CAPÍTULO II — Domingo en Lichterfelde #3
—Es una provocación —dijo—. Comunistas. O los putos austríacos.
No sé. Pero ningún hombre de la Leibstandarte sale de este cuartel con las manos en alto.
—Se volvió—. Lenz, ametralladoras en las ventanas del pabellón principal.
Todas. Y llame a la Prinz-Albrecht-Straße.
Que manden a la policía. Que manden a quien sea.
Lenz corrió al teléfono. La centralita no contestaba. Lo intentó tres veces. La línea estaba muerta. No sabía —no podía saber— que veinte minutos antes una sección de ingenieros con escaleras y alicates había cortado los cables en un poste de la Goerzallee.
Cuando volvió al patio, habían pasado nueve minutos.
En la ventana del segundo piso del pabellón principal, justo encima de la puerta, alguien había montado una ametralladora. Lenz la vio de reojo: el cañón largo, enfriado por camisa de agua, asomando entre los cristales rotos a culatazos. Un Maschinengewehr 08 viejo, de la guerra, con su trípode.
A los diez minutos exactos, nadie salió por la puerta.
A los diez minutos y treinta segundos, la ametralladora del segundo piso abrió fuego.
Lenz no supo nunca quién dio la orden. Probablemente nadie.
Probablemente fue un hombre nervioso, un muchacho de veinte años con el dedo en el gatillo y doce carros frente a él, y apretó.
La ráfaga fue larga, demasiado larga, desordenada.
Barrió la avenida, arrancó corteza de los árboles, levantó chispas del asfalto helado.
En algún lugar entre los árboles, alguien gritó.
Lo que pasó después lo recordaría durante el resto de su vida en fragmentos, sin orden, como recuerdan esas cosas quienes las viven.
Recordaría el primer disparo del carro, que no sonó como un disparo sino como si alguien hubiera dado un portazo contra el mundo, y la ventana del segundo piso que desapareció.
Simplemente dejó de estar: donde había cristal, marco y ametralladora, había un agujero negro con los bordes de ladrillo roto y una nube de polvo rojo que caía muy despacio sobre la nieve del patio.
Recordaría un segundo estampido, más grave, más lento, que no venía de los carros, y el pabellón de la guardia, a su derecha, abriéndose por una esquina como una caja de cartón pisada.
Recordaría estar tumbado en el suelo del patio sin recordar cómo había llegado allí, con la cara contra la grava helada y un zumbido agudo en los oídos que se tragaba todo lo demás, y ver pasar a su lado, corriendo hacia la puerta, a un Unterscharführer que conocía —Moritz, se llamaba Moritz, de Hamburgo—, y verlo caer de golpe, de lado, como si le hubieran tirado de una cuerda.
Recordaría el ruido de las ametralladoras de los grises: un ruido distinto del de las suyas, más rápido, más seco, como tela que se rasga. Y el ruido de las suyas, cada vez menos.
Recordaría las ventanas de la fachada principal estallando una detrás de otra, de izquierda a derecha, metódicamente, con una precisión que no tenía nada de furia: alguien estaba disparando contra ellas en orden, una a una, como quien tacha una lista.
Recordaría a alguien junto a él gritando ¡Sanitäter! y a nadie que respondiera.
Recordaría la verja principal, de hierro forjado, que había estado allí desde los tiempos del Káiser, plegándose hacia dentro cuando la embistió el primer carro, y el carro entrando en el patio con las orugas chirriando sobre la grava, y detrás, a los lados, en pareja, la infantería gris, que no corría: avanzaba al trote, agachada, de cobertura en cobertura, disparando en ráfagas cortas.
Recordaría al Sturmbannführer Wolff, de pie en la escalinata del pabellón principal con una pistola en la mano, gritando algo que nadie oía, y luego no recordaría al Sturmbannführer Wolff.
Y recordaría, sobre todo, el momento en que alguien, en algún sitio del cuartel, sacó por una ventana una sábana blanca.
Luego otra.
Luego otra.
* * *
Lichterfelde. 10:34 hrs.
Oberst Wernecke cruzó la verja aplastada a pie, con las manos a la espalda, y se detuvo en el centro del patio.
El patio estaba lleno de hombres. A la izquierda, contra el muro del pabellón de la guardia, que ya no tenía tejado, los prisioneros: cientos, en mangas de camisa muchos de ellos, en camiseta algunos, con las manos sobre la cabeza y sentados en la grava helada, en filas que los suboficiales del 2.
º iban ordenando a gritos. Altos. Todos altos.
Muy jóvenes. Algunos lloraban sin hacer ruido.
La mayoría miraba al suelo. Unos pocos, en la primera fila, miraban a los soldados grises con un odio tan limpio que parecía pintado.
A la derecha, alineados junto al muro, bajo capotes y mantas, los muertos.
Wernecke los contó dos veces. No a los suyos: a los otros. Ciento treinta y dos. Y los heridos en la enfermería del cuartel, donde los médicos del 2.º trabajaban junto a los dos médicos de las SS que habían encontrado allí, sin que nadie les hubiera dicho que lo hicieran: más de doscientos.
Los suyos los contó después, en la avenida, donde los habían dejado.
Catorce muertos. Treinta y nueve heridos.
Uno de los muertos era el capitán del megáfono, al que había alcanzado la primera ráfaga, la de la ametralladora del segundo piso, a cuarenta metros del carro, cuando volvía caminando sin prisa.
Se llamaba Heinrich Vossberg. Tenía una mujer y dos hijas en una ciudad de Westfalia que no existía en este mundo.
Wernecke se quedó un rato de pie junto a él.
Luego se volvió hacia su ayudante.
—Mensaje para el mando de la división. Cuartel de Lichterfelde reducido a las diez y veinticinco.
Unos mil ochocientos prisioneros. El resto de la guarnición no estaba en el cuartel: permisos de fin de semana.
—Hizo una pausa—. Bajas propias: catorce muertos, treinta y nueve heridos.
Bajas del enemigo: ciento treinta y dos muertos, más de doscientos heridos.
El comandante de la unidad no estaba presente.
Se ha encontrado armamento ligero y ninguna pieza contracarro.
Se ha encontrado un archivo y está precintado. Solicito órdenes para los prisioneros.
El ayudante lo escribía todo en un bloc apoyado en la rodilla.
—¿Algo más, Herr Oberst?
Wernecke miró las filas de muchachos altos sentados en la grava.
—Sí. Añada: los prisioneros que pregunten quiénes somos, que no se les conteste. No sabemos qué contestarles.
* * *
Belle-Alliance-Platz, Kreuzberg. 10:20 hrs.
El Polizeiwachtmeister Otto Brandt había visto muchas cosas en la Belle-Alliance-Platz en diecinueve años de servicio.
Había visto las barricadas del 19, a los comunistas y a los nazis abriéndose la cabeza a botellazos en el 31, los desfiles de antorchas del 33.
No había visto nunca una columna de carros de combate subiendo por la Belle-Alliance-Straße con banderines grises en las antenas y sin ninguna esvástica a la vista, mientras los tranvías de la línea 15 esperaban parados en fila y la gente de las aceras, vestida de domingo, aplaudía.
Aplaudían. Eso fue lo que no se le iría de la cabeza.
Una señora con un sombrero de pluma, en la esquina de la Gitschiner Straße, aplaudía.
Un grupo de hombres a la puerta de una taberna, con las jarras de cerveza en la mano a las diez de la mañana, levantaba las jarras.
Un muchacho de las SA, de uniforme pardo, estaba de pie en el bordillo con el brazo derecho extendido y la cara iluminada, haciendo el saludo a cada carro que pasaba, y nadie en los carros le devolvía el saludo, y el muchacho no parecía darse cuenta.
Pensaban que era un desfile. Pensaban que era la Wehrmacht.
Brandt sí se daba cuenta. Se daba cuenta porque era policía y porque, diez minutos antes, la centralita de la comisaría le había pasado una comunicación de la Jefatura que no tenía ningún sentido: tiroteo en Lichterfelde, artillería en Lichterfelde, el cuartel de la Leibstandarte en llamas.
Le había parecido un error. Ahora, viendo pasar el cuarto carro, y el quinto, y los camiones detrás, ya no le parecía un error.
Se fijó en el emblema de las torretas. Un escudo gris, una llave púrpura. No lo había visto en su vida.
Un hombre se acercó a él por la acera. Abrigo caro, bufanda de seda, la insignia del Partido en la solapa. Le habló en voz baja, con urgencia.
—Wachtmeister, ¿qué unidad es esta? ¿Quién la manda?
Brandt lo miró.
—No lo sé, mein Herr.
—¿Cómo que no lo sabe?