CAPÍTULO XXVII — Carmesí y Flecha
Campo de pruebas de Kummersdorf, al sur de Berlín.
Los diseños tardaron treinta días.
Treinta días para los primeros prototipos de papel.
Krupp, Rheinmetall, Henschel, MAN, Daimler-Benz y Porsche presentaron sus propuestas para las dos listas, la de Guderian y la mía.
Diecisiete diseños en total. Guderian los estudió todos con un equipo de doce ingenieros del antiguo Heereswaffenamt y seis oficiales de las Sturmdivisionen, en una sala del Bendlerblock con las paredes cubiertas de planos.
Yo los estudié todos también, de noche, en la sala alargada.
Elegimos dos. Uno de cada lista. Los mejores.
Y luego los traje.
No los fabricó nadie. No hubo cadena de montaje ni prototipos de chapa blanda ni pruebas de motor en banco.
Una noche de finales de abril, en un hangar cerrado de Kummersdorf, el campo de pruebas del antiguo Heereswaffenamt, entre los pinares de arena al sur de Zossen, a veinte kilómetros del campo de Dahlewitz, aparecieron veinte carros.
Diez y diez.
* * *
Llevé a todos los oficiales. A todos.
El OKH al completo. Blomberg, Fritsch, Beck.
Rundstedt, Leeb, Bock. Weichs, Feßmann. Guderian.
Manstein, Rommel. Kesselring y Wever. Raeder y Dönitz, que no tenían nada que ver con los carros y a los que hice venir igual.
Hollenbach. Thorbeck y los generales de las Sturmdivisionen.
Y una veintena de oficiales jóvenes de las Panzer-Divisionen en reequipamiento, capitanes y comandantes, elegidos por Guderian, que iban a mandar compañías y batallones.
Los hice esperar delante del hangar a las ocho de la mañana. Con frío: aunque era mayo, en los pinares de Kummersdorf la mañana todavía era fresca y la arena estaba húmeda de rocío.
A las ocho y cinco, los mecánicos abrieron las puertas del hangar.
* * *
Primero salieron los ligeros.
Los oyeron antes de verlos. Un ruido agudo, rápido, de motores revolucionados, de gasolina, de máquina de coser grande. Y luego, de la oscuridad del hangar, uno detrás de otro, a buena velocidad, salieron diez carros que nadie había visto nunca.
Eran bajos. Más bajos que el PzKw-1. Largos, anchos, con un casco cuyo frontal se inclinaba hacia atrás en una sola plancha, en ángulo muy agudo, como la proa de un barco rápido.
Las orugas anchas, de medio metro, con ruedas de rodaje grandes, imbricadas, unas montadas sobre otras, en dos filas, que hacían que el carro pareciera deslizarse en lugar de rodar.
La torreta, también inclinada, con una cúpula en lo alto para el jefe de carro, con episcopios alrededor como ojos.
Y el cañón: largo, muy largo, de siete coma cinco, que sobresalía casi dos metros por delante del casco, con un freno de boca en la punta.
Pintados de gris oscuro. Con la llave púrpura en el costado de la torreta. Y debajo, en letras blancas, el nombre.
PzKw-Windpfeil.
Flecha de Viento.
Salieron del hangar a cuarenta kilómetros por hora, en columna, y se desplegaron en abanico por la explanada de arena delante de los oficiales, girando sobre las orugas, levantando arena, y se detuvieron en línea, a veinte metros, todos a la vez, con un chirrido corto.
Guderian no se movió.
Estaba en la primera fila, con el bastón en la mano.
Y no se movió. Ni un músculo. Se quedó mirando los diez carros como se mira a un hijo que acaba de nacer: sin decir nada, sin poder decir nada, con la cara de un hombre al que le ha pasado algo que llevaba esperando toda la vida y que, ahora que ha pasado, no sabe qué hacer con ello.
Su lista. Sus cuatro hojas de letra impaciente, escritas a las cuatro de la mañana en una habitación del Kaiserhof. Treinta toneladas. Cincuenta kilómetros por hora. El frontal inclinado. Las orugas anchas. El siete coma cinco largo. La cúpula. La radio en todos.
Delante de él. Diez veces. De acero.
Rommel, a su lado, dio un paso al frente sin darse cuenta.
* * *
Y entonces salieron los pesados.
No los oyeron llegar. Eso fue lo primero que notaron todos, y lo comentarían después: que los ligeros se habían oído antes de verse y que los pesados no.
Que de la oscuridad del hangar no salió un ruido agudo, sino otro, grave, profundo, que no se oía tanto como se sentía en el pecho y en las plantas de los pies.
Un diésel enorme, al ralentí, trabajando muy por debajo de lo que podía.
Y luego la sombra.
Salieron a paso de hombre. Uno detrás de otro. Diez.
Eran enormes. Más altos que los Windpfeil, más anchos, mucho más largos.
No tenían una sola línea vertical. Todo el casco estaba hecho de planchas inclinadas, a cincuenta y cinco grados, el frontal entero como una cuña, como el tajamar de un rompehielos.
Las orugas eran monstruosas: casi un metro de ancho, el doble que las de los Windpfeil, que dejaban en la arena una huella como la de una carretera.
La torreta era baja, ancha, redondeada en los bordes, de planchas tan gruesas que las escotillas parecían hundidas en un muro.
Y el cañón: el ocho coma ocho. Larguísimo.
Más largo que el carro mismo, casi. Con un freno de boca del tamaño de una cabeza humana.
Pintados de un rojo muy oscuro. Casi negro. Como sangre seca. Con la llave púrpura en la torreta, que sobre aquel rojo parecía casi brillar.
Y debajo, en letras blancas:
PzKw-Absolutes Karmesin.
Carmesí Absoluto.
Salieron del hangar a ocho kilómetros por hora.
No se desplegaron. Siguieron en columna hasta colocarse en línea frente a los Windpfeil, a cincuenta metros, del otro lado de la explanada.
Y cuando el último se detuvo, la arena de la explanada siguió temblando un momento bajo los pies de los oficiales.
Nadie habló.
* * *
Fue Raeder el que habló primero. Raeder, que no tenía nada que ver con los carros.
—Un acorazado —dijo, en voz baja—. Es un acorazado en tierra.
Dönitz, a su lado, no contestó. Pero se le había caído el cigarrillo de los dedos y no lo había recogido.
Bock miraba los Karmesin con la cara larga completamente inmóvil. Al cabo de un rato, dijo, sin dirigirse a nadie:
—Eso no se puede matar.
—Todo se puede matar, Herr Generaloberst —dijo Manstein, a su lado.
Bock se volvió hacia él.
—¿Con qué?
Manstein se quedó mirando los Karmesin con sus ojos de párpados pesados, con la misma expresión con la que miraba los mapas. Calculando.
Beck se había quitado las gafas y las estaba limpiando con el pañuelo, sin dejar de mirar. Cuando se las volvió a poner, dijo, muy bajo, para sí:
—Cincuenta toneladas. O más. —Y luego—: ¿Qué puente lo aguanta?
Leeb, artillero, miraba los cañones. Los dos. El siete coma cinco largo de los Windpfeil y el ocho coma ocho de los Karmesin. Movía los labios. Hacía cálculos de balística en silencio, como los había hecho toda su vida.
Weichs, el jinete, miraba los Windpfeil. Solo los Windpfeil. Y en la cara tenía algo que nadie le había visto desde que le quitaron los caballos: alegría.
Feßmann tenía la mano sobre la guerrera, sobre el sobre de papel manila de siempre. Lo sacó. Sacó una de las fotografías de Weißensee: la de los PzKw-1 enterrados tras la loma. La miró. Luego miró los Karmesin. Luego volvió a guardar la fotografía.
—Hace tres meses —dijo, en voz baja, a Rundstedt— estos eran los mejores carros del mundo. —Tocó el sobre—. Ahora son el modelo de entrada.
Rundstedt no contestó. Miraba los Karmesin con la gorra exactamente horizontal y las manos a la espalda. Y por primera vez desde que lo conocían, los que estaban cerca le vieron mover los dedos de la mano derecha sobre los de la izquierda, uno a uno, como quien cuenta.
Blomberg no dijo nada. Fritsch tampoco. Fritsch se había quitado el monóculo y no se lo había vuelto a poner.
Kesselring y Wever, juntos, un poco apartados, miraban hacia arriba. Hacia el cielo. Y luego hacia los carros. Y luego otra vez al cielo.
—¿Cuánto pesa una bomba que mate eso? —le preguntó Kesselring a Wever, en voz baja.
—Mucho —dijo Wever.
—¿Desde doce mil metros?
Wever no contestó.
* * *
Rommel se acercó a los Windpfeil.
Nadie le dijo que lo hiciera. Cruzó la explanada de arena, solo, con las botas sonando, y se detuvo junto al primero. Le puso la mano encima, sobre la plancha inclinada del frontal. La deslizó, despacio, siguiendo el ángulo, como se acaricia el cuello de un caballo.
Llevaba un mes en Wünsdorf. Un mes de tripulante de PzKw-1: conductor, cargador, artillero, radio, jefe de carro, en ese orden, como le había ordenado Guderian.
Tenía las manos destrozadas, con cortes de las escotillas y quemaduras de los tubos de escape.
Sabía ya lo que era un carro por dentro.
El calor, el ruido, el olor del aceite y de la pólvora, la sacudida de la marcha, la imposibilidad de ver nada por las rendijas.
Y aquel carro, el Windpfeil, era otra cosa.
Se subió. Sin pedir permiso. Por el costado, por las ruedas imbricadas, hasta la torreta. Abrió la escotilla de la cúpula. Se metió dentro.
Desde abajo, los demás lo vieron desaparecer en la torreta.
Luego, al cabo de un momento, lo vieron asomar la cabeza por la cúpula.
Miró alrededor, por los episcopios. Luego se quitó la gorra y se quedó así, con la cabeza descubierta, asomado a la escotilla del carro, mirando el campo de Kummersdorf.
Desde la explanada, Guderian lo miró. Y se rio. Una carcajada corta, fuerte, que hizo volverse a todos.
—Ese —dijo Guderian, señalando con el bastón— ya ha decidido qué carro quiere.
* * *
A las nueve y media expliqué las reglas.
Las habíamos establecido Guderian, Hollenbach, Mahlberg y yo la semana anterior, en tres noches de discusión.
Eran sencillas. Las había pensado como las reglas de un juego: un juego de mesa en el que cada pieza tiene un valor de ataque y de defensa, en el que los dados deciden si un disparo acierta o no, y en el que los árbitros llevan la cuenta.