Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XXXV — Tres firmas #3
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CAPÍTULO XXXV — Tres firmas #3

Orsenigo se quedó un momento callado. Luego se guardó el sobre en el interior de la sotana, contra el pecho.

—Saldré esta noche para Roma, Majestad.

* * *

Ciudad del Vaticano. Palacio Apostólico. Martes, 16 de junio de 1936, 11:00 hrs.

Pío XI estaba en su biblioteca privada, en el tercer piso del Palacio Apostólico, sentado en su sillón junto a la ventana, con la manta sobre las rodillas, cuando el cardenal Pacelli entró con monseñor Orsenigo detrás.

Orsenigo había llegado a Roma esa mañana en el tren nocturno de Múnich.

No había ido a su casa. No había ido a la Secretaría de Estado.

Había ido directamente al Palacio Apostólico y había pedido audiencia con el Santo Padre.

Pacelli lo había recibido primero, en su despacho, y Orsenigo le había dicho solo que traía una carta de Berlín para entregar en mano.

El Papa levantó la vista.

—Orsenigo. ¿Qué hace usted aquí?

Orsenigo se arrodilló. Le besó el anillo. Se levantó. Sacó el sobre del interior de la sotana y se lo tendió con las dos manos.

—Santidad. De parte de Su Majestad Konrad I. Para Vuestra Santidad. En mano.

El Papa cogió el sobre. Miró el lacre: la corona de tres puntas. Lo abrió con un abrecartas de plata que tenía en la mesita.

Sacó la carta. Una sola hoja, de papel grueso, color crema.

Y antes de leerla, como hacía siempre con las cartas, miró las firmas.

Eran tres.

Alfonso, Rey de España.

Otto, Archiduque de Austria, aspirante a los tronos de Austria y de Hungría, jefe de la Casa de Habsburgo.

Konrad, Emperador de Alemania.

El Papa se quedó mirando las tres firmas.

Pacelli, a dos pasos, vio cómo le temblaba la mano que sostenía la hoja. Luego vio algo que no había visto nunca en todos sus años al lado de aquel hombre: que le temblaban las piernas. Debajo de la manta. Un temblor pequeño, rápido, de las rodillas, que la manta no conseguía disimular.

Pío XI tenía setenta y nueve años. Había sido alpinista. Había subido al Monte Rosa por la cara este y había dormido una noche entera a cuatro mil metros, en una cornisa de hielo, en una tormenta. No le había temblado nada.

Ahora le temblaban las piernas.

Había estado de pie para coger el sobre. Pacelli lo vio buscar con la mano libre el brazo del sillón, sin mirar. Encontrarlo. Apoyarse.

Y sentarse.

Despacio. Muy despacio. Con la carta en la mano.

Luego leyó.

* * *

Beatissime Pater.

(Santísimo Padre.)

Te escriben tres hombres. Uno ha llevado la corona de España. Otro podría llevarla. Y el tercero no tiene derecho a dársela a nadie.

España está en guerra. Cuando la guerra termine, necesitará un rey. Hay dos príncipes católicos que tienen derecho a esa corona. Los dos firman esta carta. Los dos aceptarán lo que decidas.

El tercero, que tiene la fuerza pero no el derecho, también lo aceptará. Y pondrá su fuerza al servicio de quien elijas.

Te pedimos que juzgues. No como juez de la tierra, que no lo eres, sino como padre de los católicos, que lo eres. Cuál de los dos quieres en el trono de la tierra que más ha dado y más ha perdido en la defensa de la doctrina de Roma.

Te pedimos que lo pienses el tiempo que necesites. Y que, cuando lo hayas pensado, nos lo digas a los tres a la vez.

Alfonso. Otto. Konrad.

* * *

El Papa bajó la carta.

Se quedó un rato muy largo en el sillón, sin moverse, con la carta sobre la manta. Mirando la ventana. La cúpula de San Pedro, al otro lado del patio, contra el cielo de junio.

Orsenigo seguía de pie, junto a la puerta. Pacelli, junto al sillón.

Ninguno de los dos se atrevía a hablar.

Al fin, el Papa levantó la vista hacia Pacelli.

—Eminencia —dijo, en voz muy baja—. ¿Sabe usted cuándo fue la última vez que un emperador y dos reyes pidieron a un Papa que eligiera un rey?

Pacelli tardó en contestar.

—No, Santidad.

—Yo tampoco. —El Papa volvió a mirar la carta—.

Creo que hay que remontarse a la Edad Media.

A Inocencio III. A Gregorio VII. A cuando los Papas hacían y deshacían reyes y los reyes iban a Canossa descalzos en la nieve a pedir perdón.

Desde entonces, eminencia, los reyes han hecho y deshecho Papas.

O los han ignorado. O los han encerrado.

Napoleón encerró a Pío VII en Savona cinco años.

Víctor Manuel nos quitó Roma. Bismarck nos hizo la guerra durante diez años en Alemania.

Movió la cabeza.

—Y ahora un emperador alemán, el más poderoso de Europa, que se coronó sin obispo, sin aceite, sin altar, que no ha pedido nunca nada a la Iglesia, me escribe en latín para pedirme que elija un rey para España.

Y me dice que acatará lo que yo decida. —Hizo una pausa—.

Con dos reyes católicos firmando con él.

Dejó la carta sobre la mesita.

—Eminencia —dijo—, cierre la puerta.

Pacelli fue a cerrarla.

—Orsenigo —dijo el Papa—. Gracias. Váyase a descansar. Ha hecho un buen trabajo.

Orsenigo se inclinó y salió.

Pacelli cerró la puerta detrás de él. Se volvió.

El Papa estaba mirando la carta otra vez. Y Pacelli vio que tenía los ojos húmedos.

—Siéntese, Eugenio —dijo el Papa. Era la primera vez en años que lo llamaba por su nombre—. Esto va a llevar tiempo.