
Diez Windpfeil destruidos. Ninguno en pie.
Un Karmesin destruido: el que había matado a los tres del oeste en el claro, que había recibido al final, desde detrás, cuatro impactos de un Windpfeil que había conseguido llegar hasta allí antes de morir.
Los otros nueve, en pie. Con manchas de pintura roja por todo el frontal. Con banderas amarillas. Enteros.
Y la loma, sin tomar.
* * *
En la torre de observación, esta vez, fue Rommel el que no dijo nada.
Había subido a la torre después del escenario, todavía con el mono de carrista, las manos negras y la cara cubierta de polvo.
Se había quedado de pie junto a la barandilla, mirando la loma, mirando los nueve Karmesin enterrados en ella con sus manchas de pintura, mirando sus diez Windpfeil con las tripulaciones sentadas en la arena, con las banderas rojas.
—No había huecos —dijo al fin, a nadie en particular.
Guderian, a su lado, le puso una mano en el hombro.
—No, Rommel. No había huecos.
—En el Matajur siempre había huecos.
—En el Matajur los italianos estaban mirando hacia delante —dijo Guderian—. Thorbeck estaba mirando hacia todas partes.
Rommel no contestó.
Bock, detrás de ellos, dijo con su voz seca:
—Un carro que no puede ser destruido desde delante y que no se deja rodear. Eso es una fortaleza.