Una salus victis: Tierra Helada
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CAPÍTULO I — Tierra helada
Lo primero que sentí fue el frío.
No era el frío limpio de una mañana de invierno vista desde una ventana.
Era un frío que tenía peso, que se metía por las suelas y subía por los tobillos como agua.
Estaba de pie. No recordaba haberme puesto de pie.
No recordaba nada entre el instante anterior —una habitación, una luz, el siglo veintiuno con todo su ruido— y este: un campo arado, negro, con los surcos endurecidos por la helada, y un cielo sin estrellas que empezaba a aclararse apenas por el este.
Respiré. El aire olía a tierra congelada, a humo de leña lejano y a algo dulzón y agrio que tardé en reconocer: estiércol de vaca, esparcido sobre los surcos y vuelto escarcha.
Me quedé quieto. Es lo único que hice bien durante los primeros minutos.
A mi izquierda, a unos trescientos metros, una hilera de álamos desnudos marcaba un camino.
Más allá, una luz amarilla, una sola, en lo que debía de ser una granja.
Hacia el oeste, más lejos, el resplandor bajo y anaranjado que una ciudad grande proyecta contra las nubes.
Hacia el norte, otro resplandor, mucho mayor. Ese lo miré durante un rato largo.
Berlín.
No lo supe por ningún cartel. Lo supe como se saben las cosas en los sueños, salvo que esto no era un sueño. El frío no deja soñar.
Y supe la fecha. Domingo, veintiséis de enero de mil novecientos treinta y seis.
Lo supe con la misma certeza seca con que se conoce el propio nombre, y con esa misma certeza supe el resto: que Hindenburg llevaba un año y medio muerto; que el hombre que gobernaba aquella ciudad del resplandor se hacía llamar Führer; que dentro de seis semanas sus batallones cruzarían el Rin hacia Colonia con órdenes selladas de retirarse si los franceses se movían, y que los franceses no se moverían.
Supe lo que vendría después. Todo. Hasta el final, hasta las ruinas, hasta los números que ningún libro consigue hacer comprensibles.
Me agaché y toqué la tierra con la palma de la mano. Dura como el asfalto. La helada había entrado al menos un palmo.
Fue entonces cuando lo noté.
* * *
No sé describirlo de otra forma: había algo detrás de mí que no estaba detrás de mí.
Una presencia sin lugar. Como cuando uno sabe, sin mirar, que tiene la mano cerrada.
No era una voz ni una visión. Era una capacidad, y estaba ahí del mismo modo en que están ahí los músculos de un brazo que no se está usando.
Tenía las manos rojas de frío. Llevaba ropa que no era mía —un abrigo de lana gris, botas, guantes que no me había puesto— y aun así el frío pasaba. Pensé, con toda la sencillez de la que fui capaz: un abrigo más grueso .
No hubo luz ni sonido. Hubo peso. Sobre mis hombros, de pronto, la carga de un capote largo de paño, forrado, con el cuello alto de piel. Lo palpé. Botones de metal oscuro, sin águila, sin insignia. La lana era áspera y olía a nueva, a almacén.
Me quedé un rato con la mano sobre el paño, escuchando mi propia respiración.
Luego probé otra vez. Algo pequeño. Una cerilla. La tuve entre los dedos antes de terminar de pensarla. La froté contra la uña del pulgar, como había visto hacer en películas, y no prendió. La froté contra la suela de la bota. Prendió. La llama tembló un segundo y se apagó con el viento.
Entonces probé algo que no fuera pequeño.
No voy a mentir: el miedo llegó ahí. No miedo de lo que podía hacer, sino de la ausencia de resistencia.
Esperaba un límite. Esperaba un dolor, un cansancio, una advertencia, la sensación de estar gastando algo.
No había nada de eso. Pensé en un camión y supe que podía haber un camión.
Pensé en cien y supe que podía haber cien.
Pensé en una montaña de carbón del tamaño de la granja de los álamos y la sentí ahí, al alcance, igual de disponible que la cerilla.
No había fondo. Eso fue lo que me heló más que el campo.
Me senté sobre los surcos, con el capote nuevo debajo, y pensé.
Durante cuánto tiempo, no lo sé. El cielo del este pasó del negro al gris pizarra.
Un tren cruzó a lo lejos, hacia el oeste, sobre un terraplén que no había distinguido hasta que sus ventanillas iluminadas lo dibujaron: la línea de Dresde, rumbo a Berlín.
El sonido llegó tarde, un rumor de hierro amortiguado por la helada.
Pensé en lo que sabía y en lo que no sabía.
Sabía la historia. No sabía dónde estaba Hitler aquella mañana.
Sabía los nombres de los generales, sus caras de fotografía, sus memorias escritas después, con sus excusas.
No sabía sus voces. Sabía que la Wehrmacht de enero de 1936 era un ejército a medio construir, inflado a toda prisa, con divisiones que existían sobre el papel más que en los cuarteles, con carros que eran poco más que tractores con ametralladora.
Sabía que la ciudad tenía policía, tenía SS, tenía la Leibstandarte acuartelada en Lichterfelde, en el borde sur.
Sabía que nadie, en ninguna parte, esperaba nada.
Y sabía, porque lo sentía en la misma parte del cuerpo donde sentía el poder, que el poder no me iba a dar lo que yo necesitaba.
Podía crear un ejército. No podía crear el derecho a usarlo.
No podía crear que la gente de aquella ciudad me mirara y viera algo distinto de un invasor. No podía crear el tiempo.
Lo único que sí podía hacer era empezar.
Me levanté. Tenía las rodillas entumecidas. Miré el campo: llano, abierto, más de un kilómetro de surcos helados en todas direcciones hasta las líneas de árboles. Pensé en lo que necesitaba con toda la precisión de la que fui capaz. No en abstracto. Pensé en hombres.
Y los traje.
* * *
06:05 hrs.
Primero fue el sonido.
No el de los motores —los motores estaban fríos, callados—, sino el sonido de doce mil personas respirando en un mismo campo.
Un rumor bajo, enorme, que no se parece a nada.
Botas que se mueven sobre tierra helada.
Una tos. Otra. El tintineo metálico de una cantimplora contra un portafusil.
Una voz que dice algo en voz baja y otra que le contesta.
Luego, a medida que el gris del cielo crecía, las formas.
Estaban formados. Eso fue lo que me impresionó, antes que el número: estaban formados como si hubieran pasado la noche allí, como si llevaran horas esperando.
Hacia el este, en hileras largas que se perdían en la penumbra, los carros.
Desde donde yo estaba solo distinguía las siluetas: bajas, anchas, de líneas rectas, con la torreta cuadrada desplazada hacia atrás y el tubo del cañón apuntando al cielo en el mismo ángulo en todas.
El Panzerkampfwagen K36 , el PzKw-1: nueve toneladas y media en vacío, doce en orden de combate, blindaje soldado de 35 milímetros, cinco hombres de tripulación, un cañón de 4,6 centímetros y un motor diésel de 340 caballos que todavía no había arrancado.
Doscientos treinta. Delante de cada uno, de pie, su tripulación, con los gorros de invierno calados y las manos metidas bajo las axilas.
Más cerca, en bloques compactos, la infantería.
Junto a ella, los Kettenträger : los transportes ligeros de orugas, bajos y cuadrados como cajones de acero, con sus paredes blindadas a la altura de la cadera y la ametralladora montada en la proa sobre un soporte rectangular.
Detrás, en la línea de los álamos, las piezas de artillería enganchadas a sus tractores.
Los camiones. Las cocinas de campaña. Una ambulancia con la cruz roja pintada en un costado.
Las motos del reconocimiento, alineadas como en una revista.
Y todos, sin excepción, mirando hacia mí.
Nadie habló. Doce mil hombres en un campo helado al amanecer, y nadie habló. El vaho de sus respiraciones subía sobre las filas y se quedaba flotando a la altura de los cascos, como una niebla baja.
Desde el centro de aquella masa se destacó un grupo pequeño y vino hacia mí a pie. Un hombre delante y, detrás, a dos pasos, una fila de oficiales que fue alargándose a medida que se acercaban. Conté sin querer. Más de cincuenta. Sesenta, supe después.
El que venía delante se detuvo a cuatro metros.
Era alto, delgado, de unos cincuenta y tantos años, con un capote gris de cuello rojo y las solapas con las hojas doradas de general.
Llevaba la gorra de plato recta, sin ladear, y bajo ella una cara estrecha, de pómulos altos, con un bigote corto y gris recortado con exactitud.
Tenía los ojos muy claros. No miraban a mi alrededor ni al campo ni a la ciudad del horizonte. Me miraban a mí.
Se cuadró. El taconazo sonó seco sobre la tierra helada.
—Eure Majestät —dijo—. General der Infanterie von Hollenbach. La 1. Sturmdivision está presente y en orden. Doce mil ciento cuarenta hombres, doscientos treinta carros. Sin novedad.
Su voz era baja, sin esfuerzo. La voz de alguien que no ha necesitado levantarla en mucho tiempo.
Detrás de él, los sesenta oficiales del estado mayor se habían cuadrado al mismo tiempo, sin orden, con el mismo taconazo. Uno de ellos, al fondo, un capitán muy joven, tenía los ojos húmedos. Lo noté y aparté la vista.
Ellos me conocían. Eso era lo que no había previsto, aunque lo había sabido en el mismo instante en que los traje.
Me conocían como se conoce a un hombre en cuyo nombre se ha jurado, se ha servido, se ha recibido una condecoración.
Tenían de mí recuerdos que yo no tenía: una revista en un patio de armas, una visita a un hospital, una cena de regimiento, un discurso.
Una Alemania entera que yo no había conocido y en la que yo era su Kaiser.
Y ahora estaban aquí, y sabían que estaban aquí, y sabían que aquí no era allí.
Lo sabían y no preguntaban.
—Herr General —dije. Mi alemán salió limpio, sin acento, como si siempre hubiera sido mío—. Descanse.
Hollenbach se puso en descanso. Los sesenta detrás de él, también.
—¿Sabe dónde estamos?