CAPÍTULO XXXVI — Canossa al revés #2
—Sí, Santidad.
—Y en el 19, en el Cerro de los Ángeles, en el centro geográfico de España, consagró España entera al Sagrado Corazón de Jesús.
De pie, delante de un monumento de piedra, con el gobierno detrás.
Leyó él la fórmula. Con su voz. Ningún otro rey de Europa lo hizo nunca.
Ni antes ni después. Y los milicianos de la República lo fusilaron hace diez días.
El monumento. Lo dice el Osservatore de esta mañana.
Una fila de milicianos con fusiles fusilando una estatua de Cristo. Y luego la dinamitaron.
Pacelli no dijo nada.
—Y Alfonso, en su carta a ese hombre, le escribió que dejó la corona en el 31 para no derramar sangre española. Y que se equivocó. —El Papa movió la cabeza—. Me equivoqué, quizá. Un rey que escribe eso a otro rey. Eugenio, ¿cuántos reyes conoce usted que hayan escrito me equivoqué ?
—Ninguno, Santidad.
—Yo tampoco. Hasta este mes, que he conocido dos. —El Papa se quedó mirando la carta—. Alfonso. Y el de Berlín, que le contestó tenéis razón .
* * *
—¿Y Otto, Santidad? —preguntó Pacelli.
El Papa no contestó enseguida.
—Otto es un santo —dijo al fin—. Un muchacho de veintitrés años que reza el rosario con su madre todas las mañanas en una capilla de un castillo alquilado en Bélgica.
Que se ha doctorado en Lovaina con una tesis sobre los campesinos.
Que habla seis lenguas. Que no ha tenido nunca un escándalo, ni uno, en un siglo en el que todos los príncipes los tienen.
Es el hijo de Carlos. Y Carlos fue el único jefe de Estado de la Gran Guerra que intentó hacer la paz.
Que escribió a Benedicto XV para que mediara.
Que murió pobre en Madeira, con treinta y cuatro años, perdonando a todos.
—Sí, Santidad.
—Si yo tuviera que elegir al mejor de los dos como hombre, Eugenio, elegiría a Otto. Sin dudarlo un segundo.
Pacelli esperó.
—Pero no me han pedido que elija al mejor hombre. —El Papa dejó el libro sobre la mesita, encima de la carta—. Me han pedido que elija al rey de España.
—España no conoce a Otto —dijo—. No sabe quién es.
No habla su lengua, aunque la aprenda en un mes, porque es de los que aprenden lenguas en un mes.
No tiene un solo pariente vivo en España.
Su casa la dejó hace doscientos treinta y seis años.
Y la dejó después de una guerra de trece años en la que media España luchó por los Habsburgo y la otra media por los Borbones.
Aragón, Cataluña y Valencia, por el archiduque Carlos.
Castilla, por Felipe de Anjou. Barcelona cayó en el 14.
Mil setecientos catorce. Y los catalanes todavía lo celebran como su día nacional, Eugenio. Como el día de su derrota.
Pacelli levantó la cabeza de golpe.
—Santidad…
—Ya lo sé —dijo el Papa—. Ya lo sé. Lo ha pensado usted también.
Un Habsburgo en Madrid. Después de doscientos años.
Con los catalanes, que perdieron su libertad cuando perdió un Habsburgo.
—Movió la cabeza—. Podría ser la reconciliación de España.
O podría ser la guerra de sucesión otra vez. Con Castilla del otro lado.
* * *
Se quedaron callados un rato.
Abajo, en el patio, la Guardia Suiza había terminado el relevo. Se oía, lejos, el ruido de Roma: tranvías, cláxones, campanas.
—Y está él —dijo Pacelli, en voz baja.
El Papa lo miró.
—Konrad —dijo Pacelli—. El de Berlín. Santidad, ¿qué piensa usted de él?
El Papa no contestó durante mucho tiempo. Miraba la carta. Las tres firmas.
—Pienso —dijo al fin— que es el hombre más peligroso que ha habido en Europa desde Napoleón.
Pacelli no dijo nada.
—Y pienso que es el único jefe de Estado de Europa que ha pronunciado en público las palabras testigo inmutable hablando de Dios y Imago Dei hablando del hombre.
Y que ha juzgado a Hitler sin matarlo. Y que ha sacado de los campos a cuatro mil personas.
Y que ha devuelto la ciudadanía a medio millón de judíos alemanes y les ha dicho a sesenta millones de alemanes que tienen que pagar por lo que les hicieron.
Y que ha dicho fuimos . —Se quitó las gafas—.
Y que ha mandado a un rey anciano en Holanda una carta para devolverle Prusia.
Y que se dejó poner una corona de hierro por un capitán que le dijo, delante de cien mil personas, que era polvo y que iba a ser juzgado.
Se volvió a poner las gafas.
—Y que bajó los ojos, Eugenio. Orsenigo lo vio. No la cabeza. Los ojos.
—No sé quién es —dijo el Papa—. No sé si es cristiano.
No sé si cree en Dios como lo creemos nosotros.
No sé si es un santo o un tirano o las dos cosas a la vez, como casi todos los grandes.
—Hizo una pausa—. Pero sé que es un hombre que sabe algo.
Algo terrible. Algo que lleva dentro y no puede decir a nadie.
Y que por eso ha buscado un testigo. Porque no puede cargarlo solo.
Se quedó mirando la ventana.
—Y ahora, Eugenio, me pide que sea yo ese testigo. En España.
* * *
—¿Qué va a hacer, Santidad? —preguntó Pacelli, al cabo de un rato.
El Papa cogió la carta de la mesita. La volvió a leer. Entera. Despacio. Movía los labios al leer, como hacía siempre con el latín.
Cuando terminó, la dobló con cuidado, por los mismos pliegues, y se la guardó en el bolsillo de la sotana blanca.
—No lo sé —dijo.
Pacelli esperó.
—No lo sé —repitió el Papa—. Y no voy a fingir que lo sé, Eugenio. Ni ante usted ni ante ellos. —Se levantó. Despacio. Apoyándose en el brazo del sillón—. Ese hombre dice en su carta: piénsalo el tiempo que necesites . Lo voy a pensar el tiempo que necesite.
—¿Y mientras tanto, Santidad?
—Mientras tanto, en España están matando curas.
—El Papa se quedó de pie, muy derecho—. Están quemando iglesias en Madrid, en Barcelona, en Málaga, en Valencia.
Están fusilando estatuas de Cristo. Están sacando de los conventos a monjas y violándolas en las calles.
Y en el otro bando, en Pamplona, en Sevilla, en Burgos, están fusilando a maestros, a sindicalistas, a alcaldes, a poetas, en las tapias de los cementerios, al amanecer, sin juicio.
Con los capellanes bendiciendo a los pelotones.
Se le quebró la voz.
—Mientras tanto, Eugenio, España se está matando a sí misma en el nombre de Dios. Por los dos lados. Y lo que me piden esos tres hombres es que elija quién se sentará en el trono cuando termine la matanza.
Se quedó callado.
—No voy a elegir rey para un cementerio —dijo, muy bajo—. Primero, que pare. Luego, veremos.
Pacelli se levantó.
—Santidad. ¿Qué contesto a Berlín?
El Papa lo miró mucho rato.
—Nada —dijo al fin—. Por ahora, nada. Que sepan que la carta ha llegado. Que el Papa la ha leído. Y que el Papa está rezando. Eso es verdad. Y es lo único que puedo decir que sea verdad.
* * *
Esa noche, a las once, el cardenal Pacelli bajó a la capilla privada del Papa, en el tercer piso del Palacio Apostólico, a buscar un breviario que se había dejado por la tarde.
La capilla estaba a oscuras. Solo había una vela encendida, la de la lámpara del sagrario.
Y delante del altar, de rodillas en el suelo de mármol, sin reclinatorio, sin almohadón, había un hombre vestido de blanco.
Pacelli se detuvo en la puerta.
El Papa no lo oyó entrar. O hizo como que no lo oía.
Estaba de rodillas, con las manos juntas, la cabeza baja.
No rezaba en voz alta. No movía los labios.
Estaba quieto. Completamente quieto. Como estaría un hombre de setenta y nueve años de rodillas en el mármol, delante de un sagrario, a las once de la noche, con una carta en el bolsillo de la sotana firmada por un emperador y dos reyes.
Pacelli no entró.
Se quedó en la puerta, en la oscuridad, mucho rato. Mirando la espalda blanca del Papa a la luz de la lámpara del sagrario.
Luego se fue sin hacer ruido. Sin el breviario.
Y en el pasillo, a oscuras, el secretario de Estado de la Santa Sede, el diplomático más hábil del siglo, se apoyó un momento contra la pared, se quitó las gafas y se frotó los ojos.
Pensó en un hombre en Berlín, en una casa barroca, delante de una mesa larga, escribiendo en latín no tengo derecho .
Pensó en un hombre en Roma, en una capilla a oscuras, de rodillas en el mármol, sin saber qué contestar.
Y pensó, por primera vez en su vida, que quizá los dos estaban haciendo lo mismo.