CAPÍTULO I — Tierra helada #2
—Al sur de Berlín, Majestad. A unos dieciocho kilómetros del centro, a juzgar por el resplandor. —Hizo una pausa muy breve—. No es nuestro Berlín.
—No. No lo es.
No añadió nada. Esperó. Aprendí en ese momento algo de él que habría de confirmar mil veces: Hollenbach no llenaba los silencios. Los dejaba estar, y dejaba que el otro decidiera qué hacer con ellos.
—Necesito un sitio para hablar con su estado mayor —dije—. Con mapas. Y algo caliente.
—Hay una tienda de mando montada detrás de la columna de transmisiones, Majestad. —Lo dijo como quien informa de algo evidente, y comprendí que la tienda había venido con ellos, como las cocinas y la ambulancia—. Mapas, me temo, solo tenemos los nuestros.
—Eso tiene arreglo.
* * *
06:30 hrs.
La tienda era grande, de lona gris verdosa, con un hornillo de hierro en el centro que ya ardía y una mesa de caballetes cubierta por un tablero.
Dentro hacía casi calor. Olía a queroseno, a lona húmeda y a café de achicoria.
No cabían los sesenta; entraron quince, los jefes de sección y los comandantes de brigada, y el resto se quedó fuera, en semicírculo, junto a la abertura, con los cuellos subidos.
Sobre el tablero había un mapa. Lo miré.
Era un Messtischblatt , una hoja topográfica a escala 1:25 000, con el sello de un servicio cartográfico que no existía en este mundo.
Mostraba una región parecida a esta: una ciudad grande al norte, lagos, una red de carreteras.
Pero las carreteras no eran estas. Los nombres de los pueblos eran otros.
Alguien había marcado en lápiz rojo una posición que no correspondía a nada.
Lo aparté.
Pensé en lo que necesitaba. Esta vez lo pensé despacio, con detalle: las hojas del Reichsamt für Landesaufnahme , la oficina cartográfica real del Reich, la serie de 1:25 000 de la región de Berlín y Teltow, edición vigente. Y un plano de la ciudad, a 1:15 000, con los nombres de las calles.
Estaban sobre la mesa, en una pila ordenada, antes de que terminara de pensarlo. Nadie en la tienda dijo nada. Un mayor de gafas que estaba junto al hornillo se quitó las gafas, las limpió con un pañuelo y se las volvió a poner.
Hollenbach separó las hojas con dos dedos y las fue colocando sobre el tablero, una junto a otra, encajándolas por los bordes con una precisión de relojero.
Nadie le ayudó. Cuando terminó, el mapa cubría toda la mesa: Zossen abajo, Berlín arriba, y en medio, entre los lagos y los bosques de pinos, la tierra llana del Teltow, cuadriculada de caminos.
—Estamos aquí —dije, y puse el dedo al este de Dahlewitz, a un lado de la línea del ferrocarril.
Hollenbach miró el mapa durante casi un minuto entero sin decir nada. Los demás tampoco hablaron. Fuera, alguien golpeaba los pies contra el suelo para calentarse.
Luego levantó la vista.
—¿Cuáles son las órdenes de Vuestra Majestad?
Miré la mesa. Miré el plano de la ciudad, arriba, con la mancha gris del centro, la Wilhelmstraße, la Reichskanzlei, el Tiergarten. Dieciocho kilómetros.
—Ir a Berlín.
No hubo murmullo. No hubo una sola mirada de reojo entre ellos, ni una ceja levantada. Nadie preguntó por qué , nadie preguntó con qué derecho . Lo aceptaron como se acepta el parte meteorológico. Hollenbach asintió una sola vez y se volvió hacia su izquierda.
—Ia.
Dio un paso al frente un coronel de estado mayor, de unos cuarenta y cinco años, ancho de hombros, con las franjas carmesí del Generalstab en el pantalón y una cara cuadrada, colorada por el frío. Llevaba un lápiz en la mano y no lo soltó en toda la reunión.
—Oberst i.G. Mahlberg, Majestad. Primer oficial de estado mayor. Operaciones. —Se inclinó sobre el mapa—. Con permiso.
Trazó con el lápiz, sin tocar el papel, una línea desde nuestra posición hacia el norte, a lo largo de una carretera que subía recta por Blankenfelde y Mahlow hasta el borde de la ciudad.
—Esta es la Reichsstraße 96. Va de Zossen a Berlín, entra por Lichtenrade y sigue hasta Tempelhof.
Es el único eje pavimentado que tenemos a mano en dirección norte; las demás carreteras son de segundo orden o caminos vecinales.
—Levantó la vista—. Una división motorizada de esta entidad, en columna de marcha con los intervalos reglamentarios, ocupa entre ciento veinte y ciento cincuenta kilómetros de carretera, Majestad.
Si la metemos toda en la 96, la cabeza llegará al centro de Berlín antes de que la cola haya salido del campo.
Y bastaría un carro averiado en un puente, o un camión de leche cruzado en Mahlow, para que tuviéramos doce mil hombres parados en fila india durante horas, a la vista de todo el que pase.
Era exactamente la objeción que yo esperaba. La había visto en fotografías: las columnas interminables de los Panzer en las carreteras de las Ardenas, embotelladas durante días.
—No vamos a ir todos por la carretera —dije.
Mahlberg esperó.
—Es enero, coronel. Lleva semanas helando.
—Golpeé con el nudillo la madera de la mesa—.
Ahí fuera la tierra está dura como esa tabla.
He tocado el suelo esta mañana: la helada entra un palmo, quizá más.
Esto es la Marca de Brandemburgo: arena y turba, sí, pero ahora mismo, congelada, aguanta el peso de un carro.
Los carros, los Kettenträger, los tractores de artillería: todo lo que tenga orugas va campo a través.
En tres columnas, en paralelo a la carretera, con un kilómetro o dos entre ellas.
Por la 96 solo irán las ruedas: los camiones, los vehículos de mando, las cocinas, la sanidad.
Medio regimiento, como mucho, con su escolta.
Mahlberg miró el mapa. El lápiz recorrió el terreno al oeste de la carretera, luego al este. Se detuvo en los bosques, en los cursos de agua, en las manchas azules de los lagos.
—Tres ejes de orugas, uno de ruedas —murmuró, más para sí que para mí—. La columna del oeste por Großbeeren hacia Lichterfelde. La del centro, pegada a la vía del tren. La del este por Groß Kienitz y Rudow… —Levantó la cabeza—. Es viable, Majestad. Mientras dure la helada.
—Durará hoy. Es todo lo que necesitamos.
Mahlberg anotó algo en una libreta que sacó del bolsillo del pecho y retrocedió medio paso. No había más que decir.
Hollenbach giró la cabeza un grado hacia la derecha.
—Pionierführer.
El hombre que avanzó era bajo, macizo, con la cara curtida de alguien que ha pasado más tiempo en las orillas de los ríos que en los despachos. Teniente coronel. Tenía una cicatriz vieja que le cruzaba la ceja izquierda.
—Oberstleutnant Raabe, Majestad. Ingenieros. —No se inclinó sobre el mapa. Señaló directamente un punto con un dedo grueso—. Aquí. El Teltowkanal .
Lo vi. Una línea azul, recta, artificial, que cruzaba toda la franja sur de la ciudad de oeste a este, desde Potsdam hasta el Spree. Entre nosotros y Berlín.
—El canal corta los tres ejes de orugas, Majestad.
Tiene en torno a cuarenta metros de ancho y está entre muros, con taludes empinados en muchos tramos.
Puentes hay, varios, pero son puentes de carretera de ciudad: no sé cuántas toneladas aguantan, y no voy a mandar doce toneladas por encima de ninguno sin haberlo mirado antes.
En cuanto al hielo —se encogió de hombros con una lentitud que valía por un párrafo—, un canal de agua en movimiento, con tráfico de gabarras, no se hiela lo bastante en tres semanas para sostener a un hombre con su fusil, menos a un carro.
—¿Qué necesita?
—Los puentes intactos, si se puede. Si no se puede, material de puente para tres pasos, uno por columna, y dos horas de trabajo por paso, con luz.
—Tendrá el material —dije—. Delante de cada columna, cuando llegue al canal.
Raabe me miró. Fue la única vez en toda la reunión que alguien me miró como se mira algo que no se termina de entender. Duró un segundo. Luego asintió.
—En ese caso, los puentes los tomamos si los encontramos intactos, y si no, tendemos los nuestros. Pediré que el reconocimiento vaya por delante para mirarlos.
—Ic —dijo Hollenbach.
Un mayor joven, delgado, de pelo muy rubio, peinado hacia atrás con agua, que miraba los papeles muy de cerca, como un miope sin gafas.
—Major i.G. Wendland, Majestad. Enemigo. Con todo respeto, Majestad, no tengo enemigo. No sé qué hay en esa ciudad. No sé qué unidades hay, ni dónde, ni con qué armamento. No sé quién manda. No sé si nos dispararán o nos saludarán. Lo que yo conozco de Berlín no es esto.
Era la objeción más honesta de todas, y la que yo podía responder mejor que nadie en aquella tienda.
—Le diré lo que hay —dije—. Y luego usted lo comprobará, porque yo puedo equivocarme en los detalles.
Le hablé durante diez minutos. Le hablé de un Estado gobernado por un partido único, de un canciller que era también jefe de Estado, de una policía política con su cuartel en la Prinz-Albrecht-Straße.
Le dije que el ejército de aquel Estado, la Wehrmacht, se estaba ampliando a toda velocidad desde hacía diez meses y que estaba lleno de reclutas nuevos y de oficiales ascendidos deprisa.
Que en Berlín y sus alrededores había al menos una de sus divisiones acorazadas a medio formar, equipada con un carro de cinco toneladas armado solo con dos ametralladoras.
Que en Lichterfelde, justo en el eje de la columna del oeste, estaba el cuartel de una guardia armada del partido, la Leibstandarte, unos pocos miles de hombres bien instruidos y fanáticos.
Que había artillería antiaérea pesada en la ciudad, y que alguna de esas piezas era de 8,8, como las nuestras.
Que era domingo, y que en domingo los cuarteles estaban a media dotación, los oficiales en sus casas y los ministerios vacíos.
Wendland tomaba notas sin levantar la vista. Cuando terminé, preguntó:
—¿Y la población, Majestad?
—La población no sabe que vamos.
—¿Y cuando lo sepa?
No contesté enseguida.
—Esa es una pregunta para más tarde, mayor.
Wendland asintió y no insistió. Lo anotó también. Supe que lo había anotado con un signo de interrogación.
—Ib —dijo Hollenbach.