Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XXXVII — Cristiano #3
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CAPÍTULO XXXVII — Cristiano #3

Y ahora, desde hacía dos horas, discutían lo que nadie sabía.

Las cartas.

Leeb, en mangas de camisa, de pie junto al mapa de Europa central, estaba diciendo algo sobre Hungría cuando se abrió la puerta.

Entré.

* * *

Se levantaron todos. Las sillas chirriaron contra el suelo. Los que estaban de pie se cuadraron. Dönitz aplastó el cigarrillo en el cenicero. Galland, que no estaba acostumbrado, se cuadró con un segundo de retraso, el puro todavía en la mano.

—Caballeros —dije—. Sentaos.

Se sentaron.

Yo me quedé de pie. A la cabecera de la herradura. Con el capote gris, que no me había quitado.

—Esto será rápido.

Hice una pausa. Los miré. Veintiséis caras. Las ojeras. Los mapas. Las tazas vacías. El humo. Leeb, que había vuelto a su silla en mangas de camisa. Beck, con su libreta. Manstein, con los ojos de párpados pesados fijos en mí. Bock, muy recto.

—Oh, no —dije.

Algunos sonrieron. Pocos. Rommel, al fondo. Guderian. Hollenbach, junto a la puerta, bajó la vista.

No iba a ser rápido. Lo supe al verles las caras. Lo supe al ver los mapas de Europa central en las paredes y a Leeb de pie junto al de Hungría. Sabían algo. O intuían algo. Y habían pasado dos horas intentando adivinar el resto.

—¿Qué opináis —pregunté— de lo que va a hacer esta nación?

* * *

Durante un segundo, dos, tres, la sala se quedó en silencio.

Luego, en el lado izquierdo de la herradura, se levantó una mano.

Rápida. Recta. Como la de un alumno en clase.

Era Leeb.

Se había levantado a medias de la silla, en mangas de camisa, con la mano derecha en alto. Tenía la cara redonda de bávaro muy pálida.

—Antes, Majestad —dijo—. ¿Puedo hacer una pregunta?

Hizo una pausa.

—Una pregunta que no sé si tengo derecho a hacer.

Lo miré.

Los demás también lo miraban. Nadie se movía. Beck había dejado de escribir. Bock se había vuelto en la silla. Manstein no apartaba los ojos de mí.

—Por supuesto, Herr Generaloberst.

Leeb bajó la mano. Se quedó de pie junto a su silla.

Tragó saliva.

—Majestad —dijo—. ¿Es usted católico? ¿Luterano? ¿O reformado?

* * *

La sala se quedó tan quieta que se oyó, lejos, por la ventana entreabierta, un tranvía cruzando el puente del Landwehrkanal.

Nadie me había hecho esa pregunta nunca. En cinco meses. Ni Hollenbach, ni Beck en el canal, ni los ministros, ni el nuncio. Ni siquiera el Papa, que la habría tenido que hacer antes que nadie.

Y era la pregunta. La que estaba debajo de todas las demás. Debajo del testigo inmutable de la Wilhelmplatz, debajo del que sois polvo de la Puerta de Brandeburgo, debajo de la Imago Dei , debajo de la carta en latín al Papa. Debajo de las cinco coronas.

Leeb la había hecho. Un bávaro católico, en mangas de camisa, con un rosario en el bolsillo del pantalón, de pie en una sala del antiguo Ministerio de la Guerra prusiano.

Lo miré un rato largo.

Luego contesté.

—Soy cristiano.

Silencio.

—Mi fe —seguí—, mi dogma, mi doxología, mi teología, mi eclesiología, mi soteriología, son mi convicción personal. Tras mi estudio privado.

* * *

Nadie dijo nada.

Leeb se quedó de pie, inmóvil, con la boca un poco abierta.

Había esperado una de tres palabras. Católico.

Luterano. Reformado. Las tres que había dicho.

Las tres en las que se dividía la Alemania cristiana desde hacía cuatrocientos años.

Las tres que separaban a Baviera de Prusia, a Leeb de Bock, a Weichs de Rundstedt.

Las tres que habían hecho la guerra de los Treinta Años, que habían quemado medio país, que habían decidido durante tres siglos quién se casaba con quién, quién mandaba en qué regimiento, quién podía ser profesor en qué universidad.

Y le había contestado con otra.

Cristiano.

Sin adjetivo. Sin iglesia. Sin confesión.

Y luego seis palabras más. Fe. Dogma. Doxología. Teología. Eclesiología. Soteriología. Las seis palabras de los seminarios, de las facultades de teología, de los concilios. Lo que se cree. Lo que se enseña. Cómo se alaba. Cómo se piensa a Dios. Qué es la Iglesia. Cómo se salva el hombre.

Todo eso, mi convicción personal .

Tras mi estudio privado.

No había dicho la Iglesia me enseña . No había dicho mis padres me educaron . No había dicho mi confesor me guía . Había dicho que lo había estudiado solo. Y que había llegado solo a lo que creía.

Beck, en su silla, cogió el lápiz. Abrió la libreta de tapas negras por una página nueva. No escribió nada. Se quedó con el lápiz suspendido sobre el papel.

Raeder, luterano, de los de antes, de los que leían la Biblia en voz alta después de cenar, cerró los ojos un momento.

Bock se había quedado completamente quieto. Weichs, católico como Leeb, se santiguó, pequeño, rápido, con el pulgar.

Y Leeb, de pie, en mangas de camisa, con la cara redonda de bávaro, me miró como no me había mirado nunca. Ni en la tienda de Tempelhof, ni en la Puerta de Brandeburgo, ni en la Wilhelmplatz.

Me miró como se mira a un hombre que acaba de decir en voz alta algo que uno ha pensado en secreto toda la vida y no se ha atrevido nunca a decir.

Luego, muy despacio, se sentó.