Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO III — Cuarenta minutos #2
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CAPÍTULO III — Cuarenta minutos #2

A las diez y cuarenta, el ayudante Brückner entró sin llamar para decir que había carros de combate en la Wilhelmstraße.

Hitler se había levantado, había ido a la ventana y había visto los carros.

Grises, anchos, con un escudo pintado en la torreta que no era el águila del Reich.

Uno apuntaba al portal. Otro, al Ministerio de Propaganda, al otro lado de la plaza.

Detrás, infantería gris desplegada en la Wilhelmplatz, sobre la nieve sucia, junto a la boca del metro.

Los hombres de la guardia de la Cancillería, los de la Leibstandarte, se habían replegado al interior del patio de honor sin disparar, porque nadie les había dado la orden y porque, delante, había un cañón.

Hitler se había quedado mirándolos mucho rato.

Göring había dicho que llamaran a la Wehrmacht. Habían llamado a la Wehrmacht. El Bendlerblock contestó que también estaba rodeado.

Y a las once y cuarenta y uno, la radio del despacho, que alguien había dejado encendida desde por la mañana con el concierto de órgano de la Deutschlandsender, dejó de tocar órgano.

La escucharon todos de pie. Nadie se sentó. Goebbels tenía una mano en el respaldo de una silla y los nudillos blancos. Himmler se había quitado las gafas y no se las había vuelto a poner. Göring respiraba por la boca. Hess miraba a Hitler, solo a Hitler, con una fijeza de perro.

…si el canciller no entrega su persona en los próximos cinco minutos.

Cuando la voz terminó, Hitler siguió mirando la radio.

No gritó. Era lo que todos esperaban, Göring lo diría más tarde: que gritara, que golpeara la mesa, que maldijera a los generales, a los judíos, a los monárquicos, al mundo.

No lo hizo. Estaba muy pálido. La piel de la cara se le había quedado como de cera, con dos manchas rojas en lo alto de los pómulos.

Tenía los labios entreabiertos. Parecía, pensó Lammers, que era un hombre de leyes y el único de la sala que no le debía nada al Führer, un hombre al que le acabaran de explicar algo en un idioma que no conocía.

—Cinco minutos —dijo Hitler. No era una pregunta. Lo dijo en voz baja, para sí.

—Mein Führer —empezó Göring—, la Luftwaffe puede…

Hitler levantó una mano. Göring se calló.

Se quedó un momento más mirando la radio, que ahora emitía solo un siseo. Luego miró la ventana. Los carros. El cañón que apuntaba al portal.

Luego se arregló la corbata.

Fue un gesto pequeño y absurdo, el de un hombre que va a salir a la calle y se mira en un escaparate.

Se ajustó el nudo, se pasó la mano por el pelo, miró a su alrededor como si buscara algo y no lo encontrara.

Su abrigo estaba en el perchero, junto a la puerta.

Brückner, por puro reflejo, se lo alcanzó. Hitler se lo puso.

—Mein Führer… —dijo Goebbels.

Hitler no le contestó. Salió del despacho.

Lo siguieron. No porque nadie se lo dijera, sino porque en tres años ninguno de ellos había aprendido a quedarse en una sala de la que acababa de salir él.

* * *

El Oberst Harnisch esperaba frente al portal de la Wilhelmstraße 77, de pie junto a la rueda delantera de un Kettenträger, con el reloj de pulsera en la mano izquierda y el megáfono en la derecha.

No lo había usado. No había hecho falta: la radio de un Kettenträger, sintonizada en la Deutschlandsender, había emitido el mensaje de Su Majestad a todo volumen en mitad de la Wilhelmplatz, y los hombres de las primeras filas lo habían oído tan bien como los de dentro del edificio.

A las once y cuarenta y cuatro se abrió el portal.

Salió primero un hombre de uniforme, alto, un ayudante, que levantó las manos vacías por encima de los hombros sin que nadie se lo pidiera. Luego, a dos pasos detrás de él, un hombre de mediana estatura con un abrigo oscuro abotonado hasta arriba y la cabeza descubierta.

Harnisch lo reconoció. Lo había reconocido en los carteles de las calles mientras subía por la Belle-Alliance-Straße: una cara que estaba en todas partes, en todas las fachadas, en todos los quioscos.

La vio ahora de cerca, a diez metros, y le pareció más pequeña que en los carteles.

Más vieja. Con los ojos más claros de lo que esperaba.

Unos ojos que se movían de un lado a otro sin quedarse quietos en nada: el carro, los soldados, la nieve, el cañón, la plaza.

El hombre se detuvo en el último escalón. No levantó las manos. Tampoco las metió en los bolsillos. Las dejó colgando a los costados, abiertas.

Detrás de él salieron otros. Uno muy gordo, de abrigo de cuero, con la cara congestionada.

Uno pequeño y delgado que cojeaba. Uno de frente ancha y cejas espesas que no apartaba los ojos del primero.

Uno con gafas sin montura, que se las había vuelto a poner y que miraba al suelo.

Un hombre de pelo gris con aspecto de notario.

Se quedaron todos en la escalera, detrás del primero, a la distancia exacta a la que se habían quedado siempre.

Harnisch dio cuatro pasos hacia delante y se detuvo al pie de la escalera. No saludó.

—¿Es usted el canciller del Reich?

El hombre lo miró. Tardó en contestar.

—¿Quién es usted?

—Oberst Harnisch. Sturm-Regiment 1, 1.ª División de Asalto del Ejército Real.

—¿Por orden de quién?

—De Su Majestad.

Hitler abrió la boca. Por un instante pareció que iba a decir algo largo, algo de los que decía siempre.

No lo dijo. Cerró la boca y miró a Harnisch con una expresión que Harnisch tardaría años en encontrar la palabra para describir.

Al final la encontró. Era incredulidad .

No miedo, todavía. No rabia. La incredulidad pura de un hombre al que le acaba de suceder algo que, de todas las cosas posibles en el mundo, nunca había considerado posible.

—Sí —dijo Hitler al fin—. Soy el canciller.

—Entonces queda usted detenido —dijo Harnisch—. Usted y los señores que le acompañan. Bajen la escalera, por favor. Despacio.

Bajaron.

Eran las once y cuarenta y cinco.

* * *

Wünsdorf. Cuartel general de la 3. Panzer-Division. 11:52 hrs.

El Generalleutnant Ernst Feßmann había escuchado el mensaje dos veces: la primera en directo, en la radio del casino de oficiales, donde estaba terminando un café con dos coroneles; la segunda, diez minutos después, en la repetición, ya de pie en su despacho, con el mapa de la provincia de Brandeburgo desplegado sobre la mesa y el teléfono descolgado a su lado.

El teléfono no servía de nada. Había llamado al Bendlerblock, y el oficial de guardia del Bendlerblock le había dicho, con la voz de un hombre que se esfuerza en no gritar, que el edificio estaba rodeado por fuerzas desconocidas, que el mando estaba reunido, que no había órdenes, y que por el amor de Dios, Herr General, que nadie haga nada sin órdenes .

Había llamado al Gruppenkommando 1 y no le habían contestado.

Había llamado a la Cancillería y una telefonista llorando le había colgado.

Delante de él estaba el Oberst que mandaba el Panzer-Regiment 5. Esperaba.

Feßmann miró el mapa. Por la mañana, desde las ocho, le habían llegado partes desordenados: un guardavías de Dahlewitz que hablaba de carros cruzando campos; un gendarme de Mahlow que hablaba de una columna en la Reichsstraße 96; una granjera que había llamado al puesto de la Gendarmería llorando porque había un ejército entero detrás de su establo.

Lo había tomado por un ejercicio de alguna otra unidad, mal coordinado.

Había mandado a un teniente en moto a averiguarlo. El teniente no había vuelto.

Ahora la radio hablaba de coronaciones.

—Herr Oberst —dijo—. Quiero un destacamento de reconocimiento. Veinte carros. Los Panzer II que tengamos en condiciones, los de preserie, y el resto Panzer I. Una sección de motoristas delante. Por la 96, hacia el norte, hasta que encuentren algo.

—A sus órdenes, Herr General.

—No he terminado. —Feßmann levantó la vista del mapa—.

Que no disparen. A nadie. Bajo ningún concepto.

Si les disparan, marcha atrás. Si para salir tienen que destrozar las orugas yendo en reversa por un campo helado, que las destrocen.

Me da igual. No quiero un solo disparo de un carro de esta división contra nadie hasta que yo sepa qué es lo que está pasando.

El coronel asintió. Tardó un segundo en preguntar:

—¿Y qué tienen que hacer, Herr General?

—Mirar. —Feßmann golpeó el mapa con el dedo—.

Mirar, contar, y volver a contármelo. ¿Cuántos son?

¿Qué carros tienen? ¿Qué uniformes llevan?

¿Quién los manda? Tengo que saber qué demonios está pasando, Herr Oberst. Toda Alemania ha oído a un loco por la radio decir que ha detenido al Führer y que va a coronarse, y no tengo ni una sola información de primera mano. Ni una.

Afuera, en el patio del cuartel, alguien había puesto en marcha un motor y lo estaba acelerando en frío, con un ruido agudo, irritante, de máquina de coser.

—Y Herr Oberst. Que vaya un oficial con cabeza. No un muchacho con ganas de medalla.

* * *

Berlín. Gruppenkommando 1. 11:58 hrs.

El General der Infanterie Gerd von Rundstedt escuchó la segunda repetición del mensaje con la gorra en la mano, de pie junto a la ventana de su despacho, mirando una calle en la que no pasaba nada.

Tenía sesenta años y llevaba cuarenta y cuatro de uniforme.

Había servido al Káiser, a la República y a este.

A ninguno de los tres lo había querido especialmente.

Al Káiser lo había respetado. A la República la había soportado.

A este —al cabo bohemio, como le llamaba en privado y nunca delante de nadie que no fuera su mujer— lo había obedecido con la misma corrección distante con la que se obedece el parte meteorológico.

Detrás de él, su jefe de estado mayor esperaba con un bloc en la mano.

—Cuarenta minutos —dijo el jefe de estado mayor—. Quedan veintitrés, Herr General.

Rundstedt no se volvió.

—¿Se sabe algo de la Cancillería?