Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO III — Cuarenta minutos
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CAPÍTULO III — Cuarenta minutos

Aeródromo de Tempelhof.

Hollenbach llegó al hangar de la Lufthansa cuatro minutos después de que Fenske me diera la noticia. Venía a pie desde el coche, sin prisa, con el capote abotonado hasta el cuello, y se detuvo a mi lado frente al trimotor helado.

—Ya lo sabe —le dije.

—Fenske me lo ha dicho por el camino, Majestad.

Me volví hacia el norte. No se veía nada: la avenida, los bloques de pisos, el humo de las chimeneas de domingo. Pero en el mapa que llevaba en la cabeza veía otra cosa. Veía las guarniciones alrededor de Berlín como puntos sobre una hoja en blanco, y veía las distancias entre ellos y nosotros.

—Herr General, mande toda la reserva al 4.º. Todo lo que tengamos sin asignar: los carros de reserva, los cañones de alta velocidad que no estén con Wernecke, la infantería del canal salvo un batallón. Si algo viene, hay que pararlo. Esperemos que no venga.

Hollenbach asintió y esperó a que terminara.

—La 3. Panzer-Division está a cuarenta o cincuenta kilómetros de nosotros, repartida.

—Hice memoria. Las cifras salían de un sitio que no era este mundo, de libros leídos hacía años, de tablas de organización en apéndices que nadie lee—.

Si no recuerdo mal, el Panzer-Regiment 5 está en Wünsdorf, a cuarenta kilómetros al sur.

Hemos pasado a su lado esta mañana. El Panzer-Regiment 6 está en Neuruppin, al noroeste.

Y el Schützen-Regiment 3, su infantería motorizada, en Eberswalde, al noreste, sobre la carretera de Bernau.

Justo delante de Rautenberg. Si alguien va a reaccionar con histeria y rápido, van a ser ellos.

—¿Y lo que viene del sur, Majestad? El hospital está en el campo de Dahlewitz.

—Lo sé. Que el batallón del canal ponga los obuses mirando a la carretera de Zossen, y que el hospital se quede donde está, con la bandera de la Cruz Roja bien a la vista. Si vienen de Wünsdorf, lo primero que encontrarán serán heridos. Y heridos de la Leibstandarte, además. Que lo vean.

Hollenbach lo apuntó en la libreta con su letra pequeña y vertical. Luego levantó la vista.

—¿Algo más, Majestad?

—Sí. Tráigame la radio. La grande. Hay un mensaje que dar.

* * *

La radio grande no existía hasta que yo la hice existir.

Fenske me explicó el problema mientras sus hombres despejaban el suelo del hangar.

Las radios de la división eran equipos de campaña, hechos para hablar de un batallón a otro a veinte o treinta kilómetros.

Con ellas podía llegar a cualquier oficial que tuviera un receptor militar sintonizado en la frecuencia adecuada y supiera lo que estaba escuchando.

No podía llegar a una cocina de Neukölln ni a un despacho de Dresde.

—Para eso necesitaría el emisor de la Deutschlandsender , Majestad —dijo—. Está en Königs Wusterhausen o en Zeesen, ahí al sureste. Onda larga. La escucha toda Alemania. De día llega a medio continente.

—No vamos a tomar Zeesen.

—Entonces no sé cómo…

—Descríbamelo.

Fenske me miró. Luego, como se le explica algo a alguien que no es del oficio, me describió un emisor de onda larga: el transmisor, los tubos refrigerados por agua, el generador, la antena. La antena era el problema: un mástil de cientos de metros, o un hilo largo entre dos mástiles.

—No va a haber mástil de cientos de metros en mitad de Tempelhof —dije—. Pero hay un aeródromo de dos kilómetros de largo y nadie lo está usando.

Fenske tardó un momento en entenderme. Cuando lo entendió, se le fue el color de la cara y luego volvió de golpe.

—Un hilo largo. Entre dos mástiles en los extremos del campo.

—Ya no hablaba conmigo, sino con el aire—.

A la frecuencia de la Deutschlandsender, encima de su portadora.

Si tenemos más potencia que ellos, los tapamos.

Majestad, si tenemos más potencia que ellos, cualquier aparato de Alemania sintonizado en la Deutschlandsender nos oirá a nosotros.

—¿Cuánta potencia necesita?

—Más que la suya. —Tragó saliva—. Ellos emiten con unos sesenta kilovatios, creo. No lo sé seguro.

—Tendrá cien.

Los tuvo. Dos mástiles de celosía de hierro en los dos extremos del campo, con el hilo de cobre colgando entre ellos como una cuerda de tender.

Un barracón de madera junto al hangar, con el transmisor dentro: armarios de acero gris del tamaño de un hombre, con esferas, palancas y ventanas de cristal grueso tras las que se veían los tubos.

Un generador diésel detrás del barracón, arrancando con una tos negra.

Los hombres de Fenske, que llevaban toda la mañana haciendo cosas imposibles sin parpadear, se quedaron un momento quietos, mirando los mástiles. Luego se pusieron a trabajar.

Tardaron veinte minutos en tenerlo todo conectado y probado. Durante ese tiempo me senté en una caja de munición, en el hangar, con un bloc de papel sobre la rodilla, y escribí.

No escribí mucho. Taché casi todo.

A las once y treinta y ocho, un Hauptmann de transmisiones llamado Ewers, un hombre flaco con los dedos manchados de tinta, salió del barracón y se me cuadró delante.

—Majestad, el emisor está en la frecuencia de la Deutschlandsender.

Hemos escuchado su programa: es un concierto de órgano, desde una iglesia.

En cuanto subamos la potencia, el concierto desaparece y quedamos nosotros.

Majestad, con esta potencia y en onda larga, a mediodía, con este cielo despejado…

No es solo Alemania. Nos van a oír en Praga.

En Viena, en Varsovia, en Copenhague. Probablemente en París. Probablemente en Londres.

—Que nos oigan.

—A sus órdenes.

Me levanté. Las piernas se me habían quedado frías sobre la caja de munición.

Entré en el barracón. Dentro hacía un calor seco de tubos encendidos y olía a aceite, a barniz caliente y a ozono.

Había una mesa de madera, una silla y un micrófono de carbón en un soporte de metal, grande, redondo, como los que había visto en fotografías de discursos de aquella época.

Detrás del cristal de un armario, un tubo grande brillaba con una luz violeta.

Hollenbach entró detrás de mí y se quedó junto a la puerta.

Me senté. Ewers se puso los auriculares, me miró y levantó una mano. Bajó un dedo. Otro. Otro.

Señaló el micrófono.

* * *

— Pueblo de Alemania.

» La sombra de la izquierda, la sombra del nacionalsocialismo, ha sido inmovilizada. Y será esterilizada en pocos momentos si el canciller no entrega su persona en los próximos cinco minutos.

» Pueblo de Alemania: la sombra inexorable que venía a por todos nosotros ha sido destruida. Quedaos en vuestras casas. Berlineses, quedaos en vuestras casas. Evitemos cualquier accidente, porque cualquier accidente pesará sobre la conciencia de los soldados.

» Y ahora, a las fuerzas armadas. Escuchad, y escuchad con atención.

» Gruppenkommando 1: General der Infanterie Gerd von Rundstedt.

Tiene cuarenta minutos para comunicar su disposición a deponer las armas hasta la próxima ceremonia de coronación, en la que se prestará nuevo juramento.

Si no notifica su aceptación, sus fuerzas serán consideradas fuerzas sublevadas y tratadas en consecuencia.

» Gruppenkommando 2: General der Artillerie Wilhelm Ritter von Leeb. Lo mismo.

» Gruppenkommando 3: General der Infanterie Fedor von Bock. Lo mismo.

» Al mando político-militar. Escuchad con atención. Ustedes, Generaloberst von Blomberg, Generaloberst von Fritsch, General der Artillerie Ludwig Beck: rindan la institución armada. Su mando político está decapitado. Sé que elegirán lo correcto.

Solté el botón del micrófono.

Ewers bajó la mano. Durante un segundo nadie en el barracón se movió. Luego Ewers se quitó los auriculares y los dejó sobre la mesa con mucho cuidado, como si fueran de cristal.

—En el aire, Majestad —dijo—. Todo.

Miré el reloj de pared que alguien había colgado de un clavo. Las once y cuarenta y uno.

—Repítalo cada diez minutos —dije—. La grabación, si la tiene. Si no, léalo usted.

—La tengo, Majestad.

Salí del barracón. El aire de fuera me cortó la cara. Al fondo del campo, el hilo de cobre de la antena se balanceaba un poco con el viento entre los dos mástiles, y no se oía nada, absolutamente nada, salvo el generador.

No había dicho mi nombre. Me di cuenta al salir. No había dicho quién hablaba ni con qué título. Había dicho coronación , había dicho juramento , y nada más. Media Europa acababa de escuchar a un hombre sin nombre.

Pensé que estaba bien así. Que el nombre podía esperar.

* * *

Wilhelmstraße 77. Cancillería del Reich. 11:41 hrs.

La reunión no estaba prevista.

Nadie la había convocado por escrito. Sencillamente, a las diez de la mañana, el Führer había llamado a Göring, que estaba en Berlín por la boda de un primo de su mujer y se aburría en el Leipziger Platz, y Göring había venido.

Goebbels vivía a cuatro calles y había venido por su cuenta, porque se enteraba siempre de quién estaba con el Führer.

Hess había llegado de Múnich la noche anterior y estaba en la Cancillería desde el desayuno.

Himmler apareció a las diez y media con una carpeta bajo el brazo, nadie supo muy bien para qué.

El doctor Lammers, jefe de la Cancillería, había bajado de su despacho porque el Führer quería consultarle algo sobre el presupuesto de las Olimpiadas de verano.

Hablaban de cosas corrientes: los Juegos de Invierno de Garmisch, que empezaban en diez días; la visita del ministro de Exteriores a Londres para el funeral del rey; el precio de la mantequilla, que el pueblo empezaba a notar. Hitler hablaba la mayor parte del tiempo. Los demás escuchaban.

A las diez y cuarto alguien llamó para decir que había un tiroteo en Lichterfelde.

Hitler había mandado a Himmler a averiguarlo.

Himmler llamó a la Prinz-Albrecht-Straße y no contestó nadie.

Llamó a Lichterfelde y la línea estaba muerta.

Volvió a la sala con la cara blanca y no dijo nada, porque no sabía qué decir.