CAPÍTULO I — Tierra helada #3
Un mayor de más edad que los otros, canoso, de cara redonda y paciente. El abastecimiento.
—Major i.G. Kessel, Majestad. Intendencia.
—Habló con suavidad, como un contable—. Los depósitos de combustible de los vehículos están llenos.
A plena marcha, campo a través y con este frío, los carros consumirán mucho más que en carretera.
No tenemos trenes de abastecimiento, ni depósitos, ni nadie que nos venda gasóleo en este país…
—El combustible no será un problema, mayor.
Kessel me miró. Luego miró la pila de mapas sobre la mesa, que no estaba allí veinte minutos antes. Asintió.
—Entendido, Majestad. —Y después, porque era un hombre meticuloso—: ¿Y la munición? ¿Las tres de ocho coma ocho?
—Tampoco.
—Entonces solo pediré una cosa: que las tres no lleguen en la misma pila.
Alguien, fuera de la tienda, soltó una risa corta que ahogó enseguida. Hollenbach no movió un músculo de la cara, pero tampoco la reprendió.
—Arko.
El comandante de la artillería divisional era un coronel alto, de espalda encorvada, con la cara alargada de un maestro de escuela.
—Oberst Kolbe, Majestad. Artillería. —Miró el plano de la ciudad, no el topográfico—. Mi pregunta es corta. ¿Se me permite disparar sobre la ciudad?
La tienda se quedó en silencio. El hornillo crepitaba.
—No —dije—. No se dispara sobre Berlín. Ni un solo obús sobre casas habitadas. Fuego directo contra objetivos militares que nos disparen, sí. Fuego de artillería indirecto sobre la ciudad, no. Bajo ninguna circunstancia, salvo orden mía expresa y personal.
—¿Ni contra baterías que nos estén batiendo?
—Si nos baten desde dentro de la ciudad, me lo comunica a mí. A mí, coronel.
Kolbe asintió.
—Entonces la artillería avanza en vanguardia con la infantería, en fuego directo, y los obuses se quedan como reserva en el borde sur. Se lo digo para que Vuestra Majestad lo sepa: con eso renunciamos a la mitad de lo que llevamos.
—Lo sé.
—Nachrichtenführer.
—Major Fenske, Majestad. Transmisiones. —Un hombre de unos treinta y cinco años, inquieto, que hablaba deprisa—.
Nuestras radios funcionan; las he comprobado.
Pero no sé qué frecuencias usa este ejército, ni si escuchan.
Lo más probable es que escuchen. Y en cuanto los tres ejes empiecen a hablar entre sí, cualquier receptor de onda corta en veinte kilómetros a la redonda va a oír a una división alemana que no existe dando órdenes en alemán.
Propongo silencio radio hasta el canal y enlace por motoristas.
—De acuerdo.
—Y otra cosa, Majestad. —Fenske señaló el mapa, hacia el sur—.
Detrás de nosotros, en Zossen y Wünsdorf, si este mapa es correcto, hay campos de maniobra y guarniciones militares.
Y entre ellos y Berlín hay líneas telefónicas por toda esta carretera.
Cuando alguien nos vea, y nos van a ver, lo primero que hará será llamar por teléfono.
—Ya nos han visto —dije—. Pasa un tren cada pocos minutos por ese terraplén.
Fenske se calló. Miró a Hollenbach. Hollenbach no dijo nada.
—Entonces —dijo Fenske, más despacio— cuanto antes nos movamos, mejor.
—Sí.
Hubo dos preguntas más. El comandante de la brigada de carros, un coronel de cara muy joven para su rango llamado Rautenberg, preguntó a qué hora se podían arrancar los motores: el gasóleo, con este frío, tardaría en calentar, y doscientos treinta motores arrancando a la vez se oirían en Mahlow como un bombardeo.
Le dije que arrancaran ya, todos, y que se oyeran.
El médico de la división, un Oberstabsarzt de barba corta, preguntó adónde se evacuaban los heridos si los había.
Le dije que al campo donde estábamos, donde se quedaría el hospital de campaña, y que los heridos que no fueran nuestros se atendían igual.
Nadie hizo ninguna pregunta más.
Hollenbach se enderezó. Miró el mapa una última vez. Luego me miró a mí.
—Majestad, con su permiso: la división se pondrá en marcha a las siete cuarenta y cinco, con la primera luz.
Tres columnas de orugas y una de ruedas, como Vuestra Majestad ha dispuesto.
Silencio radio hasta el Teltowkanal. Reconocimiento por delante sobre los puentes.
Artillería en fuego directo, sin fuego indirecto sobre la ciudad.
Objetivo inicial: la línea del canal. Objetivo final…
—Hizo la primera pausa larga de toda la mañana—. ¿Cuál es el objetivo final, Majestad?
Miré el plano de la ciudad. La Wilhelmstraße. El edificio de la Cancillería, un rectángulo pequeño entre otros rectángulos pequeños.
—El objetivo final se lo daré en el canal, Herr General.
Hollenbach asintió.
—A sus órdenes.
Se volvió hacia el estado mayor y empezó a hablar en voz baja y rápida, una frase para cada uno.
Los quince oficiales de la tienda salieron uno detrás de otro, sin prisa aparente, y en cuanto cruzaron la lona echaron a andar deprisa.
Fuera, los cuarenta y cinco que esperaban se dispersaron como se dispersa una bandada.
Me quedé solo frente al mapa, con la taza de achicoria enfriándose entre los dedos.
* * *
07:20 hrs.
Los motores arrancaron cuando yo salía de la tienda.
No arrancaron a la vez. Fue primero uno, en el extremo este de las filas: una tos, un chasquido, un estampido grave y luego un ronroneo irregular que se fue asentando.
Después otro. Después diez. Después todos, en una ola que recorrió el campo de este a oeste.
Doscientos treinta diésel de 340 caballos y, detrás de ellos, los motores de los Kettenträger, los tractores, los camiones.
El ruido no era un ruido: era una presión en el pecho.
El suelo helado vibraba bajo las suelas.
Del escape de cada carro salía una nube densa de humo negro azulado que el viento del este fue empujando hacia los álamos, hacia la granja, hacia la vía del tren.
La luz de la granja se había apagado. En su lugar, junto a la cerca, había ahora dos figuras pequeñas, inmóviles, mirando.
Hollenbach vino a mi lado y se puso a mirar lo mismo que yo.
—Herr General —dije, sin apartar la vista de los campos—. ¿Sus hombres saben adónde van?
—Saben que van a Berlín, Majestad.
—¿Y saben qué Berlín es?
Tardó en responder.
—Saben que no es el nuestro. —Se ajustó un guante—. Con todo respeto, Majestad, eso a ellos no les importa tanto como Vuestra Majestad cree. Ayer tenían un país. Hoy tienen a Vuestra Majestad. A un soldado, para ponerse en marcha, le basta con eso.
No le contesté.
Al norte, el resplandor de la ciudad había perdido fuerza contra el cielo que clareaba. Ya no era un resplandor: era una línea baja y gris en el horizonte, con chimeneas y alguna torre. Parecía pequeña. Dieciocho kilómetros.
Sabía cómo terminaba esa ciudad. La había visto en fotografías: las fachadas sin nada detrás, los tranvías volcados, los árboles del Tiergarten convertidos en leña, las mujeres pasándose ladrillos de mano en mano en cadenas interminables. Faltaban nueve años.
—Herr General.
—Majestad.
—Adelante.
Hollenbach se llevó la mano a la visera, dio media vuelta y echó a andar hacia su vehículo de mando sin correr.
Un minuto después, en el extremo oeste del campo, el primer carro se puso en movimiento. Las orugas mordieron la tierra helada con un crujido seco, como de hielo pisado, y la tierra aguantó.
* * *
Estación de Dahlewitz, puesto de señales. 07:52 hrs.
El guardavías Erich Pohlmann llevaba veintidós años en la Deutsche Reichsbahn y once en aquella garita, y en once años había visto pasar por el terraplén de la línea de Dresde todo lo que un hombre puede ver pasar: trenes de viajeros, mercancías, convoyes militares con cañones cubiertos de lona, el tren especial de un ministro una vez, con las cortinas echadas.
No había visto nunca nada que cruzara el campo.
Lo vio primero como una línea oscura al este, sobre la tierra blanca de escarcha, que no estaba allí la tarde anterior.
Luego la línea se movió. Luego oyó el ruido, que le llegó a través de los cristales de la garita como un temblor sordo en las ventanas, y vio que la línea eran carros.
Muchos. Más de los que había visto en las fotos de los desfiles del Illustrierter Beobachter .
Avanzaban hacia el norte, campo a través, en una formación ancha, sin bandera ni estandarte que él alcanzara a ver, levantando detrás nubes de escarcha y humo.
Pohlmann se quedó mirando un rato con la taza de café a medio camino de la boca.
Luego dejó la taza, se acercó al teléfono de servicio de la pared, giró la manivela y esperó a que le contestaran de Berlín.
Tardaron. Era domingo.