CAPÍTULO II — Domingo en Lichterfelde #2
—El 1.º —dije, y puse el dedo sobre el plano— va a la Wilhelmstraße.
La Cancillería del Reich, aquí. Los ministerios, aquí y aquí.
La Prinz-Albrecht-Straße, aquí: es el cuartel general de la policía política y de su servicio de seguridad.
Quiero esos edificios rodeados y ocupados, y quiero que nadie salga de ellos con papeles.
Nadie quema nada. Nadie se lleva una carpeta.
Harnisch asintió. No preguntó nada más que una cosa:
—¿Resistencia esperada?
—La guardia de la Cancillería son hombres de la misma unidad que va a atacar el 2.
º. Puede que disparen. Puede que no. En los ministerios, porteros y funcionarios de guardia.
En la Prinz-Albrecht-Straße, policías armados.
—Le miré—. Una intimación. Si disparan, se responde. Si no disparan, nadie dispara.
—Entendido, Majestad.
—El 3.º. —Moví el dedo—. El aeródromo de Tempelhof, de paso, que nada despegue. Luego el Reichstag y la Puerta de Brandeburgo. Y luego, aquí. —Lo detuve en un bloque junto al Landwehrkanal, al sur del Tiergarten—. El Bendlerblock. El Ministerio de la Guerra y el mando del Ejército.
Sommerfeld se ajustó las gafas.
—¿Ocupar?
—No. Rodear. Que nadie entre ni salga sin que usted lo sepa, pero que nadie dispare contra ese edificio. Ni una bala. Si desde dentro les disparan, se retiran a cubierto y me informan. A mí.
Sommerfeld me miró un momento. Fue el único de los cuatro que lo hizo.
—¿Puedo preguntar el motivo, Majestad? Para saber cómo comportarme si la situación cambia.
—Con los de ese edificio vamos a tener que hablar —dije—. Y no se habla bien con quien te acaba de matar a un primo.
Sommerfeld asintió y lo anotó.
—El 4.º. —Rautenberg se inclinó—. Usted no entra en el centro. Usted cruza por el este de la ciudad y sale por el noreste, por la carretera de Bernau, hasta donde las casas se acaban y empieza el campo. Ahí se planta, cubriendo ese eje y los que confluyan en él.
—¿Contra qué, Majestad?
—Contra los carros del Ejército, si se mueven.
Tienen unos setecientos en todo el Reich, en tres divisiones.
Los llaman Kleintraktor , tractores pequeños, para que no suene a lo que son.
Cinco toneladas, dos ametralladoras, trece milímetros de blindaje.
Su 4,6 los atraviesa de frente a dos kilómetros.
Rautenberg tardó un momento en contestar.
—Si son eso, Majestad, no son carros. Son blancos.
—Son blancos con tripulaciones de veinte años que no tienen la culpa de nada —dije—. No dispare primero, coronel. Si vienen, primero se les para. Luego se les habla. Y si disparan, entonces sí.
—¿Y si vienen de otra dirección?
—Hay una de sus divisiones repartida entre el sur y el noroeste de esta ciudad.
Parte de ella está en Wünsdorf, a nuestra espalda.
—Lo vi tensarse—. Lo sé. Si se mueven desde el sur, el hospital de campaña y la retaguardia quedan expuestos.
Mahlberg dejará un batallón con los obuses en el canal. Usted cubre el norte.
—A sus órdenes.
Quedaba el 2.º.
Wernecke no se había movido durante toda la conversación. Seguía con las manos a la espalda, mirando el plano como se mira un campo antes de ararlo. Cuando me volví hacia él, no se inclinó.
—El 2.º, coronel, va a Lichterfelde. Aquí.
—Puse el dedo en la Finckensteinallee—. La antigua escuela central de cadetes.
Hoy es el cuartel de una unidad que se llama Leibstandarte SS Adolf Hitler .
Es la guardia armada personal del jefe de este régimen.
Dos mil quinientos, quizá tres mil hombres.
Bien entrenados, bien armados, escogidos por su lealtad política y por su estatura.
Algunos de ellos fusilaron a sus propios camaradas en un patio, hace año y medio, sin juicio, porque se lo ordenaron.
Wernecke esperó.
—No es una unidad del Ejército —dije—. No es la policía.
No vamos a negociar con ella. Usted los rodea, les da una sola intimación para que salgan desarmados.
Una. Si obedecen, los toma prisioneros y los trata como prisioneros.
Si no obedecen, abre fuego, y los reduce por el fuego hasta que obedezcan.
Sin segunda intimación. Sin parlamentos. Sin pérdida de tiempo.
—¿Con la artillería, Majestad?
—Con fuego directo. Sus 8,8 de campaña, a la vista. Nada indirecto. Hay casas alrededor.
Wernecke asintió una vez. Tenía la voz ronca y lenta.
—Tres mil cuatrocientos hombres y treinta carros contra tres mil en un cuartel de piedra.
Si salen todos a la vez, nos cuesta. Si se quedan dentro, nos cuesta más a ellos.
—Se volvió hacia Hollenbach—. Herr General, solicito agregar una batería de cañones de alta velocidad. Por si tienen piezas contracarro.
—Concedido —dijo Hollenbach.
—Gracias. —Wernecke se volvió hacia mí—. Majestad.
Y se fue.
Yo me quedé mirando el plano. Cuatro dedos sobre cuatro barrios de una ciudad de cuatro millones de personas, un domingo por la mañana.
En algún momento de aquel día, cuando todo esto se supiera, tendría que hablar.
Un ultimátum al Ejército: rendirse, apartarse, o luchar.
No sabía todavía las palabras exactas. Sabía que tendrían que estar escritas antes de que el primer coronel de la Wehrmacht se decidiera a mover sus tractores. Sabía que no tenía mucho tiempo.
Lo que no sabía —y aquí el conocimiento de mi otra vida se me deshacía entre los dedos— era dónde estaba Hitler aquella mañana. Los libros no lo decían. Los libros no se ocupaban de los domingos sin importancia.
—Majestad —dijo Hollenbach a mi lado—. ¿Cruzamos?
—Cruzamos.
* * *
Lichterfelde, Finckensteinallee. 09:41 hrs.
El SS-Untersturmführer Gerhard Lenz llevaba de oficial de guardia desde las seis de la mañana y lo único que deseaba era que dieran las doce.
Tenía veinticuatro años, medía un metro noventa y uno y había ingresado en la Leibstandarte en 1933 porque su tío, que conocía a alguien en Múnich, le había dicho que era el mejor sitio para un muchacho alto que no quería trabajar en la serrería de su padre en Turingia.
No se había arrepentido. El cuartel era el más hermoso de Berlín: un conjunto de pabellones de ladrillo rojo y piedra blanca alrededor de patios inmensos, construido para los cadetes del Káiser cuando el Káiser todavía tenía cadetes.
Había calefacción. La comida era buena. Las chicas de Lichterfelde se volvían a mirar a los hombres de la Leibstandarte cuando salían de paseo con el uniforme negro.
Aquel domingo el cuartel estaba a media dotación. El Obergruppenführer Dietrich no estaba; casi nunca estaba en domingo. Un tercio de la tropa tenía permiso de fin de semana. El resto dormía hasta tarde o jugaba a las cartas en las salas comunes, en mangas de camisa, con la radio puesta.
A las nueve y media, el centinela de la puerta principal había llamado al cuerpo de guardia diciendo que se oía un ruido raro hacia el sur.
Lenz había salido a escuchar. Era un ruido de motores, muchos, sordo, como el de una fábrica en marcha.
Pensó en el aeródromo, o en un ejercicio de la Wehrmacht. Volvió dentro.
A las nueve y cuarenta, el centinela volvió a llamar. Esta vez no hablaba con normalidad.
Lenz salió al patio de la entrada con el capote abierto y sin gorra, y lo vio.
En la Finckensteinallee, frente a la verja principal, a doscientos metros, había un carro de combate.
No era un Panzer de la Wehrmacht —Lenz había visto Panzer en el desfile del cumpleaños del Führer, y eran pequeños, con dos ametralladoras en una torrecilla—.
Este era más bajo y mucho más ancho, con una torreta cuadrada y un cañón de verdad, y el cañón apuntaba a la puerta.
A su lado había otro. Y detrás, otros dos.
En la calle lateral, entre los árboles desnudos de la avenida, se movían hombres de gris con casco que iban de árbol en árbol, agachados, con la soltura de quien ha hecho eso muchas veces.
Lenz no entendió lo que veía. Lo primero que pensó fue que era un ejercicio de la Wehrmacht y que alguien se había equivocado de calle. Lo segundo, que era una broma de mal gusto. Lo tercero no llegó a pensarlo, porque en ese momento, de detrás del primer carro, salió un oficial a pie.
Era un capitán. Llevaba un megáfono de chapa en una mano y nada en la otra. Caminó cincuenta metros por el centro de la avenida, solo, hasta que estuvo a ciento cincuenta metros de la verja, y se detuvo. Se llevó el megáfono a la boca.
— ¡Guarnición del cuartel de Lichterfelde!
—La voz sonó metálica, enorme en el silencio de la mañana.
Un pájaro levantó el vuelo de un árbol—.
¡Por orden de Su Majestad, están rodeados por la 1.
ª División de Asalto del Ejército Real! ¡Tienen diez minutos para salir por esta puerta, desarmados y con las manos en alto!
¡Se respetará la vida de quien se rinda! ¡No habrá segundo aviso!
El capitán bajó el megáfono. Dio media vuelta y caminó de regreso, sin prisa, hasta el carro, y desapareció detrás de él.
Lenz se quedó en el patio, con el capote abierto. Detrás de él, en las ventanas de los pabellones, empezaban a asomarse caras. Alguien gritó desde un primer piso: «¿Qué ha dicho?». Alguien se rio.
—Llama al Sturmbannführer —le dijo Lenz al centinela. Su voz le sonó extraña—. Y al Hauptsturmführer Krebs. Y que suene la alarma.
La alarma sonó. Una sirena de mano, girando, aguda, que tardó en arrancar y luego llenó los patios. Los hombres empezaron a salir de los pabellones a medio vestir, con los fusiles en la mano, sin saber hacia dónde correr. Un suboficial gritaba nombres. Otro gritaba que fueran al armero.
El Sturmbannführer de guardia, un hombre de treinta y tantos años llamado Wolff, con la cara todavía marcada por la almohada, llegó a la entrada en tres minutos.
Lenz le explicó lo que había pasado. Wolff fue hasta la verja, miró por entre los barrotes la avenida, el carro, los hombres entre los árboles. Estuvo mirando un rato.