Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XXXVII — Cristiano #2
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CAPÍTULO XXXVII — Cristiano #2

—Significa que, si ese hombre pone a un Habsburgo en el trono de España, el siguiente paso es Viena.

Y después de Viena, Budapest. Y después de Budapest…

—Puso el dedo en el mapa, en Checoslovaquia—.

Aquí. Y aquí. —Lo movió a Yugoslavia—. Y lo que se reparta en esas dos.

Y Polonia, señor jefe de gabinete, fue en parte austríaca durante ciento veinte años. Galitzia. Cracovia. Lwów.

El jefe de gabinete se quedó pálido.

—¿Cree usted que…?

—No creo nada. —Beck encendió un cigarrillo—. No sé nada. Nadie sabe nada. Solo sé que ese hombre no hace nada sin una razón. Y que esta semana ha hecho cuatro cosas, en cuatro países, y que las cuatro tienen que ver con coronas.

Echó el humo.

—Y que Polonia no tiene corona. Y que eso, de pronto, me parece una debilidad.

* * *

Praga. Castillo de Hradčany. Miércoles, 10 de junio, 16:00 hrs.

Beneš no dijo nada cuando le dieron el informe.

Lo leyó entero. Steenokkerzeel. Roma. Ferrol. El nuncio. Y luego lo dejó sobre la mesa, se quitó las gafas y se quedó mucho rato mirando la ventana. La ventana daba a la ciudad, a los tejados rojos de Malá Strana, a las cúpulas, al Moldava.

Había construido aquel país. Él y Masaryk.

Desde la nada, en 1918, sobre las ruinas del Imperio de los Habsburgo.

Había pasado diecisiete años levantando un muro de tratados alrededor: con Francia, con Rumanía, con Yugoslavia, con la Unión Soviética.

La Pequeña Entente. Una alianza que tenía un solo objetivo, escrito en ningún sitio y sabido por todos: que los Habsburgo no volvieran nunca.

Y ahora un emperador alemán, que tenía setenta mil soldados en las fronteras, una división en los Montes Metálicos y una flota camino de España, había mandado a un coronel al castillo de los Habsburgo.

—Señor presidente —dijo su secretario, al cabo de mucho rato—. ¿Qué hacemos?

Beneš se volvió a poner las gafas.

—Llame a Belgrado —dijo—. Y a Bucarest. Hoy. Convocatoria urgente del Consejo Permanente de la Pequeña Entente. —Hizo una pausa—. Y a Moscú.

—¿A Moscú, señor presidente?

—A Moscú —dijo Beneš—. Si ese hombre va a poner a los Habsburgo otra vez en Europa central, solo hay un ejército en el mundo que pueda impedirlo. Y no es el francés.

* * *

Berlín. Wilhelmstraße 76. Auswärtiges Amt. Jueves, 11 de junio, 17:00 hrs.

En el Auswärtiges Amt, el secretario de Estado Bernhard von Bülow tenía sobre la mesa catorce peticiones de audiencia de catorce embajadores. Todas del mismo día. Todas con la misma pregunta, formulada de catorce formas distintas.

¿Qué está pasando con España?

Bülow no lo sabía.

Lo había preguntado en la casa barroca el lunes.

Ewers le había dicho que Su Majestad no tenía nada que comunicar al Ministerio de Asuntos Exteriores sobre ese asunto.

Lo había preguntado en el Bendlerblock el martes.

Hollenbach le había dicho que la operación de la 7.

Sturmdivision era un asunto militar y que el Estado Mayor no hacía declaraciones.

Lo había preguntado al embajador italiano el miércoles, porque sabía que Attolico había hecho de correo.

Attolico le había contestado, con una sonrisa, que un embajador no lee las cartas que lleva.

Bülow había recibido a los catorce embajadores esa tarde, uno a uno, durante cinco horas.

A los catorce les había dicho lo mismo: que el Ministerio no tenía instrucciones, que Su Majestad comunicaría su posición cuando lo considerara oportuno y que el Imperio no tenía intención de alterar el equilibrio europeo.

François-Poncet, el francés, el último de los catorce, lo había escuchado con su sonrisa torcida. Al final le había dicho, en voz baja, levantándose:

—Bülow, nos conocemos desde hace cinco años. Dígame una cosa, de hombre a hombre. ¿Usted sabe algo?

Bülow lo había mirado.

—No, François. No sé nada. Y es la primera vez en veinticinco años de carrera que estoy contento de no saber algo.

François-Poncet lo había mirado un momento más.

—¿Por qué?

—Porque, si supiera lo que va a hacer ese hombre —había dicho Bülow—, tendría que decírselo a usted. Y no estoy seguro de que quisiera.

* * *

Berlín. Behrenstraße. Ministerio de Economía. Jueves, 11 de junio, 19:00 hrs.

Schacht, en su despacho, escribía una carta a Montagu Norman, a Londres. La rompió dos veces.

La tercera vez la terminó.

Querido Montagu:

Me preguntas qué está pasando con España y con las coronas. No lo sé. Te lo digo con la misma franqueza con la que te dije en Basilea lo de los efectos Mefo.

Lo único que sé es esto. Desde enero he visto a ese hombre hacer muchas cosas. Algunas, imposibles. Otras, absurdas. Todas, hasta ahora, con un propósito que he entendido después, nunca antes.

Y en cinco meses no le he visto nunca pedir permiso a nadie. Ni a los generales, ni a los ministros, ni a los embajadores, ni a mí.

Esta semana, según me dicen, se lo ha pedido al Papa.

Saca tus propias conclusiones. Yo no he conseguido sacar las mías.

Hjalmar.

* * *

Berlín. Bendlerblock. Miércoles, 17 de junio de 1936, 11:00 hrs.

Los oficiales estaban todos en el edificio. Deliberando.

En la sala grande del segundo piso, la de la herradura.

Llevaban desde las nueve. Había mapas de España en las paredes, mapas de Europa central, mapas del Mediterráneo.

Había tazas de café vacías en todas las mesas.

Había humo: Dönitz, Galland, que había venido de Pomerania a despedirse antes de embarcar con la segunda tanda de biplanos, y Kesselring fumaban.

Había papeles con cifras: tonelajes, divisiones, distancias, días.

La 7. Sturmdivision había desembarcado en Ferrol el martes 9. Sin incidentes. Feßmann había mandado un telegrama de una línea: Desembarco completado. Ni un carro perdido. La Überwasserflotte cumplió. Raeder lo había leído en voz alta en la cantina y había estado a punto de sonreír.