Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO II — Domingo en Lichterfelde
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CAPÍTULO II — Domingo en Lichterfelde

La carretera estaba vacía hasta que dejó de estarlo.

Yo iba en el vehículo de mando de Hollenbach, un todoterreno de seis ruedas con la caja abierta y un toldo de lona que no paraba el viento.

Delante, a cien metros, cuatro motoristas del reconocimiento.

Detrás, la columna de ruedas: camiones, cocinas, la ambulancia, los coches del estado mayor y medio regimiento de infantería sentado en los bancos de los camiones con los fusiles entre las rodillas.

A izquierda y derecha, más allá de los árboles de la cuneta, se oía sin verse el resto de la división: un retumbar continuo que llegaba de los campos, a veces cerca, a veces lejos, como una tormenta que no termina de decidirse.

No pregunté quién lo había elegido. Temí que la respuesta fuera Vuestra Majestad .

En Mahlow vimos al primer civil. Era un hombre de unos sesenta años, con un abrigo negro hasta los tobillos y un sombrero de fieltro.

Venía caminando por el arcén con un libro de himnos bajo el brazo.

Iba a misa. Se detuvo cuando pasaron los motoristas y, cuando pasó nuestro coche, se quitó el sombrero.

Luego, tras dudarlo una fracción de segundo, levantó el brazo derecho, extendido, con la palma hacia abajo.

Nadie en el coche le devolvió el saludo. Lo vi por el espejo lateral, todavía con el brazo en alto, mirando los camiones que pasaban, y vi el momento en que el brazo empezó a bajar, como si el hombre no estuviera seguro de haber hecho lo correcto.

—Nos toman por la Wehrmacht —dijo Hollenbach.

—Durante un rato.

—Durante un rato —asintió.

* * *

Lichtenrade era ya Berlín, aunque no lo pareciera.

Villas de ladrillo con jardines pequeños, nevados a medias; una iglesia de piedra con el campanario achatado; una panadería con la persiana bajada a medias y luz dentro; la vía del tranvía en el centro de la calzada, brillante de escarcha.

Era domingo, y era temprano, y la calle estaba casi vacía.

Casi.

En el cruce, junto a la marquesina del tranvía, había un policía.

Lo vi de lejos, porque la luz ya era plena: un hombre de uniforme oscuro, capote largo ceñido con cinturón, el chacó alto con la placa metálica brillando sobre la frente.

Estaba de pie en el centro del cruce, donde no había ningún tráfico que dirigir, con los guantes blancos metidos en el cinturón.

Un Schutzmann , un policía de a pie, de los de toda la vida.

Cuando los motoristas aparecieron por la carretera, se puso derecho.

Cuando vio lo que venía detrás, dio un paso al frente, levantó la mano derecha con la palma abierta y nos dio el alto.

Los motoristas frenaron. Nuestro conductor también. Detrás, la columna se fue deteniendo coche a coche con un chirriar de frenos y un golpear de cadenas.

El policía se acercó a nuestro vehículo, porque era el que llevaba banderín. Tendría unos cuarenta y cinco años. Tenía la cara colorada por el frío, el bigote encanecido y la expresión de un hombre que ha visto muchos domingos idénticos y sabe que este no lo es. Se llevó la mano al chacó.

— Heil Hitler. —Y sin esperar respuesta—: Herr General, esta carretera no está anunciada. No me han comunicado ningún movimiento de tropas. Tengo que pedirle la orden de marcha.

Hollenbach lo miró desde su asiento. No contestó enseguida. El policía bajó la mirada hasta la manga de Hollenbach, hasta el escudo de la llave púrpura, y vi cómo lo leía sin entenderlo. Luego la subió hasta el cuello del capote, donde no había águila. Luego, al guardabarros. Luego, a mí.

Yo no llevaba ninguna insignia, solo el capote gris de la mañana, sin divisas. Pero el policía me miró a mí y no a Hollenbach, y supe que algo en la forma en que estábamos sentados le había dicho quién mandaba en aquel coche.

—¿Cómo se llama usted? —le pregunté.

Tardó un segundo en responder.

—Wachtmeister Bielke. Polizeirevier 184.

—Wachtmeister Bielke, esta columna no lleva orden de marcha que usted pueda reconocer. Va a pasar de todas formas. Le pido que se aparte y que no intente detenerla. No le pasará nada a usted, ni a nadie de este barrio, si nadie dispara.

Bielke se quedó quieto. Detrás de él, en la marquesina del tranvía, había aparecido una mujer con un niño de la mano, envuelto en una bufanda hasta los ojos. Miraban los camiones. El niño señaló a los soldados y dijo algo que no oí. La mujer le bajó la mano.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Bielke.

Fue una pregunta sincera, no un desafío. La pregunta de un policía que necesita escribir algo en un parte.

—Escriba que pasó la 1.ª División de Asalto del Ejército Real —dije—. Que pasó por aquí a las ocho y media y que no hizo daño a nadie.

Bielke abrió la boca. La cerró. Miró a Hollenbach, que seguía sin decir nada.

Miró los camiones llenos de hombres que lo miraban a él sin hostilidad y sin interés, con la paciencia de la tropa que espera a que se reanude la marcha.

Luego hizo algo que no me esperaba: dio un paso atrás, otro, hasta la acera, y se cuadró.

No saludó. Solo se cuadró, y se quedó allí, rígido, mientras nuestro conductor metía la marcha.

Cuando pasamos junto a la marquesina, el niño de la bufanda levantó la mano y saludó. No el saludo del brazo extendido. El otro, el de los niños: la mano abierta, moviéndola de un lado a otro.

Uno de los soldados del primer camión le devolvió el saludo de la misma forma.

Por el espejo vi a Bielke echar a correr calle abajo, sujetándose el chacó con una mano, hacia donde debía de estar su comisaría.

—Va a llamar —dijo Hollenbach.

—Que llame.

* * *

Pasamos tres tranvías detenidos en Mariendorf.

Los conductores habían parado al ver la columna y no volvieron a arrancar.

Los viajeros —pocos, con ropa de domingo— se apretaban contra las ventanillas empañadas y limpiaban un círculo en el vaho con la manga para mirar.

Un hombre en bicicleta, con una lechera de aluminio colgada del manillar, se quedó parado en la acera con un pie en el suelo, y al pasar nosotros se quitó la gorra, la volvió a poner, se la quitó otra vez.

Una muchacha en la ventana de un primer piso, con el pelo recogido en una toalla, se asomó, miró, y cerró la ventana de golpe.

Dos chicos de catorce o quince años con el uniforme de las Juventudes Hitlerianas —pantalón corto a pesar del frío, camisa parda bajo el abrigo— corrieron junto a los camiones durante cien metros, gritando algo, hasta que uno de ellos se fijó en la manga de un soldado, se detuvo en seco y agarró al otro del brazo.

Ninguno de ellos tenía miedo todavía. Eso fue lo que más me llamó la atención.

Tenían curiosidad. Un domingo, una columna militar por la carretera, la Wehrmacht que crecía de mes en mes y desfilaba siempre que podía: estaban acostumbrados.

Lo que veían no les parecía extraño hasta que lo miraban de cerca.

Y casi nadie lo miraba de cerca.

* * *

Teltowkanal, Mariendorf. 09:05 hrs.

El canal era más feo de lo que parecía en el mapa.

Agua oscura, aceitosa, con placas de hielo sucio a lo largo de los muros de contención y una película de escarcha sobre las gabarras amarradas.

Al otro lado, almacenes de ladrillo, una grúa, la chimenea de una fábrica. Olía a carbón y a agua estancada.

El puente de la carretera estaba intacto.

Cuatro hombres del reconocimiento lo habían cruzado a pie diez minutos antes que nosotros, y el teniente coronel Raabe en persona estaba ahora debajo de él, en el talud, con la cara pegada a la estructura de hierro y una linterna en la mano, a pesar de que ya era de día.

Cuando subió, tenía las rodillas manchadas de herrumbre.

—Aguanta los camiones, Majestad. Los carros, uno a uno, al paso y por el centro. No más. —Se limpió las manos en el capote—. El de la columna del oeste también está intacto; me lo acaba de confirmar un motorista. El del este es de madera. No lo pienso usar.

—¿Dónde lo quiere?

Raabe me miró. Luego sacó un plano doblado del bolsillo y señaló un punto, novecientos metros al este, donde el canal hacía una curva suave entre dos solares vacíos.

—Aquí. Taludes bajos, acceso por los dos lados, nadie mirando. Un puente de pontones para doce toneladas, con los tramos de acceso.

Lo pensé. No con palabras: con forma, con peso, con el número de piezas, con el sitio exacto. Sentí la cosa ponerse en su lugar al otro lado del poder, como se siente una llave que encaja.

—Ya está —dije—. Mande a sus hombres a tenderlo.

Raabe se quedó mirándome dos segundos más de lo necesario. Luego se llevó la mano a la gorra y se fue hacia su moto sin decir nada.

Hollenbach había mandado parar la columna de ruedas en la orilla sur.

Los comandantes de regimiento llegaban uno a uno, en motos o en Kettenträger, cubiertos de escarcha y con los ojos llorosos por el viento.

Fenske, el de transmisiones, había montado una antena de varilla en la caja de un camión y esperaba con el auricular en la mano.

Ya no hacía falta el silencio de radio. Desde Lichtenrade, no.

Me acerqué al capó del vehículo de mando, donde Mahlberg había desplegado el plano de Berlín a 1:15 000 y lo sujetaba con cuatro piedras.

—Herr General —dije—. Les dije que el objetivo final se lo daría en el canal.

—Majestad.

—No hay un único objetivo final. Hay cuatro.

Los cuatro coroneles se acercaron al plano.

* * *

Oberst Harnisch, del 1.º, era un hombre bajo, nervudo, de cara afilada, con una cicatriz de esgrima en la mejilla izquierda de las que se hacían los estudiantes antes de la guerra.

Oberst Wernecke, del 2.º, era lo contrario: corpulento, lento al hablar, con unas manos enormes que mantenía cruzadas a la espalda.

Oberst Sommerfeld, del 3.º, tenía cara de abogado y gafas de montura metálica.

Rautenberg, que mandaba la brigada de carros y ahora también el 4. º, ya lo conocía de la tienda.