Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XXVI — Lista de deseos #3
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CAPÍTULO XXVI — Lista de deseos #3

» Diez. Ergonomía. —Guderian se detuvo—.

Esta la he escrito al final, Majestad. A las cuatro de la mañana.

—Siguió—. El carro debe estar pensado para que la tripulación pueda vivir dentro.

Asientos con respaldo. Ventilación para los gases de los disparos.

Calefacción. Espacio para la munición que no estorbe al cargador.

Un carro en el que los hombres están agotados a las tres horas pierde la batalla a las cuatro.

Bajó las hojas.

—Eso es todo, Majestad.

Lo miré.

Era bueno. Era muy bueno. Era, casi exactamente, un carro que en mi otra historia no existiría hasta finales del 42.

Más que el Panzer III, que se estaba diseñando en aquel momento en Daimler-Benz con un cañón de tres coma siete y quince toneladas.

Menos que el Panther, que los alemanes copiarían del T-34 soviético después de encontrárselo en Rusia, con el frontal inclinado, las orugas anchas y el cañón largo de siete coma cinco.

Entre los dos. Un hombre que en 1936 no había visto nunca un T-34 porque no existía, y que había llegado solo, a las cuatro de la mañana, en una habitación de hotel, a la plancha inclinada y a las orugas anchas.

Un teórico que estaba tocando con los dedos lo que todavía no se podía imaginar.

—Es excelente, Herr Feldmarschall —dije.

Guderian no sonrió. Esperaba.

—Ahora le voy a leer la mía.

* * *

La había escrito la noche anterior. En una sola hoja. Más corta que la suya.

— Carro de combate pesado. Requisitos de la Corona.

» Blindaje: planchas de base de noventa milímetros, inclinadas a cincuenta y cinco grados en todo el frontal del casco.

Guderian se quedó quieto.

— Armamento: cañón de ocho coma ocho centímetros de alta velocidad. No automático: de alta velocidad inicial del proyectil, de tubo largo.

Guderian abrió la boca.

— Velocidad máxima en carretera: veintinueve kilómetros por hora. Campo a través: veinte.

» Orugas: novecientos milímetros de ancho.

» Torreta: también de planchas inclinadas, pero gruesa. Muy gruesa.

Dejé la hoja sobre la mesa.

—Eso es todo.

Guderian no dijo nada durante un rato largo.

Luego dejó el bastón apoyado contra la mesa y se acercó. Cogió la hoja. La leyó. La volvió a leer. Hizo cuentas, con los labios, en silencio.

—Majestad —dijo al fin—. Noventa milímetros a cincuenta y cinco grados.

—Sí.

—Eso son… —Volvió a hacer la cuenta—. Ciento cincuenta y siete milímetros de espesor efectivo. Más. Con la desviación, más todavía. —Levantó la vista—. No hay un cañón en el mundo que perfore eso, Majestad. Ninguno. Ni el ocho coma ocho de la Flak. Ni el de un acorazado de bolsillo a quemarropa.

—Lo sé.

—Y el ocho coma ocho. En un carro. —Guderian movió la cabeza—. Majestad, con un ocho coma ocho de alta velocidad se perfora cualquier carro del mundo a dos kilómetros. A tres.

—Lo sé.

—Y pesará… —Guderian dejó la hoja—. Cincuenta toneladas. Sesenta. Más.

—Probablemente.

—Y va a veintinueve kilómetros por hora.

—Guderian lo dijo casi con dolor—. Veinte campo a través.

Majestad, eso es la velocidad de un hombre en bicicleta.

Una división con esos carros no rompe un frente y lo explota en profundidad.

No llega. Cuando llega, el enemigo ya ha cerrado la brecha. Ya ha traído las reservas. Ya ha…

—Ya ha disparado contra él con todo lo que tiene —dije—. Y no le ha hecho nada.

Guderian se calló.

—Novecientos milímetros de oruga —siguió—. El doble que lo que yo he pedido. El triple que el PzKw-1. —Me miró—. Ese carro no se hunde en ningún barro. En ninguna nieve. En ninguna turbera. Pasa por donde no pasa un hombre a pie.

—Lo sé.

Guderian volvió a coger la hoja. La miró un rato más. Luego la dejó sobre la mesa, junto a sus cuatro hojas. Las dos listas, una al lado de la otra. Sus cuatro hojas de letra grande, impaciente, con tachones. Y mi hoja sola, de cinco líneas.

—Son dos ideas opuestas, Majestad —dijo.

—Por eso son dos listas.

—La mía va deprisa y golpea primero. Antes de que el enemigo sepa dónde está.

Es el Matajur de Rommel con orugas. —Señaló sus hojas—.

La de Vuestra Majestad va despacio y no le importa que el enemigo sepa dónde está.

Porque el enemigo no puede hacer nada. Es…

—Buscó la palabra—. Es una fortaleza que anda.

—Sí.

—No se pueden tener las dos.

—Eso es lo que vamos a averiguar, Herr Feldmarschall —dije—. Poniéndolas una contra otra.

Guderian me miró.

—¿Y si la suya gana, Majestad?

—Entonces habremos aprendido algo.

—¿Y si gana la mía?

—Entonces también.

Guderian se quedó un rato más mirando las dos listas sobre la mesa.

Luego cogió el bastón. Se cuadró. Y en la puerta, antes de salir, se volvió.

—Majestad —dijo—. Una cosa.

—Diga.

—Ese carro suyo. El de cincuenta toneladas, el de noventa milímetros inclinados, el de ocho coma ocho y orugas de novecientos. —Hizo una pausa—. ¿De dónde ha sacado la idea?

Lo miré un rato.

—De un sitio muy frío, Herr Feldmarschall —dije—. Donde el barro llega a las rodillas en otoño y la nieve a la cintura en invierno. Y donde un carro rápido, ligero y bien pensado como el suyo se queda clavado a cuarenta kilómetros de la ciudad que tenía que tomar.

Guderian no preguntó qué sitio. Se quedó un momento quieto en la puerta, con el bastón en la mano.

Luego se cuadró otra vez y salió.