CAPÍTULO XXXV — Tres firmas #2
Mi primo Otto es un hombre bueno. Mejor que yo, probablemente. Su casa reinó en España antes que la mía. No discuto su sangre.
Discuto vuestro derecho.
Con el respeto que se debe a quien lleva una corona, aunque sea de hierro,
Alfonso, Rey.
* * *
Me quedé un rato largo con la carta en la mano.
Luego la dejé sobre la mesa larga, al lado de la caja de pino de los mapas, la de la corona.
Hollenbach, que estaba en la puerta, esperó.
—Tiene razón —dije, sin volverme.
—¿Majestad?
—Alfonso. Tiene razón. —Me volví—. No tengo ningún derecho, aparte de la fuerza, a decidir quién lleva la corona de España.
Ninguno. Lo dije yo mismo, por la radio, en enero: por la fuerza de mis armas .
La mía la tomé así. Y la mía es mía. Pero la de España no es mía.
Y no puedo ponérsela a nadie con el mismo derecho con el que me puse la mía.
Porque yo me la puse en mi cabeza. No en la de otro.
Hollenbach no dijo nada.
—Y Otto —seguí— lo sabe también. Se lo ha dicho a su primo antes que a mí. Mirándole a la cara. —Me senté—. Esos dos hombres, Hollenbach, han sido más reyes en esta semana que yo.
Me quedé un momento callado.
Luego cogí papel y pluma.
* * *
A Su Majestad Alfonso XIII, Rey de España.
Majestad:
Tenéis razón.
No tengo ningún derecho, aparte de la fuerza, a decidir quién lleva la corona de España. Os pido perdón por haberlo pretendido.
La corona de España no es mía para darla. Tampoco es, os lo digo con todo respeto, enteramente vuestra para reclamarla, porque la dejasteis. Ni de vuestro primo, porque su casa la perdió hace dos siglos.
Es de España. Y España, hoy, está en guerra consigo misma y no puede decidir.
Os propongo, por tanto, lo siguiente. Que nos remitamos los tres —vos, el Archiduque Otto y yo— a quien tiene, entre los católicos, la autoridad para juzgar estas cosas. Al Santo Padre.
Que sea él quien decida cuál de los dos monarcas católicos quiere en el trono de la tierra que más ha dado y más ha perdido en la defensa de la doctrina de Roma.
Yo acataré su decisión. El Imperio apoyará al que él elija, con todo lo que tiene. Y al otro, con todo el respeto que merece.
Os adjunto una carta para el Santo Padre. Si estáis de acuerdo, firmadla. Y mandádsela a vuestro primo, para que la firme también. Después la firmaré yo.
Con el respeto que se debe a un rey,
Konrad.
* * *
La carta para el Papa la escribí esa misma tarde.
Me costó más que ninguna otra cosa que hubiera escrito desde enero. Más que la primera emisión. Más que la sentencia de la Wilhelmplatz. Más que el decreto de la Imago Dei .
La escribí cuatro veces. Rompí tres.
Porque no sabía cómo se escribe al Papa.
No sabía las fórmulas, los tratamientos, el orden de los saludos.
Y porque no sabía qué tenía que pedir exactamente.
Ni con qué derecho lo pedía yo, que no era católico en el sentido de los católicos, que no había pedido un obispo para mi coronación, que había dicho testigo inmutable y no Dios .
Al final la escribí como había escrito todo lo demás: sin fórmulas. Diciendo lo que había. La escribí en latín, porque era la lengua de los papas y porque era la única que no pertenecía a ninguno de los tres que íbamos a firmarla. Y la escribí corta.
La mandé a Roma con Alfonso.
* * *
Roma. Steenokkerzeel. Berlín. 9–13 de junio.
Alfonso la firmó el martes 9, en Roma, en el escritorio de la suite del Gran Hotel. Leyó mi carta. Leyó la del Papa. Estuvo una hora sentado, sin moverse, con la pluma en la mano. Luego firmó.
Debajo de su nombre escribió, con su letra grande, inclinada, de rey de otro siglo: Rey de España .
La mandó a Bélgica por correo urgente.
Otto la firmó el jueves 11, en Steenokkerzeel, en la biblioteca del castillo de Ham, con su madre de pie a su lado. Leyó la carta de Alfonso, que venía con ella. Leyó la mía. Leyó la del Papa. Su madre la leyó también, por encima de su hombro.
Cuando Otto cogió la pluma, Zita le puso la mano en el hombro.
—Estás seguro.
—Estoy seguro, mamá. —Otto se volvió hacia ella—. Si el Santo Padre elige a Alfonso, me alegraré. Si me elige a mí, aceptaré. Y en los dos casos, España tendrá un rey que no se lo ha puesto un ejército extranjero. Que se lo ha puesto Roma.
Firmó. Debajo de su nombre: Archiduque de Austria, aspirante a los tronos de Austria y de Hungría, jefe de la Casa de Habsburgo .
La mandó a Berlín.
Yo la firmé el sábado 13. En la sala alargada. En la mesa larga. Debajo de las dos firmas de los dos reyes católicos. Con la pluma de siempre.
Konrad, Emperador de Alemania.
La metí en un sobre. La lacré con el florín. Y llamé a Ewers.
—Que venga el nuncio. Orsenigo. Hoy.
* * *
Monseñor Cesare Orsenigo llegó a la casa barroca a las cinco de la tarde. Solo. Sin secretario. Con una sotana negra, sin la faja morada, sin el sombrero de nuncio. Exactamente como el Papa le había dicho en febrero que fuera, si alguna vez lo llamaban.
Lo recibí de pie en la sala alargada.
Orsenigo se inclinó. No me besó la mano: no era su obligación, y yo no se la tendí.
—Majestad.
—Monseñor. Gracias por venir.
Le tendí el sobre.
—Para Su Santidad. En mano. Que no la abra nadie más. Ni el secretario de Estado, si Su Santidad no lo desea.
Orsenigo cogió el sobre con las dos manos. Miró el lacre. Luego me miró a mí.
—Majestad. ¿Puedo preguntar qué contiene?
Lo pensé.
—Una pregunta, monseñor —dije—. La única que no puedo contestar yo.