Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XXXVI — Canossa al revés
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CAPÍTULO XXXVI — Canossa al revés

Ciudad del Vaticano. Palacio Apostólico. Biblioteca privada del Papa.

Pacelli se sentó.

En la silla de respaldo recto que había junto a la mesita, frente al sillón del Papa. La silla de los secretarios, la de los que venían a despachar. Se sentó con la espalda recta, las manos juntas sobre las rodillas, la sotana roja de cardenal cayéndole sobre los zapatos negros, y esperó.

El Papa no habló durante un rato largo. Tenía la carta sobre la manta, en el regazo, y la miraba sin leerla. Por la ventana entraba la luz de junio, blanca, sobre el patio de San Dámaso. Se oían, abajo, los pasos de la Guardia Suiza en el relevo de las once y media.

—Eugenio —dijo al fin el Papa—. Dígame lo que piensa. Todo. Sin diplomacia. Hoy no le pido al secretario de Estado. Le pido a usted.

Eugenio Pacelli tenía sesenta años. Era alto, delgadísimo, de una delgadez de asceta, con la cara larga y pálida, la nariz fina y ganchuda de los romanos viejos, gafas redondas de montura metálica y unas manos largas, blanquísimas, que movía al hablar como si bendijera.

Había nacido en Roma, en una familia de juristas al servicio de los Papas desde hacía tres generaciones.

Había sido nuncio en Múnich y en Berlín doce años.

Hablaba alemán como un alemán. Había negociado concordatos con Baviera, con Prusia, con Baden, con el Reich de Hitler.

Era el diplomático más hábil que la Santa Sede había tenido en un siglo.

Y no sabía qué decir.

—Santidad —dijo al fin—. Pienso que es una trampa.

El Papa levantó la vista.

—Siga.

* * *

—Lea las firmas, Santidad. —Pacelli se inclinó un poco hacia delante—. No las de los reyes. Lea los títulos que ha escrito cada uno debajo.

El Papa los leyó. En voz alta.

— Alfonso, Rey de España. —Hizo una pausa—. Otto, Archiduque de Austria, aspirante a los tronos de Austria y de Hungría, jefe de la Casa de Habsburgo. —Otra pausa—. Konrad, Emperador de Alemania.

— Aspirante a los tronos de Austria y de Hungría —repitió Pacelli—.

Santidad, la carta habla de España. Solo de España.

Pero el Archiduque ha firmado como aspirante a Austria y a Hungría.

¿Por qué? Nadie le ha pedido que lo haga.

En una carta sobre España, un Habsburgo firma como aspirante a Austria y a Hungría.

El Papa no contestó.

—Porque alguien le ha dicho que lo será —dijo Pacelli—. Y él, que es un hombre honrado, no ha querido firmar con menos títulos de los que sabe que le van a ofrecer.

—¿Usted cree que ese hombre de Berlín le ha ofrecido Austria y Hungría?

—Yo creo que le ha ofrecido más, Santidad.

—Pacelli se quitó las gafas—. El nuncio Orsenigo me ha dicho esta mañana, en mi despacho, antes de traerle la carta, una cosa que ha oído en Berlín.

Que no sabe si es verdad. Que en el Estado Mayor del Königliches Heer se habla, en voz muy baja, de cinco coronas .

El Papa se quedó inmóvil.

—Cinco —dijo.

—España. Austria. Hungría. Bohemia. Y lo que hoy es Yugoslavia, o parte de ella. —Pacelli volvió a ponerse las gafas—. La corona de Carlos V, Santidad. Menos Flandes y las Indias.

* * *

El Papa dejó la carta sobre la mesita. Se quitó la manta de las rodillas. Se levantó.

Pacelli se levantó también, por reflejo.

—Siéntese, Eugenio.

Pacelli volvió a sentarse.

El Papa fue hasta la ventana. Se quedó de pie, con las manos a la espalda, mirando la cúpula de San Pedro.

—Eso no está en la carta —dijo, sin volverse.

—No, Santidad.

—La carta habla de España. Solo de España.

Me pide que elija entre dos reyes católicos para España.

Y usted me dice que, si elijo al Habsburgo, estoy bendiciendo un imperio católico de setenta millones de almas desde Gibraltar hasta Belgrado.

Con un rey de veintitrés años que debe su corona a un emperador alemán.

Y que eso significa la guerra con Checoslovaquia, con Yugoslavia, con Rumanía, con Francia.

—Eso le digo, Santidad.

—Y si elijo al Borbón…

—Si elige al Borbón, Santidad, elige a un hombre que dejó su trono en el 31 sin luchar.

Que tuvo varios hijos naturales con distintas mujeres mientras estaba casado.

Que firmó la dictadura de Primo de Rivera y luego dejó caer a Primo de Rivera cuando le convino.

Que es primo de todos los reyes de Europa y amigo de ninguno.

Y que lleva cinco años en un hotel de Roma, a dos kilómetros de aquí, sin que nadie en España pida que vuelva.

El Papa se volvió.

—Usted no quiere a ninguno de los dos.

Pacelli tardó en contestar.

—Yo no quiero que la Santa Sede elija, Santidad. Esa es mi respuesta. La única que puedo darle como secretario de Estado.

* * *

—Pero yo no le he preguntado al secretario de Estado —dijo el Papa—. Le he preguntado a Eugenio.

Pacelli bajó la vista.

El Papa volvió al sillón. Se sentó. No se puso la manta.

—Eugenio. Hace setecientos años, un Papa podía hacer esto.

Inocencio III daba y quitaba coronas. Coronó a reyes en Aragón, en Bulgaria, en Inglaterra.

Excomulgó a Juan sin Tierra y le obligó a entregarle Inglaterra como feudo de la Santa Sede.

Gregorio VII hizo esperar a un emperador alemán, descalzo, en la nieve, tres días, delante del castillo de Canossa, antes de levantarle la excomunión.

Y Alejandro VI repartió el mundo entre España y Portugal con una línea en un mapa.

—Lo sé, Santidad.

—Y desde entonces, ¿qué? —El Papa movió la mano—.

Desde entonces, los reyes nos han tratado como a un obispo más.

Nos han usado cuando les convenía y nos han ignorado cuando no.

Felipe el Hermoso mandó abofetear a Bonifacio VIII en Anagni.

Carlos V, el mismo de las cinco coronas, saqueó Roma en el 27 con sus lansquenetes alemanes y tuvo al Papa encerrado siete meses en el castillo de Sant’Angelo.

Napoleón se llevó a Pío VII a Francia y lo tuvo cinco años preso.

Víctor Manuel nos quitó Roma. Bismarck nos hizo la guerra diez años.

Y hace siete años yo tuve que firmar con Mussolini un tratado para que se nos reconociera el derecho a tener un Estado de cuarenta y cuatro hectáreas.

Cogió la carta otra vez.

—Y ahora un emperador alemán. El más poderoso desde Carlos V.

Que ha tomado su país en una mañana y lo ha cambiado entero en cinco meses.

Que tiene setenta mil soldados en sus fronteras y un ejército que nadie en Europa sabe de dónde ha salido.

Que se coronó sin un obispo. —Levantó la carta—.

Me escribe a mí. En latín. Y me dice: no tengo derecho .

Y me dice: juzga tú . Y me dice: acataré lo que decidas .

Se quedó callado.

—Eugenio, eso es Canossa al revés. Ningún emperador ha venido a Canossa en setecientos años. Y este viene sin que nadie le haya excomulgado. Viene solo. Y además trae a dos reyes con él.

* * *

—Por eso pienso que es una trampa, Santidad —dijo Pacelli.

El Papa lo miró.

—Explíquemela.

Pacelli se inclinó hacia delante.

—Santidad. Ese hombre no necesita a la Iglesia. Lo ha demostrado. Se coronó sin ella. Gobierna sin ella. Ha juzgado a Hitler sin ella. Ha derogado las leyes raciales sin ella. Todo lo que ha hecho, lo ha hecho solo. Y de pronto necesita al Papa para elegir un rey de España. ¿Por qué?

—Dígamelo usted.

—Porque si el Papa elige al Habsburgo, la Iglesia queda atada a su proyecto.

A las cinco coronas. Y cuando mañana el Habsburgo reclame Austria, y pasado mañana Hungría, y el otro Bohemia, y el otro los Balcanes, ese hombre dirá: el Papa lo eligió .

Y cada guerra que haga para ponerle esas coronas en la cabeza será una guerra bendecida por Roma.

—Pacelli se quitó las gafas—. Y si el Papa elige al Borbón, ese hombre dirá: el Papa eligió, y yo acaté .

Y quedará ante toda Europa como el primer emperador en setecientos años que se ha sometido al juicio de la Iglesia.

Con todo el prestigio que eso le da entre trescientos millones de católicos.

Se volvió a poner las gafas.

—En los dos casos gana él, Santidad. Y la Iglesia pierde algo. O su independencia o su neutralidad.

El Papa se quedó un rato callado.

—Es usted un diplomático extraordinario, Eugenio —dijo al fin.

—Gracias, Santidad.

—No era un elogio. —El Papa movió la cabeza—. Es usted un diplomático extraordinario y no ha leído la carta.

Pacelli se quedó inmóvil.

—Léala otra vez —dijo el Papa—. En voz alta. La frase del medio.

Pacelli cogió la carta. La buscó.

— Te pedimos que juzgues. No como juez de la tierra, que no lo eres, sino como padre de los católicos, que lo eres.

—Otra vez.

— No como juez de la tierra, que no lo eres.

— Que no lo eres —repitió el Papa—. Eugenio, un hombre que quiere atar a la Iglesia a su proyecto no le escribe al Papa no eres juez de la tierra .

Le escribe Santo Padre, vicario de Cristo, pastor supremo, árbitro de las naciones cristianas .

Le adula. Le da un poder que no tiene, para que luego lo use a su favor.

—Hizo una pausa—. Este no. Este me dice lo que no soy.

Me recuerda que no soy juez de la tierra.

Que no tengo derecho a dar coronas. Igual que él no lo tiene.

»Y luego me pide que lo haga igual. No como juez. Como padre.

* * *

El Papa se levantó otra vez. Esta vez no fue a la ventana. Fue a la estantería, a la de los libros de su juventud, los de la Ambrosiana de Milán. Buscó con la mano un volumen sin mirar. Lo sacó. No lo abrió. Lo tuvo en la mano.

—Eugenio. Usted conoce a Alfonso.

—Le conozco, Santidad. Le he visto muchas veces.

—Yo también. —El Papa volvió al sillón con el libro—.

Viene a misa en Santa María la Mayor todos los domingos.

A la capilla Borghese. Se sienta en el último banco, solo, sin escolta, con un abrigo gris, y nadie lo reconoce.

Le he visto desde la sacristía. Es un hombre que ha pecado mucho.

Lo sé. Lo sabe toda Roma. Mujeres. Hijos que no son de su esposa.

Dinero. Política. Un rey que firmó una dictadura y que luego se fue sin pelear.