CAPÍTULO XXXVII — Cristiano
Europa.
En Europa todo se sabe.
No se sabía lo que decían las cartas. Eso no.
Ni una línea. Mahlberg había llevado la de Otto en mano, de paisano, y no había hablado con nadie.
Attolico había entregado la de Alfonso en la casa barroca sin abrirla.
Orsenigo había llevado la del Papa en el interior de la sotana, en el tren nocturno de Múnich a Roma, y no se había quitado la sotana en toda la noche.
Pero se sabía que había cartas.
Se sabía que un coronel del Estado Mayor del Königliches Heer había estado cuarenta minutos de pie en el vestíbulo del castillo de Ham, en Steenokkerzeel, el miércoles 3.
Lo sabía la gendarmería belga, que vigilaba el castillo desde que la familia imperial vivía allí.
Se sabía que el embajador de Italia en Berlín había entregado en mano, en la casa barroca, una valija que venía de Roma, del Gran Hotel, de la suite del rey de España.
Lo sabían los porteros del Gran Hotel, que sabían todo lo que entraba y salía de la suite.
Se sabía que el nuncio en Berlín había salido el sábado 13 por la noche para Roma, sin secretario, sin equipaje, en un tren nocturno, y que el martes 16 por la mañana había entrado en el Palacio Apostólico por la puerta de Santa Ana sin pasar por la Secretaría de Estado.
Lo sabían los guardias suizos, y los guardias suizos tienen primos.
Y se sabía otra cosa. La que todos sabían.
Que la flota alemana entera se había reunido en Wilhelmshaven en tres días. Los tres acorazados de bolsillo. Los cruceros. Los destructores. Doce mercantes grandes de la Hapag y de la Lloyd, requisados.
Y que una división de asalto del Königliches Heer, la séptima, se había movido cuatrocientos kilómetros, desde sus cuarteles hasta el puerto de Wilhelmshaven, en treinta y seis horas. Sin un solo tren. Por sus propios medios. Por la autopista.
Y que el viernes 5 de junio, con la marea de la mañana, la flota había zarpado.
Hacia el oeste. Hacia el Canal. Hacia el golfo de Vizcaya.
Todos sabían adónde iba.
* * *
Londres. Almirantazgo. Viernes, 5 de junio, 14:00 hrs.
El almirante Chatfield recibió el informe del avión de reconocimiento a las dos de la tarde.
Un hidroavión de la RAF había despegado de Felixstowe a las diez de la mañana para patrullar el Mar del Norte. A las doce y media, a ochenta millas al noroeste de Texel, había visto la flota.
El informe del piloto era seco, técnico, con las cifras exactas. Tres acorazados de bolsillo de la clase Deutschland . Seis cruceros ligeros. Dieciocho destructores y torpederos. Doce mercantes grandes, en dos columnas, en el centro de la formación. Rumbo dos-cuatro-cero. Velocidad, catorce nudos.
Y al final, una frase que no era técnica, que el piloto había añadido a mano:
Sobre las cubiertas de los mercantes se veían carros de combate. Cientos. Trincados en filas. Con lonas grises. Y sobre las lonas, pintado en blanco, un escudo con una llave.
Chatfield dejó el informe sobre la mesa.
—Rumbo dos-cuatro-cero —dijo—. Hacia el Canal.
Su jefe de operaciones asintió.
—Pasarán por el Paso de Calais mañana por la noche, señor. Si mantienen la velocidad.
—Por el Paso de Calais. —Chatfield se quedó mirando el mapa de la pared—. Una flota alemana entera. Con una división de carros a bordo. Pasando por el Canal de la Mancha. A veinte millas de Dover.
—Sí, señor.
—No ha pasado eso desde… —Chatfield se detuvo—. No ha pasado nunca.
—¿Y la Home Fleet?
—En Scapa Flow, señor. Y en Portsmouth. Los acorazados de Portsmouth pueden estar en el Canal mañana por la tarde.
Chatfield no contestó enseguida.
Pensó en el Attila der Hunne , a medio construir en la grada de Wilhelmshaven, del que tenía las fotografías en el cajón.
Pensó en el telegrama de Phipps sobre la coronación.
Pensó en la palabra Ferrol , que ningún alemán había dicho en voz alta pero que todo el Almirantazgo había dicho en voz baja desde el lunes.
—Que salgan —dijo al fin—. Los de Portsmouth. Que se pongan en el Canal. A la vista. No a cerrarles el paso. A mirar. Que los alemanes vean que los estamos mirando. Y que pasen.
—¿Que pasen, señor?
Chatfield se volvió.
—Comandante, ¿usted quiere ser el oficial de la Royal Navy que dispare el primer cañonazo contra una flota alemana que lleva una división de carros a España para apoyar a un rey católico, mientras nuestro gobierno manda voluntarios a apoyar a una república que está quemando iglesias?
El jefe de operaciones no contestó.
—Yo tampoco —dijo Chatfield—. Que pasen.
* * *
Londres. Foreign Office. Sábado, 6 de junio, 10:00 hrs.
Vansittart entró en el despacho de Eden sin llamar, con tres papeles en la mano.
—Anthony. Tres cosas.
Eden levantó la vista.
—Una. La flota alemana está pasando por el Canal ahora mismo.
Chatfield ha mandado a los acorazados de Portsmouth a mirarla.
Solo a mirarla. —Dejó el primer papel—. Dos.
El embajador belga me ha contado esta mañana, en confianza, que un coronel alemán estuvo el miércoles en el castillo de Ham.
Con los Habsburgo. —Dejó el segundo—. Y tres.
El cónsul en Roma dice que el embajador italiano en Berlín, Attolico, ha hecho de correo entre Alfonso de Borbón y la casa barroca. Dos veces.
Eden se quedó mirando los tres papeles.
—Habsburgo —dijo—. Borbón. Y una flota hacia España.
—Sí.
—¿Qué está haciendo, Van?
Vansittart se sentó. Se quitó las gafas.
—Está buscando un rey para España —dijo—. Eso está claro. Lo que no está claro es cuál. Y lo que me quita el sueño, Anthony, no es cuál. Es que ha escrito a los dos.
—¿A los dos?
—A los dos. Al Habsburgo y al Borbón. —Vansittart volvió a ponerse las gafas—. Un hombre que quiere imponer un rey escribe a uno. Al suyo. Un hombre que escribe a los dos está haciendo otra cosa. Está negociando. O está consultando. O… —Se detuvo.
—¿O qué?
—O está buscando a alguien que decida por él. Y el único que puede decidir entre un Habsburgo y un Borbón, Anthony, para una corona católica, es uno.
Eden lo miró.
—¿El Papa?
—No lo sé. —Vansittart se encogió de hombros—.
Pero si yo estuviera en su lugar, y tuviera dos reyes católicos y ningún derecho, es a Roma adonde escribiría.
—Hizo una pausa—. Y si es eso, Anthony, ese hombre está haciendo algo que no ha hecho ningún emperador desde la Edad Media.
Y no sé si es lo más inteligente que he visto en mi vida o lo más peligroso.
* * *
París. Quai d’Orsay. Lunes, 8 de junio, 11:00 hrs.
En París había un gobierno nuevo desde el jueves 4. El de Léon Blum. El primer presidente del Consejo socialista de la historia de Francia. Y el primer judío.
Su ministro de Asuntos Exteriores, Yvon Delbos, un radical del Périgord, prudente, de bigote gris, llevaba cuatro días en el cargo y ya tenía sobre la mesa más papeles de los que había visto en toda su carrera.
Los extendió delante de Blum, en el despacho del Quai d’Orsay, el lunes 8 a las once.
—La flota alemana pasó el Paso de Calais el sábado por la noche.
Los ingleses no hicieron nada. Solo mirarla.
Hoy está en el golfo de Vizcaya. Llegará a Ferrol esta noche o mañana.
—Delbos dejó el primer papel—. Ferrol está en manos de los sublevados desde el miércoles 27.
Es una base naval. Con diques, grúas y profundidad.
Una división acorazada alemana puede desembarcar allí en dos días.
Blum escuchaba de pie, junto a la ventana, con las manos largas a la espalda.
—Y hay otra cosa, señor presidente. —Delbos dejó el segundo papel—.
Nuestro embajador en Bruselas informa de que la casa de Habsburgo, en Steenokkerzeel, recibió el miércoles 3 a un enviado del Estado Mayor alemán.
Y nuestro embajador en Roma informa de que el rey Alfonso ha recibido una valija de Berlín, a través de la embajada italiana, y ha mandado otra.
Blum se volvió.
—Un Habsburgo y un Borbón —dijo.
—Sí, señor presidente.
—¿Para España?
—Eso parece.
Blum se quedó un rato callado. Luego se sentó. Era la primera vez en toda la mañana que se sentaba.
—Delbos —dijo—. Hace tres semanas, en Le Populaire , escribí que lo que ese hombre hizo en febrero era justo pero no legítimo. Que ningún hombre debería tener el poder de hacer en una mañana lo que hizo él.
—Lo recuerdo, señor presidente.
—Ahora estoy en el poder. —Blum se quitó los quevedos—.
Y tengo sobre la mesa la decisión de mandar voluntarios franceses a España a pelear contra una división alemana que va a poner a un rey en Madrid.
Un rey católico. Puesto por un emperador que ha derogado las leyes raciales, que ha sacado a los judíos de los campos, que ha dicho fuimos .
—Se frotó los ojos—. Contra un rey. A favor de una república que está quemando iglesias y fusilando curas.
Delbos no dijo nada.
—Yo soy socialista, Delbos. Y judío. Y francés. —Blum se volvió a poner los quevedos—. Y no sé de qué lado de esta guerra está la justicia. Por primera vez en mi vida, no lo sé.
* * *
Varsovia. Palacio Brühl. Martes, 9 de junio, 10:00 hrs.
El coronel Józef Beck había hecho poner sobre su mesa un mapa de Europa del sur. España. Italia. Austria. Hungría. Checoslovaquia. Yugoslavia. Rumanía.
Y había marcado con lápiz rojo, en el mapa, cuatro puntos.
Ferrol. Steenokkerzeel. Roma. Berlín.
—Una flota a Ferrol —dijo, a su jefe de gabinete—. Un coronel a los Habsburgo. Un embajador italiano de correo para el rey Alfonso. Un nuncio en el tren de Roma.
—Sí, señor ministro.
Beck se quedó mirando el mapa.
—Los Habsburgo —dijo—. ¿Sabe lo que significa eso para nosotros, señor jefe de gabinete?
—Señor ministro…