CAPÍTULO II — Domingo en Lichterfelde #4
—Que no lo sé.
El hombre de la bufanda miró los carros. Luego miró a Brandt. Luego dio media vuelta y se fue deprisa, calle abajo, hacia la estación del metro, mirando por encima del hombro.
Brandt se quedó en la esquina. Pensó en la Wilhelmstraße, a quinientos metros de allí, hacia donde subían los carros. Pensó en el Ministerio de Propaganda, en la Cancillería. Pensó en su mujer, en el piso de la Wrangelstraße, y en si había bastante carbón en el sótano.
Luego hizo lo único que se le ocurrió que un policía podía hacer en aquella situación. Se puso en el centro de la plaza y empezó a dirigir el tráfico de modo que los tranvías no se cruzaran con los carros.
Nadie se lo había ordenado. Pero alguien tenía que hacerlo.
* * *
Carretera de Bernau, Weißensee. 10:50 hrs.
Oberst Rautenberg detuvo su carro de mando en la última manzana de casas de la ciudad, donde la calle se convertía en carretera y los bloques de pisos daban paso a solares, huertos cercados y un cementerio judío detrás de una tapia de ladrillo.
Delante, el campo. La carretera, recta, con su doble hilera de árboles desnudos, se perdía hacia el noreste en una llanura blanca.
Ciento veinte carros. Los fue desplegando por compañías: dos a caballo de la carretera, en los huertos; una a cada flanco, en las lomas bajas, donde el terreno helado permitía ocultar los cascos tras la cresta; dos en reserva, detrás del cementerio.
La infantería, en las casas del borde. Los cañones de alta velocidad, en los solares, cubriendo la carretera en línea recta a dos mil metros.
No había nadie en la carretera. Un carro tirado por un caballo, a lo lejos, que al ver los carros dio la vuelta. Un ciclista. Nada más.
Rautenberg se quitó los guantes, se sopló las manos y sacó del bolsillo un papel en el que había anotado lo que Su Majestad le había dicho en el canal. Cinco toneladas. Dos ametralladoras. Trece milímetros.
Lo leyó otra vez. No le cabía en la cabeza que un ejército alemán, cualquier ejército alemán, hubiera construido setecientos carros así.
Pensó que tal vez Su Majestad se equivocaba.
Pensó que tal vez no. Pensó que, si venían, los tendría en los visores a dos kilómetros, y que sus artilleros eran buenos, y que la nieve haría que las siluetas resaltaran contra el blanco como moscas sobre un mantel.
Pensó en lo que le había dicho Su Majestad: son blancos con tripulaciones de veinte años . Y en la orden: no dispare primero .
Se puso los guantes otra vez.
—Que nadie dispare sin mi orden —le dijo a su radiotelegrafista—. Que nadie. Y que me avisen en cuanto el reconocimiento vea algo en la carretera.
* * *
Tempelhof. 11:10 hrs.
Yo estaba en el borde del aeródromo, junto a un hangar con el letrero de la Deutsche Lufthansa , cuando me llegó el mensaje de Wernecke.
Sommerfeld había tomado el aeródromo sin disparar un tiro: un portero, dos mecánicos, el jefe de pista de guardia, que se había quitado la gorra y se había quedado quieto.
Había un trimotor Junkers en la plataforma, con una capa de escarcha en las alas, y nadie para pilotarlo.
Los carros del 3.º estaban ya al norte, camino del Landwehrkanal y del Bendlerblock.
Fenske me trajo el papel personalmente. Lo leí de pie, con el viento del aeródromo levantándome el cuello del capote.
Catorce muertos. Treinta y nueve heridos. Ciento treinta y dos muertos del enemigo.
Lo leí dos veces. Luego se lo devolví a Fenske.
—Capitán Vossberg —dije—. ¿Lo conocía?
—Sí, Majestad. Estuvimos juntos en la Kriegsakademie. —Fenske hablaba despacio, por primera vez desde que lo conocía—. Era un hombre muy tranquilo. Le gustaba el ajedrez.
No dije nada.
Pensé que había dado yo la orden. La de una sola intimación.
La de no perder tiempo. La había dado sabiendo exactamente qué era la Leibstandarte y qué haría después, en otra historia, en Francia, en Rusia, en Malmedy.
La había dado y la volvería a dar. Y aun así, en el papel que acababa de devolver, había catorce nombres que no existían en ningún registro de este mundo y que existían ahora en la lista de los muertos.
Y ciento treinta y dos que sí existían, que tenían madres en Turingia y en Baviera y en Pomerania, madres que esa tarde o al día siguiente recibirían una noticia que yo había puesto en marcha.
El poder no me había costado nada aquella mañana. Esto sí.
—Majestad. —Era Fenske otra vez—. Otra cosa.
—Diga.
—Hemos captado tráfico de radio y de teletipo, desde hace veinte minutos.
Del Ministerio de la Guerra. —Señaló hacia el norte, hacia el Bendlerblock, que no se veía desde allí—.
A todas las comandancias de distrito militar.
No hemos descifrado el contenido, pero la cabecera sí es legible. Es una alerta general.
—¿A quién?
—A todo el Ejército, Majestad.
Me quedé mirando el campo blanco del aeródromo, el trimotor helado, los carros del 3.º que se alejaban hacia el norte por la avenida dejando nubes de humo azulado.
Había llegado la hora de escribir el ultimátum.